Los que están en la carne no pueden agradar a Dios

Lo dice san Pablo: “Los que están en la carne no pueden agradar a Dios” (Rom. 8,8). Pero, los que no están en la carne, sino que están en el Espíritu son de Dios (8,9). No os engañéis, nos sigue diciendo el Apóstol: ni los fornicadores, ni los idólatras, ni los adúlteros poseerán el reino de Dios (1 Co. 6, 9-10). ¿No sabéis, dice a los de Corinto, que sois templo de Dios y que el espíritu de Dios habita en vosotros? Si alguno pues profana el templo de Dios, Dios lo perderá; porque el templo de Dios es santo y vosotros sois su templo (1Co. 3, 16-17). Ni la carne ni la sangre pueden poseer el reino de Dios, y la corrupción no poseerá la incorruptibilidad (1Co. 15,50). ¿No sabéis de que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? ¿Tomando, pues, los miembros de Cristo, los voy a hacer miembros de una ramera? ¡Eso no! (1Co. 6,15). Y escribe, san Pablo a los Efesios: Porque sabed y entended que todo fornicario, o impuro, o codicioso, que equivale a idólatra, no tiene parte en la herencia del reino de Dios (Ef. 5,5).

En verdad, el hombre carnal ha olvidado la grandeza a la que Dios le ha destinado, la de la filiación divina. Ha oscurecido esa realidad infundida en su alma; la ha oscurecido porque tiene nublado el entendimiento por la lujuria, endurecido el corazón por los torpes deseos, y la torpeza de  sus acciones le delatan.  No es dueño de si mismo, es una marioneta de sus pecaminosas inclinaciones, es un títere que gesticula a merced de la insidia del maligno. El hombre carnal arrastra su vida, no la vive; arrastra los pies atados a fuertes y pesados grilletes, los de su lujuria. Mal vive en su cárcel de pecado, y de ella no sale. Y hasta qué degradación llega el hombre carnal, que más cerca está de lo animal que de lo  racional, pues dominado por los impulsos, incapaz de controlarlos, y anulada la razón para controlar y guiar sus actos, se deja llevar por el oleaje caprichosos de la concupiscencia hasta los límites más viles y degradantes. ¡Hasta qué nivel de envilecimiento puede llegar, sumergido en la vida de la impureza!

La impureza arrasa con el bien, destruye la inteligencia, desconoce a Dios y olvida sus beneficios. La impureza llega a ser tan débil y tan degradada, que prefiere el vicio a la virtud, el delite a la razón, la criatura al Creador, la carne al espíritu, el remordimiento a la paz, la tierra al cielo, el demonio a Dios, la muerte a la vida, el infierno al paraíso, y la eterna desgracia a la eterna bienaventuranza. El hombre carnal se despoja del vestido de las virtudes, del vestido de Jesucristo, y toma el vestido del vicio y de satanás.

Pero, cuando la impureza, los vicios de la carne, la desvergüenza de los actos impuros, se fomentan desde las leyes que ordenan la convivencia de una sociedad, entonces estamos no sólo ante un hombre carnal, sino ante una sociedad corrompida por el pecado de la carne. Todo cuanto se dice del hombre impuro se dice de una sociedad rebajada moralmente hasta el nivel de la bajeza moral más degradante. Pero, la astucia del pecador legislador, asesorado por el mismo demonio, ha sabido justificar la vileza moral que propaga, y es que la “libertad” del hombre no puede ser limitada por ninguna ley, ya sea positiva como moral. Y así de identifica “libertad” con pecaminosidad, a la cual ya no se reconoce su estatus de maldad y violación de la ley divina, pues los actos personales no tienen moralidad si se realizan voluntariamente.

El placer pasa y no vuelve, pero el pesar y las lamentaciones llegan y no se van. Lo experimenta la persona y lo experimenta la sociedad. El placer no dura siempre, y nunca quedará libre de penas y tristezas. No hay placer pecaminoso sin castigo, de una u otra forma, ya sea aquí ahora, ya sea en el juicio divino. La justicia de Dios, que juzga también a las naciones, no obra según los deseos del pecador, sino según su recta e infinita justicia. La carnalidad en el hombre, y en los pueblos, no hace cosa que abreviar los días, precipitar la vida, envenenándola y degradándola.

El hombre carnal y la sociedad carnal nunca aceptarán ningún mandato Dios; orgullosos, creen ser como Dios, al que no reconocen ninguna autoridad rectora de sus vidas. Pero, Dios, les hará ver su desgracia cuando experimenten, tanto el alma pecadora con la sociedad corrompida, las calamidades que arrastran sus vergonzosos placeres.

Ave María Purísima.


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