Mons. Schneider: más actual que nunca

Mons. Schneider

Entrevistamos a Mons. Athanasius Schneider, obispo auxiliar de la arquidiócesis de María Santísima en Astana que aborda algunos de los temas más controvertidos de la Iglesia en la actualidad, desde la postura ante el Nuevo Orden Mundial y la moralidad de la vacuna contra el covid a las últimas novedades con relación al acceso al lectorado y acolitado de las mujeres en la Iglesia. Igualmente se abordan algunos antiguos temas como el arrinconamiento de la liturgia y formación tradicional, la regulación canónica de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X o la judaización de ciertos grupos como el Camino Neocatecumenal.

El Nuevo Orden Mundial avanza rápidamente mientras la Iglesia de Cristo parece retroceder. Humanamente todo puede invitarnos al pesimismo. ¿Cree que es posible una restauración de la cristiandad sin que medie una intervención directa de Nuestro Señor?

Como cristianos creyentes, debemos estar seguros de que Dios siempre será el Señor de la historia. “Donde la necesidad es mayor, la ayuda de Dios está más cerca”, han dicho los cristianos de generaciones anteriores. Y san Pablo dice: “Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Rm 5, 20). El Papa Benedicto XVI nos dejó estas palabras alentadoras: “En efecto, la historia no está en las manos de potencias oscuras, de la casualidad o únicamente de las opciones humanas. Sobre las energías malignas que se desencadenan, sobre la acción vehemente de Satanás y sobre los numerosos azotes y males que sobrevienen, se eleva el Señor, árbitro supremo de las vicisitudes históricas. Él las lleva sabiamente hacia el alba del nuevo cielo y de la nueva tierra, sobre los que se canta en la parte final del libro con la imagen de la nueva Jerusalén (cf. Ap 21-22)” … Gracias al temor del Señor no se tiene miedo al mal que abunda en la historia, y se reanuda con entusiasmo el camino de la vida. Precisamente gracias al temor de Dios no tenemos miedo del mundo y de todos estos problemas; no tememos a los hombres, porque Dios es más fuerte. El Papa Juan XXIII dijo en cierta ocasión: «Quien cree no tiembla, porque, al tener temor de Dios, que es bueno, no debe tener miedo del mundo y del futuro». Y el profeta Isaías dice: «Fortaleced las manos débiles, afianzad las rodillas vacilantes. Decid a los de corazón intranquilo: ¡Ánimo, no temáis!» (Is 35, 3-4)” (Audiencia General 11 de mayo de 2005).

Sin embargo, la historia ha demostrado que en tiempos de gran apostasía de los Divinos mandamientos, Dios intervino de una manera especial. Los desastres de diversa índole, como los desastres naturales, las epidemias, las guerras, fueron, por así decirlo, el último medio para despertar a la humanidad hundida en el pecado. En ocasiones, Dios ha intervenido en la historia eligiendo gobernantes seculares o papas individuales como sus herramientas especiales para darle al curso de la historia un sello cristiano durante un período prolongado de tiempo. Pensemos en el emperador Constantino el Grande, que dio libertad civil al cristianismo y luego influyó gradualmente en la vida social con el espíritu del Evangelio. Pensemos en el emperador Carlomagno, quien fundó el Sacro Imperio Romano Germánico en Europa, a través del cual Cristo reinó como Rey durante casi mil años en la vida social europea. Uno piensa en algunos papas destacados como León el Grande, Gregorio el Grande, Pío V y Pío X, quienes, a través de su valiente defensa de la pureza de la fe y la liturgia, aseguraron un período de prosperidad espiritual para la vida cristiana entre los fieles y el clero. Creo que nuestro tiempo necesita una intervención divina especial tanto en la vida civil como en la eclesiástica; pero en el primer y más importante lugar en la vida de la iglesia porque la Iglesia es el alma de la sociedad, como lo expresaba un documento paleo-cristiano llamado «Carta a Diogneto».

La crisis interna de la Iglesia nunca ha sido tan profunda y omnipresente como en nuestros días. Debemos rezar con fervor para que Dios intervenga y, sobre todo, que El nos dé un Papa valiente que se impregne plenamente del espíritu de los apóstoles y de los grandes papas de la historia. Pidamos un nuevo León el Grande, un nuevo Gregorio el Grande, un nuevo Pío X. Es bueno recordar el sueño que tuvo San Juan Bosco. Don Bosco vio que una gran barca (la Iglesia) navegaba en un mar tempestuoso pilotada por el Romano Pontífice, y a su alrededor muchísimas navecillas pequeñas (los cristianos). De pronto aparecieron un sinnúmero de naves enemigas armadas de cañones (el ateísmo, la corrupción, la incredulidad, el secularismo, etc., etc.) y empezó una tremenda batalla. A los cañones enemigos se unen las olas violentas y el viento tempestuoso. Las naves enemigas cercan y rodean completamente a la Nave Grande de la Iglesia y a todas las navecillas pequeñas de los cristianos. Y cuando ya el ataque es tan pavoroso que todo parece perdido, emergen desde el fondo del mar dos inmensas y poderosas columnas (o pilares). Sobre la primera columna está la Sagrada Eucaristía, y sobre la otra la imagen de la Virgen Santísima. La nave del Papa y las navecillas de los cristianos se acercan a los dos pilares y asegurándose de ellos ya no tienen peligro de hundirse. Luego, desde las dos columnas sale un viento fortísimo que aleja o hunde a las naves enemigas, y en cambio a las naves amigas les arregla todos sus daños. Todo el ejército enemigo se retira derrotado, y los cristianos con el Santo Padre a la cabeza entonan un Himno de Acción de Gracias a Jesús Sacramentado y a María Auxiliadora. Esto debería darnos esperanza en este nuestro difícil momento.

Con la pandemia actual se están acelerando los planes del mundialismo anticristiano. Muchos cristianos bienintencionados desconfían de la vacuna que nos ofrecen los gobernantes. Es importante interpretar la historia a la luz de la revelación, pero esto ha llevado a algunas personas a identificar esta vacuna como la posible marca de la bestia. ¿Podría dar algunas claves para resolver esta cuestión?

En primer lugar, hay que decir que hoy en Europa y ahora en casi todo el mundo vivimos bajo la dictadura de los medios de comunicación en la que solo se permite una opinión, una situación tal como la conocemos desde las dictaduras históricas del siglo XX. En última instancia, vivimos en una sociedad de partido único en la que las personas están constantemente expuestas al lavado de cerebro por parte de los medios. Desafortunadamente, eso ha tenido un efecto y un considerable número de ciudadanos confiados en nuestra sociedad occidental de partido único. Las personas que todavía piensan de forma independiente, los inconformistas, expresan preocupaciones y temores reales. Esto se puede ver en el ejemplo del escenario actual de vacunación Covid, que se mantiene con todas las reglas de propaganda partidista de un régimen totalitario. Aunque se conocen cada vez más voces preocupadas de científicos y médicos sobre las consecuencias negativas comprobadas de las vacunas Covid, una parte de los ciudadanos y increíblemente la gran parte de la jerarquía de la Iglesia creen ciegamente y dicen que el Estado tiene buenas intenciones con nosotros y lo está haciendo bien. Las vacunas derivadas de las células de los niños no nacidos cruelmente asesinados revelan un carácter apocalíptico y posiblemente presagien la marca de la bestia (cf. Ap 13,16), porque estas vacunas llevan, por así decirlo, la impronta o el rastro del asesinato del ser humano más débil, más indefenso, es decir de los niños por nacer.

Hemos contemplado como este año en muchas iglesias se ha producido una retirada masiva de comulgatorios con la excusa de la pandemia, y también se han dejado de usar confesionarios por miedo al virus. Las medidas de “precaución” anteponen la supuesta salud corporal del hombre al culto divino, hasta el punto de que es muy difícil encontrar dónde recibir la comunión en la boca si no es en una Iglesia donde se celebre la Misa según el rito tridentino. ¿Pueden obedecer estos cambios al plan revolucionario de los modernistas dentro de la Iglesia, o se debe simplemente a un miedo desordenado a la muerte?

En las últimas décadas, muchos miembros de la jerarquía de la Iglesia se han visto inmersos principalmente en cuestiones seculares y temporales, quedando ciegos a las realidades sobrenaturales y eternas. Sus ojos están llenos del polvo de las ocupaciones terrenales, como dijo San Gregorio Magno (cf. Regula pastoralis II, 7). Su reacción al tratar con la epidemia de coronavirus reveló que le dan más importancia al cuerpo mortal que al alma inmortal de los hombres, olvidando las palabras de Nuestro Señor: «¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero y perder su alma?» (Mc 8, 36). Los mismos obispos que ahora tratan de proteger (a veces con medidas desproporcionadas) los cuerpos de sus fieles de la contaminación por un virus material, han permitido que el virus venenoso de las enseñanzas y prácticas heréticas se propague en su rebaño. Creo que aquí se aplican ambos motivos, es decir el plan revolucionario de los modernistas dentro de la Iglesia y un miedo desordenado a la muerte.

Respecto a la cuestión de la Sagrada Comunión surge la siguiente situación: Si un sacerdote o un fiel reconoce la verdadera gravedad de la práctica de la Comunión en la mano, que contribuye irrefutablemente a la pérdida de los fragmentos eucarísticos, entonces que contribuye al pisoteo del Cuerpo de Cristo, nuestro Dios, en nuestras iglesias, y luego también a un minimalismo de la reverencia externa de el Cuerpo de Cristo, este sacerdote o fiel debe tomar una decisión ante Dios en conciencia, y no colaborar con tal práctica, incluso si tal decisión pudiera causar daño personal a este sacerdote o fiel. Debemos permanecer fieles para recibir al Señor en la lengua y no lo recibir en la mano. Si se nos niega la Comunión en la boca, entonces podemos hacer la Comunión espiritual. Podemos pedirle al sacerdote que nos dé la Sagrada Comunión en privado después de la Misa como Comunión en la boca. Si eso no es posible, podemos buscar una iglesia, donde esto sea posible, incluso si tuviésemos que hacer un viaje ocasional a esa iglesia. Muchos santos de los siglos pasados recibieron la Sagrada Comunión con poca frecuencia. Muchos mártires y confesores de fe no tuvieron la posibilidad de recibir al Señor sacramentalmente durante muchos años en tiempos de persecución. Dios recompensará a esas personas que debido a la reverencia hacia Su adorable Cuerpo, no lo reciben en la mano. Dios les dará muchas gracias a esas personas por la fidelidad a la máxima reverencia hacia Nuestro Señor Eucarístico.

Siendo España un país de profunda tradición católica, hoy en día los jóvenes no tienen un seminario donde estudiar según la enseñanza y la liturgia tradicional de la Iglesia. Los que se plantean la llamada se ven obligados a aprender francés y elegir una congregación en el extranjero donde estudiar. Además una vez han sido ordenados suelen ser enviados por su congregación a otros rincones del mundo. Estos factores limitan mucho el crecimiento de las vocaciones. ¿Cómo podemos conseguir un clero español tradicional que estudie y ejerza su apostolado en España? Usted habló recientemente de la posibilidad de fundar seminarios tradicionales interdiocesanos.

Los seminarios internacionales o interdiocesanos solo los puede fundar la Santa Sede. También hay seminarios internacionales para Órdenes, Congregaciones y Sociedades que tienen la liturgia tradicional. Sin embargo, lo que se necesita hoy en la Iglesia son seminarios para el clero diocesano con la formación en la integridad de la doctrina católica, con la liturgia tradicional, con la vida espiritual y ascética tradicional para los seminaristas diocesanos. Tal seminarios de carácter Pontificio debería establecer la Santa Sede para cada continente y para los grandes países católicos. Creo que esto lo hará en el futuro un Papa que tendrá un espíritu de tradición católica. Sin embargo, en tales seminarios tradicionales se debe hacer una selección rigurosa de candidatos, los candidatos con tendencia homosexual comprobada se deben excluir categóricamente, también los candidatos con problemas psicopatológicos, y los candidatos con un espíritu de carrera e de ambición. Solo los candidatos con una psique saludable, con motivación pura y sincera, deben ser aceptados, todos imbuidos del celo apostólico por la salvación de las almas. Incluso si tal seminario tuviera menos candidatos, valdría la pena.

En la línea de la anterior pregunta, en toda España no existe ni un solo monasterio dónde los hombres puedan hacer votos e ingresar en la vida religiosa dentro de la liturgia tradicional. Esta carencia es especialmente llamativa, ¿Cómo solucionar este problema, teniendo en cuenta que la mayor parte de obispos se niegan a acoger en sus diócesis a órdenes tradicionales?

Creo que sin la ayuda eficaz de la Santa Sede será difícil establecer un seminario tradicional en España. Esta asistencia de la Santa Sede lamentablemente no es posible en las circunstancias actuales. Pero Dios no dejará Su Iglesia en España y en otros países, y llegará el momento en que Roma fortalecerá a todos aquellos obispos y sacerdotes de todo el mundo que quieren guardar, vivir y transmitir la santa fe de católica y la liturgia en su integridad.

Hace pocos años se daba por hecha la regulación canónica de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, sin embargo a día de hoy no se ha producido. ¿Debe esto afectar a los fieles a la hora de decidir asistir a los oratorios de la FSSPX?

Debemos tener en cuenta los siguientes hechos.

La FSSPX no está en un cisma, pero la situación canónica irregular es un problema interno de la Iglesia Católica. 1) Los sacerdotes de la FSSPX, aunque estén válidamente ordenados, por no estar incardinados en una diócesis o instituto religioso reconocido por la Santa Sede, celebran la santa Misa no lícitamente desde el punto de vista estrictamente formal o jurídico. 2) Los sacerdotes de la FSSPX obtuvieron del Papa Francisco la facultad ordinaria para escuchar confesiones. 3) La Santa Sede hizo posible que los sacerdotes de la FSSPX puedan recibir la facultad del párroco o del obispo local para asistir canónicamente a los matrimonios. 4) No es pecado asistir a las Misas de los sacerdotes de la FSSPX, a menos que se haga con la intención «de separarse de la comunión con el Romano Pontífice y de quienes están en comunión con él» (Carta de la Comisión Pontificia “Ecclesia Dei ” de 18 de enero de 2003, reafirmando lo dicho ya por el Pontificio Consejo para la Interpretación de los Textos Legislativos en su Nota Explicativa de 24 de agosto de 1996, n. 7). 5). Si cualquier Misa celebrada de acuerdo con la «forma ordinaria» del Rito Romano fuera peligrosa para la Fe (se dijesen herejías o cosas escandalosas contra la Fe) y contuviese abusos litúrgicos explícitos, y si se negase la Comunión en la lengua y no hubiese otras alternativas, pienso que se podría con conciencia tranquila asistir a las Misas de la FSSPX.

El papa Francisco acaba de publicar el motu proprio Spiritus Domini que modifica el c. 230 § 1 del Código de Derecho Canónico. Con este documento el Papa abre formalmente el acceso a las mujeres al lectorado y acolitado, algo que de facto ya ocurre desde hace años en muchas parroquias. ¿Qué sentido profundo tienen estos cambios?

La teoría expresada por el papa Pablo VI en el motu proprio Ministeria Quaedam (15 de agosto de 1972) y luego difundida en la vida y la práctica de la Iglesia y sancionada jurídicamente por el papa Francisco con el motu proprio Spiritus Domini (10 de enero de 2021), que dice que los servicios litúrgicos menores (que no requieren la ordenación sacramental) son una forma particular del ejercicio del sacerdocio común, es ajena a la tradición de dos mil años de la Iglesia universal, tanto en Oriente como en Occidente. Esta idea representa una novedad que se acerca a los puntos de vista litúrgicos de las comunidades protestantes. Además, también manifiesta una cesión a las exigencias del movimiento feminista en la vida de la Iglesia, ya que sitúa a las mujeres dentro del presbiterio vistiéndolas con ropas clericales como el alba, la vestimenta común de los clérigos de diferentes grados (obispo, presbítero, diácono). Si los servicios litúrgicos menores fueran una forma peculiar de ejercer el sacerdocio bautismal, los Apóstoles y la posterior tradición constante y universal de la Iglesia habrían admitido también a las mujeres en los servicios litúrgicos en el presbiterio o en el altar. Sin embargo, la tradición de no admitir a las mujeres en el altar se remonta a los tiempos apostólicos (cf. 1 Cor 14,34) y se ha mantenido siempre en la tradición de la Iglesia, tanto en Oriente como en Occidente (cf. Sínodo de Laodicea [siglo IV], can. 44).

La opinión que sostiene que hay que ennoblecer la dignidad del sacerdocio común colocando a los laicos y a las mujeres en el presbiterio y en el altar, dándoles la tarea de realizar servicios menores en la liturgia, significa una forma de clericalización de los laicos y, sobre todo, de las mujeres. Además, esto no indica una promoción de los laicos, sino, por el contrario, una sutil discriminación de los laicos y de las mujeres, reservándoles solo los servicios menores en el santuario, y al clero, en cambio, los servicios más importantes o mayores. Además, la aplicación de la palabra “ministerio” al sacerdocio común en la liturgia contiene el peligro protestantizante de una confusión entre el sacerdocio ministerial y el común. La Iglesia siempre ha entendido la expresión litúrgica del sacerdocio común como la participación de los laicos en la sagrada liturgia al estar reunidos en la nave de la Iglesia, y no en el presbiterio. En consecuencia, los fieles laicos expresan litúrgicamente su sacerdocio común con respuestas, cantos, gestos corporales, genuflexiones, reverencias, incluso con el silencio (cf. Concilio Vaticano II, Sacrosanctum Concilium, 30). La mayor y más digna realización litúrgica del sacerdocio común consiste en la digna y fecunda recepción sacramental de la Sagrada Comunión. Sin embargo, con el papa Pablo VI y, ahora, con el papa Francisco, se ha llevado a cabo una ruptura drástica con una tradición casi bimilenaria y relevante de la Iglesia universal (Oriente y Occidente) a través de la abolición de las órdenes menores (Pablo VI) y el cambio del significado de los servicios litúrgicos menores (papa Pablo VI y papa Francisco).

El significado propio de las órdenes menores y de todos los servicios menores en el altar deriva – según la lex orandi de la Iglesia -, no del sacerdocio común, sino del diaconado, como lo explicó santo Tomás de Aquino: “En la Iglesia primitiva, debido a la escasez de ministros, todos los ministerios inferiores se confiaban a los diáconos […]. Más tarde, sin embargo, se expandió el culto divino; y lo que la Iglesia tenía implícitamente en un orden, se confió explícitamente a varios otros órdenes» (Super Sent., lib. 4 d. 24 q. 2 a. 1 qc. 2 ad 2). Las órdenes menores son, por tanto, una expresión – a través de ordenaciones no sacramentales – del humilde servicio del sacerdocio ministerial (episcopado y presbiterado) y del diaconado sacramental. En un sentido más amplio, esto se aplica también a los monaguillos, que deben ser, por tanto, de sexo masculino para mantener el vínculo con el sacerdocio ministerial y el diaconado sacramental a nivel simbólico.

Hoy en día muchos cristianos se han dado cuenta de la amenaza islamista que padece occidente a través de la inmigración masiva. Sin embargo estos mismos cristianos suelen ver a los judíos como a nuestros ‘hermanos mayores’, como a un pueblo que se puede salvar sin necesidad de reconocer a Cristo. Esta judaización ha entrado incluso en la liturgia, en algunos movimientos como el Camino Neocatecumenal se oficia la ‘Eucaristía’ el sábado, en vez de la Santa Misa del domingo, se usa la ‘menorá’ (candelabro de siete brazos)… Se suele hablar de la protestantización de la Iglesia pero, ¿Qué papel ha tenido la judaización en el proceso disolvente de los últimos años en la Iglesia Católica?

«Celebración de envío» de «kikos»

Los apóstoles en el Concilio de Jerusalén (cf. Hch 15, 5-29) y luego especialmente el santo apóstol Pablo (cf. Gl 2, 4; Flp 3, 2) advirtieron contra la judaización del cristianismo. El verdadero Israel de Dios es la Iglesia, como explica san Pablo (cf. Gl 6, 16) y especialmente en Flp 3, 3: “Los circuncisos somos nosotros, los que damos culto en el Espíritu de Dios y ponemos nuestra gloria en Cristo Jesús, sin confiar en la carne”. El discípulo de los apóstoles, San Ignacio, obispo de Antioquía, también advirtió enérgicamente contra la judaización, escribiendo: “Es absurdo hablar de Jesucristo y al mismo tiempo practicar el Judaísmo. Porque el Cristianismo no creyó en el Judaísmo, sino el Judaísmo en el Cristianismo, en el cual toda lengua que creyó fue reunida a Dios” (Magn. 10, 2). El Camino Neocatecumenal es un claro ejemplo de judaización de la Iglesia, especialmente al trasladar por principio la celebración de la Santa Misa dominical al sábado, utilizando el truco de aprovechar la posibilidad que la Iglesia concede de celebrar la Misa dominical por la tarde o por la noche del sábado.

Tal posibilidad de la celebración de la Misa dominical la Iglesia entiende, todavía, como una excepción y no como regla. La Iglesia insiste que “los pastores instruyan cuidadosamente a los fieles sobre la significación de esta concesión y procuren que no se pierda por eso el sentido del domingo” (Eucharisticum Mysterium. Instrucción sobre el culto a la Sagrada Eucaristía, 28). San Ignacio de Antioquía ya rechazó la práctica de observar el sábado, diciendo, que no hay que “observar ya los sábados, sino moldeando sus vidas según el día del Señor” (Magn. 9, 1). El Camino Neocatecumenal también practica la judaización dando a la confesión veterotestamentaria del Dios Único, al “Shema Israel” (Dt 6, 4), un significado central en su espiritualidad y en su vida de oración. La confesión de que hay un solo Dios no es la confesión característica del cristianismo. El credo cristiano desde la época de los apóstoles ha sido una confesión expresa del Dios único en tres personas, una confesión de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Desde el comienzo de la Iglesia la confesión bautismal, el Credo Apostólico, contiene la confesión de las tres Personas Divinas. Este credo trinitario, es decir, la confesión de la Trinidad, tiene una posición central en la espiritualidad y la vida de oración de los cristianos, y no la confesión del monoteísmo. Los judíos y musulmanes que rechazan la fe en Dios, la Santísima Trinidad pueden ciertamente comprometerse con el monoteísmo. Otra forma de judaización ocurrió en las últimas décadas en la vida de la Iglesia a través del establecimiento de una nueva teoría de las dos Alianzas paralelas de Dios, es decir, de la validez continua de la Antigua Alianza para los judíos y de la Nueva Alianza para los cristianos, es decir para la Iglesia. Esta teoría contradice la revelación de Dios, la clara enseñanza del Nuevo Testamento, la predicación de los apóstoles y la predicación inmutable y la oración constante de la Iglesia durante dos mil años.

Los judíos, que hoy rechazan a Cristo como Dios-Hombre y único Redentor y verdadero Mesías, son los sucesores espirituales de los fariseos y talmudistas. La diseminación de esta nueva teoría de las dos Alianzas paralelas de Dios significa últimamente que los judíos que hoy rechazan a Cristo pueden ser salvos sin creer en Él. Tal teoría de las dos Alianzas paralelas de Dios es una traición al Evangelio y es una forma de judaización que fue rechazada por el mismo Cristo y los apóstoles. La Ley Antigua fue un paso, un puente de la ley de la naturaleza a la nueva ley del Evangelio. La Alianza Antigua es inherentemente temporal porque no está ordenada más allá de sí misma. El judaísmo después de Cristo no es la continuidad de la fe del judaísmo de la Antigua Alianza. Profesar el «judaísmo» después de la época de Cristo, es decir, aferrarse a la Antigua Alianza en su vejez una vez cumplida, es objetivamente un pecado grave basado en un grave error teológico. Debemos llamar a las cosas por su propio nombre. Por tanto, la resistencia de los judíos actuales a Cristo, es incredulidad. Al difundir la nueva teoría de las dos Alianzas paralelas de Dios, la Iglesia de hoy está convirtiéndose en enemiga de los judíos, pues les refuerza en su resistencia a Cristo y les oculta la fuente de su salvación, que es Cristo.

En estos tiempos de decadencia asistimos a un proceso de disolución del patrimonio multisecular de la Iglesia en todos los órdenes. Algunos son más obvios como el olvido del canto gregoriano, la desaparición de las rubricas, la vestimenta del clero… Pero también contemplamos como el derecho canónico muchas veces se convierte en papel mojado. Los tribunales canónicos se limitan a conceder abusivamente nulidades matrimoniales, pero ya no se observan las normas de la Iglesia o directamente se desconocen, y se ha sometido gran parte de la jurisdicción eclesial a lo que indique el ordenamiento jurídico civil. ¿Se podrá restaurar el orden y la seriedad en este sentido?

La actual crisis es, sin lugar a dudas, el momento de mayor y profundo sufrimiento de la Iglesia, de su participación más intensa en la Sagrada Pasión de Cristo. La mayor persecución de la Iglesia no la realizan sus enemigos de fuera, sino que procede de los enemigos que están dentro: personas despiadadas y sin fe que se las han ingeniado para alcanzar altos e influyentes cargos en las estructuras eclesiásticas. Notables son las siguientes palabras del Siervo de Dios, el arzobispo Fulton Sheen (+1979), escritas en 1948, pero que son ahora llamativamente relevantes en la actual situación: «[Satán] establecerá una contra-iglesia que será una imitación de la Iglesia. Tendrá todas las notas y características, pero del revés, y la vaciará de su divino contenido… El Falso Profeta tendrá una religión, pero sin la Cruz. Una religión sin una vida futura. Una religión que destrozará religiones. Habrá una falsificación de la Iglesia. La Iglesia de Cristo será una y el Falso Profeta creará la otra.

La falsa iglesia será mundana, ecuménica y global. Serán federaciones sueltas de iglesias y religiones, formando algún tipo de asociación global, un mundo parlamentario de iglesias. Estará vacía de contenido divino; será un cuerpo místico del Anticristo. El Cuerpo Místico de hoy tendrá su Judas Iscariote, y él será el Falso Profeta. Satán lo reclutará de entre nuestros obispos» (Communism and the Conscience of the West, Indianapolis 1948, 24-25). Incluso si durante la presente crisis y espiritual ofuscación uno pueda tener la impresión de que los enemigos de Cristo y de Su Cruz hayan ocupado hasta cierta extensión la Santa Sede, Cristo los derrotará. ¡Christus vincit! Preciosa y alentadora es la siguiente afirmación de un santo obispo de la Iglesia Antigua (san Alejandro de Alejandría, predecesor inmediato de san Atanasio): «La única Iglesia, católica y apostólica, permanecerá siempre indestructible, incluso cuando el mundo entero le pague con la guerra en su contra. Porque su Señor la fortaleció diciendo: «¡Ánimo!: Yo he vencido al mundo» (Jn 16,33)” (Teodoreto, Historia ecclesiastica I, 4).


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