Legítima defensa (1/2)

NOTA.- En relación con la infame sentencia del librero de Ciudad Real

¿Hay delito de homicidio cuando se da muerte al agresor injusto en legítima defensa privada? ¿Es lícita la autoprotección o protección privada de la vida? ¿No habrá, al ejercerla, usurpación o atribución abusiva de facultades que corresponden al Estado? ¿No se quebrantará, y gravemente, con el «vim vi repellere» el «no matarás» del Decálogo y el mandamiento del amor al prójimo del Nuevo Testamento?

He aquí una serie de preguntas incisivas, y se quiere incluso apasionantes, que han tenido y tienen respuestas no sólo diferentes, sino contrarias, produciendo la confusión lógica que es preciso aclarar a la luz de la doctrina verdadera.

En favor de la licitud de la legitima defensa, aun cuando la misma lleve consigo la muerte del agresor, se aducen los siguientes argumentos: el de la conservación de la propia vida, como exigencia natural y primaría; el de la colisión de derechos, que da mayor rango a los del agredido que a los del agresor; el de la seguridad social, que exige en todo caso una accion defensiva contra la acción ofensiva violenta; el de la fuerza del Derecho, que por medio de la defensa privada, negando el delito, como quería Hegel, niega esa misma negación y hace respetar el ordenamiento jurídico; el de la delegación excepcional en el individuo de las atribuciones del poder público; el de la justicia, en suma, que manteniendo el principio de que nadie se la pueda tomar por su mano convierte en situaciones concretas al individuo en mano institucional que la sirve.

En cualquier caso, ocurre aquí exactamente igual que en el caso de la pena de muerte. Ni el condenado a la pena capital ni el agresor injusto quedan desprotegidos. El injusto agresor, por la entrada en ejercicio de la llamada ponderación de bienes, a pesar de su conducta, sigue siendo sujeto de derecho, y su vida «un bien jurídicamente protegido ante la reacción defensiva (irracional, desproporcionado o por exceso) de quien fue íntimamente ofendido» (Gonzalo Rodriguez Monrullo: «Legítima defensa real y putativa en la doctrina penal del Tribunal Supremo», «Civitas», 1976, pág. 66).

Larga es la historia y enconado el debate sobre la licitud de la muerte del agresor injusto en nombre de la defensa legítima. El Exodo (2, 11/12) narra, y los Hechos de los Apóstoles recuerdan (7,24) cómo Moisés, acudiendo en auxilio de un hebreo al que golpeaba un egipcio, mató a éste. El mismo libro (22, 1/2) justifica la herida mortal del ladrón nocturno, que Cicerón en «Pro-Mileto» amplía al diurno cuando es portador de armas. «Si nuestra vida -agrega Cicerón- corriera riesgo en alguna emboscada o nos acometieran violentamente ladrones o enemigos armados… hay derecho a matar a quien nos quiere quitar la vida.» Como señaló Ulpiano, «liceat vim vi repelere».

Nuestro Fuero Juzgo (Libro VIII, tít. lº, Ley 13) estableció que «quien fuerza cosa ajena, si en la fuerza fuese herido o muerto, el que lo hirió o mató, non aya alguna calomna». Las Partidas (VIII, tít. 8, Leyes 1ª y 2ª) con más extensión, dicen, hablando de los homicidas, que cuando la muerte se produzca «defendiéndose» (y) viniendo el otro contra él, trayendo en la mano cuchillo sacado, o espada, o piedra, o palo, u otra arma cualquiera que le pudiere matar… no cae en pena alguna. «Ca natural cosa es, e muy guisada, que todo ome haya poder de amparar su persona de muerte queriéndole alguno matar a él: e non ha de esperar que el otro le fiera primeramente, porque podría acaescer que el primer golpe que le diere podría morir el que fuere acometido, e después no se podría amparar».

Los Códigos penales modernos recogen la legítima defensa, bien en la parte general, bien en los artículos que dedican al homicidio, especificando, bajo esa denominación,la de «self defence» o «Nothwer», los requisitos que en la misma deban concurrir para ser considerada como lícita.

Pero las cuestiones planteadas al comienzo siguen en pie y, por tanto, es preciso examinar si la muerte del agresor injusto supone:

a) un comportamiento jurídico correcto, por tratarse del ejercicio de un derecho, que conlleva la exclusión del injusto y constituye una causa objetiva de justificación, desde el punto de vista penal. En tal caso, no hay responsabilidad de ninguna clase, ni penal ni civil, porque el agredido no hace otra cosa que ejercitar privadamente un derecho;

b) un comportamiento jurídico incorrecto, pero excusable, que no siendo causa de justificación de su conducta, sí es causa de inculpabilidad, por lo que actúa como eximente de responsabilidad;

c) un comportamiento jurídico no sólo incorrecto, sino inexcusable para el derecho y para la moral, por lo que ha de calificarse de pecado y de delito, con las responsabilidades consiguientes, al menos de carácter espiritual;

d) un comportamiento jurídico que, cumplidas las exigencias que después vamos a contemplar, no sólo es correcto desde el punto de vista jurídico y moral, por ser un derecho de la persona agredida, sino que, en ocasiones, ni siquiera es renunciable por constituir un deber.

Analicemos a continuación cada una de estas corrientes doctrinales:

A) Legítima defensa como derecho. Entienden cuantos se suman a este criterio que la legítima defensa que consagran los ordenamientos jurídicos traduce a su escala un derecho natural que tiene una doble raíz, a saber: la exigencia de conservar la vida, y la del bien común, que pide cumplir con la demanda social del rechazo a los malhechores.

Como tal derecho, la legitima defensa actúa en la esfera de los jurídicamente lícito, y el sujeto que obra con libertad tiene conciencia de que su conducta se halla de acuerdo con la ley, puesto que la ley, conforme al principio del interés preponderante, hace prevalecer el del agredido ilegítimamente sobre el interés del agresor injusto.

Tal derecho, por lo tanto, es a un tiempo objetivo y subjetivo. Objetivo, porque una norma jurídica lo reconoce, y subjetivo, porque se trata de una facultad que, amparada por esa norma, se pone en ejercicio.

Para esta corriente doctrinal -y en síntesis la legítima defensa implica una conducta conforme a derecho, y el agredido, por consiguiente, «iura agit», de igual modo que, para poner un ejemplo, el propietario, vendiendo una cosa de su propiedad, hace uso de su «íus disponendi».

B) La legítima defensa como excusa. Para los partidarios de este punto de vista, la muerte del agresor es contraria a derecho, y no puede considerarse como causa de justificación para el agredido. Este no actúa «iure», aunque no merece castigo y sí impunidad, porque su comportamiento resulta excusable, bien por la perturbación psíquica y el arrebato que la agresión desencadena («propter perturbationem animi»), bien porque esa misma agresión le coloca en estado de necesidad, bien por el miedo insuperable que le sobrecoge. La muerte del agresor no es, por tanto, un derecho del agredido. Su comportamiento es materialmente antijurídico, pero se le exime de responsabilidad por el delito, atendiendo a las razones aludidas que le inhiben de culpabilidad, toda vez que el hecho, sin conciencia ni libertad por parte del sujeto, ni siquiera podría calificarse de humano.

C) La legítima defensa como infraccíón inexcusable. Todos aquellos que defienden esta postura estiman, en términos radicales, que el «non occidere» tiene un carácter absoluto y permanente, con rango superior, no de consejo, sino de precepto, de tal manera que no admite excepciones de ninguna clase. La muerte del agresor por el agredido alegando la legítima defensa constituye una violación evidente del quinto Mandamiento.

Si es verdad que el homicidio queda justificado en el supuesto a que antes aludimos del Exodo, no se olvide -se alegaque el Nuevo Testamento superó al Antiguo, y que en el Sermón de la Montaña Cristo se expresó así: «Habéis oído que se dijo: ojo por ojo y diente por diente. Yo, empero, os digo que no hagáis resistencia al agravio» («non resistero malo») (Mat. 5, 38/39).

En esta línea de inspiración y pensamiento, San Pedro Damián escribe: «¿No recordáis aquellas palabras del Señor: si te han quitado lo que es tuyo, no lo reclames?» Si no tenemos ni siquiera el derecho de reclamar lo que nos ha sido robado, ¿cómo podríamos vengar el robo por vías de hecho? Por ello, proclamó Origenes que «Occidentem occidere non licet sed occidi necesse est».

Balmes

Se arguye, por añadidura, que es preciso rechazar la opinión de quienes aseguran que la no resistencia, que llevó al martirio a miles de cristianos durante la época de las persecuciones, fue tan sólo un consejo, sin fuerza moral una vez que las persecuciones terminaron. La fuerza moral preceptiva de la no resistencia y del martirio continúa vigente, asegura Luis Vecilla.

La verdad es que, como ha escrito Balmes, «la no resistencia no es un dogma»; que, tratándose de la agresión «in odium fidei», hay dos formas legítimas de reaccionar, la de Eleazar, aceptando el martirio, o la de los Macabeos, tomando las armas; que la Iglesia no sólo venera a los santos mártires, sino a los héroes santos, como San Hermenegildo, San Fernando o Santa Juana de Arco; que la resistencia a la agresión y la consiguiente legítima defensa hubiera sido inútil y contraproducente en la época de las persecuciones a que suele aludirse; que la referencia al Sermón de la Montaña enumera tan sólo la aplicación de la caridad a determinados supuestos, pero no impide que esa misma caridad exija un comportamiento diferente en otros, por lo que, siendo válido en toda circunstancia el mandamiento del amor al prójimo, no se cumple siempre con el mismo de la misma manera, porque una cosa es devolver mal por mal y otra oponerse, rechazar e impedir el mal, y al que pretende por la agresión imponerlo y ejecutarlo; que, como indicara Pío XII, «el agresor formalmente injusto pierde por su acción injusta el derecho a su propia vida».

No cabe, en apoyo de la tesis que califica de infracción moral la muerte en legítima defensa, decir que, hallándose el agresor en pecado mortal, dado el propósito que le anima, su muerte en dicho estado por la reacción del agredido le condenará al infierno. Si el que salva un alma salva la suya, también condena la suya, se dice, el que otra condena. Pero tampoco vale el argumento, ya que, de una parte, quien ha dado motivo para la legítima defensa, que le ocasiona la muerte en dicho estado, es el agresor, y no el agredido, y de otra, que también pudiera hallarse en situación de pecado mortal el agredido, que no quiere morir, por la agresión de otro, sin haber confesado.

La postura que mantiene la infracción moral, en todo caso, de la muerte en legítima defensa, nace no sólo de la identificación de la caridad con la no resistencia, sino de la confusión entre la agresión por odio a la fe y la agresión por motivos ajenos a ella. Pues bien, si el martirio a que conduce la primera resulta admirable, la muerte a manos de quien la desea por otras razones ha de ser contemplada con perspectiva diferente.

El problema, en el campo en que ahora nos desenvolvemos, nos lleva a examinar una cuestión conexa, pero distinta: conexa, toda vez que se refiere a la contemplación moral de la institución; pero distinta, porque esa contemplación matiza los supuestos y se pronuncia de modo distinto también, según se trate de unos o de otros.

San Agustín, que afirma sin vacilaciones que «mucho menor mal es matar al que pone asechanza a la vida ajena que al que defiende la propia» («Libre arbitrio», Libro 1, cap. V, nº 12), dice, sin embargo, que aun «no condenando las leyes que permiten matar al agresor, no encuentra cómo disculpar a los que de hecho matan» (id., nº 11). Para San Agustín, al menos en el pasaje aludido, la muerte del agresor justificada ante la ley humana no lo está ante la ley divina.

¿Pero por qué no encuentra San Agustín dicha justificación? El mismo se refiere a la concupiscencia o instinto -a la pulsión homicida, diríamos con frase de hoy- que anima al agredido. Este, amando su vida desmesuradamente, inmoderadamente, llega a estimar como necesaria la muerte del agresor. La entrada en juego de lo concupiscente hace surgir la duda en San Agustín. Por ello, si la concupiscencia instintiva no fuera el argumento decisivo para la reacción de la víctima, está claro que su conducta, para el propio San Agustín, sería lícita.

Pero aun entrando en juego el instinto, por razón de la propia naturaleza humana, no creemos que pueda plantearse la duda, y ello porque una cosa es el instinto homicida, que tiene carácter prioritario en el agresor, y otra el instinto de conservación de la propia vida, que tiene carácter prioritario para el agredido, y porque los instintos, como las pasiones, han de juzgarse, desde el plano ético, por razón de íos fines honestos o deshonestos a cuyo servicio se ponen. El instinto puede ser irracional, pero no puede decirse lo mismo del fin moral e inmoral al que se ordena.

Santo Tomás, sobre el que pesó la actitud contradictoria, dubitativo y confusa, por consiguiente, de San Agustín, al ocuparse de la legítima defensa en la «Summa», de manera diáfana dice: «Vim vi rapellere licet, servato moderamine inculpatae tutelae», o sea, que «es lícito repeler la fuerza con la fuerza moderando la defensa según las necesidades de la seguridad amenazadas (II, 11, q. 64, art. 7). Pero, declarando esta licitud, apostilla que hay dos maneras de defenderse, ya que «puede-suceder que el agredido tenga sólo la intención de defenderse, llegando a matar al agresor por mero accidente, o puede ser que el agredido pretenda intencional damente la muerte del agresor, ya como medio, ya como fin de la defensa. El agredido -concluye Santo Tomás- puede matar al agresor, pero de ninguna manera puede pretender matarle, ni como medio ni como fin, al rechazar la agresión», pues ello sería un pecado grave.

Aplica Santo Tomás al caso que nos ocupa la doctrina del voluntario indirecto o de la causalidad de efecto doble, conforme a la cual la muerte del agresor será sólo lícita cuando el efecto querido es el bueno, la conservación de la vida propia, y el efecto no querido, aun siendo su consecuencia inevitable, es el malo, la muerte del agresor.

Alguien ha visto una contradicción entre San Agustín y Santo Tomás, pues aun en el caso en que este último justifica la muerte en legítima defensa, es decir, del voluntario indirecto, parece ser que mientras Santo Tomás busca la justificación del voluntario indirecto en el aprecio de la propia vida, que es concupiscente por ser instintivo, San Agustín, por el contrario, niega tal justificación precisamente por el desprecio a la vida propia, que en lucha contra la concupiscencia resulta preceptivo.

No creo que la ascética cristiana ponga la conservación de la vida al nivel zoológico del instinto, pues el cristianismo enseña que la vida es un don de Dios que se debe conservar y desarrollar, y, por lo tanto, preservar y defender. Si el desprecio a la vida, sin más, fuese un objetivo cristiano, el desprecio del don implicaría el desprecio al donante, y cumplido al pie de la letra nos conduciría a no alimentarnos, a ampararnos contra la intemperie y a rechazar las medicinas y las intervenciones quirúrgicas en caso de enfermedad o accidente. Una cosa es el sacrificio de la vida y otra dejar, sin pretender impedirlo, que alguien injustamente acabe con ella.

Por todo ello, las opiniones de San Agustín, dubitativas, y de Santo Tomás, matizadoras, fueron contestadas y superadas especialmente por los teólogos clásicos españoles. Para no alargarnos excesivamente, traigamos a colación tan sólo a Lugo, Molina y Azpilicueta.

Juan de Lugo llegó a la conclusión de que es lícita la muerte en legítima defensa, aunque se trate de voluntario directo, es decir, del caso en que el agredido reacciona con la intención directa de matar a su agresor. «Si la legítima defensa es justa y legal, fundada en la misma naturaleza, debe serlo también el medio necesario para ella.» Pues bien, si para lograr el fin de la legítima defensa no basta a veces con golpear o herir («simplex percussio»), haciéndose necesario «intendere mortem aggressoris» (intentar la muerte del agresor), entonces «non solum ut percussio sed ut mors». En tales casos, pues, intencíonalmente y moralmente, como algo que se reputa y juzga necesario, puede buscarse de modo directo y no querer como simple resultado la muerte del agresor.

De forma análoga, Luis de Molina escribió que «mors ipsa aggressoris est medium necessarium ad se tuendum, persecussioque non esset sufficiens».

Martín de Azpilicueta, por último, buen conocedor del hombre, y bajando de la teoría a la cruda realidad, escribe que «a la frágil naturaleza humana no se la puede pedir que viéndose atacada con peligro grave de la vida tenga el ánimo tan sereno que sólo quiera defenderse y no acabar con el adversario».

Para mí, la espinosa cuestión del voluntario directo o indirecto queda iluminada definitivamente y, a la vez, en el plano jurídico positivo y en el plano moral con la doctrina que, analizando la legítima defensa, separa los dos aspectos que en el rechazo de la agresión aparecen. De una parte, el objetivo o situación real que se define por su carácter genérico como «animus defensionis», o mejor, como un obrar en defensa, y de otra, el subjetivo personalismo de los móviles que, con carácter individual y concreto, impulsan la defensa misma (Ve Sent. T. S. de 14 de marzo de 1973).

Pues bien, mientras el «animus defensionis» puede llevar consigo, sin inmoralizar la conducta, el «animus necandi», los móviles de aquél y de éste, manteniendo su juridicidad (ante la ley humana de San Agustín) pueden inmoralizarla (ante la ley divina). Ello sucede cuando la legítima defensa ampara, ante el derecho positivo, un propósito de venganza, una secuela de odio, un sentimiento de envidia, que aprovecha en su propio beneficio la causa de justificación, para satisfacer anhelos concupiscentes de valor negativo ético.

Lo que ocurre es que al llegar a este punto convergen y se entiende a San Agustín, a Santo Tomás y a los teólogos clásicos españoles. Basta para ello trazar la frontera entre el delito y el pecado. El agredido que mata a su injusto agresor puede obrar jurídicamente si en su legítima defensa concurren los requisitos que la norma positiva exige como legitimadores de su conducta, y ello no obstante, cometer una infracción moral, incluso grave, si los móviles que en su intimidad le impulsaron a ocasionar dicha muerte fueron los de la más baja y torpe concupiscencia. Pero de aquí no puede deducirse que la legítima defensa no sea lícita, por precepto evangélico. Lo que sí puede decirse es que no es lícito caer en la tentación de la venganza, del odio o de la envidia, matando para defenderse lo que, ciertamente, no es ni mucho menos lo mismo. Si el «animus necandi» es moralmente lícito como medio y como fin para hacer eficaz la defensa, pueden no ser moralmente lícitos sus móviles esti~ rnulantes. Aquí, como en tantas otras ocasiones, hay que trazar -insistimos en ellola línea que separa el Derecho de la Moral. No todo lo que es pecado es delito; pero igualmente, lo que se hace de acuerdo con la ley, lo que no es delito, lo que es, además, ejercicio de un derecho, puede, por razón de las intenciones o fuero interno, siendo jurídicamente válido, ser moralmente pecaminoso. Si el Derecho tiene jurisdicción sobre las conductas, no la tiene en el de la conciencia que las anima. Recordemos aquella frase de Jesús, que reproduce San Mateo (15, 1 8/19): «Lo que… sale del corazón… mancha al hombre. Porque del corazón es de donde salen… los homicidios.»

Fin primera parte (continuará)

Para Arbil


10 respuestas a «Legítima defensa (1/2)»

  1. El Señor Lomas ha dado una gran lección de ética moralidad y principios Humanos a toda España…a esa España de cobardes y emasculados empezando por «la fiscala sodomita» del chiringuito satánico-marxista de esos que gustan destruir la hombría coraje y todo lo que ellos no pueden ser(psicópatas declarados)que le interrogó capciosa y espuriamente y con mala fé.
    Anda rulando por ahí una supuesta grabación
    de la llamada del Señor Lomas a la policía de muy dudosa veracidad…con tufo a montaje policial que tira pa’atrás para justificar la inacción y más cosas…todo presunto claro…
    guión puro y duro.
    Es evidente e inherente que una organización criminal en el poder favorece al mal y castiga al bien.Pero no hay que desanimarse ni hacerles caso so riesgo de convertirse en cómplices de indefensión inducida que viene a ser complicidad con el mal.
    Puestos a ir a la cárcel por defender tu vida la de tu familia y tu propiedad…haz que valga la pena…no sé si me explico.
    Quizás el error fué llamar a la «policía» y no tener ubicada una granja de cerdos.

    1. Muy cierto, castran toda virilidad para defenderse, sin virilidad no hay oportunidad para despertar el espíritu, por eso lo hacen o les mandan hacer, porque estas hordas no tienen ni idea de que se trata, al estar fagocitados de espíritu.

      Saludos cordiales

  2. He escuchado a Luis del Pino, comentar sobre el tema. Yo no entro ni salgo, aunque dados los tiempos que corren y lo que está pasando, lógicamente, me posiciono en defensa del librero pero; según la versión, que sin duda obedece a una previa investigación, dada su profesión, la cosa sucedió de la siguiente manera( como decía yo sólo aporto esta versión sin entrar en su veracidad ): el asaltante entró a través de un patio de la finca, no a la vivienda en concreto, sino, a un almacén donde el propietario tenía una sierra que apagada, portaba el ladrón en el momento de ser sorprendido. Ante lo cual, el propietario entró en su casa y salió con un arma larga, disparando al intruso un tiro que le acertó de frente, y otro que le dio en la espalda… ante esta explicación, que cada uno juzgue, aunque, con todo habría que hablar de distancias, de iluminación, de actitud de uno y del otro( si tiro de la espalda fue antes o después, sus trayectorias… ), etc., antes de pronunciarse, creo, en este caso; si es que la cosa sucedió así.

    En todo caso, este suceso sumado a otros muchos pone de manifiesto la avanzadilla Kalergi sobre el español( cristiano, en casos islámicos ). La impunidad del caos masón premeditado( Mazzini/Pike )para la autodestrucción programada; con la complicidad de políticos y cargos policiales infectados y el atado de manos de los funcionarios leales a la justicia.

    1. En otro orden de cosas, que es sin duda el mismo orden; y el Orden en general:

      » Habéis oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente.
      Pero yo os digo: No resistir al malo, sino que, si alguno te hiere en la mejilla derecha, preséntale también la otra. Y al que quiere citarte a juicio y llevarse tu túnica, déjale también el manto. Y si alguno te requiere para una milla, ve con él dos. Da al que te pide y no rechaces al que quiere que tú le prestes.

      Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre, el del cielo, que hace salir el sol sobre malos y buenos y llueve sobre justos y pecadores. Por que, si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis?; ¿no hacen también esto los publicanos( /no cristianos )?. Y, si saludáis solamente a vuestros hermanos( /propios ), ¿qué( mérito ) hacéis de más? ¿No hacen también esto los gentiles? Sed, pues, vosotros perfectos, como es perfecto vuestro Padre celestial.

      Y escuchado esto, me sobran todos los demás textos, vengan de quien vengan. Porque es el Padre el que obraba, y obra.

      1. Eso nunca lo dijo Jesus,fué una artimaña más de los mismos que lo asesinaron…para generar indefensión
        lo que si dijo es :
        » Sed buenos pero no gilipollas»

      2. Así lo dijo a sus discípulos ante las turbas en el sermón de la montaña( Mateo 5, en la vulgata latina; o sea una traducción de San Jerónimo directa del griego ); y está más que claro, clarísimo; diáfano. Luego, allá cada uno.

        1. Mateo 10: He aquí, que os envío como a ovejas en medio de lobos; sed, pues, prudentes como serpientes, y sencillos como palomas.

          Precisamente la adulteración del odre viejo, de la Antigua Alianza, que denunció el Cristo, y por lo que le quitaron de en medio, consistía en su mayor parte en el sacrificio que sigue al odio que encierra, por ejemplo, la expresión ojo por ojo…
          Se que cuesta aceptarlo, pero al mal no se le combate con el mal. El mayor triunfo del Cristianismo fue debido a los mártires que echaron abajo, sin tirar una china, a la potentísima inercia pagana greco romana( la misma que se revivió contra el cristianismo con el despotismo ilustrado y su republica platónica ), basada en la tiránica esclavitud de los más en pro de una minoría privilegiada; al esclavo se consideraba un objeto parlante. Y solo una pequeña parte de las clases altas tenía todos los derechos. Dieron la vuelta al mayor imperio de la época, y conformaron lo mejor de los siguientes siglos. A ellos se refirió Daniel cuando dijo, que el Cristo haría muchos fieles, y que luego vendría lo que tenemos ya.

          1. Se que cuesta aceptarlo, pero en eso consiste también la fe; en que Dios proveerá.
            Si bien es verdad que Jesús hablaba así a sus discípulos; pero fue para que lo transmitieran al resto.

            Cuando se construyó el islam, de manera sincrética( con retales ), se cuidaron muy mucho de elegir de entre la parte mosaica, lo del ojo por ojo; así cuando se refieren a la guerra santa, es clavado prácticamente a esta filosofía.
            Si bien es verdad que Jesús hablaba así a sus discípulos; pero fue para que lo transmitieran al mundo.

            No penséis que he venido a abolir la ley o los profetas. No he venido a abolir, sino a perfeccionar. Porque en verdad os digo: antes pasarán el cielo y la tierra que pasen una jota o un ápice de la ley sin que todo se cumpla. Por tanto, todo el que quebrante uno de estos mandamientos, los más pequeños, y enseñare así a los hombres, será el más pequeño en el reino de los cielos; pero el que los cumpliere y enseñare, éste será grande en el reino de los cielos. Porque os digo que si vuestra justicia no fuere más que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos.
            Habéis oído que se dijo a los antiguos: no matarás. Quien matare será reo de condenación. Pero yo os digo: todo el que se enfada con su hermano, será reo ante el tribunal. Y quien dijera a su hermano raca, responderá ante el sanedrín. Y quien le dijere necio, responderá con la gehenna del fuego. Si fueres al altar para hacer tu ofrenda y allí te acordares que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí delante del altar la ofrenda y ve primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelve y presenta tu ofrenda. Haz pronto la paz con tu adversario, mientras estás con él en el camino; no sea que te entregue al juez y el juez al guardia y seas encarcelado. En verdad te digo que no saldrás de allí mientras no pagues el último céntimo.
            Habéis oído que se dijo: No adulterarás. Pero Yo os digo: todo el que mira a una mujer con deseo, ya ha adulterado en su corazón. Si tu ojo derecho te escandaliza, arráncalo y arrójalo lejos de ti, porque te conviene más perder uno de tus miembros antes que tu cuerpo entero sea arrojado al infierno. Y si tu mano derecha te escandaliza, córtala y arrójala de ti, porque te conviene más perder uno de tus miembros antes que tu cuerpo entero caiga en el infierno.
            Se dijo también: Si alguno despide a su mujer, que le dé libelo de repudio. Pero Yo os digo: todo el que despide a su mujer, excepto el caso de fornicación, hace que ella adultere, y quien se casa con una repudiada, adultera.
            Habéis también oído que se dijo a los antiguos: No perjurarás, sino que cumplirás al Señor tus juramentos. Pero Yo os digo: No jurar de ningún modo. Ni por el cielo, porque es trono de Dios; ni por la tierra, porque es escabel de sus pies; ni por Jerusalén, porque es ciudad del gran rey; ni jures por tu cabeza, porque no puedes hacer blanco o negro un cabello. Sea, pues, vuestro lenguaje: Sí, sí; no, no. Lo que esto sobrepasa es del Malo.
            Habéis oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente. Pero yo os digo: No resistir al malo, sino que si alguno te hiere en la mejilla derecha, preséntale también la otra. Y al que quiere citarte a juicio y llevarse tu túnica, déjale también el manto. Y si alguno te requiere para una milla, ve con él dos. Da al que te pide y no rechaces al que quiere que tú le prestes.
            Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre, el del cielo, que hace salir el sol sobre malos y buenos y llueve sobre justos y pecadores. Por que, si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? ¿No hacen también esto los publicanos? Y si saludáis solamente a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen también esto los gentiles? Sed, pues, vosotros perfectos, como es perfecto vuestro Padre celestial.

            6. Mirad que no hagáis vuestra justicia( la justicia verdadera, la del Padre, es la misericordia ) delante de los hombres, para ser vistos de ellos, pues de otra suerte no tendréis recompensa ante vuestro Padre el de los cielos.
            Por tanto, cuando hagas limosna no la anuncies a son de trompeta, como lo hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles para ser honrados por los hombres; en verdad os digo que tienen ya su recompensa. Cuando haces limosna, que no sepa tu izquierda lo que hace tu derecha; que tu limosna quede oculta, y tu Padre, el que ve en lo escondido, te premiará.

            Y cuando oréis, no seáis como los hipócritas, que gustan de orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para ser vistos de los hombres; en verdad os digo que tienen ya su recompensa. Tú cuando ores, entra en tu aposento, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está allí, en lo escondido; y tu Padre, el que ve en lo escondido, te premiará.

            Y cuando oréis, no digáis palabras inútiles, como los paganos; que se figuran van a ser oídos por su abundancia de palabras. No los imitéis; porque sabe vuestro Padre de que cosa tenéis necesidad antes de que vosotros le pidáis.

            (…)

            vuestro Padre celestial sabe lo que necesitáis. Buscad primero el reino y su justicia, y todas estas cosas se os darán por añadidura. No os angustiéis por el día de mañana, porque el día de mañana se cuidará de sí: bástale a cada día su trabajo.

            Pedid y se os dará; buscad y encontraréis; llamad y se os abrirá, porque todo el que pide, recibe; y el que busca encuentra, y al que llama se le abrirá. ¿O habrá entre vosotros alguno a quien su hijo le pida pan y le dé una piedra? ¿Si pide un pez, le dé una serpiente? Si vosotros, siendo malos, sabéis dar dones buenos a vuestros hijos, ¿con cuánta más razón vuestro Padre, el de los cielos, dará cosas buenas a los que le piden?
            Todo lo que queráis que hagan los hombres con vosotros, hacedlo así vosotros con ellos. Porque ésta es la Ley y los Profetas.

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