María, abogada, medianera y corredentora

Queridos hermanos, la Santísima Virgen María, por encima de los ángeles y santos, es el especialísimo paraíso de la Santísima Trinidad. Ella sola, el rodeado de Ella inmediatamente, que es San José, y luego, por debajo, todos los bienaventurados que se sienten en Ellos, María y José, como hijos, nunca por encima de Ellos, ni igual a Ellos. María sabiéndose que es lo que es por gracia de Dios, y san José que es lo que es a  través de María. María por Dios, José por María.

¡Qué grandeza la de la Virgen Santísima! ¿Quién es María? No lo podemos imaginar siquiera. Pero, imaginando algo, podemos entender que hasta su propia creación, y todas sus gracias, pasaron a través de Ella. Tanta fue su humildad, que no la rechazó por Dios, no por Ella. Esa humildad abismal estaba en la mente de Dios, y por eso la aceptó.

Bien se puede decir que por no querer, no quiso ni su propia existencia, sólo la de Dios. Nunca apeteció su propio yo, como existencia; es más, nunca pensó en sí misma, sino en la Santísima Trinidad; nunca se tuvo en cuenta a sí misma; nunca se ocupó del pensamiento de sí misma, por bueno y santo que fuera.

María aceptó, sin rechazar lo más mínimo, la idea que la mismísima Trinidad tenía de Ella, por eso es Medianera de todas las gracias, hasta de las mismas gracias que ella tiene en sí. Pero aún más, María es la Mediación con la cual el Hijo eterno hace posible la Creación, la  Redención, la Justificación, la Santificación, junto con el Padre y el Espíritu Santo.

Ella no es solamente de sí misma nada, sino que jamás tuvo conciencia sino de la Divina Trinidad, y por la Trinidad misma, y no por Ella. María es un abismo que supera las conciencias de todos los bienaventurados, ángeles, seres humanos, y que ni en toda la eternidad se podrá abarcar su grandeza. Sólo Dios sabe quién es María en toda su amplitud.

María fue fiel a la misma idea que tenia Dios de Ella, y no  por Ella sino por Dios, y el plan divino de su propia existencia –de María- lo miró sólo desde Dios mismo. María siendo distinta de Dios, sólo sintió a Dios en sí.

Desde el primer momento de su existencia nunca se sintió a sí misma, sino sólo a Dios. Todo lo que son las Tres Divinas Personas se lo han regalado a Ella  por gracia. De manera tal que María es instrumento de Dios en todo y para todo, sin que Ella se tuviera en cuenta en nada. Toda su inteligencia era como si fuera la inteligencia de Dios. Toda su conciencia -sin dejar de ser conciencia de criatura, como la inteligencia- como si no fuera de criatura sino de Dios.

Nunca fue un abismo de conocimiento humano, sino un abismo humano de todos los conocimientos divinos, por la máxima gracia creada por Dios, que es María. No obrar como Dios es una imperfección, y María no tuvo ninguna imperfección. Porque en Ella se realizó en plenitud la perfección del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Ella sólo sintió a Dios, y no a sí misma.

Jesucristo es el mediador y autor de su propia sacratísima y divina humanidad, de su propio Cuerpo y Alma y de todas las gracias de su Cuerpo y Alma. Él mismo es por Sí mismo; y puede hacer, junto al Padre y al Espíritu Santo, de María instrumento de la Santísima Trinidad para todo. ¿Cómo no va a ser medianera, abogada y corredentora?  Lo que el Hijo ha realizado, Ella con Él lo realiza, no por Ella, sino por Él. Porque así lo ha querido la Divina Trinidad. En María sólo opera la voluntad Divina. María es la conciencia que Dios tiene de Ella.

María unida a la Obra redentora de su Hijo quedó asociada a ella, como el Padre y el Espíritu Santo. A la acción trinitaria de la Redención quedó unida María como Corredentora. Al pie de la Santa Cruz, mientras su Hijo culminaba la Redención, Ella se unía a ella en la plenitud divina, no porque Ella quisiera por sí misma, sino porque lo decretó la Santísima Trinidad. Nada es por Ella misma, sólo por Dios.

Donde está Dios está María. Donde  está María  está Dios. Donde está Jesucristo está María. Donde está María está Jesucristo. Donde está es Espíritu Santo está María. Donde está María está el Espíritu Santo.

Donde no está María, no está ni el Padre, ni el Hijo ni el Espíritu Santo. Donde no está María no está Dios. Quien no tiene a María por Madre, no tiene a Dios por Padre.

Quien no conoce a María no conoce al único Dios, Uno y Trino.

María es la Medianera de todas las gracias, la misma Mediación, la Abogada y Corredentora de la humanidad; no por Ella sino por la mismísima y divina Trinidad.

Ave María Purísima.


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