Manuel Romero Sánchez-Herrera, un heroico farmacéutico ciudadrealeño contra el Frente Popular

Manuel Romero (imagen gentileza de José J. García)

Manuel Romero Sánchez-Herrera, nació en 1896 en Pozuelo de Calatrava (Ciudad Real), falleciendo en dicha capital manchega en 1984. Se licenció en Farmacia por la Universidad de Madrid en 1920, ejerciendo dicha profesión en Ciudad Real donde regentó su propia farmacia, siendo también jefe de la Farmacia del Hospital Provincial, secretario, tesorero y presidente del Colegio Provincial de Farmacéuticos de Ciudad Real y vocal de la Unión Farmacéutica Nacional. Fue director del «Boletín del Colegio de Farmacéuticos de Ciudad Real», donde público diversos artículos, como también en «La Voz de la Farmacia» y además escribió composiciones literarias, tanto en prosa como en verso durante los años de 1916 a 1930. Tenía un hermano, César, cuatro años menor que él, auxiliar de farmacia de profesión, afiliado al PSOE y a la UGT, detenido y encarcelado por los sucesos revolucionarios de Octubre de 1934, puesto en libertad en 1936, fue presidente de la Casa del Pueblo socialista de Ciudad Real, llegando durante la guerra a comisario político de la 39ª División del ejército frentepopulista, marchando a Méjico al finalizar la contienda, muriendo allí en 1953.

Manuel Romero, hombre de relevante personalidad, era presidente del Comité Local de Unión Republicana de Ciudad Real cuando comenzó la contienda 1936-39, habiendo pertenecido a la breve Unión Patriótica fundada por el Gral. Miguel Primo de Rivera durante su mandato dictatorial, presenció unos hechos el mismo 18 de Julio de 1936, recién llegadas las primeras noticias del alzamiento en África, que le impactaron sobremanera, los cuales contaría posteriormente así:

«De la calle (…) un griterío ensordecedor, voces airadas, que les obligópor curiosidad y alertados a salir rápidos a la puerta del establecimiento (su farmacia).

A una distancia no superior a diez metros, vieron el desarrollo de una escena inhumana, bochornosa. Diez hombres vestidos con ropa de sacerdote, más bien de fraile; colocados de dos en dos, marchaban en fila, atados los codos y sujetos con una soga al cuello. Un número crecido de mujeres, desarrapadas, calzadas con alpargatas, originaban el escándalo. Pedían la muerte, el castigo de los frailes; no sólo se limitaban a insultarlos, sino que a su rostro pálido y demacrado arrojaban baba, saliva a los indefensos detenidos.

Los guardianes, esbirros que los conducían, dejaban en libertad a la furia, llegando algunas de ellas a utilizar alfileres que clavaban en las carnes de los indefensos mártires.»

«Euskadi Roja» Nº 74 (17/12/1936)

A partir de ese instante, y dado que las autoridades, el gobernador civil y el alcalde, con los que habló sobre lo que ocurría, no sólo se lavaron las manos, sino que incluso ampararon e impulsaron actos vandálicos similares, así como el saqueo de propiedades de todo tipo, incluida la catedral de la ciudad, decidieron a Manuel Romero a tomar partido por los alzados, dentro de sus posibilidades, lo que hizo durante toda la guerra, pues Ciudad Real estuvo siempre, hasta el final, en posesión de los frentepopulistas.

Con gran decisión, demostrando heroico valor y no cabe duda que con una habilidad muestra de su inteligencia, así como amparándose en el ascendiente que su personalidad tenía, organizó y dirigió en la capital manchega una sólida red quintacolumnista, ayudando a los perseguidos por la furia frentepopulista.

En su domicilio de la calle de Toledo, en cuyos bajos se situaba la farmacia de su propiedad, Manuel Romero mantuvo escondidas durante toda la guerra a una veintena de personas de toda clase y condición, según él mismo contó después “desde una monja hasta varios desertores”, a quienes alimentó con los suministros que periódicamente le traía el «tío Engorda», pseudónimo de uno de sus más eficaces colaboradores de la red, persona de especial carisma residente en el caserío “Los Chorruscos” (en los aledaños de los Montes de Toledo), cercano al castillo de Prim, en término municipal de Porzuna, encargado de llevar mensajes al herrero de la finca “Los Cortijos”, quien a su vez los hacía llegar a Talavera, desde la cual, el farmacéutico Leopoldo Nieto los hacía llegar a la dirección del Servicio de Información y Policía Militar (SIPM) nacional, que dirigía el Col. José Ungría Jiménez, siendo su jefe en la zona central, de la que dependía Manuel Romero y su red, el Col. Francisco Bonel Huici, cuya sede se ubicaba en La Torre de Esteban Hambrán (Toledo), cerca de Torrijos. Asimismo, alimentó también a los familiares de algunos de los que, por desgracia, habían sido asesinados por los frentepopulistas, así como a las monjas de las Hermanitas de la Caridad expulsadas del Hospital Provincial del cual, como se ha dicho, él era jefe de su farmacia.

Cartel frentepopulista alertando contra la «quintacolumna» nacional

Manuel Romero, valiéndose de su cargo de presidente del Colegio de Farmacéuticos de la provincia, extendió su labor de amparo y ayuda a muchos de sus compañeros perseguidos en sus respectivos pueblos “Aprovechando el rumor muy extendido, que los fascistas cualquier día bombardearían con gases venenosos toda la provincia, nació la propuesta de crear una Compañía de anti-gas», excusa y hábil pantalla que se tragaron los dirigentes frentepopulistas con la que pudo concentrar en Ciudad Real a una veintena de farmacéuticos puestos en sus pueblos en el punto de mira de los respectivos comités revolucionarios frentepopulistas. Manuel Romero los solía reunir por las tardes en la sede del Colegio de Farmacéuticos para, según decía, hacer prácticas de cómo actuar en caso de necesidad, o sea, de ataque con gas de parte de los nacionales, aunque lo que hacían era escuchar las charlas radiofónicas del Gral. Queipo de Llano que trasmitía desde Sevilla.

Además de lo dicho, y gracias a su ascendencia, Manuel Romero consiguió aliviar en no poco la difícil situación de muchos, logrando para ellos un trato de favor en la Prisión Provincial, gracias a que el director era buen amigo suyo, así como consiguió que muchos jóvenes no fueran reclutados o, al menos, consiguieran destinos alejados del frente, tales como oficinas en la Comandancia Militar frentepopulista de Ciudad Real, Depósitos de Intendencia o Batallones de Retaguardia:

“Mientras las unidades de combate de nuestro glorioso Ejército Popular –escribía– están llenos de hombres de edad avanzada que voluntariamente partieron para el frente y de hombres enfermos para los que el ejército de la guerra es extremadamente penoso, los cines, cafés y paseos de nuestra capital se ven siempre concurridos por la eterna colección de niños peras, fascistas o semifascistas, a los que por lo visto no hay forma de hacer que empuñen las armas. Ya no tienen miedo de ninguna clase. Un magnífico carnet o certificado acredita que prestan sus servicios en tal o cual sitio” (Diario frentepopulista Unión, Enero de 1938). Especialmente meritoria y arriesgada fue la que realizó Manuel Romero para lograr el pase a zona nacional de aquellos cuya permanencia en zona frentepopulista se tornaba especialmente peligrosa: “Existía una red de agentes campesinos, llamados el Monos, el Manco, etc., los cuales, mediante el estipendio correspondiente, fletaban con frecuencia y seguridad expediciones de elementos de derechas que querían pasar a la zona nacional. El traslado se llevaba a efecto por las sierras limítrofes de las provincias de Ciudad Real y Toledo, para terminar en la vanguardia fascista”.

Como es natural, tan importantes actividades no dejaron nunca de levantar las sospechas de los frentepopulistas, así como de alimentar su inquina contra él.

Cartel frentepopulista alertando contra la «quintacolumna» nacional

Ya a principios de 1937, el dirigente comunista, Daniel Sánchez Vizcaíno, publicaba el 8 de Enero un artículo en la prensa provincial en el que denunciaba las actividades de Manuel Romero incitando a colaborar en la eliminación de todos los que ayudaban a los «fascistas»: “No podían salirle mejores colaboradores a Franco. Tener agentes gratuitos que a la vez sabotean el reclutamiento antifascista, pasan por salvadores y líderes del pueblo. Pero que se anden con cuidado los tales individuos porque ya han sido descubiertos y pudieran pasarlo muy mal”. Y es que tenía razón el denunciante, pues Manuel Romero basaba su eficacia en buena medida en haber logrado situar a buena parte de su red en el interior de los propios partidos y organizaciones frentepopuliostas de la provincia, logrando así neutralizar los golpes que, tras este primero, seguirían después.

En Mayo de ese mismo año de 1937, en un mitin del PCE, Domingo Cepeda, otro de sus dirigentes, acuciaba de la siguiente forma: “Es preciso limpiar la retaguardia de enemigos, no sólo de estos enemigos más o menos declarados, sino también de nuestras organizaciones, que si en el Partido Comunista hay que fusilar a alguien, seremos nosotros los primeros en fusilar, para que nadie tenga que venir a fusilarlos y que las demás organizaciones hagan lo mismo”.

Incluso, el 27 de Julio, también de 1937, la Federación de Trabajadores denunció al Gobierno Civil las actividades de Manuel Romero y los suyos: “Hace unos días que el camarada Lázaro Serrano Carreras, que ha estado tres días en esta Prisión Provincial vino a denunciarnos que en esta Prisión existían diferencias de trato entre los reclusos de izquierdas y de derechas, disfrutando de la libertad que dentro de la Prisión existe así como también del buen trato que merecen por parte de los empleados los elementos de derechas”. La investigación abierta por el gobernador civil dio la razón al sindicato socialista, pero no tuvo consecuencias prácticas ni para Manuel Romero ni para sus amparados.

Cartel frentepopulista alertando contra la «quintacolumna» nacional

No obstante, algunos de los componentes de la red de Manuel Romero acabarían siendo detenidos y fusilados, no sin antes sufrir los duros interrogatorios de los miembros del terrorífico Servicio de Información Militar (SIM) frentepopulista creado por el socialista Indalecio Prieto a instancias de los asesores soviéticos, interrogatorios en los que entre otras cosas, y como poco «…las víctimas eran golpeadas con porras y se les obligaba a beber una solución cáustica que les quemaba la boca” (Julius Ruiz, «El terror rojo, Madrid, 1936»).

Conforme la guerra fue girando más y más de parte de los nacionales, la presión sobre la red de Manuel Romero, como sobre otras quintacolumnistas de la zona frentepopulista, fue aflojando en intensidad, toda vez que muchos dirigentes comenzaron a optar por favorecer a los perseguidos con la intención de hacerse perdonar sus crímenes, ayudando a «extender avales que llegan en aluvión a este Gobierno civil para recomendar a todo el que es detenido”.

Terminada la contienda, y si nandie aporta otros datos, Manuel Romero Sánchez-Herrera volvió a su quehaceres y vida habitual, sin dar importancia ni pedir recompensa alguna por su heroicidad, escribiendo sus memorias en 1970 que publicó en un librito de muy pequeña tirada y poca calidad de impresión, que pasó desapercibido, siendo hoy uno de esos escasos y difíciles de encontrar.

Fuente: además de prensa de la época: «Durandín, estampas de la guerra civil» (Manuel Romero Sánchez-Herrera, 1970)


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