Mi gran amigo Pepe se fue y… lo hizo entregándome su mejor regalo

Nos unió una gran amistad. Una amistad sincera, franca, llena de muy buenos momentos. Su alegría siempre fue un faro, una luz, un ejemplo. Jamás le vi triste ni enfadado. Así era Pepe. Ni en los peores momentos tuvo un mal gesto, todo lo contrario, pues supo siempre hacer de tripas corazón y… ¡qué gran corazón! Dechado de virtudes, tuvo dos que siempre admiré especialmente: la habilidad para decir a los demás la más cruda verdad sin que nadie se lo tomara nunca a mal y su acendrada españolidad.

Pero se acabó, porque tras un largo cáncer que llevó siempre con una sonrisa en la boca, aún en los peores momentos, Pepe se fue.

Pero antes de irse me dejó su mejor y más importante regalo que fue… la forma como se fue.

Me llamó un amigo común y me dijo que le había dicho su esposa que se moría. Fuimos juntos al hospital donde llevaba ingresado varios días. Y allí estaba Pepe, en la cama, sin poder hablar, porque el cáncer ya le había afectado al habla, y medio adormilado por la morfina de los paliativos.

Pero al vernos entrar, sus ojos se abrieron de par en par en una singular mezcla de sorpresa, pues sin duda no nos esperaba, y sincera alegría, que una amplia sonrisa terminó por confirmar. Me impactó.

Le dijimos un par de cosas, estuvimos unos minutos y, no queriendo molestar a la familia allí presente, esposa e hijos, nos fuimos.

No se me olvidará aquel instante. La serenidad de Pepe, su calma y absoluta naturalidad, como si nada tan trascendental estuviera pasando, como si aquel momento final fuera… tan sencillo, simple y natural como el menor de todos los que un hombre puede realizar. Cuando vio que nos marchábamos, subió la mano con el pulgar hacia arriba y la sonrisa aún más firme y esclarecida, gesto al que de forma mécanica, entre sorprendidos y descolocados, contestamos nosotros de igual manera.

Por unos instantes, de camino a casa, me puse en su lugar, en ese mismo en el que un día u otro, me dije, me he de ver yo también; salvo un accidente o ataque fatal.

Yo sabía que Pepe estaba preparado, porque un cura amigo le visitaba con regularidad y le administraba los sacramentos. Y… me di cuenta del gran regalo que me había hecho Pepe justo antes de irse: el de enseñarme a irme yo como él. Nada mejor ni más importante me regaló en toda su vida, en toda nuestra amistad. ¡Qué gran ejemplo y regalo! Esa forma de terminar con absoluta naturalida, sin darle importancia, conforme con la voluntad de Dios que es quien marca nuestras horas y… con una sonrisa.

Pocas cosas me hacen desde entonces tanto bien como, de vez en vez y de cuando en cuando, recordar esa visita y… ponerme yo en su lugar, en aquella cama, en mi instante final. ¡Cúan distintas se ven entonces las cosas de esta vida! ¡Y cuán natural, simple, sencillo y fácil se aprecia ese tránsito al más allá conforme a Su voluntad!!

Una  sugerencia: háganlo ustedes también y, de vez en vez y de cuando en cuando, pónganse en el lugar de mi gran amigo Pepe. Ya verán como también se lo agradecerán.


Deja una respuesta

Su dirección de correo nunca será publicada. Si la indica, podremos contestarle en privado en caso de considerarlo oportuno.*

Esta web utiliza cookies propias para su correcto funcionamiento. Contiene enlaces a sitios web de terceros con políticas de privacidad ajenas que podrás aceptar o no cuando accedas a ellos. Al hacer clic en el botón Aceptar, acepta el uso de estas tecnologías y el procesamiento de tus datos para estos propósitos. Más información
Privacidad