Mártir P. D. Diego Balmaseda López (in memoriam) (66)

P. D. Diego Balmaseda

Antes de que sea delito contar lo sucedido (como ya desde 1995 es delito tratar ciertos temas de la religión oficial de la segunda guerra mundial), vamos a recordar el martirio del sacerdote D. Diego Balmaseda López, asesinado el 17 de agosto de 1936 por los que hipócritamente tachan a Franco de asesino.

Diego Balmaseda López nació el 27 de agosto de 1876 en la localidad de Castuera (Badajoz).

Inició sus estudios esclesiásticos en el Seminario de San Ildefonso de Toledo, que terminó en el Seminario de San Pelagio, en Córdoba. Siendo ordenado presbítero en el año 1900.

Siendo coadjutor en la localidad de Montoro (Córdoba) en 1920 se le diagnostica una enfermedad reumática muy dolorosa que le impide continuar desempeñando este puesto, y se le asigna destino en la localidad de Cabeza del Buey (Badajoz). Quienes llegaron a conocerlo afirmaban su carácter sencillo y afable con todo el mundo.

Milicianos

El clima de odio anticristiano  que se había ido preparando en las logias y en las casas del pueblo sin solución de continuidad desde mucho antes de la proclamación de la República en 1931, explota tras las elecciones fraudulentas de febrero de 1936, y llega también a Cabeza del Buey. En mayo de 1936 son derribadas todas las cruces y símbolos religiosos del pueblo situadas en lugares públicos (Cruz de Alcántara, Cruz de Aguaneva, la de Santiago, la de San Roque, la de Belén, y muchas otras).

Mientras que en otros pueblos de la zona, hubo movimientos para hacer triunfar en los mismos el Alzamiento Nacional, no fue así en Cabeza del Buey que todo estuvo tranquilo hasta que el alcalde rojo y los cabecillas de los partidos y sindicatos formaron un comité revolucionario al frente del socialista Justo Vigara Cerrato, y del que, entre otros,  formaba parte como Vocal de “Instrucción y Justicia”(?) Dionisio Gallardo,   y se creyeron con el derecho de echar puertas abajo, violar domicilios, a sus moradoras,   robar todo los que les alcanzara la mano, detener a cuantos les venía en gana, así como profanar y destruir el rico patrimonio religioso.

Moisés Méndez y su esposa Mª Luisa (parece ser que ésta última era catequista), vilmente asesinados.

Apenas había pasado un mes, el 13 de agosto de 1936, unas cuarenta personas que el Comité revolucionario tenían ilegalmente detenidas fueron fusiladas en las tapias del cementerio.  La actividad criminal no por ello cesó sino que se siguió asesinando hasta superar sobradamente el número de 100 asesinados, como fue el caso  de otra tanda de asesinatos cometida en noviembre de 1936, o el caso del matrimonio formado por D. Moisés Méndez-Benegassis y su esposa Dñª. Mª Luisa Sánchez-Arévalo que habían conseguido llegar a la localidad de Zalamea de la Serena donde habían sido detenidos, y una comisión del Comité revolucionario de Cabeza del Buey se desplazó a Zalamea,  y el 27 de agosto el matrimonio y un empleado que había querido marchar con ellos y les acompañaba, fueron salvajemente asesinados, no sin antes violar a la esposa por toda la caterva de desalmados.

Rojos españoles en 1937. Obsérvese que todas las pistolas son rusas. En manos de este tipo de gente quedaban las poblaciones en poder de las autoridades rojas, y cometían todo tipo de desmanes.

La tragedia de la persecución religiosa en España está plagada de hechos heroicos y tremendos.  Como ha quedado dicho anteriormente, la madrugada del día 13 de agosto de 1936 los rojos sacaron a estas 40 personas que tenían encerradas en la iglesia, (gentes consideradas cristianas, o de derechas, catequistas, algún falangista, etc.) y entre ellas el cura párroco D. Julián Rivas, el Capellán de las Carmelitas de la Caridad D. Andrés Serrano, y el coadjutor de la parroquia que era D. Diego Balmaseda,  y los llevaron a la tapia del cementerio para asesinarlos sin más.

Milicianos

El párroco y el capellán, entre otros,  resultaron muertos, pero D. Diego Balmaseda aunque resultó gravemente herido, no estaba muerto, de ello se percató el falangista D. Jacinto Gómez-Bravo Donoso, que había sobrevivido también él al fusilamiento. Éste, en lugar de huir, se compadeció de su compañero de infortunio, una persona además muy querida en el pueblo, y cargó a cuestas con el sacerdote durante kilómetros,  -a pesar de estar también herido (todos acababan de ser fusilados)-, y al fin consiguieron llegar a una finca (El Enjugadero) donde ambos se escondieron, y donde con los pocos medios de que contaban D. Jacinto Gómez-Bravo trató de curar las graves heridas del sacerdote. Así aguantaron hasta el 17 de agosto en que un jornalero los denunció, y de nuevo fueron apresados.

Jacinto Gómez-Bravo pudo haber huido, pero no quiso hacerlo abandonando al Sacerdote herido. Pagó muy caro su gesto de generosidad, los rojos lo mataron como a un perro. El destino del Sacerdote fue aún peor, todavía malherido por el fusilamiento, se lo echaron de comer vivo a las ratas del cementerio.

Milicianos «muertos de hambre»

Un miliciano quedó tan horrorizado con la escena de las ratas mordiéndole la cara y devorando a aquella pobre persona que después de unos minutos no pudo soportarlo más y lo acabó de matar aplastándole la cabeza a golpes con un escardillo.

Miliciano rojo, (parece sacado de un manual de criminalística de César Lombroso).

Con la excepción que ahora se dirá, nunca se hizo Justicia,  como en la mayoría de los casos nadie quiso delatar a los asesinos ni al jornalero delator, cuyos actos quedaron impunes.  La única justicia es que el jefe del comité revolucionario de Cabeza del Buey,  Justo Vigara Cerrato, responsable principal pero no único de los fusilamientos y las violaciones,  fue detenido al final de la guerra, juzgado por un Tribunal,  fue condenado a muerte para Gloria de la Justicia Nacional,  y ejecutado en Ocaña (Toledo) el 28 de noviembre de 1944.

Esta es la “memoria histórica” que pretende la izquierda que quede prohibido que de esto pueda hablarse jamás, porque en la actualidad y ocupando los puestos del Estado y del Poder Judicial hoy día hay muchos “Justo Vigara Cerrato”, dispuestos a seguir cometiendo atropellos, esta vez desde la impunidad que le otorgan sus cargos en el Gobierno, el Congreso, la Universidad, la Fiscalía y en los altos tribunales.

Tapia del Cementerio de Cabeza del Buey donde los rojos asesinaban a la gente.
Una modesta Cruz recuerda el lugar en memoria de aquellos desgraciados

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