Millones de españoles desnudos y sin el referente de su rey

En la actualidad gubernamental y congresista, el fraude y el engaño no sólo son hechos puntuales, sino algo eficazmente estructurado para que su modo de vida, su sistema particular de intereses políticos funcione, en perjuicio de los gobernados. Estos políticos -salvo VOX-, que han hecho de la expoliación y la falacia su principal objetivo, y aspiran a que lo veamos como inevitable, necesitan la mentira para sobrevivir, una mentira absoluta que contraviene los intereses de la ciudadanía.

Bolcheviques y plutócratas, con sus consabidos cómplices, tienen entre sus fines el fomento del materialismo, que es una puerta abierta a la desesperanza, pues al ser una devaluación del mundo lo lleva a las limitaciones de la realidad, a lo que es en apariencia y no más. Los materialistas se burlan del idealismo que le confiere sentido y alcance.

Desde su perspectiva ideológica, la Naturaleza no es ya una claridad que nos impulsa al optimismo, sino algo cuya esencia se aleja de nosotros y donde el hombre es algo sucio. Ambos, hombre y Naturaleza, nos desvelan la fealdad y la crueldad, subrayadas por las desgracias de la época, siempre bajo la amenaza de violencias e injusticias. Envuelto en los cantos de sirena de los patopolíticos y sus esbirros, el hombre, frente a un universo que abandona la presencia del espíritu, piensa sobre todo en sí mismo, en su destino personal.

Es obligatorio esbozar una nueva concepción del mundo, un nuevo Renacimiento, una nueva fase de educación, de cultura y de justicia para que el hombre no se sienta solo, desamparado frente a las fuerzas oscuras que lo abducen y que no dejan de crecer en él. VOX, con su cuña parlamentaria, es una chispa de luz entre las brasas apagadas de la miserable casta política, pero en las actuales circunstancias el efecto de esa cuña no puede ser lo rápido que se precisa dada la velocidad con que los traidores están destruyendo a España.

Por eso, hasta que la cuña parlamentaria de VOX alcance la mayoría absoluta necesaria, hemos de exigir a la Monarquía y a las FFAA que, de la mano del pueblo soberano -del que manan los poderes del Estado-, sean leales a su mandato constitucional y cumplan su misión de defender la integridad territorial y el ordenamiento de lo que queda de la Carta Magna. Porque, no lo olvidemos, nuestra patria es una nación común e indivisible, de todos los españoles, y es la igualdad de todos nosotros lo que habremos de defender.

Hasta los más ignorantes debieran darse cuenta de que sin trasparencia y sin lealtad no puede existir una democracia. Sólo los sectarios son incapaces de ver que cuanto más numerosos y amplios sean los procesos de transparencia y más elevada la buena fe de los protagonistas, más alto será el nivel democrático.

¿Ha habido transparencia, lealtad y buena fe durante la nefasta Transición? Más concretamente: ¿se distinguen nuestras instituciones por estas virtudes o más bien por las contrarias? ¿Ha habido limpieza y legalidad en los Gobiernos -centrales y autonómicos-, en los Parlamentos, en el interior de los propios partidos, en las citas electorales, en el comportamiento de la Monarquía, de la Iglesia, de la Justicia, de la Universidad, de la inteligencia, de los medios informativos más influyentes? La respuesta es obvia: ¡no!

En esta terrible actualidad que padecemos, los magnates, los políticos y los gobernantes se comprometen no en beneficio de sus pueblos, sino en provecho propio; y se disputan los despojos con tanto menor recelo cuanto que su elevada situación les pone a cubierto de todo perjuicio que les puedan causar sus actos, combatiendo con toda la animosidad de los resentimientos personales, y no habiendo astucia, por inmoral que sea, a la que no recurran, ni abuso que se repute ilícito, siempre en aras de asegurar su provecho.

Hombres y mujeres sin reputación ni integridad aceptan sin reserva los dictados políticos más aberrantes y la política de la época se halla caracterizada por una astuta vileza, unos subterfugios miserables, una perversión soez y unas intrigas mezquinas. Por fortuna, una opinión política ninguneada y silenciada férreamente por todos los medios y los lóbis al uso, ha emergido a la actualidad al hilo de ese desperece de los españoles de bien, hartos ya de traiciones y podredumbre. Pero existe un problema: está dispersa.

Esos millones de españoles desunidos, sin el referente de un guía natural, que debiera ser su Rey, son sin embargo conscientes de que tendremos que elegir a muy corto plazo entre ser o no ser. Y ello es así a la vista de los inverosímiles actos -a cual más demente, pervertido y totalitario- de esta peste frentepopulista que se ha instalado en el poder destruyendo el sentido común y la decencia más elemental.

Ya no se trata de charlar, sino de conducir la nave. Es necesario ocupar los espacios correspondientes a la verdad, a la razón y a la libertad que en el actual Congreso han dejado vacíos los frentepopulistas y sus bardajes. A estas alturas es suicida andarse con sutilezas ideológicas entre los damnificados, dispersar los votos, o mirar para otro lado ante el terrible silencio de un Rey al que aún siguen justificando sus temerarios o incautos incondicionales.

Por mucho que cambien de caretas no se puede seguir votando a los partidos corruptos y dementes que nos han conducido hasta este infierno, sean de derechas o de izquierdas, nomenclatura ésta que no es sino otra trampa conceptual y lingüística con que tratan de limitarnos y confundirnos. Si cada uno es artista de su fortuna, los espíritus libres deben tener inteligencia y corazón para variar el curso de las cosas en estos tiempos terribles. Y llamar a las cosas por su nombre, aunque haya que denunciar o enfrentar ante su responsabilidad a lo hasta ahora sacralizado.

Y no es votando ni dando cancha a los de siempre, ni a las Instituciones que no están a la altura como puede conseguirse. Para rescatar a España de las garras de la cobardía y la traición, sobra la patulea política que nos ha traído hasta este cenagal, y que debe repartirse entre el frenopático, la cárcel y la cola del paro, pues debiendo defender a España, ha optado por la deslealtad o la hispanofobia.

Los españoles de bien saben que éstos son tiempos difíciles, que hay personas políticamente huérfanas, traicionadas por sus electos, pero con esperanza en el futuro. Recuerdan los valores aprendidos en sus casas, heredados de generaciones anteriores; rinden homenaje a los jueces y fiscales cuya honesta biografía los permite desdeñar las presiones de lóbis y gobiernos -que algunos hay-, así como al puñado de periodistas valientes que, velando por la independencia, el rigor y la objetividad informativa, no se arrodillan ante el poder; y confían en la parte sana del pueblo español que, a lo largo de su historia, en momentos complicados, jamás ha defraudado a su patria.

Tengamos, pues, fe en España, pero sin olvidar jamás el mazo, única razón que entienden los rufianes.


Una respuesta a «Millones de españoles desnudos y sin el referente de su rey»

  1. Me temo que de la Corona española no es sensato esperar mucho, mientras el trono esté «okupado» por un caballero de la Orden de la Jarretera… ¡británica!.

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