Las víctimas silenciadas del feminismo

“Querido Javier: quería contarte que después de tres años y medio, la causa penal que me habían iniciado por «violencia de género» finalmente fue sobreseída. En ese tiempo, perdí mi trabajo en la universidad, cualquier oportunidad laboral y mi reputación, pero se hizo justicia… tarde, pero justicia al fin. Quería compartirlo contigo porque me escuchaste. No quiero hacer público este desenlace porque estoy muy dañado física y psíquicamente. Sólo quiero desaparecer.”

Estas líneas no son una dramatización, corresponden a un hecho real del que en su día tuve noticia por casualidad. No es el único. Conozco más de primera mano, uno de ellos especialmente grave, por cuanto su protagonista, un adolescente, a punto estuvo de quitarse la vida. Sólo el azar evitó que sucediera lo peor. Lamentablemente, que el azar evite la consumación del suicidio nunca sale gratis: en el caso de los adolescentes, menos aún. Tras el “milagro” llegan las secuelas: la introspección y el miedo a vivir.

“Quería compartirlo contigo porque me escuchaste”, escribe lleno de gratitud el autor del primer párrafo que reproduzco en este texto… ¡Se muestra agradecido por algo que es elemental! Al fin y al cabo, es imposible aproximarse a la verdad cuando se impone la ley del silencio. Pero ¿a quién le importa la verdad cuando la gran causa no depende de la Justicia, sino del ajusticiamiento?

Tres años de muerte social, sin mediar un juez o un tribunal, sin evidencia alguna sino al contrario, indicios claros de acusación fraudulenta fruto del resentimiento, de una venganza sentimental. Algo que, por otro lado, es bastante habitual, pero está prohibido decirlo.

«Supongo que cuando se trata de una gran causa, que algunos inocentes paguen con su vida bien pagado está. El progreso a presión tiene estos peajes»

En su entorno todos sabían que se estaba cometiendo un atropello. Sin embargo, callaron. Pero sí dedicaron sonoros elogios a la visibilización de los logros femeninos, pasados y presentes, que se difunden sin cesar. “Lo uno no quita lo otro, no nos confundamos”, se suele alegar en determinados ambientes académicos, “la historia ha sido injusta y hay que equilibrar la balanza”.

Supongo que cuando se trata de una gran causa, que algunos inocentes paguen con su vida, bien pagado está. El progreso a presión tiene estos peajes. Así pues, no confundamos el ominoso silencio que regalamos a estas víctimas con el sonoro reconocimiento de nuestra culpa tras siglos de desigualdad. ¿A caso no somos capaces de separar ambas cosas?

No, no somos capaces porque no son separables. La marea del reconocimiento femenino en la que estamos inmersos no tiene un lado bueno y otro malo. Una marea es por definición una fuerza ciega, arrolladora. Pretender separar el trigo de la paja en medio de un tornado es estúpido. La agitación febril en la que estamos incursos anula la posibilidad del gradualismo, si es que en algún momento existió tal posibilidad.

El feminismo se ha desquiciado, exige resarcimiento. Y el resarcimiento no tiene que ver con la igualdad, sino con ajustar cuentas. Así pues, pretender compensar siglos de injusticias implica ejercer una presión correctora de tal magnitud que por fuerza generará efectos muy perversos.

Para promover la igualdad, ya existen leyes, principios y, por mucho que se pretenda negar, conciencia social. Esto no es la India. Y cabe preguntarse si en las sociedades desarrolladas, democráticas, donde impera el Estado de derecho, es necesario recurrir al feminismo liberal para defender lo que es obvio. ¿No basta con ser liberal, sin más? ¿Qué extraño liberalismo es aquel que divide la causa de libertad en causas diferentes y luego adjudica un nombre a cada una de ellas?

«Los pensamientos suicidas no les parecen irracionales porque su identidad ha sido aniquilada. Y cuando tu identidad es aniquilada, ¿quién eres? Nadie. Tu yo ha sido asesinado»

Digámoslo claramente, se está asesinando socialmente a inocentes, muchos más de los que cabe imaginar. Y puesto que los humanos somos criaturas sociales, el asesinato social a veces conduce a la muerte real. Si no hay más desgracias es porque los familiares acuden al rescate de estas víctimas. Pero quienes están solos es muy probable que acaben mal.

Aun así, todas las víctimas coinciden en una percepción: no están seguras de estar vivas. Muchas siguen adelante por una sola razón: siempre puedes matarte mañana. Los pensamientos suicidas no les parecen irracionales porque su identidad ha sido aniquilada. Y cuando tu identidad es aniquilada, ¿quién eres? Nadie. Tu yo ha sido asesinado.

Lo apuntaba muy bien Emily Jofee citando al personaje John Proctor de la obra The Crucible, sobre los juicios de brujas de Salem. Proctor es acusado de brujería y se niega a salvar su vida confesando públicamente. Antes de su ejecución, explica su negativa: «¡Porque es mi nombre! ¡Porque no puedo tener otro en mi vida!… ¿Cómo puedo vivir sin mi nombre?»

La persona que me escribió agradecida seguramente salvó su vida gracias al apoyo de su madre. También gracias a ella evitó caer en la indigencia. Pero aún a pesar del apoyo materno y de la sentencia a favor de la justicia ordinaria, sólo desea una cosa: desaparecer.

Lo mismo sucede con el adolescente que trató de quitarse la vida tras la denuncia falsa de una compañera de estudios y el tormento que sufrió a continuación. La casualidad quiso que el padre apareciera de manera proverbial para encontrarle aún con un hilo de vida, desplomado sobre un gran charco de sangre. Unos minutos más tarde y estaría fuera de este mundo. Sólo su familia habría sabido el motivo de su muerte. Hoy, transcurridos tres años de aquello, el calvario continúa: sólo quiere desaparecer.

Ítem más, otro joven acusado de acoso sexual al que también, tras años de tormento, la justicia no sólo ha declarado inocente, sino que ha concluido que el acosado fue él. Ganó el juicio en los tribunales, pero perdió su identidad. Y con ella, su propio juicio: su equilibrio emocional.

«Demasiadas identidades aniquiladas como para pensar que es posible separar las cosas, que hay un feminismo liberal y otro iliberal que no forman parte del mismo fenómeno»

La prensa también ha dado a conocer varios suicidios #MeToo, pero han recibido poca atención. Y no puedo evitar preguntarme: ¿cuántos más suceden en silencio? Sin buscarlos, me he topado personalmente con tres casos dramáticos y otros tantos trágicos. No me parece por tanto descabellado intuir que tenemos entre manos una emergencia social de la que, sin embargo, está prohibido hablar.

Demasiadas identidades aniquiladas como para pensar que es posible separar las cosas, que hay un feminismo liberal y otro iliberal que no forman parte del mismo fenómeno. La defensa de la igualdad es algo que la persona liberal debe demostrar con sus actos cotidianos y privados, en el día a día. No con “ismos” que sustituyan los principios que individualmente no somos capaces de defender.

Para Disidentia

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