Origen y desarrollo de la Leyenda Negra

No es difícil localizar el origen de la Leyenda Negra antiespañola en el siglo XVI a partir del poder hegemónico ejercido por España como potencia mundial en vías de expansión por el mundo entero. Sin embrago, su consolidación como arma foránea contra la expansión imperial se comienza a consolidar con las guerras de Flandes y las pérdidas territoriales europeas a partir de todos los demás conflictos con el resto de potencias, la expulsión de los jesuitas de todos sus territorios y, finalmente, la independencia de América, donde culmina la labor de sus enemigos en el siglo XIX. Es en el levante del Atlántico donde llegaron a resonar como latigazos las palabras de Bolívar: «Tránsfugos y errantes, como los enemigos del Dios-Salvador, se ven arrojados de todas partes y perseguidos por todos los hombres…», porque, en realidad, era como si todos los hombres los persiguieran. «Sáquenlos de todas partes», decían los británicos en Europa, porque en el mundo nadie podía osar tener más que los españoles. Ya habían sido arrojados de los Países Bajos (1648), del Franco Condado (1679), del Milanesado (1714), del Reino de Nápoles (1713), y del Reino de Cerdeña (1720). Era algo así, porque la Leyenda Negra fue la persecución ejercida sobre las ideas de una España aferrada a un tronco que se deslizaba sobre el aluvión del desenfreno político; porque la invasión napoleónica no había sido otra cosa que la misma persecución territorial trasladad a sus hombres; porque, expulsándolos de aquellas o venciendo a éstos, se terminaría derrotando el peligro que para la Revolución significaba la existencia de los españoles y de sus ideas.

No podían los ilustrados perdonar a la hispanidad la enorme cantidad de heroicas gestas, de caudillos más grandes que su sombra, de la epopeya conquistadora de inmensos y desconocidos territorios donde los hombres, sin saber hacía donde iban, no dejaron de seguir llegando; no cejaron de domeñar breñas, fundar pueblos, civilizar razas, morigerar costumbres, cristianizar almas y escribir códices ocultos para el extranjero los secretos de la grandeza, las sílabas impronunciables de la gloria y el índice que guiaba hacía el perdido alfabeto de la buenaventura; tres siglos de gloria habían sido demasiados como para no fatigarla y exaltar los ánimos de quienes, con envidia, odio y celos, contemplaban la épica aventura.

Envidia, porque fueron los españoles los primeros europeos en establecer colegios y universidades en América cuando todavía los angloamericanos talaban árboles y cazaban zorros en las blancas y gélidas estepas de Nueva Inglaterra, Virginia o las Carolinas, para cubrir sus carnes mordidas por el frío. Jamás podrán contar que no fueron ellos, sino los españoles, quienes fundaron en América veintitrés centros de enseñanza superior, réplicas de las Universidad de Salamanca, que graduaron 150.000 estudiantes, entre blancos, mestizos y negros, cuando ni siquiera los portugueses fundaron universidad alguna en Brasil; cuando los holandeses, después de tres siglos de presencia en las Indias Orientales, no llegaron a fundar ninguna institución de instrucción superior en aquellas tierras.

Odio, porque fue España la primera en permitir la oposición de las ideas, estimuladas por la Corona, que acompañaron al descubrimiento y que constituyen gloria de su civilización.

Celos, porque la justicia cristiana siempre presidió y enalteció la política del Imperio y porque prevaleció por siglos la tesis de Juan Ginés de Sepúlveda de que el rey hispano tenía derecho de gobernar en América sobre la opuesta de fray Bartolomé de las Casas, personaje que hasta el final insistió en que la conquista fue una cruel injusticia contra los pacíficos e inocentes indios. De su prolífica y desviada pluma salió el infundio de que la codicia española había sido la causa del holocausto de veinte millones de indígenas asesinados a manos de endurecidos conquistadores, estampa de depravación que sirvió para alentar la disputa sobre el Nuevo Mundo que mantuvieron Holanda e Inglaterra contra una España que volcó sobre sus costas la cultura, admiró al mundo con sus tremendos descubrimientos y acrecentó con fabulosas riquezas su poderío económico y militar.

El acto de extender la religión Católica por parte de España en el continente americano se reputó fruto del fanatismo y de la intolerancia; en cambio, el acto de descabellar indios por cuenta de Inglaterra se disculpó como un acto comprensible de una potencia que defendía a sus súbditos de la ferocidad indígena. Lo primero era decadente y oscurantista; lo segundo, heroico y civilizado. La lucha de la mano civilizadora de España contra los indios salvajes se denominó «el extremismo español», en tanto el exterminio indígena en la América del Norte, en el caso inglés, tornó en llamarse «la salvaguarda del trabajo colonial». Es verdad palmaria que jamás España tuvo reyes más crueles que Enrique VIII, Isabel I, o Jacobo I de Inglaterra. El terror ejercido por estos monarcas contra su pueblo, o contra los celtas de Escocia, o contra los irlandeses, se volvió a reflejar en su política de exterminio de los indios norteamericanos emprendida por un pueblo que había asimilado perfectamente el ejemplo de sus monarcas.

Si la Revolución Francesa había conquistado el corazón de los americanos, la Leyenda Negra había envenenado el de los franceses que ahora estaban dispuestos a conquistar, para mayor gloria de Napoleón, aquella España desgarrada; el Corso había traicionado su corazón por el cetro de los tiranos. Al mismo tiempo, América se dejaría seducir, en masoquista devaneo, por la férula de sus dictadores. El pronunciamiento absolutista de la Santa Alianza, la nueva invasión francesa de 1823 y el reconocimiento inglés de la independencia en 1824 se convertirían en la partida de defunción del Imperio y el comienzo de la deriva de dos siglos de una América cuya soberanía se habría de trocar en un simple juego de palabras.

Bolívar estaba consumando el verdadero holocausto, el único del que, en realidad, se tuvo noticia alguna en América: el de españoles, porque holocausto nunca hubo de indígenas consumado por españoles, sino de españoles por criollos, por los hijos que parieron vientres de madres españolas y voltearon sus cuchillos contra ellas y sus padres, amén de haber dado la espalada a la Madre Patria en sus momentos más angustiosos, invadida por el tirano de Europa. Este es el holocausto del que no se atreven a hablar ingleses ni holandeses, del que no se atreven a hablar los que tejieron la Leyenda Negra contra España, ni los propios independentistas, porque si lo llegaran a hacer tendrían que explicar por suerte de qué títulos tendrían los criollos más derechos que los nativos a permanecer en unas tierras que fueron conquistadas y cristianizadas por sus padres y sus abuelos; tendrían que mirarse al espejeo y decidir si son más españoles que indígenas, si son más blancos que cobrizos, porque los que hicieron la revolución fueron los criollos blancos, aquellos que tendrían que haber renunciado primero a permanecer en esas tierras y devolverlas a sus antiguos moradores, antes de levantar la mano contra sus hermanos de sangre y conquista… Sí, mirarse en el espejo y ver en esa imagen el reflejo de sus antepasados antes de acusar que los españoles vinieron a robarlos, como s aquellos revolucionarios fuesen de procedencia distinta, como si hubiesen venido de la luna; porque quienes así levantan el dedo acusador están señalando a sus propios ancestros, a sus directos antepasados y, de contra, a ellos mismos… Porque, como Bolívar lo dijo, «Americanos por nacimiento y europeos por derechos, nos hallamos en el conflicto de disputar a los naturales los títulos de posesión y de mantenernos en el país que nos vio nacer…».

Para AFAN


2 respuestas a «Origen y desarrollo de la Leyenda Negra»

  1. España comenzó su decadencia cuando se supedito a la política de Francia a través de los pactos de familia, renovados vez tras vez a pesar de que su mantenimiento solo servia para que España hiciera lo que a Francia interesaba.
    La Leyenda negra jamas hubiera importado un ardite sin el concurso de los propios españoles, que la difundieron y aun, a día de hoy, lo siguen haciendo.
    Son españoles los masones que destruyeron la España de Ultramar y la España peninsular, español era el secretario de Felipe II, Antonio Pérez, que fue con sus cuentos derrotistas y sangrientos a Gran Bretaña, español fue el medio negro Bolivar, que merece ser resaltado ahora que tanto se habla de racismo, el traidor San Martín, el felón Miranda o el aun mas traidor Riego.
    Son españoles los que se pasan la vida dándose golpes de pecho por lo inteligentes, valientes y decididos que fueron sus antepasados, que descubrieron que el mundo era redondo, que le dieron la vuelta con barquitos de madera y que civilizaron un enorme continente consiguiendo que los nativos dejaran de comerse los unos a los otros y aceptaran la civilización que la llegada de los españoles les brindaba.
    Descendiente de españoles es el actual Papa que reniega de lo que España hizo en el mundo en general y en el continente sudamericano en particular, poniendo en la picota su evangelizadora misión que extendió el catolicismo por los cinco continentes y españoles son los últimos reyes, que han minimizado y escondido el quinto centenario de dan magnifica gesta.
    El problema reside en el alma de unos españoles acomplejados y sin cultura, de un pueblo ignorante, pecado buscado a conciencia, que desde la intromisión del liberalismo masonico en España, se ha formado en la brutalidad no reconocerse en un espejo, viendo en el, en vez de una raza de hombres de increíble fuerza y dignidad, a una turba de malos y asesinos

  2. Oportuno artículo que tiene su colofón en el comentario de Geppetto.
    El autor pone en evidencia el contrasentido de que sean, precisamente, los descendientes de los «conquistadores» quienes echen la culpa de la conquista y colonización de América a los «españoles del otro hemisferio» que nada tuvieron que ver.
    En cuanto a las acertadas razones de Geppetto, recordar que a partir de la llegada de los Borbones en 1700 España pasó a ser una colonia de Francia, su secular enemiga.
    Supeditada por ello a sus intereses políticos, económicos y culturales.
    Nada tiene pues de extraño que los franceses, tras guillotinar a sus reyes, consideraran que era llegado el momento de anexionar su colonia al sur de los Pirineos.
    Así lo entendió Napoleón, considerando por ello como lógico que fuera su hermano quien a partir de 1808 rigiera los destinos de España. Como lo habían hecho los reyes franceses desde 1700.

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