Navidad, la eclosión de la vida

La antropología afirma que los pueblos no son capaces de mantener vivas las doctrinas que regulan su comportamiento, es decir su moral, si éstas no van acompañadas de ritos (formando parte esencial de las fiestas) y mitos o leyendas. El estudio de la gran variedad de culturas que se han desarrollado a lo ancho del planeta y a lo largo de la historia, avala la universalidad de este principio que en el ámbito católico es cabalmente explicado por la teología. El cristianismo no se construyó sobre un mito; pero sí sobre dos figuras históricas, Jesús y su santa Madre, que han sido objeto de una extraordinaria mitificación popular. Sobre todo, la Virgen, la Madre de Dios.

En estas fechas nos corresponde ocuparnos de las ansias de vida que impregnan a todas las comunidades humanas. Y también a las de animales, claro está; pero no es el tema de hoy. Esa potentísima pulsión de vida que nos inunda a todos, la civilización cristiana la ha polarizado en la espectacular celebración del nacimiento de Jesús, en el que ha confluido la enorme capacidad mitificadora de los pueblos.
He aquí que la fiesta del Nacimiento, Natividad o Navidad del Hijo de Dios es la más esplendorosa del año y ocupa cerca de un mes. ¿Por qué? Porque el prodigio de la vida nos seduce a todos poderosamente. Cada uno de nosotros celebramos el aniversario de nuestro nacimiento y del de los nuestros, como la fiesta más importante del año. Y lo es. 

Con cada vida nace una nueva esperanza. Y mal, muy mal, tremendamente mal nos ha de ir la vida para que en vez de nacer en nosotros con la nueva criatura esa esperanza que nos renueva las fuerzas para luchar, la ilusión por vivir, la fascinación y el amor ante la nueva criaturita indefensa que con tanta fuerza tira de nosotros y que nos hace mejores, mucho mejores en todos los sentidos; mal, muy mal, tremendamente mal nos ha de ir la vida para que ante la nueva Navidad que viene a darnos vida, alegría de vivir y fructífera esperanza; negra ha de ser nuestra vida para que en vez de esos maravillosos sentimientos, se nos desborde la negrura del alma.

¿Qué es pues la Navidad? No hace falta que nadie nos la explique: es un elemento vital de nuestras vidas, la llevamos remansada en el alma y le damos suelta cada vez que nos cae ese regalo del cielo (¡qué claro lo tienen aquellos cuya mayor ansia vital es tener hijos y no lo consiguen!); y por darle cauce a ese desbordamiento de pasión amorosa, la celebramos todos los años con esplendor y magnificencia, conmemorando la Natividad del que, ya metidos en religión, ya adentrados en teologías académicas y populares, es el mejor de los hombres: el Hombre-Dios.

Bástenos recordar cómo a lo largo de toda la historia se ha celebrado el nacimiento de los hijos de los reyes. Porque con el nuevo heredero se abre una nueva esperanza: se da por seguro que el recién nacido dará paso a una nueva era de bienaventuranza y de prosperidad en el reino. Siempre confiando, ante cualquier nacimiento, que el hijo será mejor que el padre. Eso, añadido a lo que arrastra consigo de bueno todo nacimiento: de ahí que se celebren éstos con enorme alegría y esplendor. Excepción hecha de las sociedades y las familias víctimas de grave enfermedad moral y anímica: enfermedad terminal en la mayoría de los casos.

La Navidad se nos desborda del alma igual que se desborda en toda la naturaleza (que, por cierto, viene de natus, nacido), en la que obviamente el nacimiento es la máxima celebración. Y por lo que hay en nosotros de naturaleza, que aún es muchísimo a pesar de habernos diseñado una vida tan antinatural, tan contra la naturaleza (en latín, contra natura), a pesar de eso, la Navidad tira de nosotros con muchísima fuerza. A pesar de que la tremenda tensión contra natura que estamos sufriendo hoy, lucha denodadamente por emborronar la Navidad, por reinventar una Navidad sin nacimiento, con el objetivo de acabar borrándola y sustituirla por “modernísimas” fiestas animistas recuperadas de cuando el hombre andaba trepando por los árboles. A pesar de eso.

No entienden esos brillantísimos ingenieros sociales, que mientras nuestra reproducción (nuestra perpetuación, al fin y al cabo) sea por nacimiento, ahí estará la Navidad con uno u otro formato; pero ahí estará la Navidad. Sencillamente, el mundo cristiano ha elegido como pretexto y fundamento para celebrar el gran prodigio del nacimiento, el del que en este mundo antaño cristiano se reconoció como el Redentor de la humanidad. Ése es, en efecto, el contenido folclórico de la Navidad: desde la representación del Belén, Pesebre o Nacimiento, hasta los villancicos y toda la parafernalia de los regalos (las fiestas son, desde su institución, inseparables del comercio), generalmente de manos de misteriosos y benéficos personajes (los Reyes Magos, el Niño Jesús, el Papá Noel, Santa Claus -San Nicolás-, etc.). Y todo eso, formando parte del ya legendario “espíritu de la Navidad” que tan bien nos ha representado el cine.

Pero estamos en un tiempo rabiosamente antinatalista al que la Navidad no puede hacer más que ofenderle. Y ahí están los ingenieros sociales inventando el silencio navideño para no ofender a la otra religión -la islámica- que convive con nosotros: ésa sí, tremendamente respetable y venerable y digna de ser promocionada. Y se están reinventando la celebración del solsticio de invierno (lo promocionan, aunque no sepan lo que es eso); cualquier cosa para desterrar la Navidad de nuestras vidas. ¡Ah!, y los horrorosos “belenes” de la alcaldesa de Barcelona, doña Inmaculada Colau: el último, la reproducción de un punto de recogida de trastos viejos, en la plaza más emblemática de la ciudad, con un minúsculo niño Jesús olvidado entre otros desechos en una estantería desvencijada. Una muestra realmente ostentosa y ofensiva de su antinatalismo rabioso.

Efectivamente, ese pesebre que más parece un punto de recogida de desechos para la chatarrería, es un insulto a la sensibilidad de la mayoría de los ciudadanos y al buen gusto: nadie, en efecto, aparte de la colega que lo ha cobrado, se ha sentido representado en ese pesebre. Obviamente no hay nada escrito sobre gustos; pero sí que conocemos el gusto dominante de la gente; y no es necesario hacer una encuesta para concluir que la mayoría de los ciudadanos gobernados por la Colau más bien se sienten insultados con la exhibición de esos gustos belenísticos estrafalarios de su alcaldesa. ¡Qué nivel!

Pero siendo tan extremo el disparate estético, no es éste el aspecto que me preocupa, sino lo sintomática que es esta coladura de pesebre, de la profunda enfermedad de la sociedad a la que intenta representar. Y ahí entramos en el meollo de la cuestión, pues desde el punto de vista de los valores que celebramos con la Navidad y con sus diversas representaciones, como es el caso del pesebre, en este caso municipal, la representación del Nacimiento en la plaza san Jaime parece talmente la proyección de lo que es y vale el nacimiento (como hecho administrativo) en la ciudad de Barcelona. Arrumbamiento de trastos viejos, destinados evidentemente al desguace. Ésa es la visión (yo diría que de un realismo rabioso) que tiene doña Inmaculada Colau de la importancia del nacimiento en la ciudad de Barcelona.

En esta ciudad, nacer es algo muy anticuado y sobre todo inútil, como los trastos viejos que representan en la plaza San Jaime el nacimiento de Cristo. Parece talmente reflejo de lo que es el nacimiento para la ciudad, y de lo que es finalmente la ciudad, pionera en la promoción de los mecanismos para impedir el mayor número posible de nacimientos y promocionar la eliminación de los que se van ya de esta vida, dándoles el necesario empujón para que aceleren su despedida. Trastos viejos arrumbados ante la puerta del Ayuntamiento de la ciudad, en justa representación de lo que realmente es en esta ciudad el nacimiento: y su corolario.

A pesar de toda esa podredumbre institucional, lo verdaderamente llamativo de la Navidad, es constatar todavía la inmensa fuerza de esa celebración y su increíble arraigo. Es una celebración que puebla nuestra alma como ninguna otra. ¡Mira que hay fiestas y santos a lo largo del año! Pero como la Navidad, ninguna. ¿Seguiremos dejándonos someter al poder del pecado? ¡De ninguna manera! ¡Que rabie la Colau con sus espantajos! Dejemos que la Navidad nos libere de nuevo para nacer, vivir y morir como verdaderos hijos de Dios. A eso hemos sido llamados… en el Espíritu de Cristo. 


Deja una respuesta

Su dirección de correo nunca será publicada. Si la indica, podremos contestarle en privado en caso de considerarlo oportuno.*