Paralelismos históricos: porque las comparaciones no siempre son odiosas

Aunque da la impresión de que los tiempos que vivimos son nuevos, no es así… para nuestra desgracia; y es que no hay nada nuevo bajo el Sol en la historia de la Humanidad y menos aún en la de España… para nuestra desgracia también. En no pocos instantes de nuestra historia, los españoles hemos enloquecido optando por escribir páginas increíblemente agrias que han dejado al mundo atónito; otras también por lo contrario, pero hoy nos referiremos sólo a las primeras. Actualmente vivimos momentos que parecen penosa y peligrosamente idénticos a otros pasados, alguno no hace tanto; tienen un paralelismo evidente.

Primer paralelismo.-

Resulta inconcebible cómo las élites españolas, principalmente los mandos superiores de sus Fuerzas Armadas de entonces, pudieron admitir y permanecer impasibles ante la entrada de las tropas napoleónicas en nuestra nación con la excusa, también increíble, de que marchaban sobre Portugal. ¡Ay, los pactos de aquella familia! Aquel tratado infame a todas luces antipatriótico y por ello ilegal e ilegítimo que era la tapadera para la invasión de España, fue consentido, admitido y obedecido sin chistar por Mariscales, Generales, Coroneles y demás; también, que conste, por nobles (innobles) y purpurados, por alcaldes y regidores. Si no llega a ser por la desobediencia de dos Capitanes, un Teniente y el alcalde de un villorio como entonces era Móstoles, más la victoria contra todo pronóstico en la guerra subsiguiente, no sé si hoy España seguiría existiendo.

Segundo paralelismo.-

La España de los años treinta del siglo pasado vivió, también ante la impasible mirada de los ya nombrados, la acción revolucionaria marxista más decidida y eficaz del momento, así como la también la secesionista, dejándolas hacer amparándose en la excusa de la “legalidad republicana”; que fue, en realidad, no la alternativa honesta, incluso necesaria, a una monarquía tan hueca como la actual, sino la tapadera del proyecto de transformación de España en un satélite de la URSS estalinista. Si no llega a ser por el alzamiento cívico-militar y la victoria contra todo pronóstico en la subsiguiente contienda, no sé si hoy España seguiría existiendo.

Tercer paralelismo.-

Venezuela, salvándonos de ella sólo la lejanía geográfica, sufre hoy la tiranía de un repugnante primate de legalidad más que discutible, pero de absoluta ilegitimidad, así como de su opresivo régimen del todo anti-nacional, únicamente por la inhibición de sus Fuerzas Armadas y policiales consecuencia de su profunda corrupción moral y material. En Ecuador no por lo contrario y sin que la patada a Evo Morales haya costado ni sangre, ni sudor, ni lágrimas.

¿Y España? Varias décadas de absentismo e inhibición, de incumplimiento manifiesto de sus deberes y obligaciones de esas mismas élites hacen que hoy nuestra querida patria presente un espectáculo bochornoso, inconcebible e increíble, digno de ser estudiado por los más eminentes psiquiatras, porque por unos y los otros la casa no es que esté sin barrer, sino que está siendo demolida con todos sus habitantes dentro, incluidos los que tal cosa propician.

Aquí, con un paralelismo extraordinario a los relatados, los que tienen la obligación, el deber y la misión, todo voluntariamente asumido y jurado –y además cobran por ello–, de garantizar la soberanía e independencia de España, defender su integridad territorial y el ordenamiento constitucional, o sea, su existencia, miran hacia otro lado, hacia fuera, y nos venden y se ufanan de que en Afganistán, Líbano, Mali, Letonia y no se sabe bien ya dónde, eso sí, cuanto más lejos, mejor, están cumpliendo con su obligación, deber y misión.


Una respuesta a «Paralelismos históricos: porque las comparaciones no siempre son odiosas»

  1. Gran parte de la sociedad española (no solo el pueblo llano) ni se ha enterado de la «muerte» de Montesquieu. Previamente, el mismo había sido secuestrado y torturado en tiempos del felipismo ochentero.

    El caso Franco-Valle de los Caídos, ha servido como excusa para rematar vilmente a ese buen hombre (que andaba muy malherido) y ni siquiera ha sido noticia en los telediarios. Solo esto ya es bastante para evidenciar, de manera convincente, tanto el paupérrimo estado moral como la mínima profesionalidad imperantes entre las diversas «élites» nacionales.

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