Mi carta al rey Gaspar

Me acabo de despertar. Por fin, tras una noche llena de magia e ilusión, hoy es día de Reyes. La fiesta de la Epifanía del Señor. Fuera, un día radiante, frío, pero de sol brillante hace presagiar una mañana en la que los niños inundarán calles y plazas para mostrar sus flamantes bicicletas, sus muñecas habladoras, sus cochecillos de brillante metal, sus pistolas de juguete o sus pequeños caballos emuladores de mil aventuras imaginarias.

En el salón, como cada mañana de 6 de enero, encontré, alborozado, los regalos que SS.MM. los Reyes Magos, en especial mi querido Gaspar, me dejaron durante la noche, esa noche que aguardé en vigilia silenciosa evitando el mínimo ruido que pudiese alertar a Reyes y pajes de que me hallaba despierto.

Junto a los paquetes, colocados al lado de los zapatos que dejamos cerca de la ventana a la que se asoma el Belén, unas pequeñas tarjetas delataban el destinatario de cada uno de los presentes dejados por sus Majestades en su nocturno periplo por todas las casas de nuestra querida España. Sin duda hemos sido buenos durante el año y eso, al final, ha tenido su recompensa.

Sobre la mesa, las copas de jerez de las que bebieron los Magos en su visita a nuestra casa, como mejor prueba de su inequívoca presencia a lo largo de las horas de un nocturno que, por la magia de la ilusión, resulta interminable.

Es mañana de Reyes y, como cada año, después de santificar la fiesta y besar, por última vez, en esta Navidad la imagen del niño Jesús, la razón última de ser de toda la celebración, correré a la plaza de Capitanía para asistir, como espectador, al marcial desfile de las tropas que celebran la Pascua Militar, otra tradición íntimamente ligada a España y a los españoles que, además de conmemorar la gozosa recuperación de la isla de Menorca en el reinado de S.M. Carlos III, sirve para que el Ejército, el pueblo en armas, se acerque a nuestro Rey.

Así, de esta forma, como cada año, celebraré a mi modo, la fiesta de la Epifanía del Señor, aquella en la que tres Magos, Melchor, Gaspar y Baltasar, venidos de las partes del mundo conocido y guiados por la mágica estrella, rindieron pleitesía al Niño Dios en su pesebre de Belén dejándole sus presentes como Dios, Rey y Hombre.

Rememoraré esta vieja tradición heredada de mis padres quienes, con un amor infinito, me enseñaron una buena parte de lo que soy, de lo que amo, de lo que respeto y que yo he tratado de transmitir a los que vienen detrás de mí.

Sin embargo, todo comenzó ayer. En el atardecer de ayer cuando salí a las calles de mi ciudad a encontrarme con esa mágica Cabalgata de magia e ilusión que transportó a SS.MM. los Reyes Magos a través de plazas y avenidas hasta llegar al Palacio Municipal donde fueron recibidos por la ciudad y sus regidores.

Intencionadamente me situé en un tramo del recorrido donde sabia que me iba a convertir en testigo de excepción de toda la trama; donde sabía que podría convertirme en protagonista de aquel mágico discurrir de carrozas, pajes y heraldos que forman la regia comitiva de los Magos de Oriente. Creo que lo logré.

Lentamente comenzó a discurrir ante mí la gran Cabalgata llena de colorido, de magia, de ilusión. A lo lejos, tras toda una zarabanda de zancudos, personajes de cuento infantil, heraldos y pajes, advertí la inequívoca presencia de las tres majestuosas carrozas de los Reyes. Los gritos, la expectación, el ansia por verlos pasar se advertían en las miles de personas que jalonaban el recorrido, especialmente en los más pequeños en cuyos ojillos, deslumbrados por la emoción del momento, se transmitía la ilusión de poder tenerlos cerca, de poder verlos pasar, de poder sentirlos próximos.

Primero pasó el viejo Melchor con su luenga barba blanca montado sobre una carroza de amplio velamen, evocando un navío que surcando los mares llegase a nuestra ciudad transportando a este Mago de leyenda, hacedor de sueños y deseos. Tras él, Gaspar, mi querido Gaspar, mi Rey por antonomasia. ¡Cuántos recuerdos!, ¡cuántas horas de tensa vigilia aguardando su visita al salón de casa de mis padres!, ¡cuántos sueños!, ¡cuánto cariño!, ¡cuánto amor fraternal!

Todavía recuerdo, ahora que lo miro con ojos de chiquillo, aquellas largas colas ante el edificio de la Terraza, sede por entonces del Frente de Juventudes, esperando con ansia ser recibido por él y poder susurrarle al oído todos y cada uno de mis deseos. Sentado sobre su regazo, escuchando sus cariñosas recomendaciones para ser cada día mejor, mientras me aseguraba que si era obediente y bueno me vería colmado de dicha y felicidad.

Incluso recuerdo, aquellas mañanas de 6 de enero, en que los tres mágicos personajes, con su séquito de pajes y flechillas de la O.J.E., visitaban mi casa donde mis padres los agasajaban con el tradicional roscón acompañado de una copita de vino generoso. Cuanta felicidad debían transmitir mis ojos y los de mi hermano cuando éramos sorprendidos por tan inesperada, aunque deseada visita.

Volví a mirarlo y por un momento sin posibilidad de ser medido por reloj alguno quise ponerme en su lugar. Ser Gaspar por un instante mágico, por un instante único e inolvidable. Cerré los ojos y mirando sólo con los del alma, con esos de niño con los que se ve la vida de una manera diferente e ilusionante, lo conseguí. Fui Gaspar por unas horas.

Montado sobre aquella carroza de velamen azul y blanco y columnas de orden clásico, recorrí las calles de la ciudad después del viejo Melchor y precediendo al otro mágico personaje de la gran noche de la ilusión: el Rey Baltasar.

Las recorrí mirando los rostros entusiasmados de los niños y niñas de mi ciudad. Escuchando sus aclamaciones, sus gritos nacidos del alma, sus peticiones pidiendo que no me olvidase de ellos en mi viaje nocturno por balcones y ventanas. De sus manos recibí sus cartas con las peticiones personales para ellos y los suyos, esas cartas que se escriben casi en secreto y que constituyen el mejor lazo de unión entre cada uno con la magia, con la esperanza, con la ilusión.

Vi a la niña de tintineantes ojos azules, vestida con su abriguito de paño de tonos cálidos y doble botonadura con su pelo recogido en un gracioso lazo; me miró a los ojos y en ellos descubrí de nuevo la inocencia, la bondad, la serenidad de quien sabe van a ser atendidos sus deseos, sus sueños. Con esa delicadeza infantil llevó sus manos a la boca y me envió el mejor de sus regalos, un beso nacido de su alma. Como poder negarle la bonita muñeca que días antes había visto en el bazar de la calle con nombre regio.

También vi al chiquillo repeinado de cazadora verdosa, de la mano de sus padres. Sonriente me saludó y emocionado me miró a los ojos transmitiéndome una ternura sin límites. Yo sé, en aquel momento lo supe, que había sido bueno durante todo el año y por tanto recibiría el caballito de cabeza de peluche con el que soñar aventuras inimaginables.

Por doquier, niños y niñas, padres y madres, jalonaban en ilusionante muchedumbre las calles del recorrido de la Cabalgata de la ilusión. Los miré a todos y cada uno de ellos. Allí estaban todos, desde mis simpáticos vecinos del tercero, el niño que de mayor quiere ser Policía acompañado de sus hermanas, como me miraron, con cuanta fe, con cuanta ilusión; junto a ellos otros, incluso aquellos venidos de lejanas tierras a las que nosotros supimos llevar esta hermosa tradición de los Magos de Oriente. Todos estaban allí y para todos tuve mi sonrisa y mi más sincera gratitud por haberme permitido ser de nuevo niño como ellos.

Abrí los ojos y volví a ser yo mismo. Elevé una silenciosa plegaria a Dios en la que le pedí por mi amada España, por sus tierras, por sus gentes, por sus niños; le rogué por mi ciudad y por quienes la rigen; le supliqué que jamás se pierdan nuestras tradiciones, esas que hemos heredado de nuestros mayores y muy especialmente hice votos para que ningún niño del mundo se quede, cada noche de la ilusión, sin su regalo de Reyes.

La Cabalgata, perdida ya en la lejanía, se había convertido en un mágico e inolvidable recuerdo de un tiempo en que, por el hechizo incomparable de la noche de Reyes, yo mismo fui Gaspar por un momento sin medida.

Corrí a casa. Sabía que mi mujer, amorosa como siempre, estaría esperándome con los míos para cenar al lado del viejo Belén de figuritas de barro y brindar por SS.MM. los Reyes Magos de Oriente para que el próximo año, si el Niño Dios lo quiere, podamos de nuevo reunirnos en noche tan singular recordando la mágica fiesta de la Epifanía.

A las doce en punto, tras elevar una oración ante el pequeño portal de Belén, mirando a los ojos al Niño Dios, hice que los Reyes Magos realizasen su último movimiento en los senderos del Nacimiento de figuritas de barro para postrase ante el Redentor y entregarle sus presentes de oro, incienso y mirra. Luego, en silencio, acompañado de mi mujer, el amor de mi vida, me fui para la cama esperando que todo aquello que pedí a Gaspar en mi particular carta se hiciese realidad en la mañana siguiente.

Así fue. Gracias querido Gaspar por haberme permitido ser tú por un momento y gracias también a Melchor y a Baltasar por ser Reyes de la ilusión, de la fantasía y del amor.

Blog del autor: http://cnpjefb.blogspot.com/


2 respuestas a «Mi carta al rey Gaspar»

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