Magisterio tradicional sobre el orden internacional de los Estados (y II)

Regulación jurídica convencional[1]

La regulación jurídica de las relaciones entre los Estados, en épocas de convivencia normal, ve formulada sus normas por vía de pactos y tratados.

Base común del propio régimen convencional son los siguientes postulados convencionales:

  • el respeto íntegro de la independencia y libertad de todos los Estados, así como de sus derechos fundamentales;
  • la justicia y equidad en los tratos, de modo que aquello que una nación reivindique para sí deba concederlo, en igualdad de condiciones, a las otras;
  • la aceptación de los deberes inherentes a los derechos que se invocan y ejercen, puesto que van deberes y derechos tan íntimamente unidos, que constituyen una sola y única totalidad jurídica;
  • la observancia inviolable de los pactos y la fidelidad a la palabra que se empeña;
  • la equitativa, prudente y leal revisión conjunta de sus tratados cuando en el transcurso del tiempo y el cambio de situación lo exigiere o simplemente lo aconsejare;
  • la denuncia previa en forma clara y regular del tratado cuya resolución estuviese prevenida;
  • la apelación formal a las instituciones encargadas de garantizar el sincero cumplimiento de los contratos.

Importa singularmente afianzar la seguridad jurídica merced al respeto de los pactos; porque considerar los convenios ratificados como cosa efímera y caduca y atribuirse la tácita facultad de rescindirlos o quebrantarlos unilateralmente cuando la propia utilidad parezca aconsejarlo, es proceder que echa por tierra toda confianza.

Los conflictos, sujetos a derecho

No sólo las relaciones normales de los Estados han de sujetarse al derecho; también los conflictos internacionales deben tener un tratamiento jurídico, en lugar de ser entregados a la decisión de las armas.

Se entra, con esto, a exponer la doctrina pontificia sobre la guerra, doctrina que avanza audazmente con relación a las teorías tradicionales de filósofos y teólogos, puesto que trata de conducir la mentalidad cristiana a la plena reprobación de toda guerra que no sea la puramente defensiva.

Parece llagada la hora en que la Humanidad, dado el progreso alcanzado, se pregunte francamente -dice Pío XII- si debe resignarse a lo que en el pasado pareció una dura ley histórica o si, por el contrario, debe buscar caminos y hacer esfuerzos para librar al género humano de la pesadilla perpetua de los conflictos bélicos.

El precepto de la paz es de derecho divino[2], y su fin es la protección de los bienes de la Humanidad en cuanto son bienes del Creador. Por eso hay que salvar la paz a toda costa, haciendo que, sobrevenido un caso de conflicto, la fuerza material de las armas sea sustituida por la fuerza moral del derecho.

Viejos errores sobre la amoralidad de la guerra resucitados en los últimos años han tenido que ser explícitamente condenados por los Papas. Así:

  • la proposición de que la guerra es un hecho ajeno a toda responsabilidad moral, por lo cual el gobernante que la declara, si bien puede incurrir en un error político cuando la guerra se pierde, no puede ser acusado de culpa moral ni de delito.
  • Así también la simple condenación de la guerra por sus horrores y no, además, por su injusticia.
  • Así, en fin, la tesis de que la guerra es una fase más de la acción política y tan natural y admisible como cualquier otra de ellas.

La teoría que juzga la guerra como medio apto y proporcionado para resolver los conflictos internacionales está ya sobrepasado[3]. Otros medios existen y otros procedimientos para vindicar los propios derechos, si hubieran sido violados.

Guerra de agresión y defensiva

Conviene distinguir la guerra de agresión y la guerra defensiva. En cuanto a la primera, su inmoralidad aparece cada día más evidente. Toda guerra de agresión contra aquellos bienes que el ordenamiento divino de la paz obliga a respetar es pecado, delito, atentado contra la majestad de Dios, creador y ordenador del mundo. Es más, la guerra ofensiva, aun cuando sólo revista la forma de la llamada guerra fría, debe ser condenada absolutamente por la moral.

La conciliación, el arbitraje, son las instituciones jurídicas a que se debe acudir en caso de conflicto. Y deben hacerse obligatorias, hasta el punto que se impongan sanciones al Estado que rehúse someterse a ellas o se niegue a aceptar sus decisiones.

En fin, para evitar la guerra de agresión deben ser limitados los armamentos, con lo cual se esquivarán la tentación y el riesgo de que la fuerza material, en vez de servir para tutelar el derecho, apoye la tiránica violación de éste. Con la limitación de los excesivos armamentos quedarán, además,  liberados los pueblos de la pesada servidumbre económica que hoy  les aflige a causa de los grandes dispendios militares.

Pero no todo se remedia con la restricción de los armamentos. Cae en un materialismo práctico o en un sentimentalismo superficial quien considera, en el  problema de la paz única y principalmente la amenaza de las armas y no da valor alguno a la ausencia del orden cristiano, que es la verdadera garantía de la paz.

Otro caso es el de la guerra defensiva, la cual es lícita  y hasta puede ser obligada si el único medio que queda al pueblo atacado para repeler la agresión.

Contra el moderno irenismo (excesivo deseo de conciliación y dialogo) y contra la propaganda pacifista, que abusa de la palabra paz para ocultar designios nada pacíficos, los Papas recuerdan que ni la sola consideración de los dolores y males que derivan de la guerra ni la ponderación cuidadosa del daño y de la utilidad que de ella puedan seguirse, valen para determinar si es moralmente lícito e incluso, en algunas concretas circunstancias, obligatorio rechazar con la fuerza al agresor. Porque  algunos de los bienes que constituyen el patrimonio de las naciones son de tanta importancia para la convivencia humana, que su defensa bélica contra la injusta agresión es, sin duda, plenamente legítima. Por otra parte, una propaganda pacifista que provenga de quien niega la fe en Dios[4] es un simple medio de provocar efectos tácticos de excitación y confusión.

Vale igualmente esta doctrina para la guerra fría, y, cuando se produce, el atacado tiene no solamente el derecho, sino también el deber de defenderse. Porque ningún Estado puede aceptar impasible la esclavitud política o la ruina económica.

Hay que ir más lejos. El deber de resistir la agresión puede alcanzar a los demás Estados que no son el agredido. Se da como una suerte de obligación general de venir en socorro del atacado. Ante una injusta agresión, la solidaridad que une a la familia de los pueblos prohíbe a los demás comportarse como simples espectadores en una actitud de impasible neutralidad. La comunidad de las naciones tiene el deber de no abandonar al pueblo agredido.

La Organización de las Naciones

Para garantía de una paz justa y durable, la Comunidad de las Naciones debe organizarse jurídicamente.

Punto esencial de todo futuro arreglo de mundo, según Pío XII, es la existencia de un de un órgano para el mantenimiento de la paz, órgano investido, por consentimiento común, de la suprema autoridad y cuyo oficio será sofocar en su raíz cualquier amenaza de agresión, aislada o colectiva, y trata luego de resolver el conflicto por medios pacíficos.

El tema de la autoridad supranacional[5] es siempre el más difícil. Esta deberá ser verdadera y efectiva sobre los Estados miembros, pero de tal forma que todos conserven igual derecho a su soberanía relativa. El común consenso de todos ellos será el sostén de la autoridad.

Otro punto delicado es el de la sanción al Estado rebelde. Se apunta en la doctrina pontificia algo como un juicio internacional y una condena de ostracismo. El violador del derecho en la comunidad de los pueblos debe ser condenado por criminal y, en tal concepto, llamado a rendir cuentas de sus acciones. Y debe ser apartado, como perturbador de la paz, lejos de la sociedad civil.

Pero el método, tan usual en los Papas, de anunciar deseos y aspiraciones, se contienen en los diversos mensajes del Papa Pío XII algunos juicios muy concretos sobre la Organización de las Naciones Unidas; la cual debería llegar a ser la plena y pura expresión de la solidaridad internacional de la paz.

La unificación de Europa

Muchos discursos ha dedicado el Papa Pío XII al tema europeo.  La unidad europea es necesaria, y es acertada la política de unificación. Hay todo un cúmulo razones que invitan hoy  a las naciones a federarse.

Una común política exterior europea, susceptible, por otra parte, de admitir diferenciaciones, se hace indispensable en un mundo que tiende a agruparse en bloques más o menos compactos. Los países europeos que han admitido el principio de delegar una parte de su soberanía en un  organismo supranacional, entran en una vía saludable, de donde puede salir, para ellos y para Europa, una vida nueva en todos los órdenes, no solamente en el económico y el cultural, sino también en el espiritual y religioso.

El designio de Europa unida será garantizar la subsistencia de cada uno de sus miembros y la del todo constituido por ellos, de suerte que su poder político pueda hacerse respetar como conviene en el concierto de las potencias mundiales.

La comunidad europea es esencial que cuente con una verdadera autoridad supranacional, aunque se entienda fundada en una delegación parcial de la soberanía de sus miembros. Es punto decisivo, del que depende la constitución de una comunidad en sentido propio, la presencia de un poder real, responsable, y su encarnación en un órgano ejecutivo.

Sobre bases cristianas

Al Papa Pío XII le preocupa el espíritu que debe animar la nueva comunidad. Este ha de ser la fe cristiana, que constituye la base de la civilización y cuya difusión en el mundo ha sido y es la misión histórica de Europa. Era la religión el alma de Europa[6] en sus siglos de esplendor, y cuando la cultura europea se separó de ella, la unidad de Europa quedó rota[7].

Por encima del fin económico y de político, la Europa unida debe asumir como misión propia la afirmación y la defensa de los valores espirituales que en otro tiempo constituyeron el fundamento de su existencia y que ella tenía la vocación de transmitir a las restantes partes de la tierra[8]. Porque el mensaje cristiano permanece, hoy como ayer, el más genuino de los valores de que Europa es depositaria y sigue siendo capaz de mantener en su integridad y en su vigor las libertades fundamentales de la persona humana, la función inviolable de la familia y los fines de la sociedad nacional; y de garantizar en el ámbito de la comunidad supranacional el respeto de las diferencias culturales y espíritu de conciliación y de colaboración entre todos los miembros.

La misión civilizadora de Europa abarca el mundo entero, sobre el cual distribuye las riquezas espirituales acumuladas por cada una de las naciones que la forman. Hay, sin embargo, una mención especial para el continente africano. Ha dicho el Papa Pío XII que es necesario que Europa mantenga en África la posibilidad de ejercer su influencia educativa y de aportar un ayuda material amplia y comprensiva que contribuya a elevar el nivel de vida de los pueblos africanos y a revalorizar las riquezas materiales de aquel continente[9].

Primera Parte

[1] “El primer postulado de toda acción pacificadora es el reconocimiento de la existencia de la ley natural común a todos los hombres y a todos los pueblos, de la cual derivan las normas del ser, del obrar y del deber, cuya observancia facilita y asegura le convivencia pacífica y la colaboración mutua. […] siempre se repiten los mismos actos de justicia y de injusticia en la vida pública y privada, en la vida interna de las naciones y en las relaciones internacionales. Se ha reconocido siempre la necesidad de establecer, mediante pactos y convenios internacionales, loque según los principios de la naturaleza no constaba con certeza uy completar aquello acerca de os cual la naturaleza callaba”. Il Programma [16]. Pío XII.
[2] “… el precepto de la paz es de derecho divino. Su fin es la protección de los bienes de la humanidad, en cuantos bienes del Creador.” Gravi [16]. Pío XII.
[3] “… la teoría de la guerra como medio apto para y proporcionado para resolver los conflictos internacionales, está ya sobrepasada”. Benignitas et Humanitas [36]. Pío XII.
[4] “… una propaganda pacifista que provenga de quien niega la fe en Dios es siempre dudosa, incapaz de atenuar o eliminar la angustiosa sensación de temor, ano ser que de propósito resulte un simple medio encaminado a provocar en efecto táctico de excitación y de confusión.” Ecce Ego [16]. Pío XII.
[5] “… punto esencial de todo futuro arreglo del mundo sería la formación de un órgano para el mantenimiento de la paz, órgano investido de una suprema autoridad por consentimiento común, y cuyo oficio debiera ser también el de sofocar en su raíz cualquier amenaza de agresión, aislada y colectiva.” Benignitas et Humanitas [36]. Pío XII
[6] “… el alma de esta unidad [de Europa en sus siglos de esplendor] era la religión…, la fe cristiana. Consideración en torno a la Unión europea [8]. Pío XII
[7] “Desde el momento en que la cultura se separó de la religión, la unidad quedó disgregada. A lo largo de la historia, prosiguiendo como una mancha de aceite su avance lento, pero continuo, la irreligión ha penetrado más y más en la vida pública, y es a ella a la que ante todo debe este continente sus desgarraduras, su malestar y su inquietud. Ibid. [9].
[8] “… por encima de ese fin económico y político, la Europa unida debe  asumir como misión la afirmación y la defensa de los valores espirituales, que en otro tiempo constituían el fundamento y  apoyo de su existencia, que ella tenía la vocación de transmitir a las restantes partes de la tierra y a los otros pueblos y que en Europa hoy, mediante un doloroso esfuerzo, salvar para salvarse a sí misma.” El Espíritu Europeo [11].Pío XII.
[9] Discurso de Pío XII a Congreso de Europa en Roma. 13 de junio de 1957.

3 respuestas a «Magisterio tradicional sobre el orden internacional de los Estados (y II)»

  1. Me quedo con la guerra justa de San Agustín y Santo Tomás, y luego estudiar caso por caso… engendros como la ONU ya sabemos lo que son y lo que traen. Alguien manda en esas instituciones, normalmente algún poder hegemón, y luego es la ley del embudo. La guerra fría trajo una estabilidad, pero basada en dos poderes hegemónicos que se disputaban el control del mundo (EEUU con su capitalismo salvaje y su hipocresía frente a la diabólica, malvada y cruel Unión Soviética comunista-estalinista), y la ONU era un foro donde discutían para no hacerse demasiado daño entre ellos, y respetarse su parte del pastel… porque además había muchas bombas atómicas de por medio, cosa que ahora parece que no le dieran la adecuada importancia, que es total.

    Mucha ONU y luego conquistan afghanistán (la URSS y luego EEUU), vietnam, Irak, Libia, el sahara español, las primaveras árabes (colmo de la hipocresía), dictadores por doquier puestos con golpes de estado, la china comunista como un respetable y honorable miembro «de honor» de la ONU, y con derecho a veto a cualquier decisión de la masónica institución, y un casi infinito e interminable etcétera. Parece que la ONU sólo aplica a los países pobres ó pequeños (ó medianos).

    El periodo largísimo de la doctrina del tratado de Westphalia está ahora bajo mínimos, y aunque queda algo (como máscara bienpensante) vamos hacia un nuevo periodo de entreguerras en el que las fronteras y las «soberanías» serán cada vez menos respetadas, empezando porque los jerifaltes de la ONU no las han respetado desde que ganaron la guerra fría (y eso que ganaron los menos malos, porquela URSS era más diabólica que cualquiera). Tampoco las respetaban mucho antes, por lo que una entidad supranacional es en mi opinión utópica y poco posible.

    Lo que sí traería paz serían Estados y países verdaderamente católicos (como en la España de Franco), porque esa es la receta buena y la paz verdadera… y con eso y con todo ahí tenemos las guerras entre países cristianos del siglo XVI (Francia contra España, etc), la aparición del luteranismo y su persecución a la Iglesia, con todas las guerras de religión, etc.

    En definitiva, la guerra justa de Santo Tomás y estudiar caso por caso. Las cruzadas tuvieron apoyo de santos y de papas, por ejemplo, y la reconquista española tuvo bula de cruzada… como dice la canción «depende, todo depende…».

  2. Guerra justa de Santo Tomás:
    1. La autoridad y la deliberación de aceptar la guerra pertenece al príncipe.
    2. Se requiere causa justa (que quienes son atacados lo merezcan realmente por alguna causa).
    3. Que haya recta intención. Una intención encaminada a promover el bien o a evitar el mal (no por codicia, crueldad, etc)

    «…Puede, sin embargo, acontecer que, siendo legítima la autoridad de quien declara la guerra y justa también la causa, resulte, no obstante, ilícita por la mala intención. San Agustín escribe en el libro Contra Faust.: «En efecto, el deseo de dañar, la crueldad de vengarse, el ánimo inaplacado e implacable, la ferocidad en la lucha, la pasión de dominar y otras cosas semejantes, son, en justicia, vituperables en las guerras»…»

    Dicho lo anterior, hay que ir caso por caso, y un príncipe verdaderamente católico (como lo fue Francisco Franco) debe usar de mucha PRUDENCIA, virtud de la Autoridad por excelencia, para tomar serias y graves decisiones en estos temas, que nunca son fáciles si se tiene recta intención.

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