Matar la ilusión.

Decidimos llevar a nuestros nietos al circo por primera vez; una confesión ahora que no nos oyen: mayor ilusión había en nosotros que en ellos. Les habíamos hablado largo y tenido de lo que eran capaces de hacer los animales. Y… qué desilusión. No es que los artistas lo hicieran mal, no. Es que el circo ya no lo es. No hay magia, porque no hay ilusión. Y no la hay porque no había animales.

Nuestros nietos ya no pueden sentir aquella tensión, aquella ilusión, cuando el domador, tras armar la jaula, la llenaba de tigres y leones que, fieros, pero nobles, a su voz, saltaban de un taburete a otro, atravesaban un aro de fuego, rugían como en la selva pero sin dar miedo, saludaban con sus garras al público y permitían que su domador metiera la cabeza entre sus fauces sin rozarle ni con la lengua.

Qué ilusión, qué impresión la de aquellos elefantes inmensos que adornados cual maharajas eran capaces de subirse en una estrecha banqueta, ponerse de patas y saludar. Que desplegaban y recogían sus enormes trompas al ritmo de la música, que ponían sus grandes patas encima de la cara de su domador sin hacerle ni un rasguño.

Qué ilusión, qué nobleza la de los perritos, pasados por el peluquero, aseados, afeitados, moviendo sus colas encantados, llenos de alegría, audaces, veloces, a la espera de una golosina que el domador les daba casi a escondidas.

Qué ilusión, qué belleza al ver aquellos caballos con sus penachos de colores, que en fila o en grupos de tres o cuatro giraban por una pequeña pista haciendo cabriolas imposibles, luciendo sus esbeltas figuras, demostrando al ponerse de manos su potencia hercúlea, su nobleza de brutos, dejándose cabalgar de pie por su amaestrador.

Qué ilusión, que gracia la de los monos saliendo todos a una vestidos de etiqueta, bulliciosos, rápidos, ágiles, que se diría casi humanos.

Qué ilusión ver el desfile final, cuando el espectáculo se acababa sin haberse dado uno cuenta del tiempo transcurrido y a dos metros de nosotros pasaba toda la corte animal engalanada a maravilla, los gordos elefantes, los fieros leones, los tigres rayados, los caballos en perfecta formación, los camellos masticando con parsimonia, los perrillos ladrando, los monos bulliciosos saltando sin ton ni son, mientras el público aplaudía a rabiar, especialmente los chavales que no sabíamos de videos, ni de juegos electrónicos, ni de móviles, ni de otros artilugios malditos, pero que ya pedíamos a nuestros papas volver al circo a ver… a nuestros amigos los animales en los que sin saber por qué habíamos descubierto, con ese sexto sentido que sólo tienen los niños, nobleza, valor, habilidad, tesón y  superación, todo lo cual, no sin grandes exageraciones, estábamos deseando contar a nuestros amigos del colegio. Qué ilusión en nuestras caras, qué ilusión en nuestros corazones.

Pero ya no puede ser. Los chavales de ahora y los del futuro ya no van a poder ver a los miembros del reno animal demostrando sus capacidades y sus destrezas. Por imposición «democrática» de una cuadrilla de miserables que nunca han tenido ilusión, que carecen de corazón, se les impide saber que, aunque animales, son hábiles, inteligentes, intuitivos, graciosos, valientes, amables, esforzados, bellos. No, ahora nuestros nietos, y los de ellos –qué poco los quieren–, sólo podrán verlos en el zoo sesteando, aburridos, holgazanes, comiendo o ciscando.

Llegará un día en que los chavales crecerán pensando que los animales no son capaces de nada más que de nacer, alimentarse, reproducirse y morir; a lo mejor entonces deciden «democráticamente» que para lo que hacen es mejor dejar sólo a unos cuantos de muestra en el zoo  y exterminar a los demás.

Ya no hay animales en los circos. Ya no hay ilusión en ellos. Matar la ilusión es el paso definitivo hacia nuestra merecida extinción. Caminamos cada día más hacia una sociedad sin ilusión y, por ello, deshumanizada, perdida sin remisión. Despertemos y no nos conformemos. 

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