Los españoles, hartos de «diálogos» quieren un Jefe de Estado con autoridad

Los españoles de espíritu libre, hartos de «diálogos» y de «prudencias» con los totalitarios y los imprudentes, quieren un Jefe de Estado con autoridad.

Smith y Marx

Es obvio que entre el ultra liberalismo y el marxismo cultural existe un pacto, no sé si escrito, pero bien real de cualquier modo. Y es obvio que sus mandarines están al quite para tildar de conspiranoicos a todos aquellos que lo denuncian. Pero esto es ya una historia vieja y cansina, el enredo de quienes tratan de impedir que alguien pueda arrojar al suelo las caretas de sus jefes, y con ellas el chiringuito al completo, porque en ello les va la subvención o el bochornoso sueldo.

A ambos socios -doctrinarios y oligarquía financiera- les viene bien esta fórmula para sus fines, pues aun careciendo tal vez de futuro a largo plazo, a los social comunistas les facilita no sólo acceder al poder político, sino mantenerse en él. Y a los plutócratas los provee de clientes cada vez más inmersos y enfervorizados con su adicción consumista.

Al frentepopulismo de nuestra época, la fórmula de transigir con los poderes fácticos mientras machaca al pueblo que dice defender, le ha dado beneficios bien tangibles. Los furibundos enemigos de antaño son hoy buenos amiguetes y saben repartirse la tarta con ignominiosa civilidad. El siglo XXI está cimentando esta alianza entre hienas y zorros; la clase capitalista ha otorgado su gracia a la raza bolchevique no dificultándola su dominio doctrinal, a cambio, eso sí, de preservar los instrumentos de producción para que no dejen de rendir los consiguientes beneficios ni de colaborar en el objetivo consumista, y sólo si fracasa en esta custodia será sustituido por su antagonista político -la derecha dócil- como viene ocurriendo cíclicamente en España: cuando las arcas están llenas se permite acceder a la gobernanza a las izquierdas destructoras hasta que las vacían, en cuyo caso se las reemplaza.

Unos y otros saben que su supervivencia y bienestar pasa por conseguir el absoluto embrutecimiento de la población, y unos y otros se empeñan en ello, porque una humanidad indigna y despersonalizada es el fin último de ambos, en la doctrina y en el derroche. Muñecos envilecidos, ofuscados por el dios consumo; humanoides de reata.

La cuestión, al hilo de lo antedicho, es que soportamos un Gobierno totalitario, trufado de oligarquía financiera, carente de legitimidad moral y constitucional, y diseñado para demoler las libertades que, además, obliga a los ciudadanos a todo tipo de perversiones y de trágalas cotidianas entre las que se hallan el financiar mafias migratorias y sufragar cédulas bolcheviques y organizaciones ideologizadas que trabajan para consolidar los entresijos de su proyecto social comunista.

Y la cuestión es que soportamos tal maldición por no haber sabido impedir la preponderancia sociopolítica del marxismo cultural, esa estructura organizada para destruir libertades, valores, esperanzas y prosperidad. A estos malvados que tratan de trascender buscando apagar la sed de su ambición por el camino del infierno les gusta hablar del proletariado fabril, del obrero de toda la vida, pero ya no queda de eso. Y como saben que la lucha de clases que propugnan ya no existe porque los trabajadores están bien advertidos de sus trampas, han de inocular en la conciencia de las gentes otras ideologías variopintas.

Y ahí es donde les ha venido de perlas el abrazo de los plutócratas, porque de lo que se trata es de seguir degradando las identidades individuales, desarraigando y disolviendo el pensamiento, es decir, arrebatando al sujeto su dignidad de persona. Y, en nuestro caso concreto, creando dos Españas en perenne confrontación -lo cual no es difícil dada la profusión de paranoicos y sectarios resentidos- en tanto que la demoníaca coalición goza y se aprovecha de sus despojos.

Por eso, como seguirán siendo, como lo han sido hasta ahora, una espina peligrosa clavada en nuestras carnes, resulta sorprendente que aún haya quienes desde las instituciones, los medios informativos o la intelectualidad áulica nos sigan hablando de diálogo o exponiendo generalidades vacuas, más apropiadas para darles ventaja a los infames que para resolver el gravísimo problema que nos afecta.

Estos pusilánimes, estos complacientes, estos bardajes o estos quintacolumnistas, que de todo habrá, debieran saber que cuando el diálogo se transforma en tumulto, la dificultad consiste en extraer una síntesis. Si los interlocutores no atienden al fin de su intercambio dialéctico -como ocurre en este caso con los intolerantes y los violentos-, que no debe ser otro que alcanzar la luz respecto a ideas y conceptos, y sólo se dedican a exhibir en las tribunas sus bravuconadas, como los pavos reales sus plumas, el debate o la pretendida comunicación acabará siendo una iniciativa frustrada y frustrante, como lo es todo desacuerdo y como lo ha acabado siendo en nuestro caso.

Pero ¿quién puede sustituir hoy la fanfarronería y el rencor de unos y la pusilanimidad de otros por sentido común? ¿Quién ha de crear unas nuevas reglas de juego, si los que pueden son los más desleales y los más frívolos y, fascinados por el espectáculo de sí mismos ni saben ni quieren? Que algunos nos alarmemos, por ejemplo, de que tanto la Ley Electoral, el estatuto de las Autonomías como la actual partidocracia están contribuyendo a la desintegración de la patria y a hacer que la población se desengañe de la vida política, viva en otra onda y lo electoral se rija por valores no políticos, sino publicitarios y de imagen, o por la simple inercia del «poder establecido», nada influye en la vida cotidiana si a la mayoría de los ciudadanos todo ello les parece irreprochable.

Por eso no sirve de nada plantear asuntos netamente políticos, presentar programas electorales, demostrar las incompetencias y traiciones, las inmoralidades y los incumplimientos de dicho «poder establecido» si la totalidad de los espíritus libres no se decide a arropar unívocamente y sin fisuras a VOX, con la paradójica esperanza de que el pueblo, ese barro sobre el que tan arduo resulta construir, es a veces intuitivo y también a veces suele admirar a quien pugna en solitario para defender sus creencias, despreciando componendas y artimañas.

De ahí que el movimiento restaurador que constituye VOX deba cuidar con mucho tiento su naturaleza y la razón de ser de su proyecto social, político y económico, y tener habilidad y entereza para explicarlos. Nada de cálculos que aplebeyan la política y a los que sólo acuden los profesionales mezquinos, nada de especulaciones bastardas. Por el contrario, preservación de su «inocencia» política frente a la descomposición que representa el redil de diputados que es nuestro actual Parlamento y, por encima de todo, defensa de los intereses de los españoles y de la Nación.

Y nada de mostrarse blando con las instituciones que no han sabido estar hasta ahora a la altura que exigían las circunstancias. Empezando por la Justicia, pues sin justicia la libertad es imposible, y continuando por el alarmante silencio del Rey ante las aberraciones frentepopulistas, hecho que suele justificarse atribuyéndolo tanto a su ausencia de poder ejecutivo como a la prudencia. Pero respecto a la desventurada prudencia, lo mismo se decía de Rajoy, y ya podemos comprobar los resultados. Por eso es necesario saber distinguir la prudencia de la inoperancia, de la cobardía o de la comodidad.

Entre las funciones del Rey están la de sancionar y promulgar las leyes, y la de proponer el candidato a Presidente de Gobierno y, en su caso, nombrarlo, y la Jefatura del Estado viene sancionando leyes totalitarias y ha acabado proponiendo a un candidato hispanófobo e ilegítimo, inflado de fraudes y bajo sospecha de amaño electoral, y con el resultado de las elecciones en fase provisional, no definitiva.

Porque una cosa es defender símbolos y otra sacralizar a sus representantes. Quienes defienden la institución monárquica debieran comprender que el símbolo padece cuando vienen representándolo durante generaciones figuras inservibles. Nuestro Rey se deja humillar -en la persona y en el símbolo- permanentemente por los frentepopulistas y, a más inri permite que éstos hayan hecho del Estado su propiedad particular y doctrinal, y mantengan vivo un endémico golpe de estado.

Pero aun no teniendo poder ejecutivo, un líder que se precie, ítem más un Jefe de Estado, sí debe tener autoridad, máxime ante un Gobierno central erigido como el principal traidor a España, en connivencia con Gobiernos autonómicos separatistas en permanente actitud de violencia golpista. Porque todo principio de autoridad nace de las propias virtudes, aquellas que en cualquier tiempo nos permiten calificar una conducta de «noble» o «excelente» por haber sobresalido en el cumplimiento de sus responsabilidades o en el respeto al prójimo.

La autoridad, en el sentido genuino de la palabra, está siendo sustituida por el poder. Autoridad -de autoritas– significa más bien el poder emanado de una actitud moral; mientras que el poder -de potestas– significa pura y simplemente poder. Este poder no puede desligarse del frentepopulismo, pues constituye su objetivo primordial. Pero la autoridad no debiera poder desligarse de la Monarquía, representada en la figura del Rey.

La Historia ha demostrado que un pueblo comienza a tener problemas cuando su Jefe está a merced de sus validos o mandarines, es decir, cuando llegado el caso aquella persona elegida por caudillo carece de autoridad. Para decirlo brevemente, el poder frentepopulista sería papel mojado si el Jefe de Estado poseyera autoritas y dicha autoridad impidiera los abusos y abominaciones de los dirigentes.

La mayoría de espíritus libres necesita la presencia de un líder capaz de aglutinar en torno suyo a los diferentes grupos y de mantenerlos unidos con una mínima disciplina durante el ineludible proceso constituyente regenerativo que debe ser el objeto imperante hoy para los españoles. Ya está bien de prudencias y de diálogos, lo que hace falta es que aquél que debe hacerlo dé un puñetazo en la mesa y se niegue a refrendar con su firma y con su actitud las leyes, disposiciones y actuaciones abominables destinadas a destruir a la patria, porque está en su mano y es su responsabilidad defender el orden constitucional que la estrategia frentepopulista y su consecuente legislación viene atacando y corrompiendo de todos los modos posibles con absoluta impunidad.

Y el degradante e intolerable esperpento recién ofrecido en Cataluña por el frentepopulismo, refrenda lo antedicho.

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