Magnifica Humanitas y el “punto de inflexión” conciliar. Comentarios a la encíclica Magnifica Humanitas

ESCUCHAR NOTICIA: Nuestra atención, en este artículo, se centra en el siguiente párrafo de MH, 34: “El Concilio Vaticano II marcó un punto de inflexión en la forma en que la Iglesia se entiende a sí misma en el mundo contemporáneo. En la Constitución pastoral Gaudium et Spes nos presentó la imagen de una Iglesia cercana a la humanidad, comprometida con el mundo y dedicada a reflexionar no a partir de esquemas abstractos, sino de la realidad concreta de las situaciones históricas”. Su lectura ha llamado nuestra atención al leer la expresión “punto de inflexión”. Porque “punto de inflexión” de Magnifica Humanitas, aplicada al Vaticano II, no es inocente. Es una expresión muy significativa y no puede pasarse por alto. A nuestro modo de ver, esta expresión puede entenderse de dos formas. O bien, como una renovación pastoral en el modo de dirigirse la Iglesia al mundo moderno, lo que puede admitirse dentro de una lectura de continuidad. O, por lo contrario, como una nueva autocomprensión de la Iglesia, entonces la fórmula se vuelve peligrosa. La Iglesia no empieza a saber quién es cuando dialoga con el mundo contemporáneo. La Iglesia sabe quién es porque se recibe de Cristo: es su Cuerpo, su Esposa, la depositaria de la Revelación, la columna y fundamento de la verdad, enviada a enseñar, santificar y gobernar en nombre del Señor. Su identidad no nace de las situaciones históricas, aunque deba responder a ellas; nace del designio divino y del mandato recibido de Cristo. Por eso, hablar de una Iglesia “cercana a la humanidad” y “comprometida con el mundo” puede ser legítimo, pero solo si esa cercanía no desplaza su misión sobrenatural. La Iglesia no existe simplemente para acompañar al mundo y orientarlo moralmente, sino para llevar a los hombres a Cristo y conducirlos a la salvación. No reflexiona simplemente sobre las situaciones históricas, sino que las juzga a la luz de la Revelación, de la ley natural, del pecado, de la gracia y del fin último del hombre. Aquí vemos el riesgo de la formulación de Magnifica Humanitas: convertir el diálogo con el mundo en una clave casi constitutiva de la misión eclesial. Pero el diálogo no es el fundamento de la Iglesia. Tampoco es su forma primera. La forma primera de la misión es el mandato de Cristo: predicar el Evangelio, llamar a la conversión, bautizar, enseñar todo lo que Él ha mandado y someter todas las cosas a su señorío. Esto es lo que siempre se nos ha enseñado, porque es lo que se ha recibido y es lo que se ha transmitido. Si esto no queda claro, el “punto de inflexión” deja de ser una simple expresión histórica y se convierte en una fórmula ambigua. Puede significar una legítima renovación pastoral: la Iglesia aplica la doctrina de siempre a circunstancias nuevas, habla al hombre contemporáneo en un lenguaje comprensible y responde a problemas inéditos. Pero también puede sugerir algo muy distinto: que la Iglesia habría comenzado a comprenderse a sí misma desde su relación con el mundo moderno. Estamos ante un gran riesgo. La Iglesia no recibe su identidad de la historia, ni del diálogo, ni de las situaciones concretas que encuentra en cada época. La Iglesia se recibe de Cristo. Antes de preguntarse cómo debe estar en el mundo, debe recordar quién es por voluntad de su Fundador: Cuerpo de Cristo, Esposa del Cordero, depositaria de la Revelación, custodia de los sacramentos, columna de la verdad y madre que engendra hijos para la vida eterna. Una vez más, lo que hemos aprendido de la enseñanza tradicional e infalible. Cuando esta prioridad se debilita, la misión queda fácilmente invertida. Y así, la institución eclesial ya no aparece como una Iglesia que enseña al mundo en nombre de Cristo, sino como una Iglesia que escucha al mundo para redefinir su modo de estar en la historia. Ya no se subraya que el Evangelio juzga, purifica y convierte las culturas, sino que la Iglesia discierne con ellas, aprende de ellas y se adapta a sus transformaciones. El lenguaje puede seguir siendo cristiano, pero el centro se ha desplazado. Prueba de ello es que en vez de hablar de la revelación se habla de experiencia histórica; en vez de hablar de conversión, se habla de diálogo; y en vez de hablar de la autoridad recibida, se pasa al acompañamiento de procesos. Por eso, la expresión “punto de inflexión” exige vigilancia. Si significa que la Iglesia encontró nuevos modos pastorales de anunciar la misma fe, puede ser aceptada. Pero si insinúa que la Iglesia se comprende ahora desde su inserción en el mundo contemporáneo, entonces introduce una inversión peligrosa. La Iglesia no se entiende desde el mundo al que acompaña, sino desde Cristo que la envía. No existe para confirmar a la humanidad en su camino histórico, sino para llamar a todos los pueblos a la conversión, a la gracia y al reinado de Dios. El problema no es hablar con el mundo. El problema es olvidar que la Iglesia habla al mundo como enviada de Cristo. Y entonces surge el peligro de que la Iglesia acabe mirándose en el mundo para saber quién es. Y esto es una verdadera tragedia.   Pulse para escuchar el texto Nuestra atención, en este artículo, se centra en el siguiente párrafo de MH, 34: “El Concilio Vaticano II marcó un punto de inflexión en la forma en que la Iglesia se entiende a sí misma en el mundo contemporáneo. En la Constitución pastoral Gaudium et Spes nos presentó la imagen de una Iglesia cercana a la humanidad, comprometida con el mundo y dedicada a reflexionar no a partir de esquemas abstractos, sino de la realidad concreta de las situaciones históricas”. Su lectura ha llamado nuestra atención al leer la expresión “punto de inflexión”. Porque “punto de inflexión” de Magnifica Humanitas, aplicada al Vaticano II, no es inocente. Es una expresión muy significativa y no puede pasarse por alto. A nuestro modo de ver, esta expresión puede entenderse de dos formas. O bien, como una renovación pastoral en el modo de dirigirse la Iglesia al mundo moderno, lo que puede admitirse dentro de una lectura de continuidad. O, por lo contrario, como una nueva autocomprensión de la Iglesia, entonces la fórmula se vuelve peligrosa. La Iglesia no empieza a saber quién es cuando dialoga con el mundo contemporáneo. La Iglesia sabe quién es porque se recibe de Cristo: es su Cuerpo, su Esposa, la depositaria de la Revelación, la columna y fundamento de la verdad, enviada a enseñar, santificar y gobernar en nombre del Señor. Su identidad no nace de las situaciones históricas, aunque deba responder a ellas; nace del designio divino y del mandato recibido de Cristo. Por eso, hablar de una Iglesia “cercana a la humanidad” y “comprometida con el mundo” puede ser legítimo, pero solo si esa cercanía no desplaza su misión sobrenatural. La Iglesia no existe simplemente para acompañar al mundo y orientarlo moralmente, sino para llevar a los hombres a Cristo y conducirlos a la salvación. No reflexiona simplemente sobre las situaciones históricas, sino que las juzga a la luz de la Revelación, de la ley natural, del pecado, de la gracia y del fin último del hombre. Aquí vemos el riesgo de la formulación de Magnifica Humanitas: convertir el diálogo con el mundo en una clave casi constitutiva de la misión eclesial. Pero el diálogo no es el fundamento de la Iglesia. Tampoco es su forma primera. La forma primera de la misión es el mandato de Cristo: predicar el Evangelio, llamar a la conversión, bautizar, enseñar todo lo que Él ha mandado y someter todas las cosas a su señorío. Esto es lo que siempre se nos ha enseñado, porque es lo que se ha recibido y es lo que se ha transmitido. Si esto no queda claro, el “punto de inflexión” deja de ser una simple expresión histórica y se convierte en una fórmula ambigua. Puede significar una legítima renovación pastoral: la Iglesia aplica la doctrina de siempre a circunstancias nuevas, habla al hombre contemporáneo en un lenguaje comprensible y responde a problemas inéditos. Pero también puede sugerir algo muy distinto: que la Iglesia habría comenzado a comprenderse a sí misma desde su relación con el mundo moderno. Estamos ante un gran riesgo. La Iglesia no recibe su identidad de la historia, ni del diálogo, ni de las situaciones concretas que encuentra en cada época. La Iglesia se recibe de Cristo. Antes de preguntarse cómo debe estar en el mundo, debe recordar quién es por voluntad de su Fundador: Cuerpo de Cristo, Esposa del Cordero, depositaria de la Revelación, custodia de los sacramentos, columna de la verdad y madre que engendra hijos para la vida eterna. Una vez más, lo que hemos aprendido de la enseñanza tradicional e infalible. Cuando esta prioridad se debilita, la misión queda fácilmente invertida. Y así, la institución eclesial ya no aparece como una Iglesia que enseña al mundo en nombre de Cristo, sino como una Iglesia que escucha al mundo para redefinir su modo de estar en la historia. Ya no se subraya que el Evangelio juzga, purifica y convierte las culturas, sino que la Iglesia discierne con ellas, aprende de ellas y se adapta a sus transformaciones. El lenguaje puede seguir siendo cristiano, pero el centro se ha desplazado. Prueba de ello es que en vez de hablar de la revelación se habla de experiencia histórica; en vez de hablar de conversión, se habla de diálogo; y en vez de hablar de la autoridad recibida, se pasa al acompañamiento de procesos. Por eso, la expresión “punto de inflexión” exige vigilancia. Si significa que la Iglesia encontró nuevos modos pastorales de anunciar la misma fe, puede ser aceptada. Pero si insinúa que la Iglesia se comprende ahora desde su inserción en el mundo contemporáneo, entonces introduce una inversión peligrosa. La Iglesia no se entiende desde el mundo al que acompaña, sino desde Cristo que la envía. No existe para confirmar a la humanidad en su camino histórico, sino para llamar a todos los pueblos a la conversión, a la gracia y al reinado de Dios. El problema no es hablar con el mundo. El problema es olvidar que la Iglesia habla al mundo como enviada de Cristo. Y entonces surge el peligro de que la Iglesia acabe mirándose en el mundo para saber quién es. Y esto es una verdadera tragedia.

Nuestra atención, en este artículo, se centra en el siguiente párrafo de MH, 34: “El Concilio Vaticano II marcó un punto de inflexión en la forma en que la Iglesia se entiende a sí misma en el mundo contemporáneo. En la Constitución pastoral Gaudium et Spes nos presentó la imagen de una Iglesia cercana a la humanidad, comprometida con el mundo y dedicada a reflexionar no a partir de esquemas abstractos, sino de la realidad concreta de las situaciones históricas”.

Su lectura ha llamado nuestra atención al leer la expresión “punto de inflexión”. Porque “punto de inflexión” de Magnifica Humanitas, aplicada al Vaticano II, no es inocente. Es una expresión muy significativa y no puede pasarse por alto. A nuestro modo de ver, esta expresión puede entenderse de dos formas. O bien, como una renovación pastoral en el modo de dirigirse la Iglesia al mundo moderno, lo que puede admitirse dentro de una lectura de continuidad. O, por lo contrario, como una nueva autocomprensión de la Iglesia, entonces la fórmula se vuelve peligrosa.

La Iglesia no empieza a saber quién es cuando dialoga con el mundo contemporáneo. La Iglesia sabe quién es porque se recibe de Cristo: es su Cuerpo, su Esposa, la depositaria de la Revelación, la columna y fundamento de la verdad, enviada a enseñar, santificar y gobernar en nombre del Señor. Su identidad no nace de las situaciones históricas, aunque deba responder a ellas; nace del designio divino y del mandato recibido de Cristo.

Por eso, hablar de una Iglesia “cercana a la humanidad” y “comprometida con el mundo” puede ser legítimo, pero solo si esa cercanía no desplaza su misión sobrenatural. La Iglesia no existe simplemente para acompañar al mundo y orientarlo moralmente, sino para llevar a los hombres a Cristo y conducirlos a la salvación. No reflexiona simplemente sobre las situaciones históricas, sino que las juzga a la luz de la Revelación, de la ley natural, del pecado, de la gracia y del fin último del hombre.

Aquí vemos el riesgo de la formulación de Magnifica Humanitas: convertir el diálogo con el mundo en una clave casi constitutiva de la misión eclesial. Pero el diálogo no es el fundamento de la Iglesia. Tampoco es su forma primera. La forma primera de la misión es el mandato de Cristo: predicar el Evangelio, llamar a la conversión, bautizar, enseñar todo lo que Él ha mandado y someter todas las cosas a su señorío. Esto es lo que siempre se nos ha enseñado, porque es lo que se ha recibido y es lo que se ha transmitido.

Si esto no queda claro, el “punto de inflexión” deja de ser una simple expresión histórica y se convierte en una fórmula ambigua. Puede significar una legítima renovación pastoral: la Iglesia aplica la doctrina de siempre a circunstancias nuevas, habla al hombre contemporáneo en un lenguaje comprensible y responde a problemas inéditos. Pero también puede sugerir algo muy distinto: que la Iglesia habría comenzado a comprenderse a sí misma desde su relación con el mundo moderno.

Estamos ante un gran riesgo. La Iglesia no recibe su identidad de la historia, ni del diálogo, ni de las situaciones concretas que encuentra en cada época. La Iglesia se recibe de Cristo. Antes de preguntarse cómo debe estar en el mundo, debe recordar quién es por voluntad de su Fundador: Cuerpo de Cristo, Esposa del Cordero, depositaria de la Revelación, custodia de los sacramentos, columna de la verdad y madre que engendra hijos para la vida eterna. Una vez más, lo que hemos aprendido de la enseñanza tradicional e infalible.

Cuando esta prioridad se debilita, la misión queda fácilmente invertida. Y así, la institución eclesial ya no aparece como una Iglesia que enseña al mundo en nombre de Cristo, sino como una Iglesia que escucha al mundo para redefinir su modo de estar en la historia. Ya no se subraya que el Evangelio juzga, purifica y convierte las culturas, sino que la Iglesia discierne con ellas, aprende de ellas y se adapta a sus transformaciones. El lenguaje puede seguir siendo cristiano, pero el centro se ha desplazado. Prueba de ello es que en vez de hablar de la revelación se habla de experiencia histórica; en vez de hablar de conversión, se habla de diálogo; y en vez de hablar de la autoridad recibida, se pasa al acompañamiento de procesos.

Por eso, la expresión “punto de inflexión” exige vigilancia. Si significa que la Iglesia encontró nuevos modos pastorales de anunciar la misma fe, puede ser aceptada. Pero si insinúa que la Iglesia se comprende ahora desde su inserción en el mundo contemporáneo, entonces introduce una inversión peligrosa. La Iglesia no se entiende desde el mundo al que acompaña, sino desde Cristo que la envía. No existe para confirmar a la humanidad en su camino histórico, sino para llamar a todos los pueblos a la conversión, a la gracia y al reinado de Dios.

El problema no es hablar con el mundo. El problema es olvidar que la Iglesia habla al mundo como enviada de Cristo. Y entonces surge el peligro de que la Iglesia acabe mirándose en el mundo para saber quién es. Y esto es una verdadera tragedia.


3 respuestas a «Magnifica Humanitas y el “punto de inflexión” conciliar. Comentarios a la encíclica Magnifica Humanitas»

  1. Me temo que el presunto «punto de inflexión» conciliabular se remonta a los días del homosexual de Montini… un sujeto, a todo esto, con un historial CRIMINAL muy jugoso.

  2. Hablando del degenerado y criminal de Montini, decir que fue apartado del Vaticano cuando fue pillado in fraganti Alighiero Tondi, secretario personal de Montini, con un pase dado por este mismo Montini, en los archivos realizando copias de los obispos y sacerdotes enviados detrás del Telón de Acero donde eran detenidos, encarcelados, torturados y/o asesinados, esto sucedió en 1953. Poco después Montini fue apartado del Vaticano y ¡sorprendentemente! enviado a Milán. Tondi, después de cumplir 2 años de condena, se trasladó a la URSS, pero nuevamente volvió al Vaticano cuando Montini usurpó la Silla Petrina.
    Llama la atención que en vida de Pío XII, este mismo envía a Montini una Carta muy especial. Esta Carta de Pío XII a Montini de 29 de mayo de 1958 es un documento considerado como “magisterial e histórico” centrado en la condena y denuncia de la Masonería. El contenido y la intención de esta carta es difícil de darle validez, máxime una vez llegado los masones al control del Vaticano (me recuerda al tercer secreto dado por la Virgen María en Fátima). Solo decir que Pío XII fallece pocos meses después (9 de octubre de 1958) más que posiblemente envenenado por su propio médico Riccardo Galeazzi-Lisi, quien realizó el embalsamamiento del cadáver que posteriormente explotó, evidentemente con intención de ocultar dicho envenenamiento.
    Lo que más llama la atención, es el prácticamente inexistente ESTUDIO BIOGRÁFICO de esta bestia satánica que fue Montini como degenerado y criminal. El mayor aporte documental sobre la bestia de Montini corresponde al Padre Luigi Villa (quien sufrió diversos atentados a lo largo de su vida). De generalizarse los estudios sobre este siniestro personaje de Montini, se entendería perfectamente, por gran parte de los fieles católicos, la actual situación de la Iglesia.

Deja una respuesta

Normas: los comentarios son responsabilidad única y exclusiva de quien los inserta. Esta web ni asume, ni alienta ninguno de ellos. Quien se sienta ofendido por alguno, deberá inexcusablemente dirigir su queja de inmediato (plazo máximo 7 días según Ley Orgánica 2/1984) a nuestro correo en "CONTACTO". De no hacerlo así se entenderá que no se siente ofendido, así como que renuncia a cualquier clase de reclamación a que pudiera tener derecho.

Los campos obligatorios están marcados con *


Pulse para escuchar el texto