«Misal interior», por Manuel de Meer

Manuel de Meer

Manuel de Meer Méndez. Natural de Madrid, es militar de carrera y padre de familia. Ha publicado dos obras sobre el papel de los fieles en la liturgia bajo el título de Misal InteriorTeología de la participación y, más recientemente, Misal InteriorPráctica de la participación.

¿Por qué un libro titulado Misal interior: práctica de la participación?

Porque el concepto tan sonado de participación activa se ha manoseado hasta el punto de perder su sentido. Ahora por tal entendemos algo meramente exterior, sin embargo la verdadera participación activa es interior. Participar no es moverse, ni cambiar de postura, ni pronunciar palabras, ni comprender ideas; ni siquiera observar es necesario… es actividad, sí, ¡pero actividad del alma!

Y eso no quiere decir que no se pueda —o no se deba— manifestar tal actividad exteriormente. Pero semejante confusión hizo desaparecer los sencillos métodos que siempre usó el pueblo fiel —a la cabeza de los cuales estaba el Rosario— y que este libro viene a rescatar. Al que quiera ojearlo le parecerá novedoso, y hasta extraño; al que se atreva a ponerlo en práctica le costará trabajo adaptarse pues tenemos interiorizada esa idea errónea de participación.

¿Qué son esos métodos?

Bueno, entendemos por método todo texto o guía que nos ayuda a activar el corazón: en ese sentido seguir la ceremonia en la forma en que estamos acostumbrados no deja de ser un método más. Este libro recopila una serie de meditaciones de santos y teólogos —y de santos teólogos— escritas para ayudar a los fieles a participar con mayor fruto en Misa.

Pero no olvidemos que estos métodos —medios— están ordenados a excitar el alma —fin—. Por eso tenemos que entenderlos y usarlos con flexibilidad y, si lo pidiese el corazón, abandonarlos sin escrúpulos.

¿Qué ventaja tienen estas meditaciones para vivir la santa Misa?

Creo que presentan dos aspectos diferenciadores:

El primero de ellos es que, a diferencia de los ritos y textos de la Misa, están pensadas para mover el corazón. De esto no se sigue que aquellos no sean capaces de producir ese movimiento: lo son, y mucho. La Iglesia, al rodear lo esencial del misterio de todo un aparato externo, pretende mostrar la dignidad de semejante realidad; y esa manifestación del misterio, ese resplandor de la gloria de la Trinidad, esa belleza con que ha completado —perdonen el atrevimiento— la Belleza, no puede sino elevar las almas de los fieles hacia la contemplación: pero es una consecuencia del fin que persigue y no el propio fin.

Si no produce en nosotros ese efecto es porque nuestra insensibilidad es obstáculo. ¡Pero es que —con frecuencia— no lo hace! El solo hecho de que tantos y tan grandes personajes hayan sentido la necesidad de escribir estas meditaciones nos dice muchas cosas.

¿Son mejores entonces?

He hablado de diferencias porque quería evitar a toda costa la palabra «ventaja». Buscar aquí lo más perfecto es abandonar las realidades concretas de los fieles para remontarse al mundo de las ideas. La perfección real —la perfección posible— tiene que corresponder a la realidad y no puede sino ser plural. Además, ¡la libertad ya es lo suficientemente perfecta!

Lo expresa muy bien el matrimonio Maritain cuando dice que «Roma ha estado siempre pronta a oponerse a todo intento de regimentar las almas, porque sabe que el espíritu de la liturgia exige respetar la libertad».

¿Y cuál es el segundo aspecto?

En realidad, no es un aspecto de las meditaciones propiamente, es el resultado de su variedad. Me explico: el ser humano tiene una fuerte tendencia a automatizar su conducta siempre que encuentra patrones y reglas. Es muy útil, es bueno. Pero cuando, como es el caso, lo esencial del acto es la vida que le comunicamos, nos encontramos de pronto que esta ley se alza frente a nosotros.

Y a la derrota se le suele llamar rutina. Y digo «suele» porque yo ya no sé después del genial escolio de nuestro García-Máiquez: «La rutina no existe, porque cuando crees que siempre haces lo mismo del mismo modo es que lo estás haciendo distinto y cada vez peor».

Se puede vencer este combate, ¡claro! Pero cambiar de método de vez en cuando confunde y debilita esa fuerza temible. ¡Eso busca también esta obra!

No es muy comunitario eso, ¿no?

Lo que no es comunitario es disolver al individuo en un «éxtasis cósmico y panteísta» como denunciaba Dietrich Von Hildebrand. Fomentar una mera apariencia de comunidad en detrimento de la unión personal es contraproducente. Y es que el eterno conflicto entre persona y comunidad no cabe en el Cuerpo del que Cristo es Cabeza.

Otra vez cito a los Maritain porque lo expresan de manera insuperable: «En medio de lo que es la cosa más personal en el mundo se es más miembro de la Iglesia que nunca y por más alto derecho».

Lo mismo sucede con el centro del sacrificio: el sacramento. En este caso es un poco al contrario: acompañada su recepción de un clima apropiado para el recogimiento interior con frecuencia se olvida que su efecto principal es social: es el vínculo del Cuerpo Místico. Santa Teresita lo entendía desde su primera comunión: «¿Cómo iba a causarme pena la ausencia de mi madre querida el día de mi primera comunión, si al recibir la visita de Jesús recibía también la suya, puesto que todo el cielo habitaba en mi alma? No lloraba tampoco la ausencia de Paulina: estábamos más unidas que nunca».

Pero si lo esencial es la oración personal, ¿por qué la presencia física en Misa es necesaria?

Para responder adecuadamente esa pregunta habría que remontarse a las causas y consecuencias de que la nuestra sea la religión sacramental por excelencia: La «religión sensible» gustaba decir Dom Guéranguer, o la «religión materialista» como —con bastante acierto— dicen hoy los ateos católicos. La «religión visible» podría decirse también.

También habría que entender las implicaciones de la doctrina del Cuerpo Místico. Al Gólgota le faltaba algo: sus discípulos. Por eso la Misa es más que la cruz: es el sacrificio de la Cabeza y los miembros, es el beso del Esposo y la Esposa, es la savia de la Vid y los sarmientos.

Pero nada de eso es necesario, basta con devolver otra pregunta: ¿Era necesario que la Virgen estuviera al pie de la Cruz? El que no sepa responder… ¡que le pregunte a su madre!


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