Los apaches

Introducción

Un apache. según figura escrito a mano en la foto original. Por el tatuaje facial, más bien puede tratarse de un yavapai. (Francis A. Hartwell, Phoenix, A. T. Library of Congress. Washington)

Cochise, Gerónimo, Naiche, Victorio, Chato o Ulzana son nombres de jefes apaches del siglo XIX, conocidos por las películas del oeste, el western, uno de los géneros cinematográficos más populares de la historia. Pero el cine es un entretenimiento, no una fuente de información rigurosa y fiable, ni siquiera cuando en la pantalla aparece la manida frase basado en hechos reales. Cabe pues preguntarse ¿Qué conocemos realmente de los apaches? ¿Qué sabemos de su origen, costumbres e historia? ¿Qué de sus enfrentamientos con los españoles, cuando el norte del actual México y el sudoeste de los Estados Unidos formaban parte del virreinato de Nueva España? De esto trataremos a continuación.

Buena parte de la información se ha extraído de fuentes primarias transcritas, en particular de informes de militares españoles que lucharon contra ellos en el siglo XVIII, como Bernardo de Gálvez, Antonio Miguel Cordero y Bustamante, Jacobo de Ugarte y Loyola, Pedro de Nava o Hugo O’Conor (irlandés naturalizado español).

Quiénes eran

Los apaches eran una serie de grupos indígenas relacionados culturalmente que hablaban un conjunto de lenguas, más bien dialectos, atabascanos meridionales. Los diferentes grupos podían entenderse recíprocamente en sus respectivos dialectos pues las mayores diferencias estaban en el acento de cada uno.

Según Antonio Cordero y Bustamante, un militar de gran experiencia y que hablaba su idioma, el apache era una lengua de muy difícil pronunciación, pero escasa de expresiones y voces por lo que, de disponer de una sintaxis y un vocabulario, resultaría más fácil de aprender de lo que pudiera pensarse.

El nombre apache deriva de apachii, palabra con la que los describían los indios zuñi (o zuni) y que quería decir enemigo. A si mismos se llamaban diné, que significa la gente.

Al igual que la mayoría de las tribus de indios americanos, carecían de escritura y por eso los antropólogos recurren a una clasificación de los nativos basada en las lenguas que hablaban.

Esta clasificación moderna los divide en siete tribus o parcialidades: occidentales (o Western Apaches), chiricaguas, mescaleros, jicarillas, apaches kiowa (también llamados apaches naishan o apaches de las praderas), lipanes y navajos. Por sus mayores afinidades lingüísticas y culturales, se suelen a su vez clasificar en tres grupos: Por un lado, los occidentales, mescaleros, chiricaguas y navajos. Por otro, los jicarillas y lipanes. Por último, los apaches kiowa que, como su nombre indica, estuvieron mucho más relacionados con los kiowas, a pesar de hablar lenguas muy diferentes.

Pareja de apaches

A los navajos no siempre se les considera apaches, a pesar de su origen común y de ser lingüísticamente muy próximos, porque su cultura tuvo un desarrollo bastante diferente al del resto de las parcialidades.

El nombre de estas, incluyendo otras en las que los españoles las dividían, a menudo dependía de las sierras y ríos de las zonas que habitaban, o de las frutas y animales que más abundaban en ellas. Ejemplos de ello son los apaches llaneros, montaña blanca, gileños, mescaleros o coyoteros.

No obstante, clasificar a los apaches es sumamente difícil. Eran muy celosos de su independencia y se produjeron continuas divisiones de tribus y de bandas.

Los diferentes grupos carecían de unidad política y no era raro que se enfrentaran entre sí. Aunque coincidían en muchos de sus usos, costumbres, gustos y creencias, estos no eran uniformes. Variaban según donde vivieran, sus necesidades y también de lo que se hubieran relacionado otras naciones.

Los españoles los consideraban indios bárbaros. Denominaban así a las tribus nómadas o seminómadas que carecían de estructuras sociales y políticas propias de un estado, que a menudo recurrían al pillaje para sobrevivir y que vivían en casi permanente guerra. Los indios bárbaros solían rechazar de plano las supuestas ventajas materiales y espirituales que les ofrecía el cristianismo y la civilización europea.

Los aztecas, incas y mayas se consideran culturas evolucionadas, pese a no usar la rueda ni herramientas de metal. Cuando los españoles contactaron con los indios pueblo y otros, sedentarios y agricultores, estos se encontraban en el neolítico. Sin embargo, los apaches estaban aún en el paleolítico.

Tabla de parcialidades elaborada a partir del informe Noticias relativas a la nación apache, escrito en 1796 por el entonces teniente coronel Antonio Miguel Cordero y Bustamante. Consideraba que había nueve parcialidades principales y varias menores. No distinguía entre coyoteros y tontos. No citaba a los apaches kiowa, tal vez por estar alejados de los territorios españoles y haber tenido poco contacto con ellos, o por incluirlos entre los apaches llaneros. La tabla era válida solo en el momento histórico en que se escribió.

Dónde vivían

La primera noticia de su existencia la dio la expedición de Francisco Vázquez de Coronado (1540-1542). El contacto continuo con ellos se produjo a partir de la expedición al actual Nuevo México organizada y dirigida por el adelantado Juan de Oñate en 1598. Los españoles fueron los primeros europeos en conocer y relacionarse con los apaches.

Localización aproximada de las parcialidades apaches a mediados del s. XVIII. Mapa cortesía de Gorka Alonso (www.apacheria.es).

Como todos los indios de América, los atabascanos vinieron desde Asia a través del estrecho de Bering. Antropólogos e historiadores no se ponen de acuerdo sobre cuando llegaron al suroeste de los actuales Estados Unidos tras su larga migración desde el norte. Las teorías más aceptadas hablan desde el siglo XIV hasta principios del XVI, poco antes de la aparición de los españoles.

En el siglo XVII estaban dispersos por una extensa área cerca de la actual frontera entre México y los Estados Unidos, que incluía grandes zonas de Arizona, Nuevo México y Texas. También se les podía encontrar más al norte, en Colorado e incluso en Oklahoma. Durante ese siglo y sobre todo en el XVIII, algunas parcialidades fueron desplazándose al sur del Río Grande, atraídos por el fácil pillaje de los asentamientos españoles y también por estar siendo expulsados de las Grandes Llanuras por los comanches y otras tribus con las que competían en la caza del cíbolo (bisonte), animal del que dependía su subsistencia.

Los apaches occidentales, chiricaguas y navajos se ubicaban al oeste del Río Grande. El resto de las tribus estaban al este. Bandas de lipanes, mescaleros y chiricaguas terminaron instalándose a ambos lados de dicho río. Los apaches llaneros eran bandas de otras parcialidades, sobre todo mescaleros y lipanes, que habitaban en las Grandes Llanuras.

Es imposible saber cuántos eran, pero hay algunas estimaciones basadas en testimonios de los propios indios – de los que Bernardo de Gálvez decía que rara vez hablan verdad – y de cautivos que habían conseguido recuperar la libertad. A finales del siglo XVIII, el comandante general de las Provincias Internas del norte de Nueva España Jacobo de Ugarte y Loyola calculaba que, entre todas las parcialidades, habría unos 6.000 gandules (nombre con el que los españoles llamaban a los guerreros), muchos de ellos ligados por fuertes lazos de parentesco. Dando por buena la cifra anterior, aunque se admitía que podía haber muchos más, los apaches serían como mínimo unos 25.000, incluidos guerreros, mujeres, niños y ancianos. Se movían por un territorio de unos 600.000 km2 por lo que su densidad de población era muy baja. Esto no impidió que durante muchos años devastaran el sur de los actuales Estados Unidos y el
norte de México.

Localización de las parcialidades apaches al este del Río Grande y de sus enemigos comanches. Los apaches faraones eran una subdivisión de los jicarillas.

Cómo vivían

Los apaches vivían en pequeños grupos o bandas formados por un número muy variable de familias. Lo mismo podían encontrarse rancherías (campamento de ranchos o chozas) de una que de cien. Lo más frecuente era que los grupos familiares variaran entre varias decenas y unos pocos centenares de personas, dependiendo de la popularidad del líder del grupo y, sobre todo, de la capacidad para vivir de los recursos del territorio. Si la banda era demasiado grande, esos recursos se agotarían rápido, pero si era pequeña entonces no podría defenderse eficazmente de sus enemigos. Los grupos podían dividirse en cualquier momento si se producían conflictos entre sus integrantes. Varias bandas formaban una tribu.

La familia apache era una familia extendida que incluía a los padres, sus hijos solteros, las hijas casadas y sus respectivos maridos e hijos. Los maridos debían pertenecer a otra banda. La única excepción era la del primogénito del jefe de la banda, que solía permanecer en ella después de casarse.

Antes de celebrar un matrimonio, el varón debía comprar la mujer que iba a ser su esposa a su padre, o al pariente de quien dependiera. Las mujeres sufrían un trato servil de sus maridos, de los que dependía hasta su vida. No obstante, los matrimonios podían disolverse por consentimiento de los desposados, en cuyo caso el padre de la mujer devolvía lo que había recibido por ella. Otras veces, los matrimonios terminaban al fugarse la mujer y refugiarse bajo la protección de algún guerrero más poderoso, al que el marido abandonado no se atreviera a exigir nada. También estaba el caso de que el marido fuera perezoso o demasiado cruel con su esposa y los parientes de ella le expulsaran del grupo. En el caso de que una mujer fuera infiel, se le cortaba la punta de la nariz.

El tipo de vivienda más frecuente de las tribus que vivían en zonas de montaña era el wickiup.

La poliginia era frecuente, excepto entre los lipanes. Un hombre podía tener tantas mujeres como fuera capaz de mantener. Se solían casar con las viudas de los guerreros muertos, generalmente con una hermana o una prima de su esposa. Así se paliaba el problema del exceso de mujeres debido a los muertos en combate.

Los niños eran muy apreciados. Con los primeros signos de embarazo, la mujer tomaba medidas para el buen desarrollo de este y del parto y se la eximía de realizar tareas extenuantes. En el alumbramiento ayudaban otras mujeres de la familia y se producía con la madre en cuclillas. Después de nacer su hijo, se ataba una cuerda o una correa alrededor de su cintura hasta que se sentía fuerte otra vez. A los pocos días, se colocaba al niño en un cesto-cuna hecho de madera y forrado de piel que la madre transportaba en su espalda.

La tradición era que una mujer dedicaba cuatro años después del parto a cuidar del niño antes de volver a quedarse embarazada. Los hermanos que se llevaban menos años eran por lo general hijos de diferente madre. Si durante una incursión capturaban alguno varón, fuera hispano o indio, era frecuente que terminaran integrándole como uno más de la tribu.

Los apaches eran guerreros, cazadores y recolectores. Algunas parcialidades tenían algo de agricultura, muy poca. Los coyoteros, jicarillas y lipanes cultivaban maíz, judías y calabazas. Practicaban el trueque y también se dedicaban a la depredación de otros grupos indígenas, sobre todo sedentarios, como los indios pueblo. Robar era parte sustancial de su economía, en buena medida debido a su búsqueda de recursos para sobrevivir.

Llevaban una vida seminómada, excepto los navajos que, para finales del siglo XVIII, la habían abandonado casi totalmente. Ahora sembraban maíz y otras legumbres, criaban ganado menor y elaboraban mantas y tejidos de lana con los que comerciaban en Nuevo México.

La cualidad más importante del apache era el valor. Mientras un individuo no lo demostrase con alguna acción, carecía de prestigio social. Los líderes debían tener ese prestigio y, más que ejercer autoridad, lo que tenían es influencia. La generosidad hacia los necesitados, la elocuencia, promover decisiones adecuadas para el bien común, mediar en disputas, eran la base de esa influencia. Si un hombre no era adecuado como líder, se le desplazaba con rapidez. El liderazgo no era hereditario, si bien en la práctica a menudo sí que lo era debido a la formación y el prestigio heredados por el primogénito.

Las parcialidades que se dedicaban a la caza del cíbolo usaban los tipis.

Los varones se dedicaban a la caza y a la guerra, incluida la fabricación de sus armas y equipo. Las mujeres se encargaban de todas las demás tareas (criar a sus hijos, cocinar, curtir y adobar las pieles, cuidar a los animales, conseguir agua y leña, sembrar, recolectar semillas y frutos, sembrar…), siendo su vida muy dura.

Si habitaban en zonas montañosas, instalaban sus rancherías en sierras escarpadas que les servían como fortificaciones naturales y en las que encontraban agua y leña. Desde ellas podían desplazarse en busca de la caza mayor y menor y de lo que pudieran precisar.

Los jacales (chozas) más frecuentes entre los coyoteros, chiricaguas, mescaleros y jicarillas eran los wickiups, que estaban hechos de una estructura de ramas en forma de pequeña cúpula que se cubría con otras ramas y con pieles, cuando se podía. Los lipanes, apaches kiowa y en general cualquier banda que habitara en o cerca de las Grandes Llanuras usaban los tipis. Consistían en unos troncos apoyados en el suelo y unidos todos por el otro extremo que se cubrían con pieles de cíbolo y eran fáciles de desmontar y transportar. Los jicarillas y mescaleros también terminaron usándolos. Los navajos tenían los hogans, unas viviendas formadas por una estructura de madera que cubrían con ramas y barro.

Los apaches trasladaban continuamente sus rancherías en función de la necesidad de alimentos para ellos y sus animales y en busca de los frutos y la caza disponibles en cada momento y lugar. También lo hacían para encontrar sitios más adecuados en los que pasar cada estación del año. Además, eran muy vigilantes de la salud de su gente y consideraban bueno respirar aires nuevos y dejar que se purificaran los lugares que abandonaban. Tal vez por eso, aunque también ellos padecieron epidemias como la viruela, sobre todo los lipanes, sus consecuencias fueron menos graves que en el caso de otras tribus, que tuvieron enormes mortandades. Ese fue el caso de sus enemigos los comanches, a los que la citada enfermedad mató a casi la mitad de su gente entre 1780 y 1782.

Aprendieron pronto a usar el caballo, en la primera mitad del siglo XVII, tras la llegada de los españoles con estos animales a Nuevo México. Pero nunca los criaron y cuando los necesitaban, simplemente los robaban. Como a todos los indígenas americanos, les supusieron un cambio sustancial en su forma de vida. Les facilitaron la guerra, la caza, sobre todo del cíbolo, y los desplazamientos, que antes dependían solo de su fuerza física y de perros que arrastraban pequeños travois. También eran una fuente de alimento muy importante. Los chiricaguas preferían comer caballo antes que oveja. Una parte del ganado robado lo sacrificaban poco después de su captura para curar la carne para su consumo posterior.

Los hogans eran las viviendas de los navajos. (Fuente: Internet)

Los guerreros tenían una extraordinaria capacidad para desplazarse a pie y, en terrenos abruptos, los caballos les resultaron menos revolucionarios en la guerra que a otras tribus. Pero cuando taovayas, comanches y otras naciones lograron tenerlos también, los apaches perdieron su dominio del sur de las Grandes Llanuras.

A diferencia de lo que nos cuenta el cine, no solían montar a pelo. Aprendieron de los españoles a usar bridas con bocados (frenos), sillas y estribos.  Cuando no podían conseguirlos, ellos mismos se los fabricaban, siendo sus sillas muy ligeras.

Los hombres y mujeres vestían con prendas de piel de venado, que preparaban ellas. Era muy característico su calzado, unas botas altas del mismo material.

Los guerreros solían llevar un bonete o gorra, también de piel, que adornaban con plumas o cuernos, pero solo los jicarillas usaban grandes penachos de plumas. Se colgaban zarcillos hechos con conchas, plumas y pequeñas pieles y usaban pintura de almagre y greda (arcilla arenosa) para untarse cara, brazos y piernas. Los jicarillas, lipanes y a veces los mescaleros, recogían su cabello en dos largas trenzas. Los apaches occidentales y los chiricaguas lo llevaban suelto.

No resultaba sencillo distinguir por la indumentaria a qué parcialidad pertenecían, y mucho menos a qué banda. Además, adoptaron gradualmente, sobre todo en el siglo XIX, parte de la vestimenta mexicana y norteamericana.

Cómo eran

La apariencia y estatura de los apaches variaban, pero en general eran morenos, barbilampiños, con cabello largo, bien proporcionados, de ojos vivos y de una gran robustez debido a su vida austera al aire libre y su alimentación simple. Soportaban el hambre y la sed hasta extremos increíbles y cuando llegaba la abundancia eran muy glotones. Parecían insensibles al frío y al calor de las estaciones y su agilidad y ligereza se comparaban con la de los caballos.

En cuanto a su temperamento, solían ser de genio destemplado y violento, astutos, desconfiados, inconstantes, atrevidos, soberbios y muy celosos de su libertad e independencia. Bernardo de Gálvez decía que eran tan agradecidos como vengativos.

Pareja de apaches chiricahuas chokonen: Naiche, hijo de Cochise, y su esposa Ha-o-zinne

La desconfianza se manifestaba entre los propios apaches hasta el punto de que, si hacía tiempo que no se veían y aunque fueran parientes, no se aproximaban uno a otro sin tener las armas en la mano. No se saludaban ni despedían y recurrían a mirarse y estudiarse antes de empezar a hablar de cualquier asunto.

Tenían propensión al robo y a hacer daño a sus semejantes, no solo a sus enemigos declarados, los españoles y los comanches, sino incluso entre ellos mismos. A veces se producían sangrientos conflictos entre las propias parcialidades que solo acababan cuando precisaban unirse frente a un enemigo común. Se les acusaba de tener un espíritu sanguinario y de destrucción que en la caza se manifestaba porque podían acabar con todo lo que se ponía a su alcance, aunque luego no lo comieran ni aprovecharan. En sus incursiones, eran capaces de matar centenares de cabezas de ganado solo para intentar forzar a sus propietarios a abandonar los muros de las misiones, haciendas o ranchos tras los que se protegían aterrorizados.

Cuando cogían cautivos, ya vimos que a los niños con frecuencia los incorporaban a la tribu. A las mujeres en ocasiones también. Los hombres tenían menos suerte. En general los mataban, a veces después de torturarlos, pero también los podían usar como esclavos o como moneda de cambio para conseguir comida o rescatar apaches capturados. En otras ocasiones se producían hechos tan dramáticos como el sucedido a los indios hopi de Arizona en 1780. Estaban sufriendo los estragos de una prolongada sequía, que amenazaba la supervivencia de la tribu, y sus vecinos los navajos les ofrecieron aceptar en sus poblados a cuarenta familias hopis. Pero cuando estas abandonaron las mesas (mesetas) en las que vivían, los navajos asesinaron a todos los hombres y se llevaron a las mujeres y los niños.

Bernardo de Gálvez y Antonio Cordero y Bustamante coincidían en que las crueldades de los apaches con sus prisioneros españoles bien pudieron originarse por las infracciones, excesos y avaricia de los mismos colonos que se hallaban en la frontera con mandos subalternos.

Apaches (segunda mitad del siglo XIX). Ilustración de Jonathan Smith.

Creencias y costumbres

Creían en la existencia de un Ser Supremo Creador que llamaban, traducido al español, Capitán del Cielo. No lo consideraban un ser remunerador y vengador y por eso no le daban culto alguno. Pensaban que todas las criaturas habían sido creadas para su diversión y entretenimiento y que todas se aniquilarían después de un cierto tiempo, incluso ellos mismos. De esta creencia resultaba que el apache olvidaba fácilmente lo pasado, y carecía de inquietud por el futuro. Lo presente era lo que le tocaba e interesaba. A pesar de ello, anhelaba una larga vida y llegar a viejo con buena salud.

Creían también en un Espíritu Maligno de quién dependía lo próspero y adverso. Por eso deseaban estar de acuerdo con él, dándoles esta materia pábulo para infinitos delirios. No está claro a qué se refieren esos infinitos delirios, que aparecen citados en el informe de 1796 de Antonio Cordero y Bustamante.

Tambor de mano y su palillo. (Fuente: National Museum of the American Indian)

Tenían otras divinidades o seres sobrenaturales, como la Mujer Pintada de Blanco, sus hijos Matador de Monstruos e Hijo del Agua, y los Espíritus de las Montañas, que consideraban protectoras y que daban lugar a una variada mitología. Sus creencias, rituales, supersticiones y tabús no eran uniformes y variaban dependiendo de la parcialidad.

Los chamanes, entre los que a menudo había mujeres, eran los encargados de estos ritos. Muchos tenían fines curativos, dado lo desastrosa que la enfermedad podía resultar para gente que vivía de la caza y la recolección.

A lo largo de toda la infancia de los varones, desde su mismo nacimiento, tenían lugar diferentes rituales. Por ejemplo, cuando al cumplir siete meses se le calzaban por primera vez unos mocasines, o cuando daba sus primeros pasos, o cuando al cumplir siete años recibía un arco para que pudiera empezar a cazar pequeños animales, como pájaros y conejos. Con diferentes juegos, concursos y actividades se le iba formando y poniendo a prueba y desarrollando su resistencia. Al alcanzar los catorce años, debía participar en el primero de cuatro raides, que le convertirían en un guerrero.

Para las muchachas, la ceremonia tradicional más destacada era la de llegada a la pubertad, tras la cual ya podía casarse. La noche de la ceremonia, unos danzarines enmascarados, que representaban a los Espíritus de la Montaña, bailaban con un payaso, que encarnaba la fertilidad, para bendecir la ceremonia y a los asistentes. Lo hacían al son unos tambores hechos con una olla o una calabaza a la que amarraban una piel tirante y tocaban con un palo. También usaban una especie de maracas y un violín de una sola cuerda, hecho con el tallo del cactus de mescal.

En las danzas y celebraciones se pintaban diferentes símbolos en cada mejilla. Con frecuencia usaban una raya de lado a lado de la cara. Había además una gran cantidad de pinturas que el chamán u hombre-medicina usaba en sus ritos y con las que coloreaba la cara del paciente.

Violín y arco de los Western Apaches.
(Fuente: National Museum of the American Indian)

Los apaches tenían gran temor a la brujería con la que creían se podía causar enfermedad e incluso muerte. Aquellos juzgados y condenados por practicarla eran, como poco, expulsados de la banda. Los búhos, serpientes y algunos otros animales eran considerados seres relacionados con la brujería y su presencia les angustiaba.

En general preferían enterrar a sus muertos, pero si fallecían de una enfermedad contagiosa se les quemaba, sus bienes eran destruidos y con frecuencia se mudaba la ranchería a otro lugar. Estas costumbres podían variar por influencia de tribus vecinas, como era el caso de los coyoteros que sí quemaban a los cadáveres. No obstante, entre los historiadores hay serias discrepancias sobre los ritos funerarios. Sí hay acuerdo en que recogían a sus caídos en combate siempre que les era posible, escondiéndolos o enterrándolos, dificultando así conocer las bajas que se les había causado.

Los apaches podían adoptar un nombre diferente al suyo original. Un ejemplo es el de Gerónimo, que no es un nombre apache. No se sabe con certeza cuándo ni cómo lo tomó. Se cree que fue durante un combate con soldados mexicanos que desesperados se encomendaban a san Jerónimo. En contra de lo que se suele leer, Gerónimo ni estaba bautizado ni nació en Arizpe (Sonora). Su madre, que era apache, había adoptado el nombre de Juana o Juanita.

Otro caso es el de Lozen, hermana del jefe Victorio. Era tan hábil robando caballos y manejando el rifle que pasaron a llamarla, traducido al español, Ladrona de Caballos Diestra.

A pesar de la vida seminómada que llevaban, un apache tenía gran apego a su lugar de nacimiento. Lo consideraba su tierra y por ella luchaba, sobre todo cuando en el siglo XIX comenzaron a invadirla colonos norteamericanos.

La caza

A veces se reunían varias rancherías para preparar cacerías o alguna operación contra sus enemigos. El mando lo tomaba el considerado más valiente. Esto no implicaba ningún tipo de subordinación y cualquier guerrero o capitancillo con su banda podía abandonar la partida en caso de alguna discrepancia con el jefe.

Las diversiones favoritas en estos encuentros eran bailes nocturnos en los que participaban hombres y mujeres. Había diferentes tipos de danzas, según se estuviera preparando alguna acción bélica, celebrando hechos victoriosos, o disponiendo a los chamanes para realizar su función protectora o adivinatoria.

En general, la caza era trabajo de los hombres. Solían participar uno o unos pocos, que utilizaban el sigilo y pieles para enmascarar su presencia y su olor y poder aproximarse así a sus presas. Esta práctica servía de aprendizaje a los jóvenes para cuando les llegara el momento de participar en acciones de guerra. Era también en la caza donde empezaban a adquirir la habilidad de conocer los rastros hasta ser capaces de saber cuánto tiempo hacía que se imprimió una huella, si pasó de noche o de día, si el animal llevaba jinete o iba suelto, si iba arreado o era mesteño y otras muchas características.

Cazaban buras (un tipo de venado de América del Norte), venados, berrendos (antílope americano), osos, jabalís, pumas, lobos, coyotes, liebres, conejos y puercoespines (sus espinas las usaban para bordar). En documentos del siglo XVIII se habla además de gamuzas. La gamuza o rebeco no existía en América y puede que se refirieran a venados en general.

También había ojeos en los que tomaban parte mujeres y niños. En ellos rodeaban a los animales e incendiaban el pasto para empujarles hacia donde les esperaban los cazadores con sus arcos y flechas.

La más compleja y peligrosa cacería era la del cíbolo, por llevarse a cabo en lugares con presencia de naciones enemigas y ser necesario estar preparados frente a posibles ataques.

Las armas

Cuchillo y funda apache mescalero. (National Museum of the American Indian)

El armamento de los apaches se componía de lanza, maza, arco y flechas, que guardaban en un carcaj de piel. En las puntas de las flechas no era raro que emplearan algún veneno. Si disponían de metal fabricaban cuchillos. El tamaño de las armas variaba, según las parcialidades. La lanza la usaban en el combate cuerpo a cuerpo y no la tiraban como una jabalina.

Se protegían con una rodela o chimal que, al igual que el equipo de montar, empezaron a usar tras vérselo a los españoles. A veces empleaban armaduras de cuero para ellos y sus monturas, muy similares a las de los soldados de cuera españoles.

A partir de la segunda mitad del siglo XVIII, los grupos más orientales disponían de algunas armas de fuego, pero hasta bien entrado el siglo XIX su uso fue escaso por la dificultad que tenían para conseguirlas, junto con pólvora y balas, y sobre todo para repararlas. Si se estropeaban terminaban usándolas para hacer lanzas, cuchillos, puntas de flechas y otros útiles que, por la escasa disponibilidad de metales, apreciaban mucho. Bernardo de Gálvez decía que deseaban con ansia proveerse de escopetas, pólvora y municiones, porque en el uso de estas armas encuentran el gusto y seguridad de la caza, y porque discurren equivocadamente que les son ventajosas en la guerra. La razón de esta afirmación era que por cada disparo de un arma de fuego podían lanzar muchas flechas, además de que fabricar y reparar los arcos les resultaba sencillo.

Carcaj y maza (réplicas) y chimal apache del siglo XVIII (© Museo del Ejército).

La guerra

Los apaches organizaban dos tipos principales de incursiones, las que iban en busca de botín, sobre todo caballos, y las de guerra. Estas solían ser en venganza por bajas sufridas u otras afrentas. Podían estar formadas por grupos de cualquier entidad, desde unos pocos guerreros hasta varios cientos. En mayo de 1782, en un fallido ataque al presidio de San Agustín de Tucson, se estima que participaron entre 250 y 600, cifra que varía mucho dependiendo de los testigos, pero en cualquier caso inusualmente grande.

Seis jefes indios con atuendo ceremonial. De izquierda a derecha: Little Plume (pies negros), Buckskin Charlie (ute), Gerónimo (apache chiricagua), Quanah Parquer (comanche), Hollow Horn Bear (sioux brulé) y American Horse (sioux oglala). Desfile en Carlisle (Pensilvania) el 2 de marzo de 1905. (Foto: Edward S. Curtis. Library of Congress. Washington)

Los apaches no tenían capacidad logística ni organizativa para mantener un largo asedio. Siempre que atacaron frontalmente un presidio (pequeños puestos o fuertes en los que se acuartelaba una compañía de caballería) fracasaron y nunca tomaron ninguno, pero con sus hostigamientos continuos causaban muchos daños.

Antes de una incursión, dejaban a sus familias a buen recaudo, en rancherías en lugares lo más recónditos posible, protegidas por otros gandules. Entre los integrantes de estas partidas era frecuente que hubiera algún aprendiz de guerrero, el dikohe, que se encargaba de hacer de centinela, cuidar las monturas, arrear el ganado robado, recoger leña o preparar comida. En las expediciones en busca de botín podía participar alguna mujer, sin entrar en combate y desempeñando las mismas tareas que el dikohe. Los guerreros llevaban un reducido equipo que les daba una gran movilidad: sus armas, agua, algo de comida y un caballo con arneses muy ligeros. Los animales no estaban herrados y, para preservar los cascos, les ponían unos cueros que quitaban cuando montaban al animal, lo que no solían hacer hasta el día del ataque.

Los apaches utilizaban la sorpresa y la emboscada con una habilidad y rapidez sin igual. No les gustaba combatir de noche, pero tampoco tenían ningún tabú que se lo impidiera. Era habitual que usaran las horas de oscuridad para robar caballos, al descuido, y si había necesidad de combatir, lo hacían. También de noche solían aproximarse a sus objetivos para reconocerlos con cuidado. Se arrastraban en el mayor silencio y usaban todo tipo de mañas para enmascararse y no ser descubiertos. Se comunicaban entre ellos imitando el canto de aves nocturnas, el aullido de coyotes y lobos y otros sonidos de animales.

Lo común era que sus ataques se produjeran al amanecer. Se aproximaban a su objetivo en silencio hasta que, bien porque fueran descubiertos o porque estuvieran ya muy próximos, embestían con gran furia, ímpetu y alaridos para no dar tiempo a sus víctimas a tomar las armas ni preparar la defensa.

Durante sus retiradas, siempre que podían, emboscaban a sus perseguidores y usaban las más variadas tácticas para regresar a sus campamentos con la mayor parte posible del botín. Si veían que no iban a poder huir con el ganado robado lo mataban o al menos lo dispersaban.

Nunca emprendían una acción ofensiva si no tenían claras posibilidades de éxito. Por eso, un ataque en campo abierto por el día era raro, sobre todo si sus enemigos tenían mayor potencia de fuego. Además, si al realizar el ataque encontraban una resistencia o una fuerza mayor de la esperada, lo normal era que se retiraran. Los apaches admiraban el valor, pero evitaban sufrir bajas inútiles.

De izquierda a derecha: Yahnozha (cuñado de Gerónimo), Chappo (hijo de Gerónimo), Tsisnah y Gerónimo en el Cañón de los Embudos (Sonora) en marzo de 1886. (Library of Congress. Washington)

Su gran movilidad, les daba ventaja sobre los soldados presidiales, o soldados de cuera, que eran caballería pesada. Solo fuerzas experimentadas y bien mandadas conseguían batirlos. Esto solía ocurrir cuando se les alcanzaba en terrenos despejados, donde muy raras veces podían resistir la carga de una tropa organizada y disciplinada. Si se les cogía por sorpresa, los oficiales al mando debían tener la precaución de tomarles todas las posibles vías de huida.

Una forma de combatirlos era intentar localizar sus rancherías y atacarlos en ellas. Si estaban en zonas abruptas era muy arriesgado y se precisaba de indios amigos que pudieran moverse con el mismo sigilo y habilidad de los apaches. Si estos detectaban la amenaza que se cernía sobre ellos, levantaban rápidamente el campamento y el ataque, de llegar a realizarse, resultaba de poca utilidad. Pero una huida precipitada podía llevar aparejada la pérdida de pertenencias y provisiones lo que, dependiendo de la época del año, causaría la muerte por hambre de los más débiles.

Si se conseguía coger por sorpresa a una ranchería, sus habitantes luchaban sin cuartel, incluyendo las mujeres en caso necesario, hasta que sus familias estuvieran a salvo. Tanto el vestuario como la costumbre de los guerreros de llevar el pelo largo dificultaba distinguir a los varones de las mujeres, que también podían sufrir bajas en medio de unos enfrentamientos que solían ser rápidos, brutales y confusos.

A grandes distancias, se comunicaban mediante señales de humo. El significado de algunas era bien conocido, pero otras, concertadas entre ellos, nadie más podía entenderlas.

En cuanto a las cabelleras, Gerónimo relató en su biografía dictada que no solían cortarlas. Solo lo hacían en ciertas ocasiones en que odiaban de modo especial a un enemigo o porque querían ofender a adversarios que les habían infligido males mayores. Por regla general, la cabellera no era un trofeo de guerra, al menos entre los chiricahuas y los apaches occidentales (Western Apaches).

Conclusión

A finales del siglo XVIII los españoles lograron una cierta paz con los apaches. Bastantes se asentaron en las proximidades de presidios y algunos aprendieron español. Esto se logró aplicando la instrucción de 1786 del virrey Bernardo de Gálvez, que propugnaba una política de palo y zanahoria.  Mantener una presión militar continua contra ellos, aliarse con unas bandas para combatir a otras, los ataques de comanches y otras tribus aliadas de facto de los españoles, dieron resultados. Pero sobre todo fue una paz comprada con regalos y suministros (ganado, semillas, armas de fuego de inferior calidad, bebidas) con los que se pretendía además hacerlos dependientes de los españoles. Resultaba más barato eso que mantener un número cada vez mayor de soldados. Cualquier cosa era preferible a una guerra de guerrillas sin final contra unos indios irreductibles y que no eran de fiar, pues las paces que firmaban las respetaban solo dónde y cuándo les convenía, quebrantándolas continuamente.

Tras la independencia de México en 1821, la ruina del nuevo estado impidió que se mantuviera el statu quo logrado por los españoles. Se reanudaron las asoladoras incursiones y la guerra adquirió una violencia y crueldad sin precedentes. Por eso, cuando en 1830 el gobierno de México preguntó a la Diputación de Chihuahua si preferían un modelo de gobierno centralista o uno federalista, la respuesta fue no nos interesa ni lo uno ni lo otro; lo que queremos es que nos ayuden para poder librarnos de los apaches.

En 1848, la guerra entre México y Estados Unidos y la firma del tratado de Guadalupe-Hidalgo supuso que los primeros perdieran la mitad de su territorio en beneficio de los segundos. Al norte de la nueva frontera, los apaches se enfrentaron ahora a los norteamericanos y al sur continuaron su guerra con los mexicanos. Pero eran muy pocos contra enemigos muy superiores en número y tecnología y pronto pasaron de acosadores a acosados, teniendo que luchar para sobrevivir como pueblo.

El cine nos cuenta que el fin de las guerras apaches tuvo lugar, una vez que se logró concentrarlos en reservas, tras la última rendición de Gerónimo en 1886. Pero eso no es del todo cierto. Un número indeterminado se refugió en Sierra Madre, en México. Conocidos como los apaches broncos y perseguidos con saña por los mexicanos, los últimos supervivientes fueron exterminados en los años treinta del siglo XX.

Una historia extraña la de los apaches. Amantes de su libertad y valientes como pocos, nunca comprendieron que no podrían vivir siempre atacando a todo aquel que no fuera apache y que su economía, en gran medida basada en el pillaje, estaba destinada al fracaso.

Nota: El autor agradece a Gorka Alonso (https://apacheria.es/) su asesoramiento en la preparación de este artículo.

Este artículo es una ampliación para El Español Digital del publicado en Revista Péndulo Nº 33

ANEXOS

Prevenciones que han de observar los Comandantes de Compañías y Destacamentos para el Servicio de Campaña (Archivo General de Simancas). Este documento de 1793, más dos ampliaciones de 1794 y 1795, del Comandante General Pedro de Nava, se redactó para combatir a los apaches y está considerado como el primer reglamento antiguerrillas del Ejército español. (Pinchar sobre la imagen para ampliar)

Los españoles establecieron a partir de 1772 una línea de 15 presidios para intentar detener las incursiones apaches y comanches. El mapa representa la línea recomendada por el marqués de Rubí, con las modificaciones posteriores de Hugo O’Conor y Teodoro de Croix. Muchos de estos presidios estaban ubicados sobre la actual frontera entre México y los Estados Unidos. Mapa basado en uno publicado en Defenders of the Interior Provinces, de Odie B. Faulk y Laura E. Faulk (The Albuquerque Museum, 1988).

Apache. Cortesía de Bud Bradshaw

Ataque al torreón. Cortesía de Ronald Kil
Esta ilustración muestra diversos detalles del dramático asalto a un torreón del valle de La Ciénaga, Nuevo México, en 1776. Se trató de un asalto comanche, pero que no diferiría mucho de uno apache. Al interior del torreón se accede mediante una escalera, como en las casas de los indios pueblo. Los atacantes se llevan los caballos y lo intentan con una mujer. Los defensores utilizan armas de fuego y también arcos y flechas. Uno de ellos se protege con una adarga como las utilizadas por los soldados presidiales, probablemente porque se trataba de un soldado presidial en su faceta de colono. Un típico carro español de un eje y diversos animales domésticos forman parte de la escena.

Mujeres y niños apaches chihuahuas prisioneros con dos soldados en 1881. Algún especialista opina que la fotografía se realizó en Fort Bowie, a primeros de abril de 1886. (Fuente: Smithsonian Institution)

Grupo de hombres, mujeres y niños en el campamento de Gerónimo. La foto se tomó durante las negociaciones que tuvieron lugar en el Cañón de los Embudos, en México, previas a la rendición al general Crook, el 27 de marzo de 1886.
(Foto de Camilus Sidney Fly. Library of Congress. Washington)

Fotografía del apache chiricagua Gerónimo en 1898.
(Foto de Adolf F. Muhr. National Museum of the American Indian)

Jóvenes y niños apaches. Esta foto tomada hacia 1909 muestra las miserables condiciones en que vivían en una reserva estos antaño orgullosos indios.

(Fuente: Library of Congress. Washington)

La venganza de Ulzana (Robert Aldrich, 1972) es una de las mejores películas de apaches. Muestra aspectos poco divulgados de su forma de combatir y comportarse. Está ambientada avanzado el siglo XIX, cuando ya habían sido concentrados en reservas en las que malvivían. De una de ellas escapan Ulzana y su pequeña partida.

Duelo en Diablo (Ralph Nelson, 1966) cuenta otra historia de un grupo huido de una reserva. Tiene escenas bien filmadas de emboscadas y de trato a prisioneros. También muestra el valor que para los apaches tenían sus hijos, aunque fueran mestizos.

Fort Apache (John Ford, 1948) es una de las películas en la que, en su versión original, los apaches hablan en español cuando negocian con oficiales de la caballería de los Estados Unidos.

Mayor Dundee (San Peckinpah, 1965) está ambientada en los años de la guerra de Secesión. Cuenta cómo una variopinta tropa persigue a una partida de apaches que, tras una incursión en Estados Unidos, se ha refugiado en México llevándose con ellos a tres niños blancos. Las escenas iniciales muestran los resultados del ataque a un rancho y la posterior emboscada a una unidad de caballería. Otra emboscada tiene lugar hacia la mitad del metraje. No es una película propiamente sobre los apaches sino más bien una reflexión sobre las dificultades del ejercicio del mando. Muy recomendable ver la versión extendida (136’).

Documentos
CORDERO Y BUSTAMANTE, ANTONIO MIGUEL: Año de 1796. Noticias relativas a la nación apache, que en el año de 1796 extendió en el Paso del Norte, el Teniente Coronel don Antonio Cordero, por encargo del señor Comandante General Mariscal de Campo don Pedro de Nava.
Documento transcrito en el cap. XXV de Geografía de las lenguas y carta etnográfica de México: precedidas de un ensayo de clasificación de las mismas lenguas y de apuntes para las inmigraciones de las tribus, de Manuel Orozco y Berra.
GÁLVEZ, BERNARDO DE: Instrucción para el gobierno de las Provincias Internas de Nueva España, 1786.
Edición e introducción de Donald E. Worcester en Instructions for Governing the Interior Provinces of New Spain, 1786, The Quivira Society. Berkeley, 1951 (1ª edición) y Arno Press. New York, 1967 (reimpresión).
GÁLVEZ, BERNARDO DE: Noticia y reflexiones sobre la guerra que se tiene con los apaches en la provincia de Nueva España.
Publicado y anotado por Felipe Teixidor en Anales del Museo Nacional de Arqueología, Historia y Etnografía, nº20, Tomo III (1925) Cuarta Época (1922-1933).
NAVA, PEDRO DE: Informe del modo en que los apaches hacen la guerra (1797). Transcripción disponible en la tesis doctoral de Mariano Alonso Baquer Españoles, apaches y comanches. Publicaciones del Ministerio de Defensa. Madrid 2016, pp. 394-397.
NAVA, PEDRO DE: Prevenciones que han de observar los Comandantes de Compañías y Destacamentos para el Servicio de Campaña y Aumento de la Prevenciones para los Destacamentos de Campaña comunicadas en 19 de junio de 1793. Archivo General de Simancas, Secretaría de Guerra, Indios, Provincias Internas, legajo 7026, 2.
O’CONOR, HUGO: Expediente sobre el estado de las Provincias Internas según las informaciones recibidas por el brigadier Hugo O’Conor. Archivo General de Indias, GUADALAJARA, 516, N.20.
Bibliografía
ALONSO BAQUER, MARIANO: Españoles, apaches y comanches (tesis doctoral). Publicaciones del Ministerio de Defensa. Madrid 2016.
DOMÍNGUEZ HERNÁNDEZ, FÁTIMA: Testimonios de la frontera: Declaraciones de excautivos por apaches y comanches en el norte de México durante la segunda mitad del siglo XIX (tesis de máster). El Colegio de Sonora. Hermosillo, Sonora 2020.
FLAGLER, EDWARD KING: Diné: La historia de los indios apaches. Fundación Instituto de Estudios Norteamericanos. Barcelona, 2006.
MARTÍNEZ PEÑAS, LEANDRO y FERNÁNDEZ RODRÍGUEZ, MANUELA: “La guerra contra los apaches bajo el mando de Ramón de Castro y Pedro de Nava en las Provincias Interiores”, en Revista de Historia Militar, nº111, 2012, pp. 119-157.
MEZA, ROBINZON: “Visión de la frontera Norte de Nueva España por Nicolas de Lafora (1766-1768)”, en Presente y Pasado. Revista de Historia, año 13. nº27, enero-junio, 2009, pp. 11-30.
NAVARRO GARCÍA, LUIS: Don José de Gálvez y la Comandancia General de las Provincias Internas del Norte de Nueva España. Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Sevilla, 1964.
VELÁZQUEZ CHÁVEZ, MARÍA DEL CARMEN: “Los apaches y su leyenda”, en Historia Mexicana, vol. 24, nº2 (94), octubre-diciembre 1974, pp. 161-176.
WORCESTER, DONALD E.: The Apaches: Eagles of the Southwest. University of Oklahoma Press. Norman. Oklahoma 1979.
Sitios web
Apachería. Página web de Gorka Alonso: https://apacheria.es/
Library of Congress: http://www.loc.gov/
National Museum of the American Indian: https://americanindian.si.edu/
Smithsonian Institution: https://www.si.edu/

10 respuestas a «Los apaches»

  1. Maravilloso artículo. De verdad que vaya gran labor de investigación y divulgación, Nunca había encontrado algo similar. Lo he disfrutado y leído dos veces y sigo haciéndolo. Lo copio y me lo quedo. Enhorabuena al autor del que ya he leído los anteriores y son de sobresaliente. Espero más Y a este periódico que toca todos los palos y los toca bien, muy bien.

  2. El autor ha realizado una excelente narrativa descriptiva del tema expuesto, con todo lujo de detalles, sobre uno de los grupos aborígenes mexicanos (apaches) y su territorio (APACHERIA); poco que añadir a tan detallado artículo. Enhorabuena a su autor. Dicho lo cual, aprovecho para aportar unos pequeños apuntes; por ejemplo, los indígenas o naturales mexicanos, muchos de ellos, fueron bautizados por misioneros españoles y vivieron en relativa armonía con los hispanos, al contrario que ocurrió con los anglosajones tras arrebatarle a México más de la mitad del territorio. Tal es así, que Gerónimo, hablaba español, y, es el nombre con el cual fue bautizado por los frailes; “fue bautizado en Arizpe”, según documento de la parroquia de la Asunción de María, en Arizpe, Sonora, que certifica que José Gerónimo (indio), hijo de Hermenegildo Moteso y Catalina Chagori, fue bautizado “el primero de junio a mil ochocientos veinte uno. Por consiguiente; resulta oportuno, resaltar la gran diferencia existente entre los apaches y los españoles, frente a la lesividad e intolerancia que padecieron las tribus apaches al caer el territorio en manos de los norteamericanos. Así podemos verlo, entre otros, en la reciente publicación: » An American Genocide. The United States and the California Indian Catastrophe [Un genocidio americano. Los Estados Unidos y la catástrofe india de California], Benjamin Madley, 2016): Inmediatamente de la incorporación de California a USA, el coronel John Frémont, uno de los padres del Estado californiano, presentó ante el Senado de Estados Unidos unos proyectos al objeto de “transferir vastas extensiones de terreno californiano indio a no indios y al nuevo Gobierno estatal” Declarando: “La ley española, de manera clara y absoluta, aseguraba a los indios sedentarios derechos de propiedad sobre la tierra que ocupaban. Esto está va más allá de lo que este Gobierno puede permitir en sus relaciones con nuestras tribus domésticas” (página 163). Fuente: ELPAIS, CULTURA, María Elvira Roca Barea (09 enero 2019): https://elpais.com/cultura/2019/01/08/actualidad/1546958387_643634.html
    Bibliografía relacionada:
    – BROWN, Dee, «Enterrad mi corazón en Wounded Knee», Circulo de Lectores (1990)
    – COZZENS, Peter, «La tierra llora», Desperta Ferro Ediciones SLNE, Madrid (6 ed. diciembre 2020)
    – LUMMIS, Carlos F., «Los descubridores españoles del siglo XVI», Ed. GRECH, S. A., Madrid (1987)
    VIDEO – CONFERENCIA; Bisnieto de Gerónimo (Alfonso Borrego) no cometieron genocidio indígena:
    https://www.youtube.com/watch?v=ZOuK6Ih-Xd0&list=PLnIA2RdRcmAv1wx5r_Ux8WgF9Q_mKIOpE&index=15
    – VIDEO musical del grupo indio: Redbone, «We Were All Wounded At Wounded Knee» (1972):
    https://www.youtube.com/watch?v=W9qcs8DAVW8

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