León XIV, Umberto Longo y el “punto de inflexión” hecho praxis
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En nuestros Comentarios a la encíclica Magnifica Humanitas hemos publicado un artículo titulado: Magnifica Humanitas y el “punto de inflexión” conciliar. En este artículo hacemos una reflexión a un párrafo del punto 34[1] de la encíclica, donde León XIV escribe que “El Concilio Vaticano II marcó un punto de inflexión en la forma en que la Iglesia se entiende a sí misma en el mundo contemporáneo”.
Transcribimos parte de nuestro comentario a ese texto del Papa:
“Su lectura [punto 34] ha llamado nuestra atención al leer la expresión “punto de inflexión”. Porque “punto de inflexión” de Magnifica Humanitas, aplicada al Vaticano II, no es inocente. Es una expresión muy significativa y no puede pasarse por alto. A nuestro modo de ver, esta expresión puede entenderse de dos formas. O bien, como una renovación pastoral en el modo de dirigirse la Iglesia al mundo moderno, lo que puede admitirse dentro de una lectura de continuidad. O, por lo contrario, como una nueva autocomprensión de la Iglesia, entonces la fórmula se vuelve peligrosa”.
A raíz de la sorprendente y desconcertante noticia del nombramiento de un masón -Umberto Longo- como miembro del Pontificio Comité de Ciencias Históricas por León XIV, ¿no nos encontramos ante una consecuencia práctica de aquel “punto de inflexión” que supone la muy peligrosa autocomprensión de la Iglesia ante el mundo contemporáneo?
Si la Iglesia comienza a concebir su relación con el mundo principalmente mediante categorías de diálogo, encuentro, escucha, colaboración y discernimiento, puede suceder que antiguas incompatibilidades doctrinales dejen de traducirse automáticamente en incompatibilidades institucionales. Y, entonces, ¿qué consecuencias tiene esa nueva autocomprensión cuando llega la hora de gobernar? Lo estamos viendo y experimentando: separación entre teoría y praxis.
No se declara que la masonería sea compatible con el catolicismo. No se revoca ninguna condena. No se publica un documento diciendo que la antigua doctrina estaba equivocada. Simplemente lo que continúa siendo incompatible en la doctrina deja de ser necesariamente incompatible en la práctica institucional.
La teoría permanece; cambia la praxis. Y ese cambio de praxis revela una nueva autocomprensión de la Iglesia.
La Iglesia sigue afirmando formalmente muchas de las mismas verdades: la incompatibilidad de la masonería con la fe, la defensa de la vida, la necesidad de evangelizar, la existencia de una verdad objetiva. Pero en la práctica esas afirmaciones parecen condicionar cada vez menos determinadas decisiones concretas de gobierno.
No se abandona formalmente la doctrina; cambia la actitud práctica de la Iglesia ante quienes sostienen o encarnan posiciones incompatibles con ella.
Estamos viendo el verdadero alcance de esa nueva autocomprensión de la Iglesia. Ésta corre el riesgo de dejar de presentarse principalmente como quien, desde una verdad recibida de Jesucristo, juzga, corrige y llama a la conversión, para presentarse preferentemente como una comunidad eclesial que escucha, dialoga, discierne, coopera e integra. Las antiguas fronteras doctrinales no desaparecen formalmente, pero pierden fuerza a la hora de orientar las decisiones concretas de gobierno eclesiástico.
Por eso el cambio que estamos experimentando -tanto con este nombramiento como con muchos otros[2]– es más profundo de lo que parece. Pero este cambio no solo se manifiesta en los nombramientos eclesiásticos, sino también en la marcha general de la Iglesia. Véase el sinodalismo, el caos litúrgico y sus aberraciones, la confusión dogmática, el ataque a la moral católica, etc. ¿No estamos ante ese “punto de inflexión en la forma en que la Iglesia se entiende a sí misma en el mundo contemporáneo”, de León XIV?
La astucia es manifiesta. No hace falta modificar primero la doctrina para transformar la Iglesia; basta con modificar de modo estable la praxis. Si durante años se actúa como si determinadas incompatibilidades doctrinales ya no tuvieran consecuencias concretas, esa nueva forma de actuar termina creando una mentalidad distinta. Y esa mentalidad acaba influyendo también en la manera de comprender las doctrinas que formalmente siguen vigentes. He aquí la profundidad del cambio que vivimos en la Iglesia.
La doctrina permanece escrita, pero empieza a ser interpretada desde una práctica que ya se rige por otros criterios -diálogo, integración, colaboración, discernimiento de las circunstancias- que pueden llegar a ser incompatibles con la fe y con la doctrina tradicionales de la Iglesia. Y entonces la pregunta ya no será si la doctrina ha cambiado oficialmente, sino si sigue siendo realmente la norma que gobierna la Iglesia.
Cuanto mayor es la confusión, -y este nombramiento es un tema de extremada confusión- más grave resulta la responsabilidad del Papa; pues quien ha recibido la misión de confirmar no puede permitirse gobernar de manera que los fieles terminen preguntándose qué significa realmente aquello que la Iglesia todavía enseña.
[1] “El Concilio Vaticano II marcó un punto de inflexión en la forma en que la Iglesia se entiende a sí misma en el mundo contemporáneo. En la Constitución pastoral Gaudium et Spes nos presentó la imagen de una Iglesia cercana a la humanidad, comprometida con el mundo y dedicada a reflexionar no a partir de esquemas abstractos, sino de la realidad concreta de las situaciones históricas”.
[2] Tenemos presente los nombramientos episcopales de sacerdotes abiertamente pro sodomía. El obispo José Antonio Satué declaró en febrero de 2026 declaró públicamente que “ser homosexual no es pecado”. En julio de 2026 León XIV nombró a Christian Würtz obispo de Eichstätt. Würtz había votado en el proceso sinodal alemán a favor de documentos relativos a la bendición de parejas del mismo sexo y había apoyado el documento sobre la “reevaluación doctrinal de la homosexualidad”. León XIV nombró obispo de Monterey a Ramón Bejarano, quien había celebrado una misa de carácter LGBT en la que intervino una activista drag queen.
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En nuestros Comentarios a la encíclica Magnifica Humanitas hemos publicado un artículo titulado: Magnifica Humanitas y el “punto de inflexión” conciliar. En este artículo hacemos una reflexión a un párrafo del punto 34[1] de la encíclica, donde León XIV escribe que “El Concilio Vaticano II marcó un punto de inflexión en la forma en que la Iglesia se entiende a sí misma en el mundo contemporáneo”.
Transcribimos parte de nuestro comentario a ese texto del Papa:
“Su lectura [punto 34] ha llamado nuestra atención al leer la expresión “punto de inflexión”. Porque “punto de inflexión” de Magnifica Humanitas, aplicada al Vaticano II, no es inocente. Es una expresión muy significativa y no puede pasarse por alto. A nuestro modo de ver, esta expresión puede entenderse de dos formas. O bien, como una renovación pastoral en el modo de dirigirse la Iglesia al mundo moderno, lo que puede admitirse dentro de una lectura de continuidad. O, por lo contrario, como una nueva autocomprensión de la Iglesia, entonces la fórmula se vuelve peligrosa”.
A raíz de la sorprendente y desconcertante noticia del nombramiento de un masón -Umberto Longo- como miembro del Pontificio Comité de Ciencias Históricas por León XIV, ¿no nos encontramos ante una consecuencia práctica de aquel “punto de inflexión” que supone la muy peligrosa autocomprensión de la Iglesia ante el mundo contemporáneo?
Si la Iglesia comienza a concebir su relación con el mundo principalmente mediante categorías de diálogo, encuentro, escucha, colaboración y discernimiento, puede suceder que antiguas incompatibilidades doctrinales dejen de traducirse automáticamente en incompatibilidades institucionales. Y, entonces, ¿qué consecuencias tiene esa nueva autocomprensión cuando llega la hora de gobernar? Lo estamos viendo y experimentando: separación entre teoría y praxis.
No se declara que la masonería sea compatible con el catolicismo. No se revoca ninguna condena. No se publica un documento diciendo que la antigua doctrina estaba equivocada. Simplemente lo que continúa siendo incompatible en la doctrina deja de ser necesariamente incompatible en la práctica institucional.
La teoría permanece; cambia la praxis. Y ese cambio de praxis revela una nueva autocomprensión de la Iglesia.
La Iglesia sigue afirmando formalmente muchas de las mismas verdades: la incompatibilidad de la masonería con la fe, la defensa de la vida, la necesidad de evangelizar, la existencia de una verdad objetiva. Pero en la práctica esas afirmaciones parecen condicionar cada vez menos determinadas decisiones concretas de gobierno.
No se abandona formalmente la doctrina; cambia la actitud práctica de la Iglesia ante quienes sostienen o encarnan posiciones incompatibles con ella.
Estamos viendo el verdadero alcance de esa nueva autocomprensión de la Iglesia. Ésta corre el riesgo de dejar de presentarse principalmente como quien, desde una verdad recibida de Jesucristo, juzga, corrige y llama a la conversión, para presentarse preferentemente como una comunidad eclesial que escucha, dialoga, discierne, coopera e integra. Las antiguas fronteras doctrinales no desaparecen formalmente, pero pierden fuerza a la hora de orientar las decisiones concretas de gobierno eclesiástico.
Por eso el cambio que estamos experimentando -tanto con este nombramiento como con muchos otros[2]– es más profundo de lo que parece. Pero este cambio no solo se manifiesta en los nombramientos eclesiásticos, sino también en la marcha general de la Iglesia. Véase el sinodalismo, el caos litúrgico y sus aberraciones, la confusión dogmática, el ataque a la moral católica, etc. ¿No estamos ante ese “punto de inflexión en la forma en que la Iglesia se entiende a sí misma en el mundo contemporáneo”, de León XIV?
La astucia es manifiesta. No hace falta modificar primero la doctrina para transformar la Iglesia; basta con modificar de modo estable la praxis. Si durante años se actúa como si determinadas incompatibilidades doctrinales ya no tuvieran consecuencias concretas, esa nueva forma de actuar termina creando una mentalidad distinta. Y esa mentalidad acaba influyendo también en la manera de comprender las doctrinas que formalmente siguen vigentes. He aquí la profundidad del cambio que vivimos en la Iglesia.
La doctrina permanece escrita, pero empieza a ser interpretada desde una práctica que ya se rige por otros criterios -diálogo, integración, colaboración, discernimiento de las circunstancias- que pueden llegar a ser incompatibles con la fe y con la doctrina tradicionales de la Iglesia. Y entonces la pregunta ya no será si la doctrina ha cambiado oficialmente, sino si sigue siendo realmente la norma que gobierna la Iglesia.
Cuanto mayor es la confusión, -y este nombramiento es un tema de extremada confusión- más grave resulta la responsabilidad del Papa; pues quien ha recibido la misión de confirmar no puede permitirse gobernar de manera que los fieles terminen preguntándose qué significa realmente aquello que la Iglesia todavía enseña.
[1] “El Concilio Vaticano II marcó un punto de inflexión en la forma en que la Iglesia se entiende a sí misma en el mundo contemporáneo. En la Constitución pastoral Gaudium et Spes nos presentó la imagen de una Iglesia cercana a la humanidad, comprometida con el mundo y dedicada a reflexionar no a partir de esquemas abstractos, sino de la realidad concreta de las situaciones históricas”.
[2] Tenemos presente los nombramientos episcopales de sacerdotes abiertamente pro sodomía. El obispo José Antonio Satué declaró en febrero de 2026 declaró públicamente que “ser homosexual no es pecado”. En julio de 2026 León XIV nombró a Christian Würtz obispo de Eichstätt. Würtz había votado en el proceso sinodal alemán a favor de documentos relativos a la bendición de parejas del mismo sexo y había apoyado el documento sobre la “reevaluación doctrinal de la homosexualidad”. León XIV nombró obispo de Monterey a Ramón Bejarano, quien había celebrado una misa de carácter LGBT en la que intervino una activista drag queen.
En nuestros Comentarios a la encíclica Magnifica Humanitas hemos publicado un artículo titulado: Magnifica Humanitas y el “punto de inflexión” conciliar. En este artículo hacemos una reflexión a un párrafo del punto 34[1] de la encíclica, donde León XIV escribe que “El Concilio Vaticano II marcó un punto de inflexión en la forma en que la Iglesia se entiende a sí misma en el mundo contemporáneo”.
Transcribimos parte de nuestro comentario a ese texto del Papa:
“Su lectura [punto 34] ha llamado nuestra atención al leer la expresión “punto de inflexión”. Porque “punto de inflexión” de Magnifica Humanitas, aplicada al Vaticano II, no es inocente. Es una expresión muy significativa y no puede pasarse por alto. A nuestro modo de ver, esta expresión puede entenderse de dos formas. O bien, como una renovación pastoral en el modo de dirigirse la Iglesia al mundo moderno, lo que puede admitirse dentro de una lectura de continuidad. O, por lo contrario, como una nueva autocomprensión de la Iglesia, entonces la fórmula se vuelve peligrosa”.

A raíz de la sorprendente y desconcertante noticia del nombramiento de un masón -Umberto Longo- como miembro del Pontificio Comité de Ciencias Históricas por León XIV, ¿no nos encontramos ante una consecuencia práctica de aquel “punto de inflexión” que supone la muy peligrosa autocomprensión de la Iglesia ante el mundo contemporáneo?
Si la Iglesia comienza a concebir su relación con el mundo principalmente mediante categorías de diálogo, encuentro, escucha, colaboración y discernimiento, puede suceder que antiguas incompatibilidades doctrinales dejen de traducirse automáticamente en incompatibilidades institucionales. Y, entonces, ¿qué consecuencias tiene esa nueva autocomprensión cuando llega la hora de gobernar? Lo estamos viendo y experimentando: separación entre teoría y praxis.
No se declara que la masonería sea compatible con el catolicismo. No se revoca ninguna condena. No se publica un documento diciendo que la antigua doctrina estaba equivocada. Simplemente lo que continúa siendo incompatible en la doctrina deja de ser necesariamente incompatible en la práctica institucional.
La teoría permanece; cambia la praxis. Y ese cambio de praxis revela una nueva autocomprensión de la Iglesia.
La Iglesia sigue afirmando formalmente muchas de las mismas verdades: la incompatibilidad de la masonería con la fe, la defensa de la vida, la necesidad de evangelizar, la existencia de una verdad objetiva. Pero en la práctica esas afirmaciones parecen condicionar cada vez menos determinadas decisiones concretas de gobierno.
No se abandona formalmente la doctrina; cambia la actitud práctica de la Iglesia ante quienes sostienen o encarnan posiciones incompatibles con ella.
Estamos viendo el verdadero alcance de esa nueva autocomprensión de la Iglesia. Ésta corre el riesgo de dejar de presentarse principalmente como quien, desde una verdad recibida de Jesucristo, juzga, corrige y llama a la conversión, para presentarse preferentemente como una comunidad eclesial que escucha, dialoga, discierne, coopera e integra. Las antiguas fronteras doctrinales no desaparecen formalmente, pero pierden fuerza a la hora de orientar las decisiones concretas de gobierno eclesiástico.
Por eso el cambio que estamos experimentando -tanto con este nombramiento como con muchos otros[2]– es más profundo de lo que parece. Pero este cambio no solo se manifiesta en los nombramientos eclesiásticos, sino también en la marcha general de la Iglesia. Véase el sinodalismo, el caos litúrgico y sus aberraciones, la confusión dogmática, el ataque a la moral católica, etc. ¿No estamos ante ese “punto de
inflexión en la forma en que la Iglesia se entiende a sí misma en el mundo contemporáneo”, de León XIV?
La astucia es manifiesta. No hace falta modificar primero la doctrina para transformar la Iglesia; basta con modificar de modo estable la praxis. Si durante años se actúa como si determinadas incompatibilidades doctrinales ya no tuvieran consecuencias concretas, esa nueva forma de actuar termina creando una mentalidad distinta. Y esa mentalidad acaba influyendo también en la manera de comprender las doctrinas que formalmente siguen vigentes. He aquí la profundidad del cambio que vivimos en la Iglesia.
La doctrina permanece escrita, pero empieza a ser interpretada desde una práctica que ya se rige por otros criterios -diálogo, integración, colaboración, discernimiento de las circunstancias- que pueden llegar a ser incompatibles con la fe y con la doctrina tradicionales de la Iglesia. Y entonces la pregunta ya no será si la doctrina ha cambiado oficialmente, sino si sigue siendo realmente la norma que gobierna la Iglesia.
Cuanto mayor es la confusión, -y este nombramiento es un tema de extremada confusión- más grave resulta la responsabilidad del Papa; pues quien ha recibido la misión de confirmar no puede permitirse gobernar de manera que los fieles terminen preguntándose qué significa realmente aquello que la Iglesia todavía enseña.
[1] “El Concilio Vaticano II marcó un punto de inflexión en la forma en que la Iglesia se entiende a sí misma en el mundo contemporáneo. En la Constitución pastoral Gaudium et Spes nos presentó la imagen de una Iglesia cercana a la humanidad, comprometida con el mundo y dedicada a reflexionar no a partir de esquemas abstractos, sino de la realidad concreta de las situaciones históricas”.
[2] Tenemos presente los nombramientos episcopales de sacerdotes abiertamente pro sodomía. El obispo José Antonio Satué declaró en febrero de 2026 declaró públicamente que “ser homosexual no es pecado”. En julio de 2026 León XIV nombró a Christian Würtz obispo de Eichstätt. Würtz había votado en el proceso sinodal alemán a favor de documentos relativos a la bendición de parejas del mismo sexo y había apoyado el documento sobre la “reevaluación doctrinal de la homosexualidad”. León XIV nombró obispo de Monterey a Ramón Bejarano, quien había celebrado una misa de carácter LGBT en la que intervino una activista drag queen.
Como siempre muy buen trabajo de Carlos Jauregui.
Mis «percepciones» sobre la falsa iglesia «de Roma» son desde un punto de vista NO doctrinal sino por un camino masónico que poco a poco va cambiando la Doctrina y, a la vez, condenando a la masoneria, siempre con formas que evitan ofender.
León XIV es el sucesor elegido por Bergoglio que, con su simbolismo mostraba con claridad que era un MASONAZO..
Durante muchos meses el sucesor de Bergoglio se reunió en el Vaticano todos los sabados durante unas dos horas …
El masonazo Bergoglio adoctrianaba a PREVOST que, por cierto, NO he encontrado una sola foto donde nos muestre el simbolismo propio de los masones. Lo que no indica que NO lo sea.
El Evangelio que nos proporciona descubrir quién es PREVOST y son sus «frutos» siempre dirigidos en sentido contrario al magisterio tradicional de la Iglesia.
Se puede seguir con hechos de PREVOST que prueban su mala fe, el primero el elegir como León XIV para insinuar que iba a ser el continuador de León XIII que sugiere,un «papado tradicional», para hacer todo lo contrario y, como escribo antes, su mala fe y sus intenciones de disimular o camuflar su senda contraria a la Salvación de las almas.
NO quiero seguir porque el autor del trabajo es el sr. Jauregui y es él quién manda … MIL perdones, don Carlos por abusar de sus conocimientos e interferir en ellos.
Que CRISTO nos bendiga y nos proteja que lo necesitamos
VIVA CRISTO REY
Efectivamente. La elección de “León XIV” como título por el nuevo Papa no es baladí.
Se trata de una “trampa saducea” pues pretende entroncar la figura de un Papa ortodoxo (León XIII) con una voluntad plenamente revolucionaria e iconoclasta.
Hay otros ejemplos históricos.
El primer Borbón, que llegaba al Trono con la firme voluntad de abolir y suplantar a los Reyes “Austrias” continuadores de la obra de los Reyes Católicos, eligió la denominación de Felipe V, para que los españoles pensaran que era el heredero natural de sus reyes, de Felipe IV (obviamente se saltó a la pobre ruina de Carlos II)
El actual Rey, Felipe VI, fue bautizado por su padre con ese nombre, para dejar bien sentado que sería el sucesor del primer Borbón, de Felipe V.
Lo que implicaba que Juan Carlos no era “Príncipe de España” designado sucesor a la Jefatura del Estado por Franco, sino que era el legítimo continuador dinástico de los Borbones franceses, llegados a España en 1700 gracias a las intrigas del cardenal Richelieu y a una sangrienta guerra civil.
La nomenclatura nunca es, ni casual, ni inocente.
Muchas veces me he preguntado si Franco, con la elección del nombre para el nuevo príncipe, no se receló del perjurio y la traición que demolería su ingente obra política. Y haría estéril la sangre derramada en la Cruzada.
“Si durante años se actúa como si determinadas incompatibilidades doctrinales ya no tuvieran consecuencias concretas, esa nueva forma de actuar termina creando una mentalidad distinta. Y esa mentalidad acaba influyendo también en la manera de comprender las doctrinas que formalmente siguen vigentes. He aquí la profundidad del cambio que vivimos en la Iglesia”. Pero todo esto NO se ha producido recientemente solo con Prevost, esto lleva produciéndose desde el CVII. No hace falta hacer trabajar mucho a la memoria para recordar nítidamente como, mismo aquí en España, el degenerado criminal de Montini nos pusiera como delegados del infierno a determinados obispos pro comunistas, pro etarras, pro antiEspaña, pro anti Franco auténtico soldado cristiano.
Hoy en día, se profana o autoriza profanar desde Roma (El Vaticano) templos, tumbas, etc. Por estos derribaCRUCES se procede a pervertir por medio de libros de textos a menores, cuando no, directamente a la vista de todos, con celebraciones anti natura, anti racionales moralmente (bendecir a personas en pecado), promover la invasión en países antaño cristianos, promover pinchazos experimentales, etc.
Hoy en día, un católico consciente de todo ello, tiene obligación de apartarse de estos herejes, masones y demás enemigos de la verdad, de la moral y, en definitiva de CRISTO y de la humanidad. En este caso concreto del artículo, dar por posible que este impostor de Prevost sea Papa (verdadero Papa Católico, verdadero Vicario de CRISTO), es dar por posible que el delegado autorizado y asistido por CRISTO para dirigir y organizar la Revelación de CRISTO en la tierra puede incitarnos positiva y explícitamente, y además con derecho divino, a descreer de dicha Revelación: esto es contrario a la misma Revelación, es herejía, es blasfemia; además es una completa imbecilidad, porque si la autoridad que debiera ser infalible para transmitir, explicitar e interpretar la Revelación y hasta debiera ser Regla próxima de la Fe católica es FALIBLE, no hay Revelación divina segura.
La actuación de los usurpadores de la Silla de Pedro (de Roncalli a Prevost) va encaminada a destruir la Iglesia de CRISTO. Es una trabajo interno de demolición y, evidentemente, realizado por enemigos acérrimos de CRISTO. Todos estos hijos predilectos de la Gran Ramera de Babilonia han tomado los puestos clave de la Iglesia; pero, como herejes, como masones, como satánicos que son, NO tienen potestad, NO pueden EXCOMULGAR por estar ellos mismos AUTO EXCOMULGADOS.
En la Bula “Cum ex Apostolatus Officio” del Papa Paulo IV sobre autoridades heréticas (confirmada por el Papa Pío V en el Motu Proprio “Inter multiplices curas”), encontramos de forma clara que:
Séales lícito, evitarlas como si fuesen hechiceros, paganos, publicanos o heresiarcas.
Pongo esta cita de Romanos que nos ilustra perfectamente la actual situación:
“Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido. Profesando ser sabios, se hicieron necios, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles.
Por lo cual también Dios los entregó a la inmundicia, en las concupiscencias de sus corazones, de modo que deshonraron entre sí sus propios cuerpos, ya que cambiaron la verdad de Dios por la mentira, honrando y dando culto a las criaturas antes que al Creador, el cual es bendito por los siglos. Amén.
Por esto Dios los entregó a pasiones vergonzosas; pues aun sus mujeres cambiaron el uso natural por el que es contra naturaleza, y de igual modo también los hombres, dejando el uso natural de la mujer, se encendieron en su lascivia unos con otros, cometiendo hechos vergonzosos hombres con hombres, y recibiendo en sí mismos la retribución debida a su extravío.
Y como ellos no aprobaron tener en cuenta a Dios, Dios los entregó a una mente reprobada, para hacer cosas que no convienen; estando atestados de toda injusticia, fornicación, perversidad, avaricia, maldad; llenos de envidia, homicidios, contiendas, engaños y malignidades; murmuradores, detractores, aborrecedores de Dios, injuriosos, soberbios, altivos, inventores de males, desobedientes a los padres, necios, desleales, sin afecto natural, implacables, sin misericordia; quienes habiendo entendido el juicio de Dios, que los que practican tales cosas son dignos de muerte, no solo las hacen, sino que también se complacen con los que las practican”.
Vídeo explicativo de cómo actúan estos infiltrados satánicos en la Iglesia en un caso concreto. Es en relación a la perversión de menores en colegios católicos de la diócesis de Hamburgo.
https://www.youtube.com/watch?v=kCy587BMfGU
Vídeo explicativo de cómo actúan estos infiltrados satánicos en la Iglesia en un caso concreto. Es en relación a la perversión de menores en colegios católicos de la diócesis de Hamburgo.
https://www.youtube.com/watch?v=kCy587BMfGU