Mi alma está sedienta de Ti, Señor mi Dios

Cuando leemos pausadamente el salmo 62:

Oh Dios, Tú eres el Dios mío, a Tí te busco ansioso; mi alma tiene sed de Ti, y mi carne sin Ti languidece, como (esta) tierra árida y yerma, falta de agua.

 Así vuelvo mis ojos hacia Ti en el santuario, para contemplar tu poder y tu gloria; porque tu gracia vale más que la vida, por eso mis labios te alabarán.

Así te bendeciré toda mi vida y hacia tu Nombre levantaré mis manos. Mi alma quedará saciada como de médula y gordura, y mi boca te celebrará con labios de exultación, cada vez que me acuerde de Tí en mi lecho y en mis insomnios medite sobre Ti; porque en verdad

Tú te hiciste mi amparo, y a la sombra de tus alas me siento feliz. Si mi alma se adhiere a Ti, tu diestra me sustenta.

Los que quieren quitarme la vida caerán en lo profundo de la tierra. Serán entregados al poder de la espada, y formarán la porción de los chacales, en tanto que el rey se alegrará en Dios y se gloriará todo el que jura por Él; pues será cerrada la boca a los que hablan iniquidad”.

Vemos que este salmo nos ayuda a contemplar al Dios vivo y verdadero con el alma y el corazón puro. Que le podemos meditar en profunda oración. A pesar de que la sociedad esté totalmente disipando y destruyéndonos, llevándonos a la dispersión, para que no encontremos nada que nos lleve al interior de nosotros mismo. Es una sociedad suicida y asesina de lo más sagrado de nosotros mismos, que es nuestro interior. Por eso es cada vez más difícil meditar. Desgraciadamente la sociedad eclesial se ha humanizado y todo es el hombre, el nuevo nombre de Dios es hombre.

Nuestro Señor Jesucristo nos enseña que debemos amar a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como a sí mismo. Este mandamiento es claro. Todos sabemos lo que es amarse a sí mismo, algunos hasta con exageración.

Quien tiene verdadero amor de Dios, tendrá una gran facilidad para observar los demás mandamientos.

Ahora bien, ¿cómo amar a Dios si no lo vemos? De alguna manera podemos conocer a un artista por su obra. La Creación es la obra del Artista Divino y a través de ella podemos conocerlo.

San Buenaventura dice que: “el universo es la escala por la cual ascendemos hasta el Creador”. Y agrega: “la creación del mundo es como un libro, en el cual resplandece, se representa y se lee a la Trinidad Creadora en tres grados de expresión, a saber: como vestigio, como imagen y como semejanza“.

También existen en el universo los vestigios, la imagen, y la semejanza del demonio, que son el error, la fealdad y el mal.

En nuestra vida debemos tender a la búsqueda del Absoluto con a mayúscula que es Dios, y el rechazo de las semejanzas del demonio.

Nuestra alma está sedienta de absoluto. De tal manera que, o buscamos el verdadero absoluto o necesariamente iremos atrás de los falsos absolutos.

San Agustín dice: “Nos hiciste para Vos, Señor, y nuestro corazón está inquieto hasta que no reposa en Vos“.

Los falsos absolutos que tientan al hombre son el “absoluto” de la sensualidad y el “absoluto” del orgullo. El hombre sensual, como el orgulloso, quieren satisfacer ese hambre de absoluto con un auge de placer que ambos vicios le prometen… pero que no le dan.

El final de ese camino de inquietudes es la frustración, que lleva a todo tipo de descarríos, a la droga y hasta al suicidio. Esto podemos verlo con facilidad en el mundo que nos rodea.

Ahora, también podemos conocer a Dios a través de sus criaturas. Recordemos nuestra actitud de cuando éramos niños, cuando juntábamos nuestras manos para orar en contemplación. Recordar nuestra mirada inefable: una mezcla de reverencia, de respeto y de amor que armonizaba una gran facilidad para ver las “transparencias” de Dios.

Para nosotros, había hay algo en la vida que transcendía completamente la vulgaridad diaria. Y esto era un reflejo de Dios. No pensábamos en nosotros mismos. Estábamos completamente absortos en la contemplación de la realeza.

¿Qué nos ha pasado cuando nos hacemos adultos y perdido esa visión maravillosa? Precisamente hacer concesiones al mito de los falsos absolutos de que hablamos. Esas concesiones van tornando a la persona “ciega de Dios”, es decir, esa visión dorada de la creación, a través de la cual resplandece el Creador, se va tornando borrosa hasta desaparecer.

Nuestro Señor Jesucristo nos enseña que quien no se haga pequeño como los niños, no entrará en el Reino de los Cielos. (Mt. 18,3). La inocencia es el estado del niño aún no contaminado por el pecado, descrito en el Evangelio, y por lo tanto con una capacidad innata de maravillarse con las bellezas de la creación.

Pero, la inocencia no es un privilegio de la niñez. Ella puede mantenerse hasta el fin de la vida del hombre. Es la capacidad de establecer contacto con los “modelos ideales” que, después de la niñez, permanecen como sumergidos, pero que siempre pueden volver a la superficie. Siempre permanecen como una catedral sumergida por las aguas del pecado, pero que aún existe en nosotros. Las campanas de nuestra inocencia repican de vez en cuando y nos hacen escuchar una melodía interior, una nostalgia, una esperanza…


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