Madrid,1936. Una tragedia en cinco infames actos (2/5) Acto 2º: La Checa

NOTA.-  El autor acredita que todo lo que relata es verdad por proceder de confesión de parte y voluntaria de un chequista arrepentido, condenado a muerte y ejecutado.

Fui dos veces a casa de la Eugenia, que se había cargado a no sé cuántos carcas y la puse de vuelta y media porque no daba la cara.

-Los matas ahí –la dije—en ese jardín, que es un corral, como las cocineras sentimentales despena a los pollos, cerrando los ojos y entre suspiros de condolencia. “Hay que darse a las masas, embravecerlas e instruirlas. Embalsamar el aire con el vaho de la sangre caliente de la canalla explotadora y fachista”

-Pero, oye tú, rico –me preguntó encendida- ¿desde cuando acá te han nombrado Nerón de Chamberí?

Y, rabiosa, me agarró de un brazo, separándose de los milicianos, de uno y otro sexo que la rodeaban, y me llevó tras sí por la espaciosa galería del viejo caserón que había requisado.

Vociferaba, reía a carcajadas en el trayecto.

-¡Mira tú por dónde este chivato arrastráo me va a enseñar a mí a pasar a la Historia con más postín que pasó la Catalina de la vieja Rusia! ¡Ja…, ja, ja! ¡No te caben en el Este tus fiambres! ¿Pa enterrarlos allí, es verdad que has pedido que te otorguen toa la provincia de Cuenca? ¡Ja!¡ja! Aguarda.

Abrió una puerta, a la derecha de la galería y me introdujo por un obscuro, estrecho y largo pasillo… Al final, un miliciano, bajo el dintel de otra puerta, hacía guardia.

-¡Camarada! ¡Ábrenos el sótano!-ordenó la Eugenia.

El miliciano, sin decir una palabra, se extrajo de un bolsillo la llave y nos franqueó la entrada.

Pasó la Eugencia y me dijo:

-Yo te guiaré, león de la selva, y ten cuidao no vayas a desmayarte.

Bajamos una escalera. La luz de la tarde filtraba a través de un alto ventanal de vidrieras esmeriladas, que se abriría sobre el jardín, en la fachada trasera del viejo palacio. A medida que descendíamos por la angosta y pina escalera que se retorcía y desarrollaba en la estrechez de un hueco de apenas dos metros de anchura, íbamos percibiendo rumores de lamentos humanos. La Eugenia, delante, afirmaba despacio sus pies en cada escalón. Al tercer tramo de la escalera misteriosa, las tinieblas más absolutas nos envolvían.

La Eugenia gritó:

-¡Camarada, enciende!

El mandato fue obedecido. De abajo nos llegó un resplandor que facilitaba mucho el descenso. Llegamos al último tramo. Allí dos milicianos, prevenidos los fusiles, nos aguardaban. Oíamos claros lamentos, llantos y quejas. De mujeres y niños. En lo profundo del sótano hacíase penoso permanecer. Un frío intenso y una humedad palpable tenían mojado el suelo, de tierra dura, y renegridas y rezumantes las paredes, sin vestigios apenas de un encalado prehistórico. Remataba la escalera en una especie de vestíbulo rectangular. Adosados al negro muro, dos viejos e historiados sillones de madera tallada y ricos cueros cordobeses. Una mesa camilla en el centro, y, sobre ella, una botella de coñac “Napoleón” y un vaso grande mediado de licor… A la derecha y a la izquierda, dos crujías eran el acceso a los amplios sótanos…

El vocerío acrecía; las quejas y las lamentaciones precisábanse concretas: “¡Matadme de una vez!” “¿Qué habéis hecho de mis hijos?” “Rafael, Rafael, eras un santo! Quiero irme contigo” “Canallas, canallas” “¡Enterradme! ¿No veis que estoy muerta?” Y del otro lado, menos concretas pero más densas y alborotadoras, voces infantiles de criaturas que lloraban, muertas de miedo, llamando a sus padres, a sus hermanos… “¡Mamá, mamá, que tengo mucha hambre!” “¡Agua, quiwero agua!” “¡Anita, Anita, tengo helado este pie!” “¡Papá, papá, defiéndeme; ven corriendo a matar a estos hombres malos que nos tiene presos sin darnos de comer!”.

Confieso que permanecer allí era torturador. Estuve a punto de caer, de ponerme a gritar con los cautivos. Habría aún de ver cosas horrendas. La Eugenia me agarró de un brazo. Mandó a los milicianos.

-Camaradas, encended el salón de baile… Y abrirme el observatorio…

Uno de los milicianos funcionó una llave del cuadro, y vino hacia nosotros; pasó delante, por la crujía de le derecha. Le seguimos. La Eugenia no me soltaba el brazo. Quería saber si yo temblaba. El miliciano paróse ante una puerta de nueva y sólida construcción, y abrió, y a la altura de su cabeza, un candado que ponía a cubierto de ojos indiscretos el siniestro onbservatorio de tupida rejilla metálica… Aplicó la Eugenia sus ojos a la mirilla. Multiplicáronse dentro, sabiéndose las presas contempladas, los plañidos y los insultos… Yo sentí miedo de que flaquease mi voluntad y me ganase la compasión. No quería asomarme a presenciar el cuadro y me punzaba el malsano, impaciente deseo de contemplarlo en todo su horror. La Eugencia parecía recrearse en su obra. Mascullaba, entre dientes, fulgurándole los ojos: “Pudríos ahí, perras, perras… ¿No creéis en Dios? Pues yo soy Dios. Y os condeno al infierno”. De dentro se alzaban desgarradoras las palabras angustiadas de las esposas y de las madres que perdieron la paz y el bien… “¡Queremos morir!” “Que nos maten a tiros como a ellos” “¡Piedad, tened piedad!” “¿Y los niños?… Qué habéis hecho de los niños” “¡Mis hijos… Los estoy oyendo… Llevadme con ellos y matarnos juntos… ¡Por dios, matarnos juntos!”.

La Eugenia mascullaba, infernal, maldita, abominable: “Pudríos ahí, perras, perras”…

-Asómate y aprende, so sanguinario-me empujó hacia la mirilla-Esto es pescao y no los besugos maloliente que tiráis por ahí los revolucionarios de ahora.

En aquel sótanos había documentado aquella infame mujer la infinita impiedad, el inmenso horror antihumano a que se había entregado el populacho madrileño, base ignominiosa de un Gobierno de insensatos, de cobardes y de verdugos. En aquel antro gemían agonizantes, en trágica disolución, los más sólidos elementos de la edificaciones civiles que labran las naciones cultas tras muchos siglos de cultivo moral y de progreso social y humano; había allí, hacinadas, tiradas por el suelo, en pie y pegadas a la pared, con los brazos abiertos y las manos en garras escarbando en la argamasa de los muros, para empaparla con la sangre de sus manos, en el empeño delirante de abrir brecha y huir, hasta cuarenta mujeres… Pero no eran estos seres, en su actitud espantable, lo que más me impresionó. Al cabo, llevaba varios días dedicado a ejercicios de crueldad y no iban a afligirme aquellas presas ni sus lamentos. Antes de asomarme a la mirilla, mientras la Eugenia paladeaba sádica el espectáculo, yo me o imaginé… Unas infelices mujeres, madres de familia acomodadas, hijas o hermanas de militares o burgueses, que se revuelcan dolientes, que vociferan enloquecidas, sin equilibrio ni esperanza en los umbrales de la muerte… Era el terror; era mi alimento.

Parte 1

Del libro: «Tipos y Sombras de la Tragedia. Mártires y Héroes. Bestias y Farsantes» (1937) 

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