Libertad, igualdad y fraternidad, ¿desde Cristo o desde un consenso universal?
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León XIV, en su discurso en el Palacio del Elíseo del 25 de septiembre, hizo referencia a la famosa tríada -libertad, igualdad y fraternidad- en los siguientes términos:
“Esta atención permanente a la dignidad inherente a toda persona humana encuentra eco en su lema nacional. La libertad, la igualdad y la fraternidad no son simples palabras grabadas en los frontones de sus edificios públicos, sino que remiten a exigencias éticas universales que encuentran también en el mensaje evangélico una fuente inagotable de inspiración y plenitud”.
Tome nota el lector de la expresión: “exigencias éticas universales”. Es una nueva muestra de esa indeterminación e imprecisión característica del lenguaje de León XIV, que evita situarse con claridad en uno de los extremos, para colocarse astutamente en el “centro”. Por supuesto, el Papa no adopta expresamente el sentido revolucionario que históricamente tuvieron estas palabras; pero tampoco las somete con claridad al juicio de la ley moral, de la revelación y de la tradición de la Iglesia.
La frase no dice que libertad, igualdad y fraternidad sólo puedan comprenderse rectamente a la luz de Dios, de la ley moral y de Cristo. León XIV no llega hasta ahí. Las aproxima al Evangelio, sí, pero de una manera muy medida.
El punto más revelador está en el adverbio “también”. Al decir que esas exigencias encuentran “también en el mensaje evangélico una fuente inagotable de inspiración y plenitud”, León XIV no presenta el Evangelio como el criterio supremo que define y ordena el verdadero sentido de la libertad, la igualdad y la fraternidad, sino como una referencia más, entre otras, que viene a enriquecer unas categorías asumidas como universales.
Y entonces surge inmediatamente la pregunta: ¿de qué libertad hablamos?, ¿de qué igualdad?, ¿de qué fraternidad?
No estamos ante palabras neutras. La historia moderna demuestra que han recibido significados muy distintos y, en algunos casos, incompatibles con la concepción cristiana del hombre, de la sociedad y de Dios. La verdadera libertad, igualdad y fraternidad sólo alcanzan su pleno sentido cuando se fundan en Dios, se someten a la ley moral y encuentran en Cristo su medida y perfección.
Al calificar la libertad, la igualdad y la fraternidad como “exigencias éticas universales”, León XIV las coloca en un ámbito que podrían ser reconocidos y compartidos por todos, sean cuales fueran sus creencias religiosas y valores morales. De este modo, encajan fácilmente en un modelo de convivencia universal basado en valores humanos comunes, al que después cada tradición religiosa aporta sus propias singularidades.
Aquí encontramos una clara afinidad con el modo de proceder de Magnifica Humanitas y de la Nota conmemorativa de Nostra aetate, que consiste, primero, en establecer un terreno de valores comunes -dignidad, fraternidad, paz, justicia, convivencia, diálogo- y después cada tradición religiosa aporta desde su propia identidad a la construcción de esa “familia humana universal”, de la que habla la encíclica.
La cuestión decisiva es, por tanto, esta: ¿Ese orden ético universal -exigencias éticas universales- está subordinado a la verdad de Cristo que enseña la tradición y magisterio de la Iglesia católica?
El discurso del Elíseo no responde con claridad. Cristo aparece como fuente de inspiración y plenitud, pero no queda establecido expresamente como principio que juzga y ordena esas categorías éticas universales.
La diferencia es importante. No es lo mismo afirmar que la fraternidad humana recibe del Evangelio una inspiración especialmente rica que afirmar que sin Cristo no puede comprenderse ni realizarse plenamente la verdadera fraternidad; ni la verdadera libertad, ni la verdadera igualdad.
Y es en este punto donde el lenguaje de León XIV vuelve a situarse en ese espacio intermedio, en el que se encuentra tan cómodo, y que domina a la perfección, y que atraviesa buena parte de su magisterio: Cristo está presente, pero no siempre aparece como el principio que lo ordena todo.
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León XIV, en su discurso en el Palacio del Elíseo del 25 de septiembre, hizo referencia a la famosa tríada -libertad, igualdad y fraternidad- en los siguientes términos:
“Esta atención permanente a la dignidad inherente a toda persona humana encuentra eco en su lema nacional. La libertad, la igualdad y la fraternidad no son simples palabras grabadas en los frontones de sus edificios públicos, sino que remiten a exigencias éticas universales que encuentran también en el mensaje evangélico una fuente inagotable de inspiración y plenitud”.
Tome nota el lector de la expresión: “exigencias éticas universales”. Es una nueva muestra de esa indeterminación e imprecisión característica del lenguaje de León XIV, que evita situarse con claridad en uno de los extremos, para colocarse astutamente en el “centro”. Por supuesto, el Papa no adopta expresamente el sentido revolucionario que históricamente tuvieron estas palabras; pero tampoco las somete con claridad al juicio de la ley moral, de la revelación y de la tradición de la Iglesia.
La frase no dice que libertad, igualdad y fraternidad sólo puedan comprenderse rectamente a la luz de Dios, de la ley moral y de Cristo. León XIV no llega hasta ahí. Las aproxima al Evangelio, sí, pero de una manera muy medida.
El punto más revelador está en el adverbio “también”. Al decir que esas exigencias encuentran “también en el mensaje evangélico una fuente inagotable de inspiración y plenitud”, León XIV no presenta el Evangelio como el criterio supremo que define y ordena el verdadero sentido de la libertad, la igualdad y la fraternidad, sino como una referencia más, entre otras, que viene a enriquecer unas categorías asumidas como universales.
Y entonces surge inmediatamente la pregunta: ¿de qué libertad hablamos?, ¿de qué igualdad?, ¿de qué fraternidad?
No estamos ante palabras neutras. La historia moderna demuestra que han recibido significados muy distintos y, en algunos casos, incompatibles con la concepción cristiana del hombre, de la sociedad y de Dios. La verdadera libertad, igualdad y fraternidad sólo alcanzan su pleno sentido cuando se fundan en Dios, se someten a la ley moral y encuentran en Cristo su medida y perfección.
Al calificar la libertad, la igualdad y la fraternidad como “exigencias éticas universales”, León XIV las coloca en un ámbito que podrían ser reconocidos y compartidos por todos, sean cuales fueran sus creencias religiosas y valores morales. De este modo, encajan fácilmente en un modelo de convivencia universal basado en valores humanos comunes, al que después cada tradición religiosa aporta sus propias singularidades.
Aquí encontramos una clara afinidad con el modo de proceder de Magnifica Humanitas y de la Nota conmemorativa de Nostra aetate, que consiste, primero, en establecer un terreno de valores comunes -dignidad, fraternidad, paz, justicia, convivencia, diálogo- y después cada tradición religiosa aporta desde su propia identidad a la construcción de esa “familia humana universal”, de la que habla la encíclica.
La cuestión decisiva es, por tanto, esta: ¿Ese orden ético universal -exigencias éticas universales- está subordinado a la verdad de Cristo que enseña la tradición y magisterio de la Iglesia católica?
El discurso del Elíseo no responde con claridad. Cristo aparece como fuente de inspiración y plenitud, pero no queda establecido expresamente como principio que juzga y ordena esas categorías éticas universales.
La diferencia es importante. No es lo mismo afirmar que la fraternidad humana recibe del Evangelio una inspiración especialmente rica que afirmar que sin Cristo no puede comprenderse ni realizarse plenamente la verdadera fraternidad; ni la verdadera libertad, ni la verdadera igualdad.
Y es en este punto donde el lenguaje de León XIV vuelve a situarse en ese espacio intermedio, en el que se encuentra tan cómodo, y que domina a la perfección, y que atraviesa buena parte de su magisterio: Cristo está presente, pero no siempre aparece como el principio que lo ordena todo.
León XIV, en su discurso en el Palacio del Elíseo del 25 de septiembre, hizo referencia a la famosa tríada -libertad, igualdad y fraternidad- en los siguientes términos:
“Esta atención permanente a la dignidad inherente a toda persona humana encuentra eco en su lema nacional. La libertad, la igualdad y la fraternidad no son simples palabras grabadas en los frontones de sus edificios públicos, sino que remiten a exigencias éticas universales que encuentran también en el mensaje evangélico una fuente inagotable de inspiración y plenitud”.
Tome nota el lector de la expresión: “exigencias éticas universales”. Es una nueva muestra de esa indeterminación e imprecisión característica del lenguaje de León XIV, que evita situarse con claridad en uno de los extremos, para colocarse astutamente en el “centro”. Por supuesto, el Papa no adopta expresamente el sentido revolucionario que históricamente tuvieron estas palabras; pero tampoco las somete con claridad al juicio de la ley moral, de la revelación y de la tradición de la Iglesia.
La frase no dice que libertad, igualdad y fraternidad sólo puedan comprenderse rectamente a la luz de Dios, de la ley moral y de Cristo. León XIV no llega hasta ahí. Las aproxima al Evangelio, sí, pero de una manera muy medida.
El punto más revelador está en el adverbio “también”. Al decir que esas exigencias encuentran “también en el mensaje evangélico una fuente inagotable de inspiración y plenitud”, León XIV no presenta el Evangelio como el criterio supremo que define y ordena el verdadero sentido de la libertad, la igualdad y la fraternidad, sino como una referencia más, entre otras, que viene a enriquecer unas categorías asumidas como universales.
Y entonces surge inmediatamente la pregunta: ¿de qué libertad hablamos?, ¿de qué igualdad?, ¿de qué fraternidad?
No estamos ante palabras neutras. La historia moderna demuestra que han recibido significados muy distintos y, en algunos casos, incompatibles con la concepción cristiana del hombre, de la sociedad y de Dios. La verdadera libertad, igualdad y fraternidad sólo alcanzan su pleno sentido cuando se fundan en Dios, se someten a la ley moral y encuentran en Cristo su medida y perfección.
Al calificar la libertad, la igualdad y la fraternidad como “exigencias éticas universales”, León XIV las coloca en un ámbito que podrían ser reconocidos y compartidos por todos, sean cuales fueran sus creencias religiosas y valores morales. De este modo, encajan fácilmente en un modelo de convivencia universal basado en valores humanos comunes, al que después cada tradición religiosa aporta sus propias singularidades.
Aquí encontramos una clara afinidad con el modo de proceder de Magnifica Humanitas y de la Nota conmemorativa de Nostra aetate, que consiste, primero, en establecer un terreno de valores comunes -dignidad, fraternidad, paz, justicia, convivencia, diálogo- y después cada tradición religiosa aporta desde su propia identidad a la construcción de esa “familia humana universal”, de la que habla la encíclica.
La cuestión decisiva es, por tanto, esta: ¿Ese orden ético universal -exigencias éticas universales- está subordinado a la verdad de Cristo que enseña la tradición y magisterio de la Iglesia católica?
El discurso del Elíseo no responde con claridad. Cristo aparece como fuente de inspiración y plenitud, pero no queda establecido expresamente como principio que juzga y ordena esas categorías éticas universales.
La diferencia es importante. No es lo mismo afirmar que la fraternidad humana recibe del Evangelio una inspiración especialmente rica que afirmar que sin Cristo no puede comprenderse ni realizarse plenamente la verdadera fraternidad; ni la verdadera libertad, ni la verdadera igualdad.
Y es en este punto donde el lenguaje de León XIV vuelve a situarse en ese espacio intermedio, en el que se encuentra tan cómodo, y que domina a la perfección, y que atraviesa buena parte de su magisterio: Cristo está presente, pero no siempre aparece como el principio que lo ordena todo.
Determinadas palabras e ideas masónicas fueron introducidas por primera vez desde el propio Vaticano por Roncalli (el impostor usurpador más conocido con el nombre de Juan XXIII). La Iglesia no dejó de denunciar desde sus comienzos a la Masonería en el siglo XVIII. El descaro ya era manifiesto en la década de los 60 del siglo pasado. Y ¡prácticamente todos los obispos calladitos diciendo Amén! Exceptuando casos muy puntuales como Lefebvre del que sus seguidores actuales no estuvieron muy acertados (exceptuando a Richard Williamson).
Lefebvre y su FSSPX lo tenían claro: ¡No se puede dialogar con los masones o con los comunistas, no se dialoga con el diablo!
Si con Roncalli se inició el uso de ideas masónicas en el Vaticano. Prevost lo único que hace es hacerlas más evidentes para que no quepa ninguna duda por dónde van los tiros.
Un ejemplo “gráfico”: A la muerte del masón Roncalli puso una esquela en memoria de su colega Roncalli (esquela por cierto algo cutre) en el diario El Informador, México, 4 de junio de 1963, página 9, alabándolo como uno de los suyos.
Por el momento se puede visualizar fácilmente en el siguiente enlace:
https://hndm.iib.unam.mx/consulta/publicacion/visualizar/558075be7d1e63c9fea1a303?pagina=558a37df7d1ed64f16df9075&coleccion=
Pone en dicha esquela:
“La Gran Logia Occidental Mexicana de libres y aceptados masones, con motivo del fallecimiento del Papa Juan XXIII hace pública su PENA por la desaparición de este gran hombre que vino a “revolucionar” las ideas, pensamientos y formas de actuar de la Liturgia Católica Romana. Las Encíclicas “Madre y Maestra” y “Paz en la Tierra” han revolucionado los conceptos en favor de los “DERECHOS del HOMBRE y su LIBERTAD”. La humanidad ha perdido a un gran hombre y los masones reconocemos en “ÉL” sus elevados principios, su humanitarismo y su condición de “G R A N L I B E R A L”
Guadalajara, Jal. Méx. a 3 de junio de 1963
José Guadalupe Zono Hdez.
Recordar que el masón José Guadalupe fue uno de los más despiadados perseguidores de los fidelísimos Cristeros.
El lema «Liberté, fraternité, egalité ..» utilizado por los jacobinos, nos enseñaron (hasta hoy) que era el no va más de la Ilustración y la Modernidad.
Por alguna oscura razón nos ocultaron que el lema completo decía: «Liberté, fraternité, egalité … ou la mort».
Y eso, amigos, cambia totalmente su significado, es más, evidencia el primer totalitarismo moderno, el Terror jacobino, que asesinó a unos 300.000 franceses. En la región de La Vendée, católica, se acabó con la población: bebés, mujeres, niños, pisoteados por caballos, acuchillados, violados, troceados, asados, ahogados ….; se extrajo su grasa, se utilizó su piel ….
El terror rojo soviético y los nazis tomaron ejemplo de estos «ilustrados» asesinos, propagadores de los «derechos del hombre».
La Comuna de París adoptó el trilema colocando en los edificios municipales en 1793: » La República, una e indivisible: «Liberté, égalité, fraternité ou la mort «.
El trilema se atribuye a Robespierre que luego sufrió el mismo «la muerte»
Es evidente que el Trilema es solo «masónico» y los masones actuales del Grand Orient de France se muestran no solo orgullosos de él sino que, también se atribuyen ser los autores de la Revolución francesa que de «revolución popular» NO tuvo NADA.
Sobre la «masonicidad» de los papas «conciliares» comenzando por Juan XXIII, iniciado nada menos que en tres logias = dos turcas y una parisina =, le siguieron Bergoglio y ahora este Prevost.
En varias ocasiones he comentado y enlazado varias fotos y videos donde se ve a Bergoglio haciendo los «cuernos de Lucifer» o «escondiendo su mano» que prueban que era, evidente, masón.
Sobre este Prevost, NO hay una sola prueba de esa «masonicidad» ya que NO utiliza el simbolismo de las manos como Bergoglio. Este Prevost prefiere evitar el Simbolismo e ir, en directo, a las palabras y a los hechos.
Sin embargo, cuando era «obispo peruano» hay un video que enlazo de solo dos minutos durante la pandemia del covid y su correspondiente «vacunación» donde muestra con claridad su simbolismo masónico, primero «haciendo la escuadra con las manos» y luego «los cuernos de Lucifer».
Prueben ustedes a hablar y pueden comprobar que para «ejecutar» ese simbolismo se necesita «entrenamiento» y que esas formas de las manos son INTENCIONADAS y NO casuales.
el video muy corto de Prevost
https://crowdbunker.com/v/s47135yJgt
VIVA CRISTO REY
Le pido mil perdones porque mi primer comentario NO iba dirigido a usted sino que fue un error.
Ahora, leyendo su escrito sobre «alguna oscura razón» que, intento explicar.
En los frontispicios de los ayuntamientos franceses, en algunos «borraron» la mort y, en otros, persiste.
Se explica la «muerte» porque los masones autores del Trilema, aplicaban la «muerte» a sus oponentes y, por eso, decian,, «liberté, égalité, fraternité O, muerte.O, crees en el Trilema o te LIQUIDAMOS.
Otros masones lo explican porque creen que después de la «muerte» NO existe otra vida, aunque muchas logias sostienen que después de la muerte se van a encontrar con el «GADU» o Gran Arquitecto del Universo que NO es otro que LUCIFER ….
Saludos y mil persones, otra vez.
VIVA CRISTO REY
«liberté, egalité, fraternité», para ellos, los auto elegidos; para el pueblo, el serrucho. Y encima mentira, como se repite en los Protocolos marranos. Relativismo disolvente liberaloide.