No somos un “colgajo” de posibilidad. A vueltas con la metafísica de Suárez

En estos tiempos en que parece haber triunfado el nihilismo y la propia nada se entroniza, conviene volver a nuestros clásicos y esclarecer uno de los grandes problemas, rehuyendo de nadas y deshumanizaciones: qué es existir. Para muchos, herederos de Nietzsche o Sartre, la existencia misma ha devenido absurdidad, vacío, irrelevancia. También, retorciendo la tradición metafísica cristiana, la existencia consiste en un plus, un añadido extrínseco. Nuestro Francisco Suárez ( 1548-1617) cortó el paso a esa metafísica del absurdo, del vacío y de la superfluidad. Lo hizo ya en el siglo XVII, edad gloriosa de nuestras letras bellas y cima de nuestro pensamiento.

Fco. Suárez

La existencia no es algo extrínseco y adventicio que le sobreviene al ser, como nos resumía José Ignacio Alcorta [“Problemática de la existencia en Suárez”, Revista de Filosofía. Instituto de Filosofía ‘Luis Vives’, Año VII, Oct-Dic de 1948, nº 27, pps. 693-720; las citas, a partir de ahora tomadas de aquí]:

Nada es más intrínseco al ser que su propia existencia, como constitutivo interior del mismo” (p. 695).

No tiene sentido hablar “en dos tiempos” metafísicos. Según una metafísica muy extendida, y que a mi juicio es la que ha abierto la puerta a las filosofías contemporáneas del absurdo y la superfluidad, habría -antes de nada- un ser, entendido de manera genérica, indeterminada, con un pie cercano en la nada, y posteriormente, “en segundo tiempo” advendría una determinación existencial o una actualización de la existencia. Con un pensamiento así, nada tiene de extraño que, una vez triunfe el ateísmo en Occidente como de hecho ha triunfado, esa actualidad existencial parezca un “plus” que podría añadirse o no a una base ontológico-genérica, base muy cercana a la nada. Pero las cosas son vistas por Suárez de muy otra manera: la existencia, nos recuerda Alcorta, es la consistencia ontológica del ser real:

La existencia no es para Suárez la actualidad de una esencia, sino el ser real, actual y total”.

Ser actual y ser existente son la misma cosa. Dios crea individuos, primera y radicalmente. Otras realidades colectivas, las especies, los géneros, esencias, etc. son también reales pero en un sentido secundario. Cada individuo creado es ya un ser dotado de actualidad, un individuo actualmente existente. Si algo existe, ya está actualizado y esa actualización existencial le otorga su realidad individuada y su plenitud formal:

La existencia es aquello por que una realidad se constituye en acto, o sea, tiene actual entidad contradistinguida del ser en potencia. La existencia recubre toda la entidad actual, todo lo que haya de realidad en un ser en cuanto se contrapone al ser en potencia. La existencia es aquello por lo que cada cosa tiene una entidad actual que lo coloca en el orden de la naturaleza” (p. 697).

El realismo de Suárez, ciertamente distinto del tomista, es también un refinamiento del aristotelismo. El mundo es, para el jesuita granadino, ante todo y radicalmente, un mundo de individuos dotados ya –constitutivamente- de la actualidad o formalidad que les da existencia. Una vez creados, no se derrumban en su consistencia ni se amalgaman con lo (meramente) posible. Una vez creados, son, y son en tanto en cuanto lo permitan las leyes de la naturaleza, leyes que incluyen la naturaleza intrínseca de su ser individual. Así, por ejemplo, una persona existe, y dentro de su existir, vive, mientras no le fulmine la enfermedad, o un asesino, o no sucumba al suicidio o lo permita la salud precaria de una avanzada edad que, al final, posee límites naturales. Un ser es a todos los efectos, hasta que la naturaleza o Dios dicte su terminación. Solamente en un plano teológico diríamos que el existir de ese individuo es un milagro que se repite en cada instante sucesivo, y diríamos bien. Pero en un plano metafísico, abstraído del milagro reiterado de la creación divina, ese individuo  posee en sí la autosuficiencia existencial.

Alcorta dice así:

La existencia es aquello por cual cada ser es actual y no posible; y esto justamente es su realidad. La existencia es aquello por lo cual lo actual se contradistingue de lo posible, (…) lo que distingue lo actual de lo posible es la existencia” (p. 698).

La metafísica de los individuos actualizados, autodotados de su propio principio constitutivo de la existencia es incompatible con el idealismo de “los posibles”. Fíjese el lector de qué manera el hombre occidental moderno ha quedado atrapado en el idealismo “posibilista”. Un individuo humano atrapado en la locura moderna de la “posibilidad” razonaría así:

“Yo (contingentemente) soy varón, pero podría (autoderminándome) ser una hembra”, o bien, en general, y “en otro mundo posible”, “podría haber sido un gato o una rana”…

Evidentemente, el ejemplo anterior es una caricatura, pero la simplificación y exageración de rasgos puede servir para que el lector distinta con toda nitidez el realismo (radical, basado en el individuo) y el idealismo.

La existencia no es un “dato” o determinación que hay que añadir a lo posible, a lo potencia, a lo genérico e indeterminado: “la existencia no es sino la consistencia ontológica del ser real” (ibídem).

No cabe distinguir entre ser (actual, individual) y su constitución ontológica. Ambos conceptos aluden a una misma cosa. El individuo es el ser existencial y, con ello, si es individuo, éste ya es separado de la nada y del ser posible.

“Ex – sistere” (sistere ex alio) significa tener “sistencia”, a saber, una erección o instalación en el ser. Tal “sistencia” no procede “del exterior”, al modo platónico. El gran Platón sostenía que las cosas individuales recibían su formalidad existencial, reduciendo su ser sensible al modo de copias o participaciones de unas formas exteriores a ellas. En la versión más extrema y escolar, que acaso sólo se corresponda con una determinada etapa de gestación de su pensamiento, Platón postuló un cosmos inteligible y separado, habitado a la sazón por estas Formas, también separadas ellas mismas pero con eficacia causal ejemplar sobre las cosas terrenales, las cuales, de estar dotadas de formas tales formas, serían, en todo caso, participadas o derivadas de aquellas otras “transuránicas” de las cuales proceden, y a las cuales las sensibles imitan o de las cuales son participación. Aun cuando no se admitiera tal versión extrema, un platonismo entendido como dualismo ontológico con estricta separación, en el ateniense y en todo platonismo aprendido de él habría una visión extrínseca de la actualidad existencial, frente al aristotelismo radical suarista:

Ningún ser real ni esencia real se constituye intrínsecamente si no es por algo real y actual. Ni el ser posible ni la esencia posible que es ideal no pueden estructurar intrínsecamente nada real, porque las ideas no son elementos ontológicos de la textura real de las cosas. Toda entidad que deja de ser posible y se hace actual es preciso que quede constituida en virtud de algún ser real actual que le estructure intrínsecamente en su ser real” (p. 700).

Ni Platón ni Aristóteles eran creacionistas y, por ende, no pudieron construir una teoría de la “causalidad existencial” o “producción total”. Dios, al dar el ser a un individuo produce el ser en su totalidad, no partiendo de algo existente y transformándolo (lo cual sería una causalidad natural) sino arrancándolo de la nihilidad y de toda causa que se pudiera oponer a su existencia. La creación viene a ser una “producción substancial de todo el ser creado entero y subsistente” (p. 703).

El creacionismo perfecciona y da cima a la metafísica. El ser es ser individual, aquello que posee en sí el principio constitutivo y actualizador, dado y querido por el Creador. No somos un cúmulo de posibilidades, pues las posibilidades no son. Somos lo que somos, actualidad individual existente, y no un “colgajo” a punto de desprenderse de la posibilidad. Acaso sea difícil hallar un pensamiento más bello y dignificador.


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