Magnifica Humanitas, Dios en el texto, el hombre en el centro

ESCUCHAR NOTICIA: Con este artículo damos por terminados nuestros “comentarios” a la encíclica Magnifica Humanitas de León XIV. Algunos textos de futuros artículos han quedado apenas esbozados y otras cuestiones podrían todavía desarrollarse. Sin embargo, lo publicado hasta aquí basta para mostrar con cierta claridad las líneas doctrinales y pastorales que, a nuestro juicio, atraviesan esta primera encíclica del actual Pontífice. La primera encíclica de un Papa constituye siempre un acontecimiento de especial importancia. No porque deba contener necesariamente un programa completo de pontificado, sino porque suele revelar preocupaciones, prioridades, y, sobre todo, una determinada manera de mirar a la Iglesia y al mundo. Con las cautelas necesarias, puede decirse que ofrece una primera orientación acerca del camino que el nuevo Pontífice desea recorrer. En Magnifica Humanitas, León XIV sitúa entre las grandes “cosas nuevas” de nuestro tiempo el desarrollo de la inteligencia artificial y sus consecuencias sobre el trabajo, las relaciones humanas, la cultura y la organización social. La referencia a León XIII y a Rerum Novarum es explícita, pues, así como la cuestión obrera –“cosa nueva” en su tiempo- exigió a la Iglesia una respuesta ante una transformación histórica de enormes dimensiones, la inteligencia artificial exige hoy una nueva reflexión sobre el hombre y sobre el futuro de la sociedad. Pero, hay una pregunta fundamental que nos hacemos y que tiene que ver con el juicio de la encíclica. La pregunta es: ¿Desde dónde mira León XIV ese nuevo mundo que está naciendo bajo la influencia de la IA? Porque el problema decisivo no consiste solamente en determinar qué piensa la encíclica sobre la tecnología y su influencia, sino que consiste en descubrir cuál es el principio que ordena todo su discurso. Esta es la clave, que desarrollamos más adelante. Podríamos haber dado fin a nuestros “comentarios” con un artículo resumen de las cuestiones estudiadas, como la dignidad humana, la fraternidad, el diálogo, la sinodalidad, el bien común, las religiones, la inteligencia artificial, las Naciones Unidas, la civilización del amor o la llamada “familia humana universal”. Pero, quizá, habría resultado un artículo necesariamente largo y probablemente repetitivo. Hemos preferido buscar un concepto, una frase, capaz de condensar nuestra lectura d la encíclica. Quizá sea un atrevimiento no exento de dificultad. Pues, escoger una frase como resumen de un documento de esta naturaleza no es nada fácil. Pero, la encíclica ha venido en nuestra ayuda cuando llega a decir: “poner a Dios en el horizonte y al ser humano en el centro”. Nuestra conclusión ha sido clara. Magnifica Humanitas puede condensarse en la siguiente frase: Dios en el texto; el hombre en el centro. Esta es la idea que “sobrevuela” toda la encíclica. León XIV habla de Dios, de Cristo, de la Santísima Trinidad. Pero, en realidad Dios queda en el horizonte, no es protagonista ni rector y ni organizador de la “familia humana universal” a la que aspira Magnifica Humanitas con la ayuda de la IA. El verdadero problema de Dios en la encíclica no es cuántas veces aparece, sino qué lugar ocupa Cristo en todo su conjunto. Una encíclica puede mencionar abundantemente a Dios y, sin embargo, ordenar su discurso hacia un fin principalmente antropológico, social o histórico, en definitiva, hacia el mundo. Puede contener afirmaciones cristológicas correctas sin que Cristo sea verdaderamente el principio rector del proyecto que se propone. Eso es precisamente lo que percibimos en Magnifica Humanitas. El gran horizonte práctico del documento no es la instauración de todas las cosas en Cristo, ni la conversión de los pueblos a Él, ni la ordenación de la sociedad conforme a la ley de Dios, sino la construcción de una familia humana universal en la que creyentes y no creyentes, religiones, culturas, organismos internacionales y sociedades diversas puedan reconocerse en una serie de valores comunes. León XIV no tienen en mente una sociedad cristiana gobernada por la ley natural y la divina. En el proyecto humanista de León XIV, el cristianismo aporta ciertamente algo propio. Aporta la afirmación de la dignidad del hombre creado a imagen de Dios, el amor al prójimo, la fraternidad, la solidaridad, la preocupación por los pobres, la paz y el servicio. Es decir, todos aquellos valores humanos compatibles con todas las demás religiones y creencias. Para Magnifica Humanitas, Cristo no es el fundamento al que esa humanidad debe someterse, sino una fuente religiosa que aporta valores útiles y comunes para la construcción de un proyecto humano previamente definido como multicultural y multireligioso. La tradición cristiana no presenta a Cristo solamente como inspirador de determinados valores morales. Cristo es Señor. Es Rey. Es Juez de vivos y muertos. Es el Redentor del hombre. Es aquel en quien todas las cosas han sido creadas y hacia quien todas deben ordenarse. La Iglesia no ha recibido simplemente una espiritualidad capaz de enriquecer el patrimonio moral de la humanidad, sino una verdad acerca de Dios, del hombre, del pecado, de la salvación y del destino eterno. Por eso resulta significativo comprobar qué categorías ocupan el primer plano y cuáles prácticamente desaparecen. En Magnifica Humanitas encontramos abundantemente dignidad, fraternidad, diálogo, integración, desarrollo humano, civilización del amor, cooperación, discernimiento, comunidad, paz y familia humana universal. Resulta mucho más difícil encontrar con un peso equivalente las categorías de pecado, culpa, arrepentimiento, penitencia, expiación, juicio, condenación, conversión a Cristo o necesidad de la Redención. En Rerum Novarum, León XIII contempla la cuestión social desde la verdad cristiana sobre Dios, el hombre, la familia, la propiedad, la justicia y la sociedad. No pregunta ante todo qué puede aportar la Iglesia a un proyecto común previamente existente. Parte de una verdad que la Iglesia posee y desde ella juzga la cuestión social. Porque para León XIII el principio ordenador es Dios y el orden moral querido por Él, del que dependen la justicia social, la propiedad, la familia, el trabajo y la autoridad política. La cuestión obrera no se resuelve desde una fraternidad humana, sino desde la ley natural iluminada por Cristo y orientada al bien común y a la salvación de las almas. En Magnifica Humanitas, el movimiento es inverso. Se contempla primero la humanidad, sus problemas, sus fracturas, sus aspiraciones y la necesidad de construir una nueva convivencia universal. Después se pregunta qué puede aportar la Iglesia a esa construcción. Porque para León XIV el principio ordenador es la dignidad humana y la construcción de una fraternidad universal, alrededor de las cuales se articulan la paz, los derechos, el diálogo, la justicia social y la cooperación internacional. Cristo aparece como fundamento y horizonte, pero no como principio rector efectivo del orden social, porque el centro práctico es el hombre y la familia humana universal. Por eso la expresión “familia humana universal”, de la encíclica,  posee tanta importancia. Porque no constituye solamente una manera amable de referirse al género humano; sino que se convierte progresivamente en el sujeto de un proyecto histórico: una humanidad reconciliada, plural, dialogante, fraterna y organizada mediante instituciones capaces de asegurar la paz, la justicia y la cooperación. Y aquí no cabe la ley de Dios, ni sus mandamientos. En Magnifica Humanitas, la Iglesia no se presenta ante el mundo diciendo: “esto es lo que Dios ha revelado y a esto debe convertirse el hombre”, sino preguntándose: “¿qué podemos aportar nosotros a la construcción de la humanidad común?” Ésta es, finalmente, nuestra principal reserva ante Magnifica Humanitas; no que Dios haya desaparecido del texto, sino que el proyecto al que sirve el texto tiene como centro inmediato al hombre y no a Dios. Dios está en el texto. Pero el hombre ocupa el centro.   Pulse para escuchar el texto Con este artículo damos por terminados nuestros “comentarios” a la encíclica Magnifica Humanitas de León XIV. Algunos textos de futuros artículos han quedado apenas esbozados y otras cuestiones podrían todavía desarrollarse. Sin embargo, lo publicado hasta aquí basta para mostrar con cierta claridad las líneas doctrinales y pastorales que, a nuestro juicio, atraviesan esta primera encíclica del actual Pontífice. La primera encíclica de un Papa constituye siempre un acontecimiento de especial importancia. No porque deba contener necesariamente un programa completo de pontificado, sino porque suele revelar preocupaciones, prioridades, y, sobre todo, una determinada manera de mirar a la Iglesia y al mundo. Con las cautelas necesarias, puede decirse que ofrece una primera orientación acerca del camino que el nuevo Pontífice desea recorrer. En Magnifica Humanitas, León XIV sitúa entre las grandes “cosas nuevas” de nuestro tiempo el desarrollo de la inteligencia artificial y sus consecuencias sobre el trabajo, las relaciones humanas, la cultura y la organización social. La referencia a León XIII y a Rerum Novarum es explícita, pues, así como la cuestión obrera –“cosa nueva” en su tiempo- exigió a la Iglesia una respuesta ante una transformación histórica de enormes dimensiones, la inteligencia artificial exige hoy una nueva reflexión sobre el hombre y sobre el futuro de la sociedad. Pero, hay una pregunta fundamental que nos hacemos y que tiene que ver con el juicio de la encíclica. La pregunta es: ¿Desde dónde mira León XIV ese nuevo mundo que está naciendo bajo la influencia de la IA? Porque el problema decisivo no consiste solamente en determinar qué piensa la encíclica sobre la tecnología y su influencia, sino que consiste en descubrir cuál es el principio que ordena todo su discurso. Esta es la clave, que desarrollamos más adelante. Podríamos haber dado fin a nuestros “comentarios” con un artículo resumen de las cuestiones estudiadas, como la dignidad humana, la fraternidad, el diálogo, la sinodalidad, el bien común, las religiones, la inteligencia artificial, las Naciones Unidas, la civilización del amor o la llamada “familia humana universal”. Pero, quizá, habría resultado un artículo necesariamente largo y probablemente repetitivo. Hemos preferido buscar un concepto, una frase, capaz de condensar nuestra lectura d la encíclica. Quizá sea un atrevimiento no exento de dificultad. Pues, escoger una frase como resumen de un documento de esta naturaleza no es nada fácil. Pero, la encíclica ha venido en nuestra ayuda cuando llega a decir: “poner a Dios en el horizonte y al ser humano en el centro”. Nuestra conclusión ha sido clara. Magnifica Humanitas puede condensarse en la siguiente frase: Dios en el texto; el hombre en el centro. Esta es la idea que “sobrevuela” toda la encíclica. León XIV habla de Dios, de Cristo, de la Santísima Trinidad. Pero, en realidad Dios queda en el horizonte, no es protagonista ni rector y ni organizador de la “familia humana universal” a la que aspira Magnifica Humanitas con la ayuda de la IA. El verdadero problema de Dios en la encíclica no es cuántas veces aparece, sino qué lugar ocupa Cristo en todo su conjunto. Una encíclica puede mencionar abundantemente a Dios y, sin embargo, ordenar su discurso hacia un fin principalmente antropológico, social o histórico, en definitiva, hacia el mundo. Puede contener afirmaciones cristológicas correctas sin que Cristo sea verdaderamente el principio rector del proyecto que se propone. Eso es precisamente lo que percibimos en Magnifica Humanitas. El gran horizonte práctico del documento no es la instauración de todas las cosas en Cristo, ni la conversión de los pueblos a Él, ni la ordenación de la sociedad conforme a la ley de Dios, sino la construcción de una familia humana universal en la que creyentes y no creyentes, religiones, culturas, organismos internacionales y sociedades diversas puedan reconocerse en una serie de valores comunes. León XIV no tienen en mente una sociedad cristiana gobernada por la ley natural y la divina. En el proyecto humanista de León XIV, el cristianismo aporta ciertamente algo propio. Aporta la afirmación de la dignidad del hombre creado a imagen de Dios, el amor al prójimo, la fraternidad, la solidaridad, la preocupación por los pobres, la paz y el servicio. Es decir, todos aquellos valores humanos compatibles con todas las demás religiones y creencias. Para Magnifica Humanitas, Cristo no es el fundamento al que esa humanidad debe someterse, sino una fuente religiosa que aporta valores útiles y comunes para la construcción de un proyecto humano previamente definido como multicultural y multireligioso. La tradición cristiana no presenta a Cristo solamente como inspirador de determinados valores morales. Cristo es Señor. Es Rey. Es Juez de vivos y muertos. Es el Redentor del hombre. Es aquel en quien todas las cosas han sido creadas y hacia quien todas deben ordenarse. La Iglesia no ha recibido simplemente una espiritualidad capaz de enriquecer el patrimonio moral de la humanidad, sino una verdad acerca de Dios, del hombre, del pecado, de la salvación y del destino eterno. Por eso resulta significativo comprobar qué categorías ocupan el primer plano y cuáles prácticamente desaparecen. En Magnifica Humanitas encontramos abundantemente dignidad, fraternidad, diálogo, integración, desarrollo humano, civilización del amor, cooperación, discernimiento, comunidad, paz y familia humana universal. Resulta mucho más difícil encontrar con un peso equivalente las categorías de pecado, culpa, arrepentimiento, penitencia, expiación, juicio, condenación, conversión a Cristo o necesidad de la Redención. En Rerum Novarum, León XIII contempla la cuestión social desde la verdad cristiana sobre Dios, el hombre, la familia, la propiedad, la justicia y la sociedad. No pregunta ante todo qué puede aportar la Iglesia a un proyecto común previamente existente. Parte de una verdad que la Iglesia posee y desde ella juzga la cuestión social. Porque para León XIII el principio ordenador es Dios y el orden moral querido por Él, del que dependen la justicia social, la propiedad, la familia, el trabajo y la autoridad política. La cuestión obrera no se resuelve desde una fraternidad humana, sino desde la ley natural iluminada por Cristo y orientada al bien común y a la salvación de las almas. En Magnifica Humanitas, el movimiento es inverso. Se contempla primero la humanidad, sus problemas, sus fracturas, sus aspiraciones y la necesidad de construir una nueva convivencia universal. Después se pregunta qué puede aportar la Iglesia a esa construcción. Porque para León XIV el principio ordenador es la dignidad humana y la construcción de una fraternidad universal, alrededor de las cuales se articulan la paz, los derechos, el diálogo, la justicia social y la cooperación internacional. Cristo aparece como fundamento y horizonte, pero no como principio rector efectivo del orden social, porque el centro práctico es el hombre y la familia humana universal. Por eso la expresión “familia humana universal”, de la encíclica,  posee tanta importancia. Porque no constituye solamente una manera amable de referirse al género humano; sino que se convierte progresivamente en el sujeto de un proyecto histórico: una humanidad reconciliada, plural, dialogante, fraterna y organizada mediante instituciones capaces de asegurar la paz, la justicia y la cooperación. Y aquí no cabe la ley de Dios, ni sus mandamientos. En Magnifica Humanitas, la Iglesia no se presenta ante el mundo diciendo: “esto es lo que Dios ha revelado y a esto debe convertirse el hombre”, sino preguntándose: “¿qué podemos aportar nosotros a la construcción de la humanidad común?” Ésta es, finalmente, nuestra principal reserva ante Magnifica Humanitas; no que Dios haya desaparecido del texto, sino que el proyecto al que sirve el texto tiene como centro inmediato al hombre y no a Dios. Dios está en el texto. Pero el hombre ocupa el centro.

Con este artículo damos por terminados nuestros “comentarios” a la encíclica Magnifica Humanitas de León XIV. Algunos textos de futuros artículos han quedado apenas esbozados y otras cuestiones podrían todavía desarrollarse. Sin embargo, lo publicado hasta aquí basta para mostrar con cierta claridad las líneas doctrinales y pastorales que, a nuestro juicio, atraviesan esta primera encíclica del actual Pontífice.

La primera encíclica de un Papa constituye siempre un acontecimiento de especial importancia. No porque deba contener necesariamente un programa completo de pontificado, sino porque suele revelar preocupaciones, prioridades, y, sobre todo, una determinada manera de mirar a la Iglesia y al mundo. Con las cautelas necesarias, puede decirse que ofrece una primera orientación acerca del camino que el nuevo Pontífice desea recorrer.

En Magnifica Humanitas, León XIV sitúa entre las grandes “cosas nuevas” de nuestro tiempo el desarrollo de la inteligencia artificial y sus consecuencias sobre el trabajo, las relaciones humanas, la cultura y la organización social. La referencia a León XIII y a Rerum Novarum es explícita, pues, así como la cuestión obrera –“cosa nueva” en su tiempo- exigió a la Iglesia una respuesta ante una transformación histórica de enormes dimensiones, la inteligencia artificial exige hoy una nueva reflexión sobre el hombre y sobre el futuro de la sociedad.

Pero, hay una pregunta fundamental que nos hacemos y que tiene que ver con el juicio de la encíclica. La pregunta es: ¿Desde dónde mira León XIV ese nuevo mundo que está naciendo bajo la influencia de la IA? Porque el problema decisivo no consiste solamente en determinar qué piensa la encíclica sobre la tecnología y su influencia, sino que consiste en descubrir cuál es el principio que ordena todo su discurso. Esta es la clave, que desarrollamos más adelante.

Podríamos haber dado fin a nuestros “comentarios” con un artículo resumen de las cuestiones estudiadas, como la dignidad humana, la fraternidad, el diálogo, la sinodalidad, el bien común, las religiones, la inteligencia artificial, las Naciones Unidas, la civilización del amor o la llamada “familia humana universal”. Pero, quizá, habría resultado un artículo necesariamente largo y probablemente repetitivo.

Hemos preferido buscar un concepto, una frase, capaz de condensar nuestra lectura d la encíclica. Quizá sea un atrevimiento no exento de dificultad. Pues, escoger una frase como resumen de un documento de esta naturaleza no es nada fácil. Pero, la encíclica ha venido en nuestra ayuda cuando llega a decir: “poner a Dios en el horizonte y al ser humano en el centro”.

Nuestra conclusión ha sido clara. Magnifica Humanitas puede condensarse en la siguiente frase: Dios en el texto; el hombre en el centro.

Esta es la idea que “sobrevuela” toda la encíclica. León XIV habla de Dios, de Cristo, de la Santísima Trinidad. Pero, en realidad Dios queda en el horizonte, no es protagonista ni rector y ni organizador de la “familia humana universal” a la que aspira Magnifica Humanitas con la ayuda de la IA.

El verdadero problema de Dios en la encíclica no es cuántas veces aparece, sino qué lugar ocupa Cristo en todo su conjunto.

Una encíclica puede mencionar abundantemente a Dios y, sin embargo, ordenar su discurso hacia un fin principalmente antropológico, social o histórico, en definitiva, hacia el mundo. Puede contener afirmaciones cristológicas correctas sin que Cristo sea verdaderamente el principio rector del proyecto que se propone. Eso es precisamente lo que percibimos en Magnifica Humanitas.

El gran horizonte práctico del documento no es la instauración de todas las cosas en Cristo, ni la conversión de los pueblos a Él, ni la ordenación de la sociedad conforme a la ley de Dios, sino la construcción de una familia humana universal en la que creyentes y no creyentes, religiones, culturas, organismos internacionales y sociedades diversas puedan reconocerse en una serie de valores comunes. León XIV no tienen en mente una sociedad cristiana gobernada por la ley natural y la divina.

En el proyecto humanista de León XIV, el cristianismo aporta ciertamente algo propio. Aporta la afirmación de la dignidad del hombre creado a imagen de Dios, el amor al prójimo, la fraternidad, la solidaridad, la preocupación por los pobres, la paz y el servicio. Es decir, todos aquellos valores humanos compatibles con todas las demás religiones y creencias.

Para Magnifica Humanitas, Cristo no es el fundamento al que esa humanidad debe someterse, sino una fuente religiosa que aporta valores útiles y comunes para la construcción de un proyecto humano previamente definido como multicultural y multireligioso.

La tradición cristiana no presenta a Cristo solamente como inspirador de determinados valores morales. Cristo es Señor. Es Rey. Es Juez de vivos y muertos. Es el Redentor del hombre. Es aquel en quien todas las cosas han sido creadas y hacia quien todas deben ordenarse. La Iglesia no ha recibido simplemente una espiritualidad capaz de enriquecer el patrimonio moral de la humanidad, sino una verdad acerca de Dios, del hombre, del pecado, de la salvación y del destino eterno.

Por eso resulta significativo comprobar qué categorías ocupan el primer plano y cuáles prácticamente desaparecen.

En Magnifica Humanitas encontramos abundantemente dignidad, fraternidad, diálogo, integración, desarrollo humano, civilización del amor, cooperación, discernimiento, comunidad, paz y familia humana universal. Resulta mucho más difícil encontrar con un peso equivalente las categorías de pecado, culpa, arrepentimiento, penitencia, expiación, juicio, condenación, conversión a Cristo o necesidad de la Redención.

En Rerum Novarum, León XIII contempla la cuestión social desde la verdad cristiana sobre Dios, el hombre, la familia, la propiedad, la justicia y la sociedad. No pregunta ante todo qué puede aportar la Iglesia a un proyecto común previamente existente. Parte de una verdad que la Iglesia posee y desde ella juzga la cuestión social.

Porque para León XIII el principio ordenador es Dios y el orden moral querido por Él, del que dependen la justicia social, la propiedad, la familia, el trabajo y la autoridad política. La cuestión obrera no se resuelve desde una fraternidad humana, sino desde la ley natural iluminada por Cristo y orientada al bien común y a la salvación de las almas.

En Magnifica Humanitas, el movimiento es inverso. Se contempla primero la humanidad, sus problemas, sus fracturas, sus aspiraciones y la necesidad de construir una nueva convivencia universal. Después se pregunta qué puede aportar la Iglesia a esa construcción.

Porque para León XIV el principio ordenador es la dignidad humana y la construcción de una fraternidad universal, alrededor de las cuales se articulan la paz, los derechos, el diálogo, la justicia social y la cooperación internacional.
Cristo aparece como fundamento y horizonte, pero no como principio rector efectivo del orden social, porque el centro práctico es el hombre y la familia humana universal.

Por eso la expresión “familia humana universal”, de la encíclica,  posee tanta importancia. Porque no constituye solamente una manera amable de referirse al género humano; sino que se convierte progresivamente en el sujeto de un proyecto histórico: una humanidad reconciliada, plural, dialogante, fraterna y organizada mediante instituciones capaces de asegurar la paz, la justicia y la cooperación. Y aquí no cabe la ley de Dios, ni sus mandamientos.

En Magnifica Humanitas, la Iglesia no se presenta ante el mundo diciendo: “esto es lo que Dios ha revelado y a esto debe convertirse el hombre”, sino preguntándose: “¿qué podemos aportar nosotros a la construcción de la humanidad común?”

Ésta es, finalmente, nuestra principal reserva ante Magnifica Humanitas; no que Dios haya desaparecido del texto, sino que el proyecto al que sirve el texto tiene como centro inmediato al hombre y no a Dios.

Dios está en el texto. Pero el hombre ocupa el centro.


9 respuestas a «Magnifica Humanitas, Dios en el texto, el hombre en el centro»

  1. Si todos los anteriores trabajos de D. Carlos son excelentes, este los supera porque describe con exactitud, por un lado, el «objetivo» de la actual y falsa iglesia de Roma que da la espalda a CRISTO y, por otro, la figura luciferina de Prevost que a las claras da la espalda a DIOS y se vuelca en el hombre, la humanidad, las religiones y sectas,
    La toma del control de la «iglesia oficial» ha cambiado su sentido inicial dirigido a destruirla por una nueva finalidad que es cambiarla desde dentro hacia un proyecto universal de unfficar todas esas falsas sectas y religiones en una sola, la del culto a Lucifer.
    Gracias D. Carlos
    VIVA CRISTO REY

  2. Bueno, pues va declarando como hoja de ruta, Prevost en Magnifica Humanitas, poniendo de centro a la humanidad, después el nuevo desafío de la IA y en la periferia, en lo más lejano como recubriendo el espacio, a CRISTO como uno más de entre todo tipo de “dioses y energías” (enemigos de la Verdad) a su misma altura como si fuera uno más de los satélites de la constelación Starlink.

    ¿Para qué prestar atención a los escritos de uno que va de Papa que, siguiendo la misma estela destructora de los anteriores, desde hace ya demasiadas décadas, dicen una cosa y permiten otras; saltándose –como al más puro estilo de vulgares delincuentes gobernantes políticos- los mandamientos y permitiendo toda clase de profanaciones, sacrilegios y ofensas sin aplicar ninguna acción de reparo ante el escándalo realizado?

    ¿Para qué queremos un supuesto faro si solamente da señales erróneas provocando interminables naufragios?

    Y, lo más determinante, ¿Para qué considerar Magnifica Humanitas una encíclica, sí Prevost NO es Papa?

    ¡Viva CRISTO Rey! ¡Viva Virgen María Reina!

  3. Creo que nadie se ha apercibido de las palabras de la primera Carta de San Pablo a los Tesalonicenses donde escribe las palabras «paz y seguridad»:
    «… que cuando digan: «Paz y Seguridad», entonces vendrá sobre ellos destrucción repentina, como los dolores a la mujer encinta, y no escaparán. Mas vosotros, hermanos, no estáis en tinieblas, para que aquel día os sorprenda como ladrón. Porque todos vosotros sois hijos de luz e hijos del día; no somos de la noche ni de las tinieblas. Por tanto, no durmamos como los demás, sino velemos y seamos sobrios.

    Prevost en el apartado 81 de su «Magnifica Humanitas» las menciona;
    81. Un examen decisivo para la justicia social hoy está representado por la condición de los migrantes, de los refugiados y de cuantos son obligados a desplazarse a causa de la pobreza, la violencia, el cambio climático y los desastres naturales. El modo en el cual una sociedad los trata muestra si su idea de justicia está guiada por el miedo o por la fraternidad. El Papa Francisco invitaba a reconocer en los migrantes no simplemente un problema a resolver, sino «una imagen viva del Pueblo de Dios en camino»; [109] personas con dignidad, recursos y sueños, que tienen derecho a ser tratadas con respeto y piden la oportunidad de poder formar parte activa de las sociedades que las reciben. La justicia social, en este campo, implica al menos dos compromisos complementarios. Por una parte, proteger el derecho a la esperanza de quien está obligado a partir, garantizándole vías seguras y legales, condiciones de acogida dignas y procesos reales de integración. Por otra, promover también el derecho a permanecer en la propia tierra en «paz y seguridad» afrontando las causas profundas que obligan a migrar, incluidas las causas vinculadas a las injusticias económicas y a la crisis climática. Cuando estos derechos son respetados, las migraciones pueden ser una ocasión de encuentro y enriquecimiento mutuo entre los pueblos.
    VIVA CRISTO REY

    1. Distinguido I. Caballero, siguiendo su oportuna observación sobre 1 Tes 5,3-4, he consultado el comentario de Mons. Juan Straubinger, que dice:
      “Paz y seguridad ha sido siempre, a través de toda la Biblia, el mensaje de los falsos profetas, cuyo éxito, superior al de los verdaderos, se funda precisamente en ese agradable optimismo. De ahí que el que ignora las profecías bíblicas fácilmente vive en la ilusión, no percibe el sentido trágico de la vida presente ni el destino tremendo al que marchan las naciones”.
      Usted, después de recordar la carta a los Tesalonicenses, hace muy acertadamente referencia al punto 81 de Magnifica Humanitas.
      San Pablo desconfía de una seguridad puramente terrena: “cuando digan paz y seguridad…”. No porque la paz social sea mala, naturalmente, sino porque la salvación del hombre no puede identificarse con la construcción de unas condiciones temporales seguras; y es precisamente de ese orden temporal del que habla León XIV.
      Para Magnifica Humanitas, la esperanza del migrante consiste principalmente en encontrar una vida humana digna, seguridad, acogida e integración. Para san Pablo, en cambio, la esperanza es la salvación que Dios concede en Jesucristo.
      Y aquí aparece una diferencia de fondo. En Magnifica Humanitas apenas aflora ese “sentido trágico de la vida presente” del que habla Straubinger: el drama del pecado, el alejamiento de Dios, la pérdida de la ley divina en el corazón del hombre y la necesidad de conversión. Tampoco aparece con suficiente fuerza el destino al que pueden precipitarse las naciones cuando dejan de ordenar sus leyes conforme a la ley natural y a la ley revelada.
      El problema no es hablar de paz, seguridad, acogida o justicia social. El problema comienza cuando esas realidades temporales ocupan el lugar que corresponde a la salvación. Porque una sociedad puede garantizar derechos, integración y bienestar, y seguir marchando espiritualmente hacia la ruina si ha apartado a Cristo de su centro.
      Su acertada observación al relacionar esos versículos de 1 Tesalonicenses con el punto 81 de la encíclica refuerza nuestras conclusiones sobre Magnifica Humanitas: el hombre ocupa el centro, con sus esperanzas, su bienestar, sus derechos y sus aspiraciones temporales. Dios permanece presente, ciertamente, pero lo sobrenatural queda en un segundo plano, como si la cuestión decisiva fuera mejorar la condición humana antes que recordar que el destino último del hombre es la salvación en Jesucristo.
      Afectuosamente

      1. Mi muy estimado Carlos, le agradezco que me califique como «distinguido», pero prefiero que me llame por mi nombre Íñigo Caballero Aurrecoechea, Carlista donostiarra y que ha escrito en muchos medios unos 3.000 articulos sobre todo referentes a materias primas, mercados financieros y otros temas relacionados.
        En cuanto a mi faceta de escritor «religioso» tengo una serie de trabajos sencillos sobre el Liberalismo en El Criterio que, con toda mi humildad, le recomiendo, por si le interesa tratar este «tema», central para nosotros los Carlistas.
        También, me atrevo a recomendarle «La Esperanza», el órgano oficial de la Comunión Tradicionalista y, lq revista «Verbo» que seguro conoce.
        Es una gran satisfacción leer sus trabajos y es lo primero que suelo hacer cuando me levanto bastante temprano.
        Un abrazo muy fuerte, si me lo permite.
        NO puedo menos que felicitar al Sr. BENDALA por traerlo a ete muy digno diario digital.
        Íñigo Caballero
        VIVA CRISTO REY

    2. El caso es que el impostor de Prevost ya no engaña sino al que no se deje engañar a sabiendas. Cuando este okupa del Vaticano denomina a los INVASORES como que son de la condición de migrantes (insulto manifiesto clasificándolos como animales migratorios antaño así definido) de los refugiados y de cuantos son obligados a desplazarse a causa de la pobreza, la violencia, el cambio climático y los desastres naturales (cambio climático y desastres producidos por la mano de “los históricamente de siempre hijos de Satanás” y de la pobreza y violencia que ellos mismos generan, no enfrentándose a sus causas y promovidos por las ONGs de Soros manifiesto satánico).
      Este hijo de la gran Ramera de Babilonia que es Prevost y sus antecesores del CVII, solo engañan a los que rechazan a CRISTO ¡que son mayoría!
      Ningún católico puede tener a este enemigo de CRISTO como Papa, es un manifiesto impostor.
      Este escrito Magnifica Humanitas, que NO Encíclica, es un panfleto venido y redactado desde el mismo infierno.

      ¡Viva CRISTO Rey! ¡Viva la Inmaculada Concepción Reina!

  4. «finalmente, nuestra principal reserva ante Magnifica Humanitas; no que Dios haya desaparecido del texto, sino que el proyecto al que sirve el texto tiene como centro inmediato al hombre y no a Dios». Una cosa es consecuencia de la otra; la falta de fe lleva al ateísmo y este a la soberbia satánica. La falta de fe se sembró y se siembra por los enemigos de la fe; de ahí los gnosticismos/ invenciones que llevan al relativismo disolvente, protestante. Estamos en lo que se sembró durante el Renacimiento; se eligió la eugenesia( que ya existía aunque no existiera el término, pues es constante del reino animal ) de los clásicos por resultar plenamente anticristiana, y se la rodeó de un aura dorada engaña soberbios, que ha perdurado; con ayuda; mucha ayuda por parte de los labradores arrendatarios asesinos. Así, el incipiente Sistema presentó una cara exotérica para el pueblo y otra esotérica para las suciedades secretas; los ateos Disraeli. Los que ya ocupan el trono material de Pedro, que no el real, espiritual. Roca y sus marranos estarán contentos, como el Príncipe de Constantinopla; pagados de si mismos, no recibirán otro pago mayor.
    Lo que dijo Daniel y el Cristo se está cumpliendo al pie de la letra. Gracias Señor.

  5. ¿»actual Pontífice»? ¿Y el que nombró a éste cardenal también era «pontífice»? ¿Vergoglione era papa legítimo? ¿Impartía los sacramentos válidamente? ¿Era católico? ¿De verdad?

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