Madrid,1936. Una tragedia en cinco infames actos (3/5) Acto 3º: El Zoológico del Parque del Retiro

NOTA.-  El autor acredita que todo lo que relata es verdad por proceder de confesión de parte y voluntaria de un chequista arrepentido, condenado a muerte y ejecutado.

Un día vino a buscarme un sujeto que despachabavoluntario, a todos los curas que caían en su tcheka de las Ventas. Me llevó a su casa para enseñarme una cosa buena. Fui allá con él, en su magnífico Chrysler requisado. Me metió en la sucia corraliza de su vivienda. Me mostró un barreño lleno de ojos humanos… Me impresionó su ferocidad. Y me estimuló a la vez. Le convidé a la ceremonia romana que yo había proyectado para el día siguiente. Quedamos conformes. Me acompañó el «óptico», como yo le llamaba desde entonces, y la verdad es que no me resultó muy brillante aquel festejo. El «óptico» dudó al principio de mis aptitudes para el ejercicio de la justicia popular. Consistió aquello en asaltar, con las masas convocadas al efecto, la Casa de Fieras del Retiro. Habíamos guardado allí, la noche antes, a dieciocho presos de cuidado, jóvenes falangistas y militares rebeldes. Se ordenó a los camaradas encargados de la vigilancia y alimentación de las fieras, que no les echaran de comer hasta que yo lo mandase. Iban a ayunar veinticuatro horas. Me convenía que los leones tuviesen apetito. Penetramos en los jardines del parque zoológico a las once de la mañana. Éramos mucha gente. Más de dos mil: hombres, mujeres y chicos. Conocedores todos del espectáculo clásico que iban a presenciar, pugnaban alborotados por ocupar buenas posiciones alrededor de las jaulas de los leones, de los tigres y de los osos. Querían verlo bien. Rugía la muchedumbre impaciente. Pero rugían aún más, acuciadas por el hambre, las fieras en su encierro. El aire estaba cargado de intensa algarabía en la que, fundidos el bramido, la maldición, la queja y la risa, no se acertaba a precisar si eran las fieras o los hombres, o las dos especies compenetradas, las que levantaban y mantenían aquel horrísono clamor de tempestad… Ordené que, bien defendidos, entre dos filas de milicianos, extrajesen a los presos de su cárcel —unos apartados jaulones que encontráramos vacíos —y los condujeran ante la jaula del león y la leona. La pareja, sin probar carnaza ni machacar huesos desde el día anterior, soliviantada, además, por la muchedumbre y su agudo clamor, vibrante de amenazas, bramaba a dúo y danzaba nerviosa a todo lo redondo de su encierro. Parecíales pequeño a los leones aquel espacio de su cautiverio y querían ensancharlo lanzándose con dientes y garras contra los barrotes inconmovibles. El «óptico» se relamía de gusto. Aquello me iba a salir muy bien.

Ya venían los fascistas. La multitud deliraba. Caminaban aquellos entre todos sus guardianes, con paso firme y alta la cabeza. En sus caras pálidas había huellas de fatiga y de sufrimiento, pero no de espanto. Confieso que aquella serenidad, bien poseído de mi bárbaro papel, me humilló. Llegó la comitiva a un metro de la jaula en que iban a ser sacrificados. Se detuvieron. Ordené:

—¡Desnudad a los cinco más valientes! ¡Pronto!

Hubo un punto de vacilación. Entre los dieciocho habían de elegirse cinco. ¿Quiénes? No se movió nadie.

Una voz de mujer se destacó sobre todo el griterío de la masa.

—¡Dejadnos a nosotras! ¿No es esto una kermesse?… Pues el Jurao da el premio…

Una mujerona, embutidas sus carnes correosas en un mono azul, se abrió paso.

—Anda Loba… y tú Exterminio… Semos el Tribunal… Vamos a desinar los cinco más bonitos.

Efectivamente, con la tía gorda comparecieron las dos milicianas aludidas. Hombrunas, desgreñadas, con cuchillos al cinto y calaveras bordadas sobre el lugar del corazón…

Se metieron las tres entre los presos. Los examinaron.

—Este, no; desnudo, ni la de leona le hinca el diente…

—Mira, este rubio es cosa fina… «¡Mis Apio!»

Se armó. El preso devolvió el ultraje; asestó un puñetazo a la jurao y la tiró contra el suelo. Con ella cayó al foso que circundaba la jaula el agresor, de un culatazo que le metió en el pecho un miliciano… Las otras dos mujeres, presto el cuchillo en sus manos diestras, acuchillaron a unos cuantos presos… Costó gran esfuerzo poner orden en aquel tumulto… Los leones rugían; la muchedumbre bramaba, inquieta, en alto pistolas y puñales… Yo gritaba aconsejándoles serenidad, explicándoles que ellos no eran las fieras, que las fieras no andaban sueltas… Pude conjurar el motín… Separaron a las juraos de los concursantes; recogieron del suelo, moribundos, y fueron llevados al botiquín, cinco de los apuñalados, inmolados, improvisadamente a la furiosa acometida de tres leonas no catalogadas, y aparté por mí mismo, sin pararme más, a los cinco que habrían de afrontar a los leones auténticos. Se les despojó de sus ropas. Y era de ver cómo aquellos hombres, que iban a recibir inmediatamente muerte tan horrible, cuidaban pudorosos de conservar en recato desnudeces que la multitud reclamaba imperiosa…

—¡Sin taparrabos! ¡Fuera! ¡Sarasa! ¡Huy, qué vergüenza! ¡Que no lo vea mamá!

Enteramente desnudos, fueron empujados los cinco a la puerta de la jaula. Esta fue rápidamente abierta, y los cinco cayeron de bruces dentro del espacio ocupado por el león y la leona. La muchedumbre, cual si un resorte la doblegase al silencio, cayó unánime. El momento era en realidad estremecedor. Rugían las fieras ante la carne viva y caliente que se les arrojaba para pasto rico del hambre estudiadamente insatisfecha… Rugían los leones; a un metro sus fauces, sus mandíbulas, sus garras del manjar palpitante que se rebozaba de secreto terror…Pero los leones no acometían; dijéranse que meditaban… Las víctimas tendidas en el suelo, en la misma posición en que cayeron, guardaban la cabeza bajo los brazos extendidos, enlazados por las manos que se apretaban como se aprietan cuando se sufre y se reza…

Yo estaba en ridículo. Aquellas fieras no se comían a nadie. Eran un timo más del Ayuntamiento. Hubiera aconsejado ir por el alcalde y los concejales de Madrid y haber con ellos organizado un concurso bajo la autoridad de un Tribunal como el que acababa de actuar allí mismo… ¡Eso eran fieras y no estos ratoneros de pelo duro, llamados leones por mal mote, buenos tan solo para asombrar a los niños y a los militares sin graduación de la extinguida democracia burguesa!

—Oye, tú —me gritó un chusco de la masa— ¿No nos habrás traído pa ver multiplicao el milagro de Danielito?

—¡A ver! —gritó otro— que esos señores leones están desganaos. Que les sirvan dos «vermuths» del bar Cascorro…

—¡Inteligentes que son! ¿No habíamos quedao que toa esa gentuza fachista es venenosa? Pos si esa pareja de fieras es feliz, ¿por qué va a suicidarse?

La gente tomó a chunga el espectáculo. Me avergoncé. Yo parecía el regiseurs miserable de un circo de feria pueblerina. A mi lado tenía al feroz vecino de las Ventas, al «óptico», que me dijo decepcionado:

—¡Bah! No basta la buena intención. Has fracasao… Pa que esos coman hay que echarles los hombres a cuartos… Tú se los has metío vivos y enteros, sin una pupa siquiera. Hazlos sangre y verás lo que es bueno…

Confieso que me faltaban energías para descuartizar a los condenados. Pensé en otro recurso para embravecer a los leones. Saqué mi pistola. La monté. Ordené a los milicianos.

—Hay que enardecerlos. Disparemos al aire.

Disparé. Todos dispararon fusiles y pistolas… Quemamos un minuto en estampidos de gran batalla… Los leones, sobre las patas traseras, rugían, empinándose contra domadores o enemigos invisibles… El efecto de las descargas fue contraproducente; la fiera pareja, desatendida de las piezas del festín, recelaba, nerviosa, amenazadora, pero sin abalanzarse sobre los condenados…

—Oye, tú —repitió el chusco —. Danos a los leones, que son Hermanas de la Caridad disfrazás… Hay que «pasearlos»…

El «óptico» repitió en voz baja:

—Lo que te he dicho. ¿Te comerías un carnero vivo, con felpa y to, en un reservao del Barbas? Hay que descuartizarlos…

—No —respondí resuelto—, hay que hacer otra cosa.

Corrí con varios milicianos hacia la puerta de la jaula. Entreabrí esta, y agarrando de los pies a uno de los condenados me lo traje, arrastrándole hasta fuera de los gruesos barrotes.

—¡Tú! ¡Y tú! —mandé rápido— Sacad lo mismo a esos.

Ya estaban, desnudos, en pie, sin temblores, pero como insensibles, fuera de la jaula, los cinco hombres que las fieras no habían querido devorar

El «óptico» me observaba.

—¡A ver! —grité a los milicianos, con voz potente para que me oyese la muchedumbre—. ¡Poned en los fusiles los cuchillos! ¡Pronto!

Los milicianos calaron la bayoneta.

Uno de los condenados se desmayó. Cayó al suelo como tocado por un rayo. Los demás, apercibidos de mis propósitos, quisieron volver junto a las fieras, a meterse en la jaula por entre los barrotes… Al león y a la leona, hambrientos y rugientes, le tenían menos miedo que a mí.

Le arrebaté a un miliciano su fusil con el cuchillo armado, y disponiéndome a acabar, dije a mi tropa:

—¡Imitadme! ¡Y adentro con ellos!

Me lancé contra uno de los condenados; le metí el cuchillo por entre las costillas y asomaba la punta por el vientre… Retrocedí; no sin trabajo logré desenredar de las entrañas de aquel infeliz el hierro con el que le había atravesado… Se desangraba en el suelo boca arriba y le hinque de nuevo mi cuchillo en un brazo para que brotase sangre, mucha sangre…

Al propio tiempo, habían sido acuchillados del mismo modo los otros cuatro sentenciados… A los bramidos de la muchedumbre satisfecha y entusiasmada, y a los rugidos agudos e incesantes de los leones, sumáronse los alaridos cortos, pero insufribles; los jadeos y los estertores de los acuchillados en la agonía.

El «óptico» saboreaba risueño el espectáculo único…

Se entreabrió la puerta de la jaula y se empujó hacia adentro, bañados en su propia y en la ajena sangre, a los que iban a acabar de morir…

Apenas tuvimos tiempo de empujar al último y de echar el pesado cerrojo a los barrotes de la puerta. El «óptico» había acertado. ¡Sangre! ¡Sangre! Los leones olfatearon, vieron la sangre y con sus garras y sus dientes despedazaron a los cinco hombres… Cabezas, troncos, piernas, brazos, bailoteaban espantables y sueltos por el suelo y por el aire… No quedó un cuerpo entero, y era de ver cómo el león y la leona que tenían comida de sobra, se encaprichaban de la misma pierna exangüe y se la disputaban furiosamente como se disputarían dos púgiles un trofeo…

—¡No te lo decía yo! —me sopló, sabio, el de las Ventas.

Las masas, embriagadas por el fuerte sabor del festín que acababan de presenciar, pedían, como los leones sangre, sangre, más sangre…

Yo, créame usted, me sentí mareado. Este duelo íntimo en que he vivido tanto tiempo me quebrantaba profundamente. Por aquel día mi capacidad de hombre cruel había dado todo su rendimiento. El residuo de hombre de bien que quedaba en mi alma, erguíase dolorido, aporreaba indignado en mi corazón.

—“¡A los tigres! ¡A los tigres! —pedían.

—“¡A la piscina del hipopótamo! ¡Que se bañen con el hipopótamo!

Se llevaron a los otros presos al sacrificio que la soberanía popular reclamaba… Los osos, los tigres, el hipopótamo, el «óptico»… Procure que el tumulto me embozase; simule una llamada telefónica y me fui… Sentía asco; me rechinaban los dientes… Caminaba solo por las calles conteniendo unas ganas muy fuertes de echarme a  llorar… Tenía mucho frío… ¡Vivir! ¡Vivir! ¡Yo quería vivir! Tenía que alimentarme de sangre humana… Había que matar… Cada muerte que hiciera uno entonces era un pedestal y era un escudo… Llegué a casa de la Eugenia. Le conté lo ocurrido. Me tumbé. La Eugenia me dijo que tenía más de cuarenta grados de fiebre”.

NOTA.- Uno de los así asesinados fue Alfonso Muñoz Tejada, padre de familia, que regentaba una droguería, uno de cuyos hijos con el tiempo se ordenó sacerdote y fue párroco de la madrileña iglesia del Cristo de la Victoria. Cuando los milicianos fueron a detenerle les preguntó el motivo por el que le apresaban, a lo que le respondieron: ¿No eres católico practicante? ¿No te parece suficiente motivo? Están también localizadas otras dos personas de las más de diez que se calcula que fueron arrojadas a las fieras. Uno era Antonio Klett Peláez, gerente de la compañía de seguros La Estrella. El tercero se llamaba Eugenio Calzada Rexas. (Nota de Javier Paredes)

Parte 1 // Parte 2

Del libro: «Tipos y Sombras de la Tragedia. Mártires y Héroes. Bestias y Farsantes» (1937) 

2 respuestas a «Madrid,1936. Una tragedia en cinco infames actos (3/5) Acto 3º: El Zoológico del Parque del Retiro»

  1. Cuando se líberó Madrid, en lugar de cargarse a toda esta gente sin contemplaciones, se les redimió de su miseria moral, también de su miseria material (dándoles un trabajo con una legislación que los protegía de la explotación, de una Seguridad social y de una vivienda de la Obra Sindical del Hogar), y pudieron vivir en impunidad, mientras los prisioneros de la División Azul en Rusia motian de hambre, de frío y de mil privaciones y sufrimientos.

    En Barcelona ocurrió algo parecido en el zoológico de la Ciudadela. Cómo la Guardia civil (General Aranguren y Coroneles Antonio Escobar y José Brotons Gómez, que este último en algunas fuentes aparece como Francisco) se puso al servicio de la Generalidad de Companys (lo cual fue una grave irregularidad a añadir a todas las demas, porque la Guardia civil era una fuerza de ámbito estatal o nacional que dependía del Gobierno no de las autoridades separatistas catalanas, de modo que aún en el peor de los casos se tenían que haber puesto al servicio del Gobierno no de un ente y una autoridad autonómicas y separatistas como eran la Generalidad de Cataluña y su presidente el acto seguido criminal de guerra Luis Companys), se colocó de parte de los separatistas catalanes y de los pistoleros de la CNT-FAI, y con su actuación hizo fracasar el Alzamiento en Barcelona, y por extensión en toda Cataluña y parte de Aragón, lo que conllevó que la situación no pudiera ser controlada y derivará en lo que derivó: en 3 años de Guerra civil. Esto, entre otros, se lo debemos a los mandos de la GC en Cataluña, especialmente a Aranguren y Escobar.

    En tales circunstancias el Regimiento de Cazadores de Santiago se refugio en el Convento de los Carmelitas de la calle Diagonal, el Coronel rojo Antonio Escobar (aunque en los medios de propaganda se presenta a este infame Coronel como católico , y como ejemplo de integridad(?), en realidad debe calificarse con mayor propiedad de rojo y de miserable porque por sus obras les conoceréis), al mando de las fuerzas de la Guardia civil en Barcelona, dio su palabra y su promesa de que si se rendían él les estaría esperando y garantizaba sus vidas. El Coronel Lacasa (D. Francisco Lacasa Burgos ), cometió la misma ingenuidad que Calvo Sotelo que también se fió de la palabra del Capitán de la Guardia civil rojo Fernando Condés para acceder a irse con ellos detenido a la Dirección General de Seguridad (lo cual era un pretexto para una vez sacarlo de su casa y montado en la camioneta policial pegarle 2 tiros en la nuca) porque la presencia de un capitán de la Guardia civil al mando del grupo de policías y pistoleros que irrumpieron en su casa a las 3 de la mañana, en su ingenuidad, hacía impensable que luego sucediera lo que sucedió.
    Lacasa, también en su ingenuidad, debió pensar que el Coronel Escobar era «católico» y «caballero», y efectivamente accedió a rendirse ante él personalmente y la Guardia civil. Ni que decir tiene que nada más empezar a salir los primeros rendidos la Guardia civil roja se echó a un lado y la masa de cenetistas procedió al linchamiento en masa de todos los rendidos y de los frailes del convento. No hubo supervivientes. Combatiendo al menos hubieran vendido caras sus vidas .
    La Guardia civil podía haber cortado de raíz el linchamiento, lo mismo que en el caso del tren de la muerte de Vallecas, que procedente de Jaén llegó a Vallecas con el Obispo de Jaén, su hermana y resto de detenidos por delitos tan graves como ser hermana de un obispo o haber sido visto acudiendo a misa, y en la estación de Vallecas la masa de «sans coulotte» frentepipulista se agolpó para bajarlos del tren y lincharlos, como así hicieron, asesinandolos a todos y luego celebrandolo jugando un partido de fútbol con la cabeza del obispo, que cuando todo podía haberse evitado, la guardia civil que escoltaba el tren llamo por teléfono a la autoridad, para ver si evitaban el asesinato en masa del pasaje o dispersaban a tiros a la multitud, y las autoridades rojas les dieron la instrucción de que dejarán que el pasaje fuera linchado, y así lo hicieron. Esto es lo que en los libros de propaganda oficiales y los becados para que lo digan, denominan «ser fiel a la republica»el y «la legalidad republicana».
    Al Coronel Lacasa le cortaron la cabeza a machetazos, que los rojos pasearon luego por la ciudad como un trofeo.
    Al comandante Antonio Rebolledo, a pesar de que iba gravemente herido porque había sido repetidamente acuchillado , lo llevaron entre insultos y blasfemias al zoológico de la Ciudadela y lo echaron a las fieras, que lo devoraron como en tiempos de Neron .
    Al Capitán Claudio Domingo le cortaron a lo vivo la cabeza con una sierra y echaron su cuerpo a los leones .
    En la semblanza que el año pasado hizo el Coronel rojo de la Guardia civil , entonces Jefe de la Comandancia de Cádiz (hoy retirado) Jesús Núñez Calvo, en el homenaje que hicieron las autoridades rojas al Coronel Antonio Escobar, todo esto se lo callaron, y quedó tapado bajo la afirmación «Antonio Escobar el Coronel que fue fusilado por ser fiel a la republica» que queda como eslogan de la prensa amarilla y de los historiadores del régimen para mantener engañada y politizada a la gente, ajena a la verdadera historia

    1. Desde luego, a veces la vida nos da a elegir entre el bien y la propia vida o conveniencia, y ahí se ve si uno es un lacayo o un ser libre, cueste lo que cueste. ¿Hasta que punto hay que obedecer…?; sobre todo aplica a los que representan el poder y el orden. Hoy nos vemos en situaciones mucho menos graves, pero con todo, cada vez lo son más( viniendo de las generaciones pacificas de la posguerra ), y mucho más que lo van a ser. Cuando la orden viene del mal( y se sabe ), el que la obedece pierde toda dignidad y pasa a ser un esbirro( despect. Persona que sigue servilmente a otra por dinero o por interés… -o por miedo/cobardía- ).
      Su comentario resumen merece ser un artículo.

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