Mártir Bartolomé Rodríguez Soria

Bartolomé Rodríguez Soria, sacerdote desde 1918, era párroco de Munera (Albacete) desde 1926. En 1926 fue destinado a la parroquia de San Sebastián de Munera. Fracasado el Alzamiento, toda la provincia se vio sometida al yugo frentepopulista, especialmente en su variante de persecución religiosa.

Detenido por milicianos frentepopulistas el 27 de Julio de 1936, fue encerrado junto con una treintena de personas en la pequeña sacristía de la parroquia, obligado a quitarse la sotana, dijo: «No tengo miedo, no. Mejor así pues ofendéis al hombre y no al sacerdote. Así será todo menos grave ante Dios».

A partir de ese instante y hasta el día 29 en que fallecerá, se le quiso obligar a cooperar en la destrucción de las imágenes de la iglesia, a lo que se negó rotundamente, comenzando entonces a recibir enormes palizas, privándosele de alimentos e impidiéndosele siquiera descansar en un sencillo colchón. El día 29 sufrió la última paliza en el curso de la cual entre varios milicianos le subieron al púlpito, arrojándole desde allí contra el suelo. Tendido y desangrándose, pidió ver a su madre, pero se lo negaron. Pidió agua, y sus captores se orinaran en su boca. Arrastrado a la sacristía de nuevo se le dejó en un colchón que hoy, manchado con su sangre, se conserva como reliquia. Pudo recibir la absolución de manos de otro sacerdote detenido con él pero que logró ocultar su condición. Un miliciano, al verlo tumbado en el colchón llegó a increparle: «¿Aún estás vivo?, ¡So perro!». A lo que Don Bartolomé contestó: «Os perdono».

Ahora testimonios más detallados de los testigos encerrados con él que sobrevivieron:

 –«no le oyeron una sola queja, pese a que el vientre se le hinchaba apresuradamente y los huesos de la columna vertebral, desunidos por las continuas palizas, ya no le permitían andar derecho. Con menos de un metro cuadrado de espacio por persona y una ventana encristalada junto al techo, la respiración se iba haciendo difícil para todos. Entonces fue cuando don Bartolomé sintió sed y vio cómo uno de los sicarios se le orinaba en la boca. El asombro de los compañeros de cautiverio creció cuando comprobaron que aquel abrir y cerrarse de los labios de su cura, no era para lamentarse, ni para escupir la suciedad, sino un continuo repetir de sus jaculatorias más preciadas. El padre Joaquín Ferragut, sacerdote escolapio, detenido también en el mismo lugar, aunque los rojos no llegaron a conocer su identidad, habíase abierto camino entre los presos y recibido la última confesión del mártir. Al darse cuenta de que la vida se le escapaba, sin darle tiempo a sufrir un poco más, don Bartolomé pareció recuperarse un momento. Abrió de nuevo los ojos, quiso incorporarse y pretendió cubrirse las amoratadas carnes con los jirones que de la camisa le colgaban desde los hombros. Estábase preparando para realizar el acto decisivo de su inmolación. Ninguno de los presentes sospechó lo que vendría después. La emoción creció súbitamente.

Don Bartolomé, impotente para realizar todo lo que acababa de intentar, miró al cielo un instante y luego, con admirable serenidad llamó a sus verdugos. De boca en boca de los detenidos fue corriéndose la voz hasta llegar a los guardianes. Cuando terminaron de apalear a uno de los detenidos, los verdugos entraron a ver qué quería el cura.

Don Bartolomé, pese a que su vista ya debía estar muy nublada, los reconoció enseguida. Este era el que de un empujón lo tiraba al suelo y aquel que venía detrás, el que le echaba un pie al cuello para así poderle golpear más tranquilamente, impidiéndole todo movimiento.

Al verlos, al reconocerlos, pareció alegrarse el moribundo y sus ojos se llenaron de vida. No les guardaba rencor por haberle impedido despedirse de su anciana madre, ni por quitarle el colchón, ni por los golpes feroces con los que le destrozaron el cuerpo, y ni siquiera por la sucia bebida que, entre risotadas, le habían vertido en la boca poco antes. Todo eso ya lo había olvidado aquel santo varón.

Ahora quería decirles algo trascendental. No iban a ser ni los inexistentes secretos sacramentales que ellos pedían, las blasfemias con que se hubieran contentado unas horas antes. ¡Era algo más grande!, ¡algo más sublime y espiritual!

Don Bartolomé les hizo acercarse hasta poderles coger las manos. Ellos se las dieron, casi sin saber lo que hacían. Entonces, aquel hombre que moría desgarrado cruelmente, reunió todas las fuerzas que le quedaban y les dijo que les perdonaba cuanto de malo habían hecho con él, ¡que les perdonaba de todo corazón!, y después, en prueba de lo que acababa de decir, les besó emocionado las manos que seguía aprisionando cariñosamente entre las suyas.

Una vez cumplido aquel deber cristiano, se dejó caer de nuevo sobre la losa ya salpicada con su sangre (que se conserva, como puede verse en la fotografía, en la actual capilla donde reposan sus venerados restos). Mientras tuvo alientos, don Bartolomé siguió repitiendo sus jaculatorias:
-¡Por tu pasión, Jesús mío!, ¡por tu pasión!”


4 respuestas a «Mártir Bartolomé Rodríguez Soria»

  1. ¡¡¡ Recemos para que el insigne Bartolomé Rodriquez Soria (benditos sean sus padres) …,
    nos ayude desde el Cielo, poder alcanzar conocimiento sobre su sacrificio …,
    y adquirir valor y perdón (muy difícil) …,
    GRACIAS !!!

    1. Estimado seguidor… «anónimo»: ¿trola?… la suya. Ante los testimonios acreditados, ante la verdad desgarradora, ante la barbarie acreditada, no tiene usted nada más que alegar que «trola» lo cual le deja donde da la impresión que está de siempre. Pues bien, quédese ahí. Saludos cordiales

    2. Es perfectamente comprensible que un tele-visor, radio oyente y puntual lector de la prensa del movimiento -toda, hasta el abc, con tintes marxistoides más o menos evidentes-, crea que este tipo de situaciones, que ocurrieron a miles, son una trola. En fin, es una lástima … para ud.
      Lo que no entiendo es porqué gente como ud. vienen a este tipo de páginas a faltar al respeto, porque ud. sabe muy bien que ésa es su intención, aunque debo decirle, insistirle, que lo único que produce es lástima, por estar tan lejano a la Verdad. Pero no se desanime, aunque debe ir pensando en leer cosas nuevas, variadas, distintas, que le abran una nueva perspectiva, que le limpien tanto el cerebro, que está severamente dañado, es evidente, como la mente, henchida de odio, rencor y re sentimiento.
      Salvo que lo de trola venga de trol, y esté ud. desempeñando una función, repleta de odio, porque de eso sí que saben Uds. mucho.

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