Madrid,1936. Una tragedia en cinco infames actos (4/5) Acto 4º: El motín en la Checa

NOTA.-  El autor acredita que todo lo que relata es verdad por proceder de confesión de parte y voluntaria de un chequista arrepentido, condenado a muerte y ejecutado.

Al atardecer, casi de noche, desperté sobresaltado. Casi encima de mi cabeza resonaba un vocerío salvaje… Era algo así como si cientos de mujeres de la mas baja ralea se disputaran con la legua y con las uñas una porción de amor propio… Insultos, quejidos, blasfemias, toda la gama del mujeril estruendo arrabalero… ¡Bah! Estas tiorras acabarán matándose unas a otras-pensé-; y me di una  vuelta para ponerme cómodo y seguir allí, amodorrado, en paz… Pero no fue posible. Aporrearon la puerta del dormitorio. Era la Eugenia, muy agitada, que me reclamaba a gritos:

-¡Oye, abre, pronto!

Salté de la cama, me colgué la pistola y el cuchillo, por si las moscas, y abrí la puerta.

.¿Qué pasa?

-Pues que me voy a cargar a toas la presas. ¡Ven! ¡Corre!

-Espera. ¡Cuéntame!

-¿Pero no oyes? Esas perras se han salido del sótano y vamos a armar una carnicería… Tengo ya seis muy mal heridas… Y a un chaval medio muerto…

Salí con la Eugenia. Me llevó al jardín. No quiera usted saber lo que era aquello. Mujeres enloquecidas, suelto el pelo, desgarradas las ropas, sangre en los pechos y en los rostros… Dos o tres, caídas y pisoteadas… Y contenidas a palos, a cuchilladas, por no emplear las armas de fuego, más de sesenta rebeldes, cuyo afán era ganar las puertas y evadirse… Tirado, junto a un árbol, desmayado o muerto, estaba abandonado el chico…

-Me lancé pistola en mano, hacia el tropel de mujeres. Las hablé, fingiéndoles fiereza y resolución que, sinceramente se lo digo, no tenía. Me obedecieron. Repartí algunos golpes, zamarreé a las más levantiscas, reduje a las amotinadas y las devolvimos a su prisión de los sótanos. Una, sin embargo, no se aplacaba. Era la madre del chico, que sangrando por todo el cuerpo casi desnudo, se revolvía como una fiera y gritaba: “¡Mi Juanito! ¡Mi hijo! ¡Me lo habéis matado! ¡Lo he visto yo! Y arañaba, mordía, saltaba como un tigre…. Debía estar loca. No cesaba de gritar: “¡No te apures, no llores, vida! ¡Estamos jugando! ¿No lo ves?” La Eugenia, envalentonada por mi presencia, fuese hacia la rebelde, la agarró por el pelo, y ayudada por sus leales, la amordazaron… Ella no cedía. La Eugenia, víctima de un empellón de aquella furia, cayó al suelo, con una mata de cabello en la mano y en la boca una blasfemia y una amenaza… Las milicianas, menos fuertes que la madre del chico, o sin el empuje de la loca y suprema razón de la acosada, no podían reducirla… Se quitó aquella mujer la mordaza, se apoderó de un cuchillo y gritaba: “¡Juanito, vida mía! ¡No llores! ¡Estamos jugando! ¿No lo ves?” Por detrás, dos milicianas la taparon la boca, la agarraron los brazos… Ella forcejeaba, pero en vano… Su pecho, su vientre, a través de su vestido desgarrado, ofrecíanse desnudos, palpitantes de dolor y de furia exasperados… La Eugenia entonces, con mi puñal, se abalanzó sobre la presa y la clavó el acero, dos, tres, no sé cuántas veces… Salpicó mucha sangre. La Eugenia se manchó con ella la cara y las manos… A mí también me salpicó la sangre de aquella infeliz… La mató la Eugenia.

Parte 1 // Parte 2 // Parte 3

Del libro: «Tipos y Sombras de la Tragedia. Mártires y Héroes. Bestias y Farsantes» (1937) 

Una respuesta a «Madrid,1936. Una tragedia en cinco infames actos (4/5) Acto 4º: El motín en la Checa»

  1. Estremecedor. Más estremecedor aún que todo esto se tapara, y que no hubiera Justicia para las víctimas. Todavía más estremecedor aún que con la complicidad de todos los que están encaramados a los poderes del Estado desde hace más de 50 años, los asesinos sean presentados como víctimas y las victimas como asesinos.

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