León XIV vuelve a reducir la figura de la Madre de Dios
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En su discurso donde expone el plan pastoral para la diócesis de Roma, León XIV se refiere en estos términos a la Madre de Dios:
“Que os acompañe la Madre de Dios, Salus Populi Romani, que fue la primera en creer y engendró a Cristo para el mundo”.
La frase puede entenderse correctamente, pero resulta excesivamente pobre para expresar la singularidad de María dentro del misterio de la Redención.
Es verdad que María engendró según la carne al Hijo eterno de Dios y que, por medio de ella, Cristo vino al mundo. En ese sentido puede afirmarse que “engendró a Cristo para el mundo”. Pero María no es simplemente la primera creyente que recibe a Cristo y después lo entrega a los demás.
Antes que nada, María es Madre de Dios. Fue elegida de manera absolutamente singular para ser Madre del Verbo encarnado, Madre del Redentor. Su maternidad divina no es simplemente una consecuencia de haber creído, aunque su fe y su fiat pertenecen de manera esencial a su respuesta libre al designio de Dios.
Además, su misión no termina en el nacimiento de Cristo. María permanece unida a su Hijo durante toda su obra redentora, está junto a la Cruz, recibe allí una maternidad respecto de los discípulos y permanece inseparablemente vinculada, siempre de manera subordinada a Cristo, a la economía de la salvación.
Por eso llama la atención la construcción de la frase: “fue la primera en creer y engendró a Cristo para el mundo”. Colocados así ambos elementos, María puede quedar presentada principalmente como la primera creyente, modelo de quien acoge a Cristo y lo transmite después a los demás. Pero María es mucho más que eso. No es simplemente la primera de una serie de creyentes. Su lugar es único e irrepetible porque es Madre de Dios y Madre del Redentor.
La diferencia no es pequeña. Decir que María “engendró a Cristo para el mundo” describe algo que hizo; llamarla Madre de Dios y Madre del Redentor expresa quién es María dentro del designio divino de la salvación.
El problema no está, por tanto, en que la frase sea falsa. Está en que, una vez más, una realidad teológica de extraordinaria profundidad queda expresada mediante una fórmula que reduce su contenido y deja en segundo plano aquello que hace absolutamente singular a la Santísima Virgen. Esto es lo que hace León XIV.
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En su discurso donde expone el plan pastoral para la diócesis de Roma, León XIV se refiere en estos términos a la Madre de Dios:
“Que os acompañe la Madre de Dios, Salus Populi Romani, que fue la primera en creer y engendró a Cristo para el mundo”.
La frase puede entenderse correctamente, pero resulta excesivamente pobre para expresar la singularidad de María dentro del misterio de la Redención.
Es verdad que María engendró según la carne al Hijo eterno de Dios y que, por medio de ella, Cristo vino al mundo. En ese sentido puede afirmarse que “engendró a Cristo para el mundo”. Pero María no es simplemente la primera creyente que recibe a Cristo y después lo entrega a los demás.
Antes que nada, María es Madre de Dios. Fue elegida de manera absolutamente singular para ser Madre del Verbo encarnado, Madre del Redentor. Su maternidad divina no es simplemente una consecuencia de haber creído, aunque su fe y su fiat pertenecen de manera esencial a su respuesta libre al designio de Dios.
Además, su misión no termina en el nacimiento de Cristo. María permanece unida a su Hijo durante toda su obra redentora, está junto a la Cruz, recibe allí una maternidad respecto de los discípulos y permanece inseparablemente vinculada, siempre de manera subordinada a Cristo, a la economía de la salvación.
Por eso llama la atención la construcción de la frase: “fue la primera en creer y engendró a Cristo para el mundo”. Colocados así ambos elementos, María puede quedar presentada principalmente como la primera creyente, modelo de quien acoge a Cristo y lo transmite después a los demás. Pero María es mucho más que eso. No es simplemente la primera de una serie de creyentes. Su lugar es único e irrepetible porque es Madre de Dios y Madre del Redentor.
La diferencia no es pequeña. Decir que María “engendró a Cristo para el mundo” describe algo que hizo; llamarla Madre de Dios y Madre del Redentor expresa quién es María dentro del designio divino de la salvación.
El problema no está, por tanto, en que la frase sea falsa. Está en que, una vez más, una realidad teológica de extraordinaria profundidad queda expresada mediante una fórmula que reduce su contenido y deja en segundo plano aquello que hace absolutamente singular a la Santísima Virgen. Esto es lo que hace León XIV.
En su discurso donde expone el plan pastoral para la diócesis de Roma, León XIV se refiere en estos términos a la Madre de Dios:
“Que os acompañe la Madre de Dios, Salus Populi Romani, que fue la primera en creer y engendró a Cristo para el mundo”.

La frase puede entenderse correctamente, pero resulta excesivamente pobre para expresar la singularidad de María dentro del misterio de la Redención.
Es verdad que María engendró según la carne al Hijo eterno de Dios y que, por medio de ella, Cristo vino al mundo. En ese sentido puede afirmarse que “engendró a Cristo para el mundo”. Pero María no es simplemente la primera creyente que recibe a Cristo y después lo entrega a los demás.
Antes que nada, María es Madre de Dios. Fue elegida de manera absolutamente singular para ser Madre del Verbo encarnado, Madre del Redentor. Su maternidad divina no es simplemente una consecuencia de haber creído, aunque su fe y su fiat pertenecen de manera esencial a su respuesta libre al designio de Dios.
Además, su misión no termina en el nacimiento de Cristo. María permanece unida a su Hijo durante toda su obra redentora, está junto a la Cruz, recibe allí una maternidad respecto de los discípulos y permanece inseparablemente vinculada, siempre de manera subordinada a Cristo, a la economía de la salvación.
Por eso llama la atención la construcción de la frase: “fue la primera en creer y engendró a Cristo para el
mundo”. Colocados así ambos elementos, María puede quedar presentada principalmente como la primera creyente, modelo de quien acoge a Cristo y lo transmite después a los demás. Pero María es mucho más que eso. No es simplemente la primera de una serie de creyentes. Su lugar es único e irrepetible porque es Madre de Dios y Madre del Redentor.
La diferencia no es pequeña. Decir que María “engendró a Cristo para el mundo” describe algo que hizo; llamarla Madre de Dios y Madre del Redentor expresa quién es María dentro del designio divino de la salvación.
El problema no está, por tanto, en que la frase sea falsa. Está en que, una vez más, una realidad teológica de extraordinaria profundidad queda expresada mediante una fórmula que reduce su contenido y deja en segundo plano aquello que hace absolutamente singular a la Santísima Virgen. Esto es lo que hace León XIV.
Creo que LEÓN XIX es la continuidad de FRANCISCO, y no digo que en malo, porque peor que FRANCISCO no hay nada…
Mi «política» es pasar totalmente de sus majaderías y ocurrencias.
NO MERECEN OTRA COSA.
Por cierto, ¿a cuántos cientos, o miles de inmigrantes, menores no acompañados, menas, etc., VA A ACOGER EL ESTADO VATICANO, a pensión completa y por tiempo indefinido…?
UNA COSA ES PREDICAR, Y OTRA DAR TRIGO.
Sí hay algo peor que Francisco y es Francisco con careta; es decir: León, Benedicto, Juan Pablo, etc,.
Francisco tenía una cosa muy buena y es que iba tan de frente que a los que engañaba es porque se dejaban.
En una escala herética -de peor a menos malo- de los antipapas postconciliares, la misma quedaría así (queda excluido Prevoste de momento, al faltar perspectiva de tiempo, aunque apunta al Top 3):
1. Juan Pablo II (sin duda el peor de todos ellos, el más herético y destructor)
2. Montini
3. Ratzinger
4. Pancho de la Pampa
5. Roncalli el Rosacruz
6. JP I
Pues que quien puede se lo reproche y le monte el follon que se gana cada dia
Este tipo es una serpiente.
Ser serpiente no sé, pero que está poseído por la serpiente antigua ni la menor duda.
Sibilino cual serpiente verduscona.
Este tiene que fingir más que el otro; pasa como con el PP. Cosas de las antítesis.