«Le dossier Jesus», de Alain de Benoist: Un cúmulo de contrasentidos

Alain de Benoist

Alain de Benoist, conocido por sus posiciones paganas, acaba de publicar un monumental Dossier sobre Jesús [1], fruto de toda una vida de estudio y pasión por este tema. Desde el punto de vista católico, esta obra, como es lógico, es muy cuestionable. Sin embargo, hemos querido tomarlo en serio y ofrecemos aquí una lectura crítica que, obviamente, no es exhaustiva. 

El comunismo comenzaba a declinar, y ya se anunciaba su metamorfosis en poscristianismo secularizado: “el último marxista-leninista será un rector bretón”[2]. La contaminación de las ideas de la izquierda entre sus opositores es inversamente proporcional a la reducción de la base social sobre la que se sustenta, y cuya aplicación tiene el efecto de erosionar. Después de varias décadas de sermoneo, la izquierda en Francia ha llegado a tener como portavoz a los herederos de Albert de Mun (político católico defensor de la causa obrera en el XIX, N. de la T.) y del catolicismo “de adhesión” (sector católico que aceptó el régimen republicano laicista en el XIX, N. de la T). Es un movimiento clasificado, con razón o sin ella, a la derecha del espectro parlamentario, que hoy asume la ingrata tarea de defender la Ley de 1905 (de separación de la Iglesia Católica y el Estado francés, N. de la T.), con un convencimiento y emoción que sus dirigentes apenas encuentran cuando mencionan, a regañadientes, a la Iglesia de Cristo. En un momento en que la izquierda preconiza la ruptura de la igualdad mediante la discriminación positiva, la determinación de los individuos por la raza según la agenda “woke” y organiza la sovietización del conocimiento con la ayuda de una sociología que persigue el elitismo bajo sus diversos disfraces, parece que el viejo racionalismo de la Tercera República se haya refugiado en la obra del Sr. Alain de Benoist (en adelante, “A.”), fundador de la Nueva Derecha. Su último volumen, El hombre que no tenía padre – El dossier Jesús, ofrece una síntesis químicamente pura, que parece haber sido sublimada en el solitario recipiente donde “A.” la ha destilado poco a poco.

Un problema de metodología 

Sería deshonesto no tomar en serio El dossier Jesús. Es cierto que “A.” no puede discutir las fuentes antiguas sobre el propio Jesús; esto se desprende de las transliteraciones del griego, que casi siempre son defectuosas si contienen alguna trampa. El libro es, por tanto, una enorme recopilación de literatura secundaria: casi 1.000 páginas. Pero en este punto, la amplitud de su información merece ser elogiada. El autor cita a cientos de estudiosos. Su bibliografía en inglés, alemán y francés está muy actualizada, no se contenta con los últimos títulos, sino que puede rastrear la genealogía de una opinión exegética hasta sus precursores.

Dado que “A.” no tiene acceso a las fuentes, lo que resulta problemático es el uso que hace de la literatura secundaria. Al no haber podido demostrar su propia autoridad científica en los temas tratados, solicita la autoridad de otros para elaborar una síntesis que tenga así credibilidad prestada.

Esta es la debilidad fundamental del libro. El número de pruebas aportadas por “A.” disminuye a medida que va reuniendo pistas en montones no siempre concordantes. A la hora de concluir un razonamiento, se ve obligado a utilizar el argumento de la autoridad, del que carecen sus diversos apartados. Este principio de composición es el de todo el libro.

Algunos ejemplos, entre muchos otros: Para demostrar que la concepción virginal de Jesús y su filiación divina se desarrollaron de forma independiente en la tradición, “A.” cita a “Jacques Bernard, antiguo profesor del Instituto Católico de Lille” o a “Joseph Ratzinger, el futuro Papa Benedicto XVI” (p. 611); la edad de 33 años, la que tenía Jesús el día de su muerte, corresponde a “la edad perfecta del héroe desaparecido en plena madurez, es decir, la edad que tenía Alejandro Magno a su muerte”, y “A.” cita a Michel Quesnel, profesor del Instituto Católico de París (p. 503); la existencia de hermanos uterinos de Jesús, se afirma alegando a John P. Meier, sacerdote de la archidiócesis de Nueva York, y profesor de estudios neotestamentarios en la Universidad Católica de América en Washington […]; François Refoulé, que dirigió la Escuela Bíblica de Jerusalén de 1982 a 1984 […]; Maurice Sachot, antiguo profesor de la Facultad Católica de Teología, sin olvidar a Jacques Duquesne y Jean-Claude Barreau (p. 394).

Nota: sólo en el caso de los católicos, “A.” considera oportuno enumerar sus títulos universitarios. La precaución parece superflua para protestantes o agnósticos. Sin duda, la práctica del libre examen en el caso de los primeros, y del libre pensamiento en el caso de los segundos, les protege suficientemente contra la sospecha siempre recurrente de realizar una interpretación confesional o sesgada. La única forma de proteger a los católicos es mostrar su posición institucional. De hecho, cuando “A.” cita a autores católicos sin mencionar su pedigrí académico, se puede esperar alguna santurronería que les ridiculice. El gran René Laurentin, el Padre Marie-Joseph Ollivier, este o aquel Padre de la Iglesia, están todos a expensas de este prejuicio racionalista, que desacredita a priori sus afirmaciones (cf. p. 353).

Un caso ejemplar: Tácito 

Esta ciencia prestada que se extiende a lo largo de muchas páginas, se basa en un criterio metodológico que “consiste en deconstruir, como toda investigación verdaderamente científica, una imagen falsa de su objeto”[3]. Es a ese criterio al que se le pide que aporte hechos, independientes del sesgo subjetivo de la fe. Sin embargo, podemos ilustrar su manejo defectuoso en El dossier Jesús, a partir de un caso concreto: el relato de Tácito sobre la persecución de Nerón [4]. Al citar al historiador latino (p. 129), “A.” se lanza de inmediato a señalar las dificultades que él plantea antes incluso de haberse preguntado lo que querían decir. Así, reduce la declaración a un conjunto de elementos aislados, arrancados violentamente del cuerpo escritural en el que se estaban incluidos con armonía. Esos trozos dispersos y desarticulados, esa carne jadeante a la que se ha reducido el enunciado, ya no mantienen con su entorno los vínculos sólidos y vivos que los hacen resistir a la arbitrariedad de un supuesto significado. El truco consiste en que el crítico imponga el significado a su antojo, extrayendo al azar de la epigrafía, las fuentes antiguas en su imaginación. Como es lógico, la declaración así “reconstituida” se convierte en una red de contradicciones. Veamos por nosotros mismos.

Tácito definió a los cristianos como poseedores de su nombre de Cristo que, bajo el principado de Tiberio, fue entregado al suplicio por el procurador Poncio Pilatos. La primera observación del autor es señalar que Pilatos no era procurador (epitropos), sino prefecto (eparchos), como se desprende de una famosa inscripción contemporánea encontrada en Cesárea de Palestina. Este anacronismo es suficiente para que el autor anticipe el final de su demostración, a saber, que el texto “fue interpolado en el siglo XV (sic.), en una época en la que todos pensaban que Poncio Pilatos había sido procurador” (p. 130). ¡Caramba! Hubo que esperar hasta el final de la Edad Media para saber que todo el mundo atribuía a Pilatos un título que, en realidad, no tenía. Filón de Alejandría que fue su contemporáneo [5], Flavio Josefo alrededor del año 75 [6] también dan a Pilatos el título de procurador/epitropos. Es cierto que Pilatos llevaba el título oficial de prefecto/eparchos, una magistratura principalmente militar. Pero no es menos cierto, que también ejerció una administración civil sobre la provincia imperial, que se había convertido en Judea desde el año 6. Como las dos magistraturas se encomendaban a menudo a las mismas personas, los gobernadores de Judea tomaron oficialmente el título de procuradores/epitropoi a partir del reinado de Claudio, es decir, después de Pilatos. Tácito presenta ciertamente un título anacrónico, pero la explicación de un interpolador del siglo XV, no es seguramente la primera que se debe considerar. Es posible que Tácito haya adaptado deliberadamente el título al que se utilizaba en la época. Pero es más probable que este cite documentos cristianos. El hecho no es inverosímil, en contra de lo que afirma “A.” (p. 132), ya que Tácito se encontraba entre los Quindecemviri sacris faciundis (Anales XI, 11), un colegio sacerdotal encargado de la supervisión de los cultos extranjeros en Roma. Ningún magistrado de la ciudad, estaba en mejor posición que él, para tener acceso a la información sobre los cristianos. Incluso habría faltado gravemente a su deber si no hubiera tenido información fiable y precisa sobre ellos. Su información correspondía, exactamente, a lo que podía motivar su posesión por parte de un magistrado romano: los cultos extranjeros se consideraban, no según el contenido de sus creencias, sino según los problemas que podían causar al orden público. Es en términos administrativos y policiales que Tácito describe el cristianismo: su alusión a la tortura de Cristo es jurídica, como para recordar la intervención legal de Pilatos, el magistrado encargado de hacer cumplir la pax romana; en Roma, se desprecia tanto el nombre de “cristiano” que sirve como base de acusación en un juicio; éstos forman una detestable superstitio, es decir, en lenguaje oficial, una secta que encubre comportamientos delictivos. La forma de vincular a Cristo con los cristianos por parte de Tácito es otro rasgo de las fuentes no cristianas. Todas señalan el fuerte apego de los discípulos a su maestro [7].

En definitiva, el texto de Tácito, sobre la persecución de los cristianos en Roma bajo Nerón, es perfectamente coherente, en su aproximación exterior a un fenómeno que no comprende, o más bien analiza según las preocupaciones de un magistrado romano. Esta comprensión global de Tácito, nos permite entender por qué habla de los cristianos reprimidos por Nerón, como una “inmensa multitud”: no procede de un recuento, sino que se permite una hipérbole, que delata su temor como ciudadano opulento ante la masa amenazante e indistinta que formaba la turba humana que habitaba la Suburra o el Velabro, seguidores de divinidades orientales, y practicantes de una moral de la que abominaría cualquier senador de buena cuna. Pero el método fraccionario de “A.” le impide comprender este matiz. Para él, “inmensa multitud” significa “un gran número de cristianos”. Dado que no existían en Roma en el año 64, “A.” postula una interpolación, que data de una época en la que sí existían. Creyendo que tiene un argumento sólido, “A.” intenta exprimirlo: si la persecución de Nerón hubiera implicado a un gran número de cristianos, se encontrarían rastros de ella entre los satiristas y, sin embargo, no aparecen ahí, etc. Siempre la reducción de la fuente a unos pocos elementos materiales.

Este método puntillista forma un cúmulo de contrasentidos. La acumulación de literatura secundaria no mejora el asunto. El que abraza demasiado, abraza mal. “A.” termina triunfalmente su sección sobre los historiadores romanos, después de haber citado a decenas de autores modernos, con un enorme error: “los textos de Plinio el Joven, Tácito y Suetonio de los que disponemos, no nos dicen prácticamente nada sobre Jesús” (p. 136). Esto es falso. Los primeros autores latinos se acercan al cristianismo y a su fundador desde fuera, ciertamente. Pero proporcionan una valiosa información sobre algunos de los rasgos distintivos de la Iglesia fundada por Cristo, que deben apreciarse, comparándolos con la revolución mental llevada a cabo por él. En realidad, el prejuicio cientifista de “A.” no busca comprender el fenómeno Jesús, sino satisfacer su definición de objetividad ideal, a través de la deconstrucción.

El proyecto de Alain de Benoist

Una vez que el objeto de estudio, se ha disuelto en un agregado de elementos primarios, cabe esperar que se reconstituyan en una nueva forma, como ocurre con la arcilla fresca. “A.”, sin embargo, no se arriesga a ello. Después de haber atomizado concienzudamente, todas las declaraciones de los Evangelios que tuvieron la desgracia de caer en sus manos, se detiene en medio de este valle de huesos secos que no resucitarán. Ni siquiera considera oportuno escribir una conclusión. Una frase de la Introducción ocupa el lugar de una, en la que uno creía que sólo podía leer el uso de la llamada a la prudencia: “¿Qué sabemos hoy que sea realmente cierto sobre Jesús? La respuesta es sencilla: muy poco” (p. 1). Las próximas 1000 páginas no añadirán nada a esto. Miles de opiniones y ni una sola verdad.

Este libro, que se basa enteramente en la deconstrucción de su tema, ¿no esconde, sin embargo, ningún proyecto de conjunto? Nos parece que es precisamente este vacío, esta nada a la que la investigación quiere llevar al Jesús de la Historia. La prueba de ello es el título del libro (El hombre que no tenía padre); su capítulo final sobre Jesús (Un hijo ilegítimo, pp. 771-862), que es de hecho su conclusión; y finalmente la ausencia total de interés, que es sorprendente en un libro tan extenso, en los medios casi únicos por los que Jesús hizo su impacto: su palabra. “A.” afirmará que su crítica tacha de inauténticas, casi todas las declaraciones atribuidas a Jesús en los Evangelios. Al igual que con los registros de Tácito o Plinio, no se puede deducir nada de ellos. Sin embargo, sólo hay una palabra de Jesús, que “A.” considera lo suficientemente auténtica como para dedicarle una exégesis en profundidad: el adulterio del que repudia a su primera mujer para casarse con otra (cf. Mc 10,11-12). Siguiendo su método de poner declaraciones polémicas en boca de autoridades extranjeras, el autor cita a un polígrafo estadounidense, Donald Harman Akenson: “Las opiniones muy estrictas de Jesús sobre el divorcio, tal como se recogen en los Evangelios Sinópticos, contrastan mucho con su enseñanza habitual, y podrían referirse a un malestar personal, relacionado con su ilegitimidad” (p. 474). La maldición sobre las mujeres embarazadas (Mc 13,14-17) se interpreta como una afirmación absoluta de Jesús, que Marcos habría suavizado atribuyéndola sólo a una situación concreta. Así, se dice que la predicación del Evangelio flotaría en una atmósfera “gnóstica” (p.469).

A partir de ahí surge una cierta coherencia global. Como hijo ilegítimo, Jesús habría sublimado su dudosa generación predicando un nacimiento inmaterial e inmaculado, una paternidad celestial, y reclamándola principalmente para sí mismo. Habría rechazado la carne, para escapar del malestar congénito en el que le habría confinado su bastardía. Por resentimiento, habría inculcado la vergüenza de la carne y la represión sexual en las costumbres morales. Pablo y la Iglesia (cf. pp. 476- 480), habrían ampliado su enseñanza con la exaltación morbosa de la virginidad. Es fácil entender por qué “A.” quiere separar las tradiciones sobre la filiación mesiánica y divina de Jesús, y sobre su concepción virginal: las considera formas contradictorias, según él, de desviar la atención de su ilegitimidad. El dogma cristiano, la sublime composición de los Evangelios, los inicios de una tradición, están ahí para hacernos olvidar una verdad poco gloriosa. El cristianismo es un fenómeno culturalmente sublime –“A.” está lejos de negarlo-, que elude la nada de su origen, en un hombre que no tuvo padre y cuyo itinerario se asemeja a los ensueños de Edipo, el niño abandonado por la figura paterna (N. de la T.). Esta conclusión es absurda, por supuesto. Toma al pie de la letra polémicas judías muy posteriores, hacia las que la credulidad de “A.” desmiente por una vez su hipercrítica. Se basa en una sola palabra mal entendida de Jesús, y en una reconstrucción arbitraria de su origen.

Por último, atribuye toda la eficacia de Jesús a un nihilismo culpabilizado que queda absolutamente desmentido por la biografía de Jesús, que “nunca fue más que un ‘sí’”. “Todas las promesas de Dios, encontraron un sí en su persona” (2 Cor 1,19).

Jesús es privado de sus palabras 

Jesus autem tacebat (Jesús guardó silencio, Mt 26,63). El dossier de Jesús: donde Jesús se obstina en guardar silencio. No se oye ni un susurro, de aquel a quien Pedro dijo: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna; y nosotros hemos creído y conocido que eres el santo de Dios” (Jn 6,68), y que declaró: “El cielo y la tierra pasarán, mas mis palabras no pasarán” (Mc 13,31). Sin sus palabras, Jesús es inaudible. De hecho, toda la eficacia de Jesús viene a través de sus palabras. La auténtica tradición, los dogmas, no son otra cosa que los esfuerzos realizados para comprender lo que había dicho. Citando el Salmo 109/110, dice que el Mesías es Hijo de David y anterior a David (cf. Mc 12,35-37). Mucho más tarde, la cristología de Calcedonia, que define a una persona en dos naturalezas, resulta de la maduración de esta afirmación (y de muchas otras), hecha un día muy conscientemente por Jesús en la plaza del Templo. Su preexistencia es afirmada por él mismo cuando dice “he venido a…” (cf. Mt 10,34-35). (cf. Mt 10,34-35; Lc 12,49; Jn 9,39; Mc 10,45, etc.).

No hay peor sordo que quien no quiere oír. En El dossier Jesús, el logos de la lógica, silencia al Logos del Prólogo. La locura -en griego alogia, lit. “ausencia del Logos”- no es haber perdido la razón, sino haber conservado sólo la razón. Ni una sola palabra de Cristo atraviesa este desierto sombrío, similar al “silencio del éter, cuando el valle boscoso acallaba su follaje, y no se oía ni un solo grito de animal” [8]. Jesús está amordazado, como “el cordero sin voz que es llevado al matadero y que no abrió la boca” (Is 53,7). Pero “las piedras gritarán” (Lc 19,40). Empezando por las de la tumba conceptual, en la que Adán se tapa los oídos para no oír a Dios que le dice: “¿Dónde estás?”.

El autor: Padre Renaud Silly, Dominico de la Provincia de Toulouse, ha dirigido el Diccionario de Jesús (Bouquins, 2021) en colaboración con la Escuela Bíblica de Jerusalén. El artículo: Traducido al español y reproducido en La Tribuna del País Vasco con la autorización expresa del director de La Nef. © LA NEF n°339 Septiembre 2021 AQUÍ. Traducción: Esther Herrera y Maite Vaquero
(1) Alain de Benoist, El hombre que no tenía El dossier Jesús, Krisis, 2021, 964 páginas, 32€.
(2) Suzanne Berger, «Declive religioso y recomposición política» en Archivos de ciencias sociales de las religiones 66 n° 1 (1988), 151.
(3) El Mundo de los Libros del 18 de diciembre de 2020, 7 sobre una obra análoga.
(4) Anales XV, 44,2-3; p. 129-134.
(5) Legatio 299.
(6)Guerra Judía II 169.
(7) Plinio el Joven, Cartas 10, 96; Flavio Josefo, Antigüedades XVIII 63-64.
(8)Eurípides, Bacchantes 1084-1085; el inquietante personaje anuncia el próximo desgarro de Penteo por las Ménades.

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