Nuestra fe católica está impedida

Ponderemos seriamente, por un instante, lo mucho que le costó a nuestro Señor reconciliar a los hombres con Dios Padre y hacerles merecedores de su divina amistad de Padre amoroso. Y lloremos y aflijámonos de que tantos vivan en ese olvido y que tantos trabajen con todo su empeño por destruir y perder lo que costó la sangre y muerte del mismo Dios.

¿Qué decir de la fantasmagórica, esperpéntica y delirante Iglesia sinodal? Una Iglesia sinodal que quiere escuchar a todos, en la que todos entre ellos se escuchan, nadie sabe de qué hablan, pero no importa, lo importante es la escucha. ¿Quién escucha al Redentor? Una Iglesia sinodal que es bochorno para quienes queremos seguir fieles a la tradición apostólica, luchando contra los enemigos del alma para ganar la vida eterna. Y es el hazme reír de los enemigos de Dios, que contemplan complacidos como desde dentro de la misma Iglesia confabulan para destruirla.

Lamentemos de que en nuestra santa Iglesia católica haya tantos sucesores de aquellos hipócritas pontífices que condenaron a Cristo. Se ha entronizado la soberbia y el despotismo en el seno de la Iglesia, y la humildad, la verdad, la justicia y las virtudes han quedado oprimidas y abatidas, prevaleciendo la hipocresía, la vanidad, la sensualidad y la codicia.

La pobreza de Cristo pocos la conocen y menos la siguen. La obra de Redención ha quedado oscurecida; la tragedia del pecado original olvidada, y la posibilidad de la condenación eterna ha quedado “abolida”, al decretarse la no existencia del infierno. Estamos ante el esperpento del nuevo rostro de la nueva Iglesia: abierta, dialogante, amable, acogedora, que escucha, que no discrimina, que sonríe y está alegre; y quizá, de paso, una Iglesia de color rosa o multicolor.

Nuestra fe católica está impedida. No se dilata, no se expande, no da frutos, está, en definitiva, cautiva. Es por causa del poder de los poderosos y su odio a la Redención de Jesucristo, a su santa Cruz y lo que significa y al reinado universal del Salvador; y es por causa de la mortecina y ociosa fe de los católicos, y por el desnortado rumbo de la Jerarquía eclesiástica, dócil al poder político y adulador de los poderosos de la tierra. Es por causa de los principios establecidos por el Concilio Vaticano II. ¡Qué fatídico “nuevo Pentecostés”!

Casi todo lo que ha de tener vida en la Iglesia está muerto, y se dispone para la perdición. Los consejos evangélicos olvidados, los preceptos de la Ley de Dios quebrantados y la caridad casi extinguida.

Los Estados han promulgado leyes que ofenden a Dios y alejan a las almas de la salvación eterna, acercándolas a la condenación; pero los hijos de la fe y de la Luz, que ha venido al mundo, callan o son complacientes, cuando no las apoyan directamente. Quizá algunos alzan su voz, tímida y muy medida, no vaya a ser que su réplica se vuelva contra alguno y tenga que vérselas con la justicia. La Iglesia ya no tiene voz ni autoridad; ya no defiende con valentía a sus hijos. Es otra “Iglesia”, irreconocible, la llaman “sinodal”.

La fe católica está impedida, está cautiva. Pero en su cautiverio sigue fidelísima a la tradición recibida, y está dispuesta a ser transmitida a generaciones futuras


2 respuestas a «Nuestra fe católica está impedida»

  1. Parecidamente a lo sucedido con la gran manada de cerdos en el episodio evangélico del endemoniado de Gerasa, también los «cristianos» de ahora mismo se están hundiendo como locos en el lago de las pasiones mundanas y los errores doctrinales, hasta la perdición. Lo nuevo y terrible de nuestro tiempo, es que el papel asignado a la legión de demonios en el relato neotestamentario, lo ha usurpado el estamento clerical casi al completo; empezando por el papa y continuando así hasta el último teologuillo. Y como dicen que ya no hay Infierno…, pues tampoco habrá que rendir cuentas con Nadie el día de mañana.

    ¡Perfecto!, ¿no?

  2. Ante la deriva de la Iglesia, creo que el artículo es sobradamente esclarecedor, lo que no se ha de perder es precisamente la fe. Es un precioso don de Dios y para alimentarla tenemos su Palabra, la que nos ha legado El Verbo.

    Sí leemos los Evangelios a diario ya es suficiente alimento para no desfallecer. Tenemos otros textos, desde el Kempis hasta el Catecismo, pues avisados estamos que la Iglesia tiene que pasar otra Pasión, pero también tenemos otro mensaje de esperanza en las palabras de Cristo al prometernos que las puertas del Infierno no van a prevalecer sobre Ella. Así, pues, que en este tiempo de tribulación nadie pierda la fe.

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