No hay guerra sin batallas perdidas ni… victorias a lo Pirro

Como habrá podido comprobar el lector que tenga la paciencia de seguirnos, el ejército de Ucrania se había distinguido hasta el día de hoy por perder todas las batallas en las que se enfrentaba a los rusos y por una habilidad extraordinaria a la hora de matar civiles. Sin embargo, según parece, todo esto ha cambiado en los últimos días. La “gran ofensiva de agosto”, la que iba a reconquistar Jersón y Crimea, se quedó en un vado sangriento del río Ingulets y en un avance de pocos kilómetros por su curso, en el que han perecido miles de ucranianos sin que se sepa muy bien para qué. Pero si no le importa al gobierno de Kíev, tampoco nos debe preocupar a nosotros. En Jersón no se movió ni una piedra y las posiciones rusas frente a Nikoláev siguen donde estaban. Pero, en fin, no dejó de ser una ofensiva.

Está claro que eso era poca cosa para los caciques de la OTAN, los que deciden en Ramstein. El último viaje de Johnson como primer ministro fue a Kíev y su fin no era otro que incitar al régimen de Zelenski a una ofensiva que justificara el gasto en armamento de la Alianza Atlántica en Ucrania. La situación política del arlequín del Dniéper era tan desesperada que optó por lanzarse al ataque en el frente de Járkov con la ayuda técnica de los anglosajones. El mando ucraniano no las tenía todas consigo, pues, aunque cuenta con una amplia superioridad numérica de tres a uno frente a los rusos, la potencia de fuego y el dominio del aire de éstos vuelven muy dudosa cualquier maniobra en campo abierto. Además, Moscú dispone de una inmensa reserva de armamento frente a una pedigüeña Ucrania, que ya ha agotado o le han destruido todo el arsenal del que disponía en febrero de este año. Zelenski no dudó: obedeció a sus amos de Londres y Washington y ordenó avanzar a miles de soldados de su nuevo ejército.

La ofensiva de Járkov ha sido un éxito ucraniano en muchos aspectos. El primero es la ocupación de 5.000 kilómetros cuadrados de territorio, aunque queden 120.000 por reconquistar. Pero el segundo, y más importante, es que Zelenski ha conseguido una victoria real, de verdad, no un bulo con gran despliegue mediático. El procónsul atlantista vive de la propaganda y nada ayuda mejor a ésta que el verse respaldada por la realidad. Con sus dotes de charlatán y el apoyo de toda la prensa mundial, nadie podrá rebatir la utilidad que tiene el derrochar miles de millones de dólares en la causa ucraniana y en lo necesario que es pasar hambre y frío este invierno y así castigar a Putin. Para los oligarcas del Servidor del Pueblo, esta ofensiva es la garantía de que la lluvia de millones occidentales seguirá inundando sus bolsillos. En tercer lugar, la represión que, nada más ocupar las ciudades que fueron liberadas por los rusos, han desencadenado los sicarios del déspota ucraniano manda un aviso evidente a la población de la Nueva Rusia: habrá limpieza étnica y ejecuciones, no hay sitio para ellos en Ucrania. Este mensaje también queda claro para los ucranianos partidarios de Rusia —una de las espadas de Damocles de la dictadura de Zelenski— que están bajo el control del régimen del Maidán. A día de hoy, Rusia alberga a dos millones y medio de refugiados que han huido de los escuadrones de la muerte de la OTAN.

Sin embargo, hay una serie de objeciones que hacer. La primera es que la partida no ha terminado. La ofensiva ha sido facilitada por el ejército ruso, que se retiró casi sin resistencia —pero intacto— a una línea nueva de defensa con una cantidad mínima de bajas, al revés de lo que sucede con los ucranianos, que al salir de sus posiciones se han visto sometidos al poder aéreo ruso y a su avasalladora artillería. La propia Ucrania reconoce un alto precio de sangre (la estimación en todos los frentes es de 4.000 muertos y 8.000 heridos entre el 6 y el 10 de septiembre), pero es cierto que le sobran decenas de miles de peones y ese es un punto fuerte de Zelenski: no le importa inmolar a sus compatriotas por millares, algo necesario cuando se está en guerra. Pese a todo, en el momento en que se escriben estas páginas, las tropas ucranianas han alcanzado las trincheras rusas y han sido paradas en seco en el río Oskol y en Krasnyi Limán, donde ya se han estrellado tres asaltos. A esto hay que añadir que la aviación de Moscú está diezmando a las unidades ucranianas desplegadas en un área muy expuesta. Por otro lado, los rusos progresan como siempre en el Donbass: han liberado Kodema y Maiorskaia, mientras avanzan cuadrícula a cuadrícula sobre las fortificaciones ucranianas. Es en esta dirección, en especial en la posible ofensiva desde Ugledar, donde se verá si los cambios en las tácticas del ejército de Zelenski son realmente eficaces, porque en el frente sur se juega esta guerra y allí las fortificaciones en los dos lados son muy densas; no parece probable que se produzcan avances con la misma facilidad que en el escenario norteño.

El éxito ucraniano en el frente de Járkov tiene la marca de la OTAN y está calcado del de las hordas del ISIS en Siria, que les permitió en 2016 reconquistar Palmira arrebatándola a las tropas de Assad: pequeñas unidades ligeras rompen un frente poco defendido y crean el caos en la retaguardia al cortar las comunicaciones. El efecto sorpresa está garantizado y la victoria inicial también. Pero el contragolpe puede ser mortífero, como sucedió con los aliados musulmanes de la OTAN en Siria, donde, una vez estabilizado el frente, las tropas del Estado Islámico fueron exterminadas por la aviación rusa y el propio ISIS acabó por ser extinguido. Al revés que en el Donbass, en el frente de Járkov no hay líneas fortificadas que se hayan reforzado durante ocho años: por eso es tan fácil avanzar y, por lo mismo, tampoco resultará fácil de defender. Y hay que recordar algo: las tropas rusas se han retirado intactas a su nueva línea de defensa, que se ha probado sólida, y están recibiendo refuerzos. Otro aspecto muy interesante, corroborado por la población civil, es la aparición de unidades de combatientes angloparlantes, algunas de apariencia africana, que se distinguen claramente de los soldados nativos. La implicación de la Alianza Atlántica, además, se evidencia en el conocimiento que los atacantes demostraron de los espacios entre las defensas rusas, que sólo pudo ser proporcionado por los sistemas de vigilancia anglosajones.

En realidad, quien se ha dado cuenta con esto de que está en guerra es Rusia, porque Ucrania y Occidente ya eran plenamente conscientes de ello y en eso residía su ventaja. En el aspecto militar, según los profesionales que he consultado, la retirada rusa a la nueva línea de defensa es correcta, además de necesaria para lanzar una contraofensiva, pues los rusos gozan de una sólida posición estratégica que amenaza de forma permanente el abierto espacio enemigo. Puede ser. Si los peritos en estas cosas están de acuerdo, llevarán razón. Pero la eficiente retirada a las nuevas posiciones, el escaso número de bajas y el daño causado al enemigo no compensan la poca comprensión política que los rusos tienen del conflicto. No defender el territorio, retirarse, aunque sea con el mejor orden del mundo, para no dejarse cercar, puede ser algo militarmente lógico, pero manda un nefasto mensaje político a los habitantes de Donbass y Nueva Rusia.

El Kremlin sigue empeñado en desarrollar una operación militar especial y parece no darse cuenta de que los anglosajones le han declarado una guerra a muerte, en la que disponen de abundante carne de cañón, que hoy es ucraniana, mañana será georgiana y pasado kazaja. Y eso por no hablar de la deficiente campaña de propaganda de Moscú, tan necesaria en una situación de este tipo, y que, dados los lombrosianos rasgos criminales del régimen del Maidán, no habría sido muy difícil gestionar con éxito: corrupción colosal y galopante, robo del 90% de la ayuda humanitaria, tráfico de armas, trata de blancas, llamadas al genocidio, ataques a la central nuclear de Zaporozhia, desaparición de oponentes, detenciones arbitrarias, torturas a prisioneros de guerra, ejecuciones extrajudiciales, prohibición de los partidos políticos no afines, Rada (parlamento) purgada de opositores electos, atentados terroristas en Moscú, asesinato cotidiano de civiles en Donetsk … Es increíble que Rusia no haya aprovechado la gran cantidad de material propagandístico que los matarifes de Zelenski le regalan un día tras otro.

El enemigo del atlantismo no es Putin, es Rusia

Se da la extraña situación de que Ucrania tiene la guerra perdida, pero Rusia no la sabe ganar. La economía de la tecnocracia de Putin se demostró mucho más sólida de lo que pensaban los centenares de “expertos” que querían ponerla de rodillas en dos meses; aguantó toda una batería de sanciones que sólo han servido para arruinar a Europa y enriquecer a los Estados Unidos y, de carambola, a Rusia. Su ejército, pese al menosprecio de la prensa occidental, sabe manejarse y adaptarse muy bien en el aspecto táctico y técnico. Pero su dirección política, sin embargo, está presa del pragmatismo que le sirvió para reponerse del desastre de las eras de Gorbachov y Yeltsin, pero que ciega su percepción de las amenazas a las que ahora se enfrenta. Rusia sigue pensando que vive en paz, porque la guerra del Donbass no exige movilizar los recursos de la nación, tanto humanos como económicos (recordemos que en esta operación militar especial sólo está empeñada una fracción del ejército que no llega al 20% del total de sus contingentes), y sueña con que esta crisis tendrá una solución negociada. Pero Moscú está comprometido en una guerra que la plutocracia sajona proseguirá con la misma determinación de las coaliciones que formó para acabar con el imperio napoleónico —y no les va a escasear la carne de cañón polaca, báltica y hasta española—, porque el enemigo del atlantismo no es Putin, es Rusia. Si se cambiara de régimen en el Kremlin, cosa que parece dudosa pero no imposible, los dirigentes de Washington y Londres seguirían buscando su ruina, pues es el único poder que unido a Europa podría desafiar la hegemonía americana.

A los globalistas no les ha importado echar a Rusia en brazos de China, porque lo principal es que no se alíe a una Europa libre y dirigida por Alemania. Por eso, las potencias anglosajonas sabotearon incluso a la Rusia de Yeltsin, que era su hombre, su mejor aliado. Si contra Yeltsin financiaron y armaron a los islamistas chechenos, ¿qué no harán con cualquier régimen sucesor del actual?

Rusia empieza a ser consciente de que esto no es una crisis pasajera: América necesita la guerra para sostener su economía, mantener su tambaleante dominio global y arreglar el difícil panorama de los demócratas en las midterm elections. Moscú, si quiere sobrevivir a lo que le están preparando en Londres, Washington y Bruselas, debe cerrar filas, acabar con la quinta columna liberal que aún subsiste entre la nomenklatura del Kremlin y resucitar el espíritu de Pedro el Grande, del implacable jinete de bronce. El régimen del Maidán es una amenaza existencial para Moscú, un peón de la OTAN que ejerce el papel de una agresiva anti-Rusia; el Kremlin no tiene que negociar nada con la dictadura de Kíev, sino destruirla y castigar a sus secuaces. Para ello, no puede limitar su acción con el loable fin de sufrir un coste humano mínimo, porque entonces la operación especial en Ucrania durará años y acabará por ser un cáncer para el Estado. Sólo una escalada intensa y rápida del conflicto, que no dude en utilizar todos los medios de los que Rusia dispone, acabará con el mal. Además, es seguro que Occidente no morirá por Ucrania: ningún amo se sacrifica por su esclavo.

El gobierno ruso parece que, por fin, admite la realidad (o eso se intuye): el 11 de septiembre, en cuestión de un par de horas, los misiles Kalibr, lanzados por la armada, dejaron sin electricidad al régimen de Kíev, dañando las centrales térmicas de Járkov, Kremenchug, Pavlograd y Dniepropetrovsk. A eso se une el apagado completo de la central nuclear de Zaporozhia, que producía el 20% de la luz de Ucrania. Rusia puede dejar que la OTAN y sus cipayos correteen por unas cuantas decenas de kilómetros del pasillo de Járkov: es una derrota soportable. Pero habrá que ver si Zelenski y sus matones pueden asumir que la inmensa reserva de armamento ruso se desencadene sobre su electricidad, sus redes de transporte, sus puentes, sus embalses, sus depósitos de combustible, sus industrias o sus almacenes. Zelenski le ha discurseado al pueblo ucraniano acerca de una guerra total que, hasta ahora, sabía muy bien que no se iba a desencadenar, debido al tabú ruso de no causar un sufrimiento excesivo a un pueblo hermano. Creemos que Moscú, porque a golpes se aprende, va a cambiar de táctica y se ha decidido a atacar al enemigo en el más puro estilo OTAN. Puede hacerlo: los “expertos” olvidan que el arsenal ruso es tan letal como el de Washington y que dispone de los medios para reducir Ucrania a un solar, lo mismo que hicieron los anglosajones con Alemania, Japón, Vietnam o Irak. El invierno se acerca y ya veremos cómo le explica el sátrapa de Kíev a su pueblo que lo van a pasar con hambre y frío gracias a su muy cacareada totaler Krieg que, como en el caso de su patizambo antecesor alemán, será también, sin duda, der kürzerster Krieg.

Para El Manifiesto


4 respuestas a «No hay guerra sin batallas perdidas ni… victorias a lo Pirro»

  1. Primero gran artículo de nuevo, don «Sertorio».

    Segundo, estoy totalmente de acuerdo de que los rusos no están sabiendo manejar políticamente esta guerra… ni dentro ni fuera. Lo triste de la derecha en general es que se cree la democracia (aunque luego les llamen fascistas en cualquier caso) mientras que la izquierda no se la cree (son más dictadores y más anti demócratas que nadie) pero la usa y abusa hasta la extenuación, y Putin se la cree. Rusia es hoy una democracia, más que España en muchas cosas (para empezar eligen en elecciones separadas al ejecutivo y al legislativo, ó sea tienen separación de poderes, y luego tienen una federación realmente descentralizada y bien hecha en lugar del horror corrupto de las autonomías, y un largo etcétera), y la gente no comprende que Putin tiene las manos atadas en muchas cosas, como en el caso de llamarle «Operación especial» en lugar de declarar una guerra empeñando en ella todos los recursos del país. Tiene un legislativo con el que entenderse, una oposición muy fuerte (financiada posiblemente desde el exterior), unas leyes constitucionales que le limitan más que a Biden ó Johnson en ciertos temas, etc. Obviamente yo también me he extrañado de que no declare la «guerra total», como Alemania en la 2GM y como zelensky en Ucrania, pero hay unos motivos de política interior que atan las manos de Putin.

    También es posible que la estrategia rusa sea de más largo alcance… no quieren destruir Ucrania, sino volverla un país neutral tipo Suiza (y en la forma de una federación con cada región con autogobierno), además de quedarse ya para siempre con Crimea y el Donbass… cosas ambas históricamente y socialmente justas y correctas. Ellos no piensan en la opinión pública internacional a corto plazo sino en la conclusión política a medio plazo, lo cual tiene también su peligro, claro.

    En todo caso sorprende la «tibieza» rusa, sobre todo después de la actitud tiránica y asesina del actual régimen de Kiev contra los prorusos, el incumplimiento de los acuerdos de Minsk y los 13.000 muertos civiles prorusos de antes de la invasión de este año (porque en el 2014 hubo un golpe de estado en Ucrania, el famoso Maidán, que lo cambió todo). La política es muy sofisticada y poliédrica, hay demasiados factores a tener en cuenta.

    Por ahora estamos en una guerra de desgaste y de trincheras y artillería muy parecida a la 1ª guerra mundial (lo que parece un absurdo en pleno siglo XXI), pero también hay que pensar que con la actitud agresivísima de la OTAN (en realidad ellos parecen actual como gobierno, y zelensky su marioneta) a Putin le quedan pocas opciones en el tema MILITAR… está en guerra contra el globalismo, EEUU, la OTAN y la Unión Europea (con sus armamentos de ultimísima generación y su tecnología insuperable) y por lo tanto tiene que ir poco a poco y con poco margen de acción. La OTAN (por resumir a sus enemigos en estas siglas) está interesada en debilitar a Rusia a través de las sanciones, el aislamiento y una guerra de desgaste (militar y político), y en efecto no va a levantar el pie del acelerador.

    En cierto modo veo semejanzas con la guerra civil española… unos son buenos en mentir y en matar en la retaguardia, y con más recursos y más reputabilidad propagandística internacional, pero en el campo de batalla estas mentiras y vejaciones ya no sirven, gana el mejor ejército y la post guerra será del que gane la guerra.

    En todo caso las guerras se sabe cómo comienzan pero no cómo terminan… están totalmente abiertas, porque siempre son guerras a muerte, y además con una base principal de orden político (lo que las hace aún más inciertas), así que ya iremos viendo. No perdamos de vista el aspecto moral de esta guerra… PORQUE DIOS ES EL SEÑOR DE LA HISTORIA, y el que le desobedezca menos tendrá más papeletas para vencer, salvo que Dios disponga lo contrario… pero la parte espiritual me parece fundamental.

  2. Rusia está jugando su propia «partida de ajedrez» en este conflicto, que, atendiendo a los medios empleados hasta el momento, no ha pasado de ser una guerra muy convencional, al estilo de lo ya visto desde la Segunda Guerra Mundial.

    Sin embargo, creo que las autoridades de Moscú, son mucho más conscientes de lo que tienen entre manos de lo que les supone el autor de este artículo. Están intentando darle a EE.UU/OTAN (verdadero/s promotor/es y financiador/es de lo que está sucediendo en Ucrania), la respuesta que piensan es más adecuada para la defensa de sus legítimos intereses nacionales.

    ¿Qué otra cosa pueden hacer, frente a un enemigo que tiene un presupuesto militar conjunto dieciocho veces superior al suyo, sin tener que echar mano de los «maravillosos» sistemas armamentísticos de punto y final… para todos?

  3. No es una guerra convencional, es más económica, pero para los que observamos desde lo esotérico, es una guerra de espacio vital. ¿Qué significa espacio vital? Respuesta: Que solo un país con soberanía nacional puede salir victorioso de esta guerra. ¿España tiene soberanía nacional? Respuesta: Evidentemente que no, solo en los cerebros adoctrinados con el mantra ilusión de todos los días, como el sorteo de la ONCE, el número 11, maestro del engaño. Estamos en una guerra total y eso significa espiritual, no solo este plano que vemos con los ojos físicos, es en todos los planos de significación.

    La gran confusión o tribulación, significa que la única guerra real es en nuestro interior, por eso muchos intelectuales lo denominan guerra híbrida o batalla cultural por el control de la mente. Comprende a la serpiente con la mente y el signo del origen y serás nuevamente libre en el origen, solo es real el espíritu despierto, las formas solo son entes creados y estar dormido, es poner sentido en esas formas materiales, de las cuales se nutren y explotan el espíritu dormido.

    Saludos cordiales

  4. Es una rapiña a nivel mundial, y militarmente no se puede entender, ya que es una mentalidad muy particular.La direccion politica , como siempre es la que decide, las cuestiones tacticas y estrategicas , un error historico. Un horror y los criminales estan fuera de los campos de batalla.

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