«Padre Huidobro. Héroe de almas legionarias», por Emilio Domínguez Díaz (SND Editores)

Emilio Domínguez Díaz

No podía faltar en el catálogo de SND Editores un libro sobre el heróico P. Fernando de Huidobro y Polanco, paradigma del valor y la entrega  sacerdotal y legionaria. Así pues, ya lo tenemos con el título de «Padre Huidobro. Héroe de almas legionarias», cuyo autor es Emilio Domínguez Díaz.

Y es que todo lo que se pueda decir sobre el P. Huidobro sigue siendo esencial, máxime cuando hoy vemos cómo tanto las virtudes católicas como las militares andan de capa caída.

P. Huidobro

«Creo que Dios ha aceptado el ofrecimiento de mi vida por los legionarios. Está la necesidad de morir para dar fruto», así se dirigía el padre Huidobro por carta a su hermano Ignacio días antes de aquel infausto 11 de Abril de 1937 cuando, tras caer abatido en la Casa de Campo, se presentaba ante el Padre celestial. El capellán de la Bandera «Cristo de Lepanto» IV de la Legión fue un sacerdote de arriba abajo, total, capellán de la concordia, adalid de la reconciliación, campeón en valores y virtudes, héroe de almas legionarias y protector espiritual de hermanos, de uno u otro bando. Cuando le comuniacro al Caudillo la muerte del P. Huidobro, del que no sabía nada, pero cuya fama comenzó enseguidas a extenderse, Franco contestó: «Si me hubieran dicho cómo era ese sacerdote, le habría retirado de primera línea, porque España va a necesitar muchos comoél una vez termine esta guerra».

«El comportamiento como capellán castrense del padre Huidobro siguió un espíritu fiel al fundacional de la Compañía de Jesús y al paradigma del sacerdote irlandés. Esas bases le llevaron a conquistar el corazón de sus legionarios, de sentir la Legión, cuerpo de asalto con un espíritu propio de lucha en el que el sacrificio de la propia vida, el deber cumplido y la camaradería forman parte de la esencia de una familia espiritual única y difícil de comprender sin pertenecer a ella. Aquellos hombres de pasado olvidable habían recuperado su dignidad humana gracias al espíritu de cuerpo de su unidad y al poder unificador de su Credo Legionario. El padre Huidobro, con su imagen de sacerdote instruido, era, en apariencia, lo más alejado de aquellos guerreros. El candado para entrar en sus vidas sólo tenía una llave, la del valor, esa capaz de abrirlo al acompañarles en la vanguardia con arrojo y acometividad, acudiendo a los lugares más expuestos y ofreciendo su toque humano a los centinelas pertrechados en las trincheras. Y allí estaba, donde la muerte elegía de manera aleatoria a sus nuevas presas, auxiliando a combatientes moribundos sin la dura coraza forjada por la dureza de pretéritas experiencias. Allí, acompañando las almas de bravos infantes que, aproximándose a su páter, iban sensibilizándose hacia Dios con un creciente número de comuniones y confesiones entre los componentes de su Bandera.

Así, la transformación de aquellos hombres debido a la labor de su capellán no fue su única labor, sino también la necesidad de humanizar un conflicto que, por su propio origen, se había convertido para muchos en una guerra de exterminio con asesinados en la retaguardia contraria. Sin embargo, el padre Huidobro apeló a la tradicional e histórica caballerosidad española, la de combatir sin odio y eliminar el deseo de venganza. Sus escritos se divulgaron por las trincheras entre oficiales y soldados mientras él mismo practicaba lo que predicaba cuando corría o reptaba en busca de almas que precisaban un último auxilio espiritual. No pocas veces volvió a su puesto con heridos del otro lado a los que no les faltó su compañía o una confesión antes del último aliento. Además, se atrevió a escribir en contra de acciones y represalias que no hacían más que ennegrecer las almas propias impidiendo el ejercicio de reparador consuelo previsto con el enemigo.

Unos días antes de su muerte, el padre Huidobro escribía a su hermano, jesuita como él, una carta en la que hacía visible la calidad de su alma después de haber realizado sus últimos votos en Villafranca de los Barros, Badajoz. En ella, de forma semejante al padre Doyle, había hecho entrega voluntaria de su vida por el fin del conflicto y la recuperación de su amada Patria». (José Luis Orella Martínez)

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Una respuesta a ««Padre Huidobro. Héroe de almas legionarias», por Emilio Domínguez Díaz (SND Editores)»

  1. Así a vuelapluma y de memoria. El P. Huidobro S.J. figuraba en los cursos de doctorado de Martin Heidegger en Friburgo de Brisgovia. Cuando estalló el Movimiento, tras pedir permiso a su provincial (en Bélgica en las vacaciones de verano) alegando que se le necesitaba en España cuando otros de su edad morían por Dios y por la Patria, dejó la ciudad y pasó a España por Irún. Sin que le hicieran mucho caso, en el norte le recomendaron que fuera a ver a Franco a los Golfines en Cáceres, el general Franco lo recibió y le animó a cuidar de la salud espiritual de sus soldados diciéndole que fuera a ver a Yagüe. Este no se impresionó demasiado ante un tirillas al que le sobraba el mono azul que le habían dado y lo mandó a la IV Bandera del entonces Glorioso Tercio Inmortal, que entre otras unidades había participado en la gesta del asalto a Badajoz por la «puerta de la sangre» (lugar de donde los hijos de la gran puta resentidos que padecemos como las mariconas que somos arrancaron la placa que recordaba a los bravos de la 16ª Cía., que por España la conquistaron al precio de su sangre, cosa naturalmente que la legión de ahora ¡cubierta de mierda! ignora). Cuando lo vieron los legionarios que ya andaban al asalto de Talavera no se lo podían creer y comentaban que cómo de mal estaría la cosa para que les mandaran semejante soplillo. Cambiaron de parecer cuando en un asalto por las bravas y enarbolando sólo el crucifijo que llevaba en la mano, echó a correr entre ellos y cumplió como un bravo más con su labor, consolar a los moribundos dándoles la extrema unción y ayudar a los heridos. ¡Aquellos legendarios hombres duros y curtidos del Tercio Inmortal!, la inmensa mayoría de ellos españoles, (como un tío mío que sólo conocí de uniforme y en fotografía porque no volvió de la guerra y a mí nadie me lo tiene que contar), aunque también hubiera muchos portugueses, y no faltaran los alemanes ni los franceses o filipinos, curiosamente. De allí, después de ganarse el respeto de sus compañeros, pues al principio servía el pater sin grado militar, llegaron a Toledo y por fin la Casa de Campo donde fue herido en una pierna. No esperó a curarse del todo porque el P. Caballero S.J., como Huidobro y MMI, hombre de un valor y serenidad como pocos, se lo encontró en el puesto de socorro que los nacionales tenían en Firmes Especiales, entre el Puente de los Franceses y «la Pasarela de la Muerte», paso obligado para llegar a la Ciudad Universitaria y más concretamente para subir al Clínico donde, justamente, en la más extrema vanguardia junto a sus legionarios (creo que ya asimilado a alférez con la estrella sobre paño morado), dijo la Misa del Gallo en la Nochebuena de 1936, instalando el altar de cara a Madrid y donde aquellos hombres con permiso del enterrador, como decían ellos, puestos en fila al acabar la misa adoraron como niños al que nació aquella noche y besaron su frente que el padre les ofreció enjugándola uno por uno.
    ¡En aquél corral inmundo que era entonces Madrid! rebosante de mierda y sangre, en lo que habían convertido los rojos la capital de España, no faltó quien dijera aquella noche bien alto y claro ¡GLORIA A DIOS EN LA TIERRA Y PAZ A LOS HOMBRES DE BUENA VOLUNTAD! Porque los legionarios, rebuscando aquí y allá en el asilo de Santa Cristina y alrededores, le hicieron al padre un altar como es debido, con velas, imàgenes, y hasta una figura del Niño Jesus de buen tamaño. De modo, que fue así cómo, aquellos asesinos que enfrente dominaban, capaces de matar a sangre fría a quien llevara una medalla al pecho, se tuvieron que joder y aguantar porque aquel pedazo de tierra de España, que para ellos fue como escanda clavada en uno de sus asquerosos ojos que en toda la guerra lograron arrancarse, no lo hollaron con sus pezuñas jamás: ¡aquellas ruinas eran y serían siempre de la Legión!
    El padre jesuíta Fernando Huidobro, fue un joven español de los buenos, de los bravos que regaron con su sangre la tierra que hoy despreciamos y que a punto estamos de acabar llamando lo que en realidad a día de hoy es: El Garrulistán. Y es el caso que todo ello, toda la infamia que contra nuestra propia Patria, a conciencia o por insidia o, lo que es peor, por pura indiferencia perpetramos, la herencia de nuestros padres, de nuestros antepasados, lo acabaremos haciendo entre cagones de uniforme que, para más inri, sirven de putos cipayos a los anglos, (siempre nuestros enemigos, porque son en realidad auténticos comemierda que no nos han tenido nunca más que envidia, y ahí están América y las islas Filipinas que lo demuestran), hez del género humano y aborto de la puta de sión con luzbel, los peores asesinos, piratas y ladrones que ha conocido la humanidad; y no nos faltan, claro está, y de nuestra propia cosecha de la que andamos sobrados, hijos de puta y marranas, que si son el desecho social mondo y lirondo no por eso dejan de ser elegidos, es un decir, gobernantes; y, como remate, toda una piara de desgraciados que ni saben de donde vienen ni a donde van, que así estamos.
    Pues bien, el padre Huidobro, digo, murió durante uno de los combates más encarnizados de la que se llamó la batalla de la carretera de la Coruña en Abril del 1937. El capitán Iniesta Cano, comandante accidental de la Bandera, vio al padre recorrer, como solía, incansable la trinchera animando a unos haciendo la señal de la cruz sobre otros y todo en medio de un barullo de impactos, explosiones, humo y voces. Lo cuenta en sus memorias el entonces capitán, la cosa no pintaba nada bien, la proximidad del enemigo, en algunos puntos a poco más de 30 mtrs., y la cantidad de bajas no auguraban nada bueno, por lo que juzgó que entre los caidos en sus puestos y los que trataban de moverse por alli con munición etc., el padre Huidobro estorbaba, por lo que le ordenó que se trasladara al puesto de socorro instalado en la casa de la finca donde se combatía situada un poco a retaguardia hacia Aravaca, porque alli sería más útil. El padre obedeció la orden y allá que fue, con la fatalidad de que entrando en el puesto un poyectil de mortero atravesaba el tejado explotando junto a él y matándolo. Avisaron al capitán, ¡han matado al pater, han matado al pater! Iniesta cuenta que salió en cuanto pudo y que cuando llegó allí se arrodiló y abrazando al padre yerto empezó a rezar pidiéndole perdón por haber sido él quien lo enviara a la muerte. Esas mismas oraciones, dice como general, las digo todas las noches y en todas veo el rostro de aquel hombre joven y santo.
    Pues bien, en la mierda de wikipedia, no falta la nota infame de que «hay quien dice que murió de un disparo por la espalada», hecho se supone por un legionario. Y es el caso que se sabe quien se ha dedicado a difundir ese infundio que es calumnia en realidad; así como de que su intención era haberse alistado ¡como pater! en el lado «republicano», que también lo dicen y hay que ser subnormal para decir tal cosa. Pero lo del tiro es peor, porque sale de un puto bujarrón inquilino de un monasterio donde no solo se han dedicado a culearse entre ellos, sino que está probado que a los niños de la escolanía también los «probaban» así. Y me callo el nombre del ensotanado hijo de la gran puta, porque con decir que un ladrón tan miserable como puyol fue el que impidió que se investigara y castigara a semejante piara ya está dicho todo. Pero de ahí, de un supuesto «historiador» de esa cunda de culeros, salió el infundio del tiro amigo por la espalda.
    Que hagan santo o no a un español bueno y ejemplar como Huidobro, que estando en la Casa de Campo durante los primeros días de combates, por ejemplo, se encaraba a un legionario al que vió abofetear a un prisionero rojo diciéndole que eso no era más que un acto de cobardía, me da igual a la vista del marrano que ocupa la silla de Pedro, pero que un puto jotito español de talar, aunque él reniegue y diga que es catalán que ya será cagalán, diga que uno de sus legionarios -como él los llamaba- le pegó un tiro por la espalda, eso es una infamia que el puto ese debería pagar a vergajazos y en la plaza pública.
    Pero como es el caso de que no hay justicia en España y solo mamarrachería, conformémonos en el fondo de nuestro corazón sabiendo que la semilla que aquellos hombres rectos y bravos sembraron algún día fructificará, quizá tarde y no lo veamos muchos, pero fructificará.

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