Mártir Álvaro Santos Cejudo

Santos Cejudo

Álvaro Santos Cejudo, nació en Daimiel (Ciudad Real) en 1880. Novicio lasaliano desde los trece años, pasó ocho en ese instituto, dando clases a niños del barrio de Ventas. Por dificultades familiares, tuvo que volver a la vida seglar, se estableció en Alcázar de San Juan (Ciudad Real), se casó y tuvo siete hijos antes de morir ella en 1931. Hombre de profunda piedad y devoción al Sagrado Corazón de Jesús –cuando pasaba con el tren por Getafe, disfrutaba viendo el Monumento del Cerro de los Ángeles, lugar por el que sentía profunda veneración–, dos de sus hijas se hicieron religiosas trinitarias. Rezaba cada día el Santo Rosario, iba a Misa todos los días que podía, era adorador nocturno. Muy conocido por su activa defensa de la Fe en el entonces muy hostil ambiente ferroviario, sin precaución ni respeto humano alguno.

Detenido el 2 de Agosto de 1936 por milicianos frentepopulistas con la solas excusas de sus firmes convicciones religiosas, exclamó: “¿Qué vais a hacer conmigo?, ¡Que sea lo que Dios quiera!”. Momento en el que salvó la vida por poco.

Fue trasladado al depósito de Santa Cruz de Mudela junto con otros presos de algunos de los cuales se tiene testimonio de sus comportamiento. Ni que decir tiene de las condiciones deplorables en que se mantuvo a los allí encerrados. Una de las reflexiones más impactantes que se recuerdan de Santos Cejudo durante su cautiverio es la siguiente: “Cuando somos bautizados se nos perdona el pecado original, pero cuando derramamos la sangre por Jesucristo, como la derramaré yo, se nos perdonan los pecados de toda la vida. Nunca seremos probados más allá de nuestras fuerzas. Dios es muy bueno. Mis enemigos no podrán nunca hacerme más daño que el que Dios les permita”.

Durante su prisión, le visitaban su hermana y su hijo varón para llevarle de comer, aunque no podían dirigirle la palabra por orden de los vigilantes.

El 17 de Septiembre, cuando su hijo fue a llevarle la cena, le dijeron que lo habían trasladado a Alcázar de San Juan para tomarle declaración. Supieron entonces que lo habían encerrado en el convento de los Trinitarios, convertido en prisión, curiosamente la misma iglesia en que tantas noches Santos Cejudo había participado en la Adoración Nocturna. Esa misma noche lo sacaron de la iglesia, le llevarlo al cementerio y le fusilaron. Sus últimas palabras fueron “¡Viva Cristo Rey!”. Tenía 56 años.


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