Madrid,1936. Una tragedia en cinco infames actos (5/5) Acto 5º: Honor y dignidad

NOTA.-  El autor acredita que todo lo que relata es verdad por proceder de confesión de parte y voluntaria de un chequista arrepentido, condenado a muerte y ejecutado.

Al ir al relevo de los puestos de avanzada, situados en unas crestas, a dos o tres kilómetros del pueblo, los refuerzos recién llegados de Madrid descubrieron en una hondonada a un puñado de soldados nacionales que se habían quedado desde la madrugada, sin enlace con el resto de su columna y sin posibilidad de replegarse. El jefe de esta sección, en un golpe de audacia, avanzó demasiado, llegó al mismo Navalperal, pero los demás elementos de su columna, realizado el objetivo, se retiraron, y allí se quedaron estos valientes. Los rojos los descubrieron, los coparon, los hicieron prisioneros y se los llevaron a Mangada para que los viera y los interrogara… Eran treinta y cuatro hombres. Entre ellos el jefe, un comandante. El comandante Fuente Roca.

Mangada

A mí me había llamado a su lado una mujer que se cuidaba de las necesidades de Mangada. La caí en gracia y me decía que ella era “la generala” y yo su ayudante. Era una mujer joven, rubia, si otra ropa que un mono blanco. Siempre se estaba riendo; de vez en cuando, con el puño en alto, miraba al campo enemigo y exclamaba: “Esos c… nos las van a pagar”. Pues bien, cuando llegaron los prisioneros yo estaba con “la generala” en el antedespacho de Mangada. Le dijeron a éste que entre ellos estaba el comandante Fuentes Roca y se sorprendió mucho.

-¡Fuentes Roca!-exclamó-. ¿Es posible? ¡Que me lo traigan enseguida!

Se volvió Mangada a “la generala” y la dijo:

-¡Lástima de muchacho! ¡Fue discípulo de mi padre! Yo le quiero mucho. Pero no tendré más remedio que fusilarle.

-¡Pues tal día hizo un año!-replicó ella-El corazón te l guardas entero para mí… A los demás la justicia del pueblo. ¡No va a quedar ni uno!

Entre dos filas de milicianos penetró el comandante prisionero. No traía gorra ni armas. La cabeza, con el cabello alborotado, muy alta; el pecho hacia fuera; los ojos enrojecidos y brillantes; en la boca, cerrada, un nervioso temblor; los brazos caídos y las manos cerradas, como apretando algo que quisiera írsele; las piernas firmes, de andar resuelto.

Salió Mangada al paso de la triste comitiva.

-Dejarle solo, camaradas. Podéis dar guardia fuera.

Los milicianos se fueron. Yo me aparté a un rincón, desde el que me puse a adorar al noble, al glorioso caído.

-¿Me conoces?-preguntó Mangada.

-Sí-respondió el prisionero con cansada indiferencia.

-¿Crees que soy tu amigo?

-No lo creo. Lo niego.

-Entonces, ¿me has combatido a conciencia?

-Sí. Y he tenido mala suerte.

-Eres un traidor, un canalla, que no mereces el dictado de hombre ni de militar.

Al prisionero le tembló aún más la boca, rechinó los dientes, se mantuvo firme, clavó los ojos, enrojecidos y brillantes, en Mangada, y no le respondió. Mangada estaba muy agitado. Gritó:

-Eres un cobarde. Te has entregado. Te voy a fusilar.

El prisionero, sin moverse, repuso:

Mangada en el centro, con la «la generala» en Navalperal

-No me he entregado. Todo el día, con los hombres que he podido reunir, he aguardado que llegara la noche, he esperado el momento de lanzarme sobre tu chusma para acabar dignamente. Ha llegado lo imprevisto, me han copado y no he querido que matáseis a mi gente como a ratas. He preferido entregarme para pagar yo, que los mandaba y me obedecían. Fusílame y en paz.

Mangada, impresionado, cambió de tono. Habló así:

-No me engañé. Eres un valiente. Hombres como tú necesita la República para salvarse de la lepra reaccionaria. Si quieres salvar la vida te nombró ahora mismo jefe del Batallón Octubre. Dame un abrazo.

Mangada abrió los brazos y se fue para el prisionero. Éste retrocedió como temeroso del contacto y le rechazó con palabra lenta, rotunda.

-¡No! ¡No! Antes me has llamado canalla, traidor; y has dicho que no merecía llamarme hombre ni militar. Me decías eso porque creías que iba a aceptar el mando que me propones. Si te hiciera caso, no me fusilarías, pero me mataría la vergüenza y deshonraría mi nombre y el nombre de mis hijos… Yo he venido a vencerte, a aniquilarte. Porque así lo exigía mi Patria y mi honor. No he podido. Otros que me siguen podrán. Vamos a la única ley. La del deber. Cumple tú el tuyo. Yo a cumplir el mío. Y déjate de literatura.

Yo le adoraba desde mi rincón. La “generala” en el suyo, se mordía los labios, que desteñidos de pintura, le ponían una boca de monstruo borracho y estúpido. Mangada, humillado, vaciló y, al fin, dijo:

-Está bien. En casa te hemos querido mucho. Mi padre nos alabó siempre tus condiciones. Quizá porque eres como eres. Cúmplase el deber. ¡Voy a fusilarte!

El prisionero sonrió como dichoso de haber triunfado en un empeño duro. Y con sonrisa un poco tímida volvió a hablar.

-Me has hablado cariñosamente de tu padre, y por él, no por ti, que maldito si me importa lo que pienses, quiero pedirte una gracia.

-¡Literatura!-exclamó Mangada.

-¡Decencia!-rugió el prisionero. Y se calló.

Mangada, desconcertado, invitó al sentenciado.

-Tienes razón. Pídeme lo que quieras.

-No es hora de orgullo; son momentos de conservar la dignidad, eso sí. Tú me vas a fusilar, como es tu deber. Y yo quiero morir como mueren los soldados españoles, enteros, como es su deber asimismo. Yo no estoy entero. Llevo dos días sin dormir; tengo los nervios rotos. Me da miedo que me fusiles ahora y que tu chusma me vea temblar porque los nervios, menos firmes que mis soldados, se me desmanden y no me obedezcan. Una gracia te pido por el respeto que tuve a tu padre. Déjame dormir esta noche y fusílame mañana, al salir el Sol.

-¿Es tu última palabra?-preguntó Mangada, confuso.

-¡Sí!-respondió fatigado y seco el prisionero.

-Pues vas a dormir tu última noche.

Yo me hubiera arrojado a los pies del comandante prisionero. Le hubiera besado las manos y me hubiera dejado fusilar por él… Le adoraba desde mi rincón. La “generala”, en el suyo, no había apartado sus ojos de los ojos del prisionero, como sedienta de una luz que ni un instante la hizo el regalo de un resplandor curioso.

Mangada, suspirante, ordenó que entrase la escolta de milicianos y se llevase al caído… Llamó al capitán que la mandaba y le dio instrucciones.

-Le he interrogado debidamente. Llevarle al “chalet” del médico y darle una buena cama. No le molestéis en toda la noche. Que duerma o haga lo que le dé la gana. A las seis en punto lo llamáis y a las seis y media quiero recibir el parte de que ha sido fusilado.

-¡A tus órdenes, camarada general!-y se fue el sayón.

Mangada, apesadumbrado, se encaró con la “generala” y la dijo:

-¿Qué te parece?

-¡Que todos son unos c…! No hay que dejar ni uno.

-¿Tú crees que va a dormir?

-¡Qué va, so idiota! Ese no pega el ojo de miedo. Ese le ha echao mucho teatro pa que le indultes…

Y los dos se metieron en el despacho del general. Yo me fui a la calle. Seguí al prisionero. Me quedé en el “chalet2 del médico para velar el sueño del héroe. Mangada, inquieto, humillado, se pasó la noche y la madrugada en vela. Fue más de siete veces al dormitorio del prisionero, a convencerse de que dormía. En efecto, durmió toda la noche como un bendito. Tranquilo y dichoso de que había cumplido con su deber. Y de que al despertarse iba a realizar, por España, el último servicio. Lo iban a fusilar y estaba contento, porque encajados los nervios, restauradas las energías del corazón, podría afrontar a los asesinos y no temblar delante de sus fusiles desnudo el pecho y vibrante en los labios el “¡Viva España!” de su voluntad sobreviviente.

Y lo fusilaron. Y no tembló. Y perdonó a sus verdugos. Y gritó jubiloso su amor al Ejército y a la Patria, que estaba en pie para salvarnos a todos, a los héroes, a los mártires y a los verdugos.

Desde lejos vi cómo le mataban.

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Joaquín Pérez-Eguía Madrigal
Del libro: «Tipos y Sombras de la Tragedia. Mártires y Héroes. Bestias y Farsantes» (1937) 
Joaquín Pérez Madrigal.- Masón, comenzó su carrera política dentro del republicanismo izquierdista más anticlerical, siendo en 1931 diputado del Partido Radical Socialista por Ciudad Real y secretario del líder de este partido Álvaro de Albornoz. Durante las Cortes Constituyentes formó parte del grupo los jabalíes, radicalmente demagógico, anticlerical y antigubernamental. En la legislatura siguiente formó parte del Partido Republicano Radical de Lerroux y en la de 1936 lo hizo ya por la CEDA (obtuvo escaño por Ciudad Real) justificando su nueva opción política por «el amor a la Patria, el respeto a la Historia de España y el deber ferviente de fortalecer y garantizar el desenvolvimiento de la sociedad española» y porque él no era «ni un asesino, ni un ladrón»). En Julio de 1936, en previsión del inminente Alzamiento, sacó a su familia de Madrid, instalándose en Pamplona, donde el 15 de Julio se ponía a las órdenes del General Mola. Iniciada la guerra, colaboró en Radio Nacional de España, donde realizó una importante labor de propaganda antirrepublicana. Redactó el conocido manifiesto del General Cabanellas, a quien acompañaría como asistente. El 1 de Agosto de 1936 se afiliaba a Falange en Burgos. Al final de la guerra, se le otorgó el título de Derecho por «méritos patrióticos». En Abril de 1940 fue encausado por el Tribunal Especial para la Represión de la Masonería y el Comunismo (TERMC), y procesado al año siguiente. Absuelto de los cargos, tras interceder en su favor Serrano Suñer y diversas autoridades eclesiásticas. Continuó ejerciendo como periodista, escritor y propagandista del nuevo régimen, adscrito a los medios de información del Movimiento. En 1955 tuvo una verdadera conversión religiosa al asistir a unos Cursillos de Cristiandad. Desde entonces se dedicó a defender en cuerpo y alma al catolicismo más integrista y anticonciliar.​

3 respuestas a «Madrid,1936. Una tragedia en cinco infames actos (5/5) Acto 5º: Honor y dignidad»

  1. Se entiende que dejó de ser masón, o quedó durmiente…
    El masón arrepentido Gaspar Melchor de Jovellanos, dijo: «Una secta feroz y tenebrosa pretende restituir los hombres a su barbarie primitiva, disolver los vínculos de toda sociedad y envolver en caos absurdo y blasfemias todos los principios. Semejante sistema es aborto de la soberbia de unos impíos, que, aborreciendo toda sujeción y con mascara de humanidad, y conspirando a envolver en la ruina todas las instituciones, todas las virtudes sociales; han declarado la guerra a toda idea liberal y benéfica, a todo sentimiento honesto y puro. La palabra humanidad suena continuamente en sus labios, pero es el odio y la desolación del género humano la que aúlla secretamente en sus corazones».
    Hablaba de adoctrinados en el odio, sembradores de odio; él también pudo salir; pero debe ser bastante difícil, no tanto por la amenaza física como por la atadura psicológica. No obstante habla bien de la voluntad humana este tipo de casos.

  2. Mangada era masón, y militarmente un inepto, como la mayoría de los mandos rojos que solo eran valientes cuando iban cien a uno a su favor. Los éxitos iniciales basados en la desproporción de fuerzas a su favor, acabaron en un descalabro tras otro, y la «Columna Mangada», terminó siendo conocida por los propios rojos como la «Columna menguada». Como la mayoría de los mandos rojos abandonó a su suerte a su gente y escapó en un barco inglés a Méjico.

    «el 25 de julio, entraron procedentes de Peguerinos fuerzas rojas.
    Efectuaron varias detenciones, entre ellas la del señor cura. Por cierto que en cuanto
    aparecieron tropas nacionales, creo que venidas de San Rafael, los abandonaron en su
    huida” .

    1. Tenía que ser inglés, no falla… y como no, a asilo masones que es Méjico, no por casualidad el vecino del cortijo masón.
      Si, es una constante de la chusma, de la escoria Disraeli-Rothscild, del pueblo envilecido por el odio irracional, ser muy valientes cuando son masa contra pocos… o violando monjas. Entre ellos se infunden ¿valor?; no, mejor decir, ánimos.

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