Padre, ayúdeme con la confesión

Queridos hermanos, hemos de ser prefectos para que cuando nos miren vean al Señor en nosotros. Es difícil, pero hemos de proponérnoslo, si así lo hacemos el Señor será quien actuará en nosotros. Él es el que hace en nuestras almas si las encuentra dispuestas y prestas a hacer Su Santa Voluntad.

Ayúdeme con la confesión, padre. Lo más importante es no tener pecados, le comentó al sacerdote el alma penitente.

Todos tenemos pecados, los tienen los niños pequeños cuando desobedecen a sus padres, pues desobedeciéndoles desobedecen a Dios. Cuánto más nosotros, que lo miramos todo, que lo curioseamos todo, que nada se oculta a nuestros ojos. Nuestras faltas de humildad, pecados de la carne, nuestra soberbia, ira, malos pensamientos hacia alguien cuando le deseamos mal. Faltas de caridad cuando deseamos que alguien termine de hablar porque nos inoportuna su conversación.

Qué decir de la televisión de lo que se ve en ella, imágenes, películas, conversaciones, lenguaje. Cada segundo pecamos palabras mal sonantes que salen de nuestras bocas. Excesos en la comida y bebida cuando no se piensa en el Señor, cuántos pecados en los placeres de los sentidos. ¡Cuánto pecamos! Hasta las cosas que no nos acordamos cuentan para el Señor.

Pecamos cuando al levantarnos nuestro pensamiento no es para el Señor, y nos regodeamos, a veces, en sueños pecaminosos que el maligno nos ha inducido durante la noche. Pecamos cuando nuestros labios no se abren para alabar al Señor por el nuevo día.

Al Señor le arrancaron la ropa antes de crucificarle, ¿cómo se puede estar desnudo por nuestra propia voluntad? Por ejemplo, en las playas, piscinas. No se sabe lo que es el pudor y el recato. No se tiene al Señor en las vidas de cada uno. No hay sentido del pecado, de la ofensa a Dios.

¿Haría falta tener la visión del infierno y ver cómo son arrojadas las almas al infierno por los demonios? Hay pecados horrorosos y monstruosos, y aún no creen en la condenación eterna. Sólo la confesión perfecta con dolor de contrición y propósito de enmiendo puede librar al alma de la condenación.

El Señor nos quiere limpios y puros. Ningún alma vive sin pecado, todos pecamos. Hay que desear estar lo más limpios para Dios, arrancar el más mínimo pecado del alma; hay que desear ser para Dios, cumplir con Su Voluntad.

Cuanto más cerca está el alma de Dios más se horroriza del pecado, con más facilidad lo ve en ella, con mayor deseo quiere estar limpia. Cuanto más lejos está de Dios menos le preocupa el pecado y por supuesto, no lo ve ni le inquieta.

Los pecados que más ofenden al Señor son los de la carne. Él nos dio un cuerpo y no sabemos utilizarlo. Y el pecado que más le ofende es el de la homosexualidad, verdadera abominación. Es abominable que un hombre se una otro, o una mujer a otra. Este pecado va contra la Creación. Es el pecado de Adán y Eva, es decir, la desobediencia a Dios, va contra el plan divino. Sólo el arrepentimiento sincero y el cambio de vida les blanquearían de toda mancha, pues la Misericordia divina les borraría su pecado. Pero también los demás pecados de adulterio, de uniones libres, son grandísimas ofensas al Creador.

El Señor sigue pasando Su Sagrada Pasión por los pecados de los hombres. El sacerdote ha de cuidar que el alma salga limpia del confesionario. Los pecados olvidados, los cometidos sin darse cuenta, los que se cometen sin ser conscientes de ellos.

Queridos hermanos, el maligno está rondando las almas que quieren acercarse sinceramente a Dios, y sólo se le puede combatir con la oración, sacramentos y penitencia y sacrificios.

Si supieras que vas a morir, ¿qué harías?  Dejemos que responda un alma de Dios que respondió así a su director espiritual, como aparece en su biografía; nos ayudará grandemente a todos.

Querría confesarme, Padre, para estar preparada, sin ningún pecado.

Querría hacer oración y que usted me acompañara. Además me gustaría que me diera la Sagrada Comunión, si fuera posible.

Querría que me diera la Extremaunción.

Querría que estuvieran las personas que quiero. También aquellas que por culpa mía no me aprecian, para pedirles perdón. También aquellas que me han hecho mal para perdonarlas.

Querría, Padre, si fuera posible, que me expusiera el Santísimo Sacramento para morir mirándolo.

Querría que la gente que estuviera en esos momentos creyera en Dios.

Querrían en mi último instante llevar almas a Dios.

Querría que cuando preguntaran qué dejé de testamento respondieran: DEJÓ A DIOS.

¿Qué hacer para no pecar? Sentir odio al pecado mortal, después al venial y después a las faltas, por péqueñas que sean. Este es el camino de la purificación. Cualquier pecado nos aparta de Dios. El pecado mortal conduce al infierno, y de allí no se sale.

No pecar por amor a Dios, por la belleza infinita de Dios.

El síntoma de que un alma ama a Dios es que no desea pecar, no desea ofenderle por nada del mundo; desea darle gloria con toda su alma, siente verdadera aversión al más mínimo pecado, a la más mínima ofensa a Su Majestad y Gloria.

El alma que ha encontrado a Dios, lo encuentra en el Santo Sacrificio y sufre con Él,  y quiere sufrir con Él para reparar con Él  por los pecados del mundo y los de Su Iglesia.

La confesión nos lleva a la salvación. Padre, ayúdeme con la confesión.

Ave maría Purísima.


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