“No hay derecho”. Reflexiones sobre el Derecho Natural

La propia etimología latina de las palabras españolas “derecho” y “justicia” nos habla del estrecho vínculo, la identidad de fondo que hay entre los conceptos y que expresan estas palabras. Se podría decir que el fondo o la esencia del Derecho es la Justicia [ius, iustitia]. Se suele decir que en esta España nuestra se vive –según proclaman nuestros políticos- en un Estado de Derecho, pero lo cierto es que España es un país donde no hay justicia. Los delincuentes y terroristas deambulan libres y hasta se mofan de sus víctimas. Las calles son junglas, y pronto no va a haber dinero para pagar tantas cárceles como se requieren, establecimientos parecidos -a menudo- a unos hoteles para la pernoctación gratuita de extranjeros.

Uno de los caracteres internos del Derecho es, junto a la rectitud (que se entiende principalmente en el sentido moral y tiene que ver con “regir” y “dirigir” la acción hacia el bien), la justicia. Como carácter interno del Derecho, la justicia no es sólo el buen gobierno y el camino recto que ha de seguir cada persona en su vida, sino el reconocimiento del otro como persona acreedora de respeto y merecedora de reconocimiento como ser racional, libre e igual a todo otro ser humano. Falta rectitud y falta justicia cuando uno comprueba, a diario, que el criminal abusa y hace escarnio, y que la justicia se manosea por un gobierno que, al hacerlo, se hace él mismo criminal o, al menos poco recto.

A la luz de esto, creo que la justicia implica, en el terreno de la acción, una relación de adecuación análoga a la que supone la verdad en el hombre, esta vez en el terreno del entendimiento. La verdad en el entendimiento, según la Filosofía clásica (Aristóteles, Santo Tomás) es el ajuste, la correspondencia, la adecuación entre las cosas y nuestros conceptos y juicios sobre ellas. Pues bien, la justicia también es una adecuación: entre el obrar, la acción libre del hombre, y los principios naturales que rigen lo que es y no es justo. Los españoles ya no podemos ser educados en esa adecuación, vivimos sumidos en la iniquidad. No somos ejemplares ni ejemplarizantes para quienes nos visitan y nos invaden. Somos el hazmerreir de toda la Berbería, y del extranjero en general. Estamos, salvo honrosas excepciones, perdiendo el norte.

No somos justos si no nos adecuamos a la naturaleza de las cosas, y en el ser humano las “cosas” o la realidad incluye su dimensión social, la existencia de las otras personas que también son sujetos de derechos y deberes. En modo alguno se trata de una regulación “técnica” de cómo hemos de comportarnos ante una máquina, o ante una disposición de seres materiales y carentes de alma. Se trata, más bien, de un sistema de normas y principios que, subjetivamente, guían una acción que repercute sobre otros sujetos libres y actuantes. Pero, además, objetivamente, son normas no sólo mías, que establecen “lo que puedo” yo hacer, sino que lo son del otro: normas objetivas por encima de cualquier sujeto racional. El uso instrumentalizado de normas objetivas que deberían conducir siempre y rectamente a la justicia y al bueno gobierno sólo induce al caos, a la propagación del crimen. Quien gobierna y legisla y decreta sólo para perpetuarse en el poder es criminal, y el peso de la justicia que manosea y viola acabará un día con él. España está hambrienta de justicia. Ya no puede sobrevivir con este desgobierno inicuo.

Debe entenderse que la palabra “Derecho” es mucho más amplia que la palabra “Ley”. Las leyes, entendidas como normas escritas que expresan la voluntad del legislador, pueden ser formalmente legítimas, pueden haber cumplido con una serie de requisitos técnicos en sus procedimientos de redacción, tramitación, etc. pero, aun así, ellas son susceptibles de carecer de juridicidad, esto es, que, a veces no son justas, no respetan el Derecho Natural. El buen derecho es el que no contradice el Derecho Natural o, lo que viene a ser lo mismo, aquel que garantiza y respeta la justicia. Un derecho que lleva a un niño a cambiarse de sexo, que saca a terroristas y violadores de la cárcel, que impide expresarse en contra del aborto, no es derecho. Son normativas que existen en su mera positividad, pero el Derecho Natural les quita toda juricidad. No son verdaderas leyes.

Las leyes, y el derecho mismo son una ordenación de las relaciones sociales. El orden social, frente a una situación de anarquía, de predominio de la fuerza, de abuso de poder, etc. no es, en sí mismo, el fin del derecho. Más bien hemos de ver las cosas a la inversa: el orden social es un medio de realización de la Justicia. Las leyes que una voluntad imperante da a una comunidad organizada deben perseguir siempre unos fines personales y colectivos basándose en unos sólidos principios éticos, que son los que el Derecho Natural reconoce como innatos o ínsitos en la conciencia de cada persona. Esos principios éticos no son fruto, como tantas veces se pretende hoy, de un consenso o de una elección realizada por una mayoría, sino que derivan directamente de Dios. En la base del Derecho Natural se encuentra el Derecho Divino, que es la fuente suprema de donde el hombre bebe, siguiendo el recto uso de la razón, para orientar su conducta. Aunque en un referéndum saliese el 99% de los votos a favor del aborto, de la amnistía de los terroristas y golpistas catalanes, a favor de la esclavitud o de la eutanasia obligatoria, tal alto grado de consenso no daría juricidad a estas leyes aberrantes. La justicia es independiente de las estadísticas, de las opiniones y de la democracia entendida como forma de ejercer el poder.

De acuerdo con el Derecho Natural, el punto de partida es la persona. Toda persona, como ser racional, libre y digno, posee desde su concepción (no sólo desde su nacimiento) todos los derechos que el texto de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (ONU, 1948) reconoce, y cuyo núcleo no sólo son los derechos naturales, sino también la obligación y la responsabilidad de hacer que éstos se cumplan en los demás. Es un gran error de nuestro tiempo limitarse a la reclamación y exigencia subjetiva de unos derechos, y no poner el énfasis en las obligaciones que tenemos para con los demás, la faceta esencial de cuidar, velar y defender los derechos de los otros.

Como si fueran dos caras de una misma moneda, el derecho busca y garantiza la justicia desde una doble perspectiva. Ambas facetas son necesarias: derecho objetivo y derecho subjetivo. En cuanto al derecho objetivo podemos decir que éste nos remite siempre a una ordenación, a un conjunto de normas establecidas. Se hace abstracción de los sujetos, se sobrevuela la cuestión de si los sujetos las comprenden, las aplican, las obedecen, etc. Las normas están ahí, por encima de los sujetos a quienes les afectan, y más allá de quiénes las han generado y quiénes son sus destinatarios. El Derecho objetivo da por supuesta la existencia de sujetos afectados por las normas, obligados a su cumplimiento, pero es una instancia externa los sujetos interesados la que tiene que dirimir en los conflictos, fijar los límites, velar por la justicia.

Por el contrario, el derecho subjetivo hace referencia al sujeto de la acción, una persona dotada, ante todo, de una voluntad. El derecho subjetivo hace referencia a todo cuanto una persona, esto es, un ser dotado de voluntad libre puede hacer en la sociedad para su bien y para su desarrollo personal siempre que no invada el libre desempeño de otros. Siempre que la esfera de derechos de otra subjetividad no se vea dañada. Dentro del derecho subjetivo viene incluido el respeto y reconocimiento que cada yo hace del tú, de la alteridad.

Es evidente que las dos partes del derecho, objetivo y subjetivo, se complementan y se necesitan. La distinción no es sino una forma de poner el foco de atención, bien en las normas en sí mismas, en cuanto que afectan a sujetos, o en los sujetos mismos, es decir, el ámbito de aquello que pueden y no pueden hacer ellos mismos y teniendo en cuenta la repercusión de ello en los derechos de los demás.

En mi opinión, tanto desde la óptica objetiva como desde la subjetiva, es de todo punto necesario realizar una profunda reflexión sobre cuáles son los derechos que consideramos fundamentales, y cuáles pueden ser derechos “secundarios”. Estos nuevos derechos, al ser consecuencia de cambios sociales, científicos, tecnológicos, ideológicos, etc. muy recientes, pueden carecer de sólida base filosófica. Esto implica que pueden afectar a cuestiones más esenciales de la antropología humana, de la constitución ontológica y moral del ente humano. Su defensa extrema puede dañar y contradecir derechos más fundamentales. Suelen ser presentados a la sociedad como prioridades de agenda, como retos pendientes, como conquistas en pro de minorías, etc. Lo que ocurre, muchas veces, es que dar satisfacción a una minoría puede suponer rebajar la dignidad de todos.

Cuando se transgrede lo que la naturaleza establece, hay riesgo grave. Lo naturalmente instituido es, a su vez, expresión de la voluntad de Dios; lo natural es el orden que el Creador establece, y esa transgresión, al figurar como objetivo urgente y prioritario -en los cambios legislativos, en las novedades pedagógicas, en las agendas políticas- se remueven los cimientos ontológicos; estas “novedades” y “conquistas” pueden hacer tambalear y hasta anular derechos que atañen a la esencia humana para dar satisfacción a unos pocos.

Veámoslo con un ejemplo: el supuesto de que “todo el mundo tiene derecho a tener un hijo». Así formulado, tal supuesto derecho no podría ser nunca un derecho fundamental, pues contradice a otro mucho más esencial, enraizado en la naturaleza humana: “todo niño tiene derecho a un padre y a una madre”. Para dar satisfacción al supuesto “derecho” subjetivo de parejas homosexuales o de personas trans, etc., (“¿por qué no van a poder hacerlo?”, se dice, simulando naturalidad) el derecho permite que estos sujetos adopten o engendren con diversas técnicas reproductivas, un niño. Con la ayuda de las nuevas “técnicas” jurídicas y biomédicas se hace feliz a una o dos personas adultas, se las satisface en su subjetividad, pero al tiempo se viola un derecho mucho más básico, derecho natural, que es el del niño. ¿Cuál es el derecho que asiste al niño y se pone por encima de cualquier anhelo subjetivo de unos adultos que desean “realizarse”? El derecho natural (siempre que no haya fallecimiento de uno de los padres, abandono del núcleo familiar, etc.) de tener un padre -varón- y una madre-hembra. El gran horror de nuestros días consiste en manipular el derecho positivo creando falso derecho por no corresponderse al derecho natural.

Deben existir normas en el plano objetivo que jerarquicen derechos: el del menor, que versa sobre necesidades naturales o esenciales suyas, sobre el derecho de los adultos, que desean “realizarse” como padres sin haber formado -como manda la ley natural- una pareja heterosexual que permita la natural procreación y crianza de los niños.

Con el mismo ejemplo, podemos enfocar la cuestión desde el plano subjetivo. Una pareja homosexual, o de trans, etc., en principio puede hacer, de acuerdo con su conciencia, lo que le venga en gana para su disfrute personal. Hay un número indefinido de acciones que pueden realizar esos individuos en un país libre, personalmente o formando una sociedad, pero estos sujetos, en el momento en el que invaden la esfera de los derechos de un niño (adoptado o procreado con técnicas reproductivas), privándole a éste de poseer un progenitor varón que sea un verdadero padre, y de un progenitor hembra, que sea una verdadera madre), se estaría cometiendo una injusticia. La ley positiva que permite la adopción y la procreación artificial a esos individuos y parejas, a sabiendas de un recorte de derechos del menor, que es la parte débil y pasiva, es ajurídica, es contraria al Derecho Natural también en el plano o la esfera subjetiva.

Es un ejemplo el que hemos dado, enteramente análogo al caso del derecho a la propiedad. En mi casa puedo hacer lo que quiera, pero si en el ejercicio de mi libertad subjetiva, invado la esfera de mis vecinos, molestándoles con ruido excesivo, arrojándoles suciedad, obstaculizando las zonas comunes de paso, etc., mi libertad subjetiva se debe plegar ante un ordenamiento objetivo superior que regula la convivencia (inter-subjetiva) y que protege derechos más altos. Es más importante que se proteja el derecho al descanso de la comunidad, que el derecho subjetivo a mi diversión subjetiva, un derecho del que podría abusar egoístamente, no teniendo en cuenta a los demás.

La lista de los derechos fundamentales no es muy extensa, y debe tenerse extrema precaución en cuanto a ser “creativos”, pues hay mucha probabilidad de que un derecho inventado conculque uno o varios derechos esenciales o naturales. Creo que en los tiempos en que vivimos, dominados por el subjetivismo, el individualismo, el relativismo, etc. se han igualado todos los derechos, poniéndolos en un mismo plano. El Derecho Natural significa la jerarquización de los derechos. Los fundamentales, presentes en el espíritu de cada ser humano, son accesibles a cada persona por medios racionales, y son las normas o preceptos que deben guiar en sus actos. El legislador no debe perder de vista su existencia ni volverles la espalda en sus innovaciones. Toda “creatividad” jurídica que ignore el Derecho Natural es totalitaria en su esencia, y tiene un nombre: ingeniería social.

Cualquier ley positiva puede poseer juridicidad en un mero sentido formal o, además, poseer una juridicidad en el sentido material.

En el primer sentido, formal, una ley puede haberse redactado correctamente, su tramitación, su promulgación, etc. puede atenerse a derecho, es decir que se trata de un texto escrito que “técnicamente” es una ley y se adecúa a unas normas, pero no se acomoda a algo mucho más importante: a la justicia. Así, a los ciudadanos nos tiene que dar igual que la casta política haya seguido todos los trámites y se hayan sellado todos los papelitos, en tiempo y forma, si, por ejemplo, con tales formalismos nuestros menores quedan desprotegidos (por ejemplo, privados del derecho a tener una familia en el sentido propio y natural).

Cuando una norma o ley positiva se adecúa al Derecho Natural (que sea justa ella misma, y garantice y persiga la justicia) debemos hablar de juridicidad en el sentido material.

En los tiempos actuales se tiende a pensar que basta con que una mayoría parlamentaria (que siempre es coyuntural) o un consenso social (igualmente pasajero, contingente) para que un texto alcance verdadero rango de ley. Ese texto cumple con los caracteres externos de una ley, que son reales y necesarios, pero no son los únicos. Dichos caracteres son: obligatoriedad o imperatividad, carácter coactivo, emanados por una voluntad legisladora legítima, aplicados y supervisados por una autoridad igualmente legítima, etc.), pero el texto aún no cumple con los internos. Entre los internos, recordemos, están la rectitud y la justicia. Sin ellos, nunca hay una verdadera ley. Se pretende, en un mundo de creciente relativismo, que no exista una tabla de valores, un frontispicio de leyes absolutas, no sujetas a banderías, a partidismos. Se suele impugnar el Derecho Natural diciendo: “¿y por qué esas leyes las hemos de aceptar todos?”. La respuesta a esa pretendida impugnación sería muy sencilla: apelando a la razón. Sólo aceptando que la razón es común a todos los hombres, podemos entender cómo se llega a la necesidad de aceptar un Derecho Natural. La razón es otro de los aspectos de nuestra esencia en el que Dios nos ha hecho iguales. Lo que una razón sana dicta a un hombre, salvo error o malicia de su parte, también lo dicta a cualquier otro. En esto se basa el Derecho Natural, no en la aceptación acrítica de una tabla de leyes. La razón, como el Derecho cuando se basa en la razón, es universal.

Una tabla de preceptos o normas fundamentales debe poseer un carácter universal. Todos los hombres podemos, por medio de la razón, comprender la esencia del derecho o de la justica, por ejemplo, releyendo y poniendo en práctica los Diez Mandamientos. Una persona de cualquier credo y de cualquier cultura podría llegar a admitir que la lista de derechos correspondientes a las prohibiciones del Decálogo, son la base de una vida verdaderamente humana, digna. En aquellas partes del mundo en las que no se reconoce el derecho a la vida e integridad de la persona, al instante sentimos que “la razón” no ha triunfado allí. Y lo mismo se ha de decir de los otros derechos fundamentales que ya el Decálogo esboza de manera muy simple y lacónica: el derecho a la propiedad, el libre movimiento y el libre pensamiento, culto y credo, el derecho al matrimonio libre y todo cuanto se refiere a la formación de la familia y crianza de los hijos, etc.

Todo esto conviene recordarlo. A base de “santificar” la Constitución, la sociedad española ha llegado a aceptar como natural cualquier ley positiva supuestamente emanada de la Carta Magna. Y no es así, no es natural. A los españoles se les está privando de sus más básicos y originarios derechos so capa de introducirse novedades creativas ajurídicas, que se presentan como avances. Especialmente en aquellos ámbitos de la minoría de edad, la familia y la identidad de la Patria, ámbitos de lo natural y por ende, cercanos a lo diseñado y querido por el Creador, el pueblo español vive aplastado por una serie de leyes inmundas emanadas por la cosa del R78.

En estos países en los que, según noticias que nos llegan, la dignidad de las personas se ve gravemente pisoteada, exclamamos al unísono: ¡no hay razón! y ¡no hay derecho! En España hay sobrados motivos para exclamar así.

Razón y derecho van de la mano, y el triunfo aplastante de la irracionalidad nos irrita y estremece. Estas son las pruebas que hablan de que, en el interior de la conciencia humana, todos llevamos “inscritas” esas normas, y la fuente del mal, el origen de los “papelitos” y leyes inmundas tiene una fecha: 1978.


2 respuestas a «“No hay derecho”. Reflexiones sobre el Derecho Natural»

  1. La Ley Natural no está basada en ninguna religión sino en la razón. El filósofo inglés Thomas Hobbes expuso, en su famosa obra «Leviatán», las bases filosóficas para una moralidad cívica que tuvieron una gran influencia en las naciones del mundo occidental a partir del Siglo XVIII.

  2. Disculpe.
    La Ley Natural está basada en la Naturaleza Humana y consta de los mandatos divinos a los que puede acceder esa
    naturaleza por medio de la razón

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