Los llaman animales no humanos

De todos los ingredientes ideológicos que conforman el pensamiento progre imperante, también conocido como perroflautismo, me queda poco espacio para la duda a la hora de afirmar que en verdad el animalismo debe ser por méritos propios uno de los más alucinados, absurdos y totalitarios.

Tengo entendido que a esta ideología la llaman transhumanismo. Frente a la cual yo, que soy muy exagerado, lo reconozco, y que tampoco soy un experto en estos asuntos, por descontado esto, estoy tentado a sospechar lo que sigue: el animalismo es un capítulo más en el proceso de deshumanización a que nos han traído la postmodernidad y la postverdad, la deconstrucción del hombre, el pensamiento débil (la muerte de los grandes relatos o macrorrelatos otorgadores de sentido a la humana historia: cristianismo, socialismo, anarquismo), y desde luego el camaleónico marxismo cultural.

Por lo demás o por cierto, nadie en su sano juicio debe abogar por someter a los animales a torturas, castigos o sufrimientos innecesarios. ¿He dicho innecesarios? Ya se cagó el perro en las papas, porque con respecto a nuestra secular relación con los animales, de los que desde la noche de los tiempos hemos venido obteniendo alimento, pieles, huesos, compañía, protección, carga y cabalgadura, ¿qué cabe entender por sufrimientos, torturas o castigos innecesarios?

Ni hay espacio en este artículo ni acaso me alcance del todo mi competencia intelectual para desarrollar una respuesta me supongo que rigurosamente convincente; desde luego, a los animalistas no iba a convencerlos, ni a uno, tan ateos que suelen ser, terracentristas e inmanentistas. Me basta con la revelación bíblica: Dios creó el mundo (seres vivos de todas las clases, animales y vegetales, y el mundo mineral, etcétera) al servicio del hombre, único animal creado a imagen y semejanza de Dios, con vocación, así pues, a la eternidad, con alma inmortal, racionalidad, conciencia, lenguaje articulado, con capacidad de simbolizar la realidad (cfr. Génesis 1, 26-31)… 

Conjeturemos así pues la siguiente hipótesis, tan improbable, ya sé, como por lo demás fácilmente comprensible. La que sigue: imagínemos el número total de personas practicantes de la caza y de la pesca o meramente aficionadas de alguna manera a estas milenarias prácticas mediante las cuales el hombre (varón y hembra) se ha provisto de alimento desde el alba de los tiempos. En el caso de la caza, hay consenso científico en afirmar que gracias a la ingesta de carne de origen animal nuestros antepasados en la evolución homínida (hominización) fueron separándose del tronco común originalmente compartido con otros grandes primates.

Consideremos igualmente ahora el innúmero número de los pastores, ganaderos, aficionados a la tauromaquia, a las peleas de gallos, a la hípica y carreras varias de caballos, aficionados a criar dromedarios con fines turísticos, abandonadas ya las labores agrarias, hoy por hoy en nuestras Islas (Timanfaya en Lanzarote, Dunas de Maspalomas en Gran Canaria, determinadas zonas recreativas en Fuerteventura, incluso en Tenerife…). Y seguidamente tratemos de considerar el igualmente innúmero número de los apicultores, colombófilos, colombicultores, canaricultores, aficionados al silvestrismo, adiestradores de perros lazarillos y de rescate, domadores y cuidadores de animales para circos, acuarios y zoos…

Tratemos de imaginar por un momento la hecatombe de proporciones cósmicas que supondría la fulminante desaparición de la ganadería, la pesca y el pastoreo (si desapareciera el pastoreo, si fuera prohibido por los organismos internacionales competentes al efecto, si esto fuera posible, supongamos, ¿qué sería de los tuaregs, los hombres azules del desierto?).

No ignoro que hay voces cualificadas que desde el ecologismo en claves humanistas y aun personalistas nos recomiendan un consumo moderado de carnes de origen animal (yo mismo, sin ir más lejos, procuro con frecuencia diaria consumir vegetales crudos, preparados al vapor, o ya listos en nuestros tradicionales caldos y potajes), toda vez que la ganadería practicada a macroescala o escala industrial, es muy agotadora de ciertos recursos naturales y es contaminante, etcétera. Vale. Pero una cosa es esta advertencia -que también puede repercutir para bien en nuestra humana salud-, y otra muy distinta el prohibicionismo del consumo de todo producto de origen animal que proponen las huestes del animalismo, sobre todo en sus formas más radicales, que son las propias del animalismo vegano.

Por último, apenas esbozado el cuadro anterior que podríamos denominar como «relación tradicional del hombre con los animales», tratemos de imaginar el innúmero número de personas que en todo el mundo consumen carne, huevos, miel y pescado, o que crían pájaros como canarios, jilgueros y otras especies, o aves como las palomas y así disfrutan de la vida como canaricultores, colombicultores, colombófilos o silvestristas.

Pues bien: la lucha del animalismo en pro de unos tan supuestos como imposibles derechos de los animales (los animales, que no son sujetos morales, carecen de derechos, pues a su vez no son capaces de ejercitar deberes u obligaciones) supone una permanente agresión a todos los colombicultores, cazadores, pescadores, silvestristas, ganaderos, pastores, adiestradores de perros lazarillos y para el rescate de personas ante situaciones de catástrofe, accidente y todo tipo de desgracias…

Mel Capitán

Supone una permanente, agresiva, sistemática e irrespetuosa agresión a todas las personas que consumen productos de origen animal, por no hablar de las personas aficionadas a la caza, la pesca, las peleas de gallos y, especialmente, la tauromaquia: no es raro encontrarse entre las filas del animalismo con individuos e individuas que califican de asesinos y maltradores a toreros y cazadores, llegando en casos a celebrar los percances y hasta la muerte de algunos de ellos y ellas (así ha sucedido con algunos toreros fallecidos en plena faena en la plaza en los últimos años, con un niño español que soñaba con ser torero y que murió de cáncer con solo 8 años, con la joven y guapísima cazadora española Mel Capitán…).

En definitiva, contumaces apeladores al respeto y la tolerancia, las huestes animalistas en verdad son radicalmente intolerantes, toda vez que si deben sumar, con toda probabilidad, varios miles largos de millones de personas de la población mundial actual los que por alguna razón u otra se sitúan fuera del ideario animalista (esto es, o bien porque consumen alimentos de origen animal, o porque siguen la tauromaquia, o porque son canaricultores, apicultores, adiestradores de dromedarios, ganaderos, cazadores, pastores, pescadores…), ¿quién es entonces o así las cosas el intolerante en todo esto?

En mi vida solo he entrado a dos plazas de toros, y una de ellas fue en mi época universitaria para asistir a un concierto de rock; la otra salió al paso, una vez en que paseaba con un grupo de amigos por Valladolid, en forma de una placita, me pareció por lo pequeñita que solo preparada para novilladas. He leído sobre los toros, ni que decirlo (he paladeado una y otra vez las referencias al mundo de los toros presentes en la obra de poetas tan admirables como Lorca o Miguel Hernández, quienes por cierto en vida no fueron precisamente lo que se dice amigos); los he llegado a divisar alguna vez que otra recorriendo tierras españolas peninsulares en tren o en autobús o en coche particular; no sigo el mundo de los toros, mas me parece bien que millones de personas como aficionadas o como profesionales de la tauromaquia mantengan esta secular afición en España (aseguran que es parte de la esencia del ser español), Francia, Portugal, México, Colombia, Perú, Centroamérica… Si se acabara prohibiendo, me parecería muy mal: como poco, una falta de respeto a todos sus aficionados y profesionales.

Y lo mismo, ni que insistir en esto, por lo que respecta a los pastores: no hay más que escucharlos hablar para comprender que su vida es la entrega a sus ganados de ovejas o cabras las 24 horas al día, en condiciones muy duras. Si lo hacen porque quieren, ¿quién soy yo para desear que se prohíba el pastoreo?

Y lo mismo con el resto: ganaderos, cazadores, pescadores, adiestradores de perros lazarillos y para el rescate de personas en circunstancias extremas, apicultores, carniceros, esquimales con trineos aún tirados por perros, tuaregs y sus ganados de cabras y dromedarios, canaricultores, silvestristas, colombófilos, colombicultores, científicos que utilizan cobayas para la experimentación en beneficio curativo o salutífero del hombre…

Por lo demás, poco de qué extrañarse acaso, toda vez que los animalistas son perroflautas en estado puro (siempre con alguna excepción de rigor que pudiera haber). Esto es, su compasión hacia la vida de los seres vivos parece acabar cuando se trata de manifestar profunda pena, consternación, indignación y rechazo por causa del genocidio de los cristianos en África, Oriente Medio, Asia, o cuando se trata de la vida del nasciturus en el vientre materno de la madre de la especie humana: son abortistas en un 99% lo menos, capaces de llorar desconsoladamente o a moco tendido ante un camión cargado de corderos o cochinos rumbo al matadero, al tiempo que suelen pedir aborto libre y gratuito como derecho legalmente reconocido para la mujer. Con un par.

Como buenos feministos y feministas supremacistas que son, supinos ignorantes de lo que en verdad es el mundo rural (el animalismo es un movimiento de urbanitas), son naturalmente partidarios de la invasión migratoria, y aunque practicantes de la cristofobia, como buenos progres que son los animalistas en su casi totalidad, aplauden que haya cada vez más menas en España (y de paso te califican de «facha, fascista, neofranquista, voxista de VOX, intolerante, rancio…», como se te ocurra criticar este estado de cosas); que las mujeres españolas apenas tengan hijos; que el marxismo cultural esté llevando a sus estertores lo poco que aún nos sigue quedando de cultura católica en España; que no haya casi matrimonios eclesiásticos; que el laicismo en sus versiones más rabiosas o radicales impere por doquier; que la Ley de Memoria Histórica siga mintiendo sobre la República II, la Guerra Civil, el franquismo, la democracia actual; que la dictadura del relativismo y la llamada postverdad campen a sus anchas; que las iglesias estén cada día que pasa más vacías; que la ideología de género con sus activismos LGTBIQ lo domine ya todo (instituciones culturales, sindicatos, centros educativos, universidades, partidos políticos en su casi totalidad, relaciones de la pareja humana, sectores incluso de la Iglesia católica, adonde el humo de Satanás de que hablara con espanto Pablo VI hace más de 40 años)…

Tontos y tontas útiles a las órdenes y dictados del multiculturalismo y de la ingeniería social impuestos por el Nuevo Orden Mundial, no cejan de dar el coñazo a tantos colectivos humanos, a tanta gente, que incluso un intelectual de la talla de Fernando Savater, tan  en las antípodas del pensamiento cristiano, ha salido al paso en más de una ocasión y de dos en sus escritos, por cierto siempre tan bien escritos, para poner los puntos sobre las síes ante los desmanes de esta caterva de activistas de la intolerancia en nombre de la defensa de los derechos de los animales.

Y aún una guinda a este escrito. Como me temía, en Gran Canaria al menos (me imagino que igual sucede dondequiera que se empleen dromedarios o camellos para la montura o cabalgadura de los Reyes Magos, nuestros entrañables Magos de Oriente) llevan años tratando de que se prohíba por las pertinentes ordenanzas municipales la presencia de los rumiantes en las Cabalgatas de Reyes. Para mí al menos, alucinante. Y otro tanto pretenden para la romería en honor a la Virgen del Pino en Gran Canaria, a la de san Benito en La Laguna de Tenerife, y para todas las romerías de las Islas: fuera vacas, caballos, dromedarios, burros o mulos usados como animales de carga y de cabalgadura, ¡y ni se te ocurra el empleo de vacas o bueyes para el arrastre de pesos!

Estos animales, los dromedarios, desde hace milenios llevan sobre todo en Oriente Próximo, en Asia, en todo el norte de África, y desde la mismísima hora de la conquista de las Islas Canarias finalizada bajo los Reyes Católicos (aquí tenemos una subespecie endémica de dromedarios, ligeramente más pequeña que la sahariana), sirviendo al hombre: largas travesías en el desierto pudiendo estar semanas enteras sin beber agua estos animales, suministran leche, su piel, carne incluso…

Pues nada: ojo a cómo los tratas, pues si los mantienes para que vayan sobre sus lomos Gaspar, Melchor y Baltasar, haciendo la ilusión de niños y no tan niños (en la noche mágica en que todos hemos creído en los Reyes y en que estos entraban por las cerraduras de las puertas y en que había que poner los zapatos junto a la puerta de entrada de casa y en que era conveniente poner hierba en la ventana para la cena de los camellos y en que sobre todo había que acostarse pronto), te puede caer la del pulpo, digo alguna amonestación de las huestes animalistas.

Quedas advertido.


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