«Los nombres robados: ¿un ejemplo de neolengua?», Ladrón de Guevara

Ernesto Ladrón de Guevara

El libro aquí presente está escrito por Ernesto Ladrón de Guevara, y nadie más acertado que un doctorado en Filosofía y Ciencias de la Educación desde la postura de autor. Primeramente, porque son dos ámbitos muy atacados por el sistema español y de los que se habría formado una idea de manipulación sutil a gran escala, y, en segundo lugar, porque el señor Ladrón de Guevara puede presumir de haber realizado trabajos similares a este, de éxito, compaginándolo además con su participación en varios medios de comunicación. El público al que se dirige siempre es variado, aunque requiere que se encuentre a cierto nivel técnico debido al formato de su discurso: si bien sus expresiones son cercanas y directas, convendría iniciarse previamente en lo que ha tratado. Esta vez don Ernesto nos deja un pedazo de sí mismo en la dedicatoria de Los nombres robados, mostrando en un segundo plano el vasto nivel de su preparación, así como la riqueza de su base.

Ya sólo con el subtítulo de la portada –Manipulación, falsificación y rediseño de los topónimos vascos– el primer pensamiento que invade nuestra mente es el de que resultaría una buena recomendación para todo interesado por la filología o estudiante de lenguas modernas. Un libro que al menos todo centro académico debería permitir a sus pupilos tener en cuenta, trabajar o incluso incluir en sus expedientes o intereses profesionales (actividades prácticas, extracurriculares etc), visibilizándolo.

Los nombres robados parte desde dos cuestiones que comprenden el tema principal tratado sobre el cambio o la manipulación de la huella que nos deja cualquiera de nuestros ancestros: ¿tenemos derecho a modificarlo? Y, ¿por qué se hace? La intención de esta publicación, más que palpable en la Introducción, es la de tratar la razón que promueve semejante cambio pues, acorde al autor, es la de “transformar cognitivamente a la población que vive en un espacio cultural, geográfico e histórico” (página 13). Vemos de esta forma que la extensión de la ignorancia y la fragmentación de la transmisión de un legado que dota de personalidad propia a una nación son dos de los objetivos promovidos hacia el colectivo interesado: la modificación cognitiva de las masas. Los sectores políticos gestan aquí su influencia (subrayando entonces don Ernesto al ‘nacionalismo’ o ‘cierta izquierda’ (página 13) hacia la apuesta por una hegemonía cultural.

“No pretendo mediante este opúsculo hacer un ensayo inédito sobre toponimia (…) Mi única pretensión es divulgar lo aprendido de ellos [expertos citados anteriormente], sobre todo por la cercanía y amistad de las que disfruto y estoy eternamente agradecido con…” (Pp. 14-15)

Rescatando la declaración del señor Ladrón de Guevara sobre la intención de su escrito, comprobamos que no sólo se apoya en una bibliografía tan exigente como heterogénea -nombrando a autores magistrales-, sino que lanza un grito de lucha hacia la recuperación de la memoria que compete a nuestras raíces. El libro se divide en cuatro bloques (introducción, primera y segunda parte y conclusión) de las cuales dos las centrales se sustentan en tres subapartados. Un contenido muy prometedor teniendo en cuenta que todo surgió bajo otras expectativas:

“Inicialmente este estudio lo hice para participar en un plan en la esfera del conjunto de España, para mostrar la demencia en la que nos embarcamos tras el título VIII de la Constitución Española, fracasado hasta el infinito. Pero viendo que en otras instancias no se ha avanzado en la investigación, por la falta de tiempo de sus participantes, he decidido transformarlo en opúsculo para plantear el paradigma que supone la modificación cognitiva de las masas desde una herramienta muy particular como es la toponimia”. (Página 17)

La cercanía de don Ernesto se vislumbra en detalles como el uso de la primera persona a lo largo de la lectura de Los nombres robados, la función fática en los bloques finales conforme se explica o las molestias tomadas en presentar adecuadamente las bases de su publicación para [quizá] no generar falsas expectativas al lector [signo de perfeccionismo y prudencia, cualidades indispensables para una investigación de tal magnitud].

La primera parte de este libro es extremadamente breve -en comparación con la segunda- pero necesaria su separación, pues aquí permite al lector a averiguar qué es la toponimia y cuánto implica, centrándose nuevamente en las miras de lo desarrollado en su libro. Por último, y para refrescar la memoria de algún posible rezagado, enumera y define los principios reguladores en dicha toponimia con la doble intención de despejar mitos. A su vez, el segundo bloque comienza con un capítulo que marca los orígenes y la evolución de las lenguas en España, remontándonos a la época prerrománica para comprender determinados conceptos, así como su evolución ya que de ahí partirían los cimientos filológicos y antropológicos que posibilitaron la toponimia heredada hasta entonces. El autor intenta cumplimentar lo esperado sin extenderse demasiado y ahondar en tantos detalles. Abordando el origen íbero de los vascos, don Ernesto continúa citando a dos instruidos, complementándolos entre sí; Sánchez Albornos y Caro Baroja, dejando un párrafo final a modo de conclusión desde la tendencia histórica antes de pasar al siguiente bloque que vuelve a rescatar sus tintes filológicos: las trampas toponímicas. Con un listado de hasta cinco puntos, dirige al lector la valoración que han adquirido dichos topónimos, cómo, por qué y su correspondiente consecuencia.

Más adelante y como última parte de este pilar, el señor Ladrón de Guevara ejemplifica, con una clasificación de hasta 5 grupos, cómo se habría configurado nuestro “mapa de toponimia que refleja una realidad inexistente” (página 28). El autor reconoce abiertamente que hay “muchos topónimos de origen euskérico” por lo que la selección plasmada se centra en los que sí han sufrido “una modificación no justificada desde el plano histórico o etnográfico” (página 29). El territorio tomado como ejemplo es Álava, aunque don Ernesto también extenderá la referencia a algunos casos de Guipúzcoa o Vizcaya. Sin perseguir el monólogo, a partir de aquí se basa en profesionales a los que consultó de primera mano como arqueólogos (página 32), o trabajos ajenos como los de profesor Ciérbide, o el paleógrafo Saturnino Ruiz de Loizaya (página 42) [entre otros].

La conclusión en Los nombres robados se desnuda con el recordatorio de los efectos de la ingeniería social y cultural de los nacionalistas con su correspondiente implicación, la cual seguiría con la estela ideológica de Gramsci. La ‘neolengua’ es una de las armas que promueven la eliminación del imaginario colectivo y su pasado, lo que pondría en marcha un modelo raso de filtros mentales acorde a las pretensiones de tales nacionalistas, aferrándose a un fragmento del discurso de Luis Eleizalda (1910): “Los topónimos encierran en una palabra la forma de ser de los pueblos. Si se modifican se castra a la gente y se le priva del legado de sus antepasados” (página 46).

En definitiva, este trabajo podría considerarse como de obligada de lectura para todo filólogo o amante del estudio de las lenguas modernas. Desde un tratado breve que pretende realizar una aproximación a cualquier alumno, don Ernesto es comedido en la longitud de su publicación. De extenderse más posiblemente fuese un libro copioso, denso y soporífero para la mayoría de los lectores, algo que el autor ni pretende ni necesita ya que se ha encargado de implementar una base sólida desde la que partir, incluso individualmente.


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