Paso a paso hacia la catástrofe purificadora

Por efecto de esta crisis vírica que estamos atravesando, la ciénaga social se ha removido y han brotado los múltiples hedores que albergaba en su seno. Las generaciones que se han venido sucediendo durante las últimas décadas han aceptado la política como valor supremo, y la mentira y la corrupción como instrumentos necesarios para la construcción de un mundo nuevo que exigía el derribo de todas las tradiciones, del código de principios que desde los sabios antiguos se había dado la humanidad.

Esa vida, llamada práctica y positiva por los brujos de la tribu desde las televisiones y los restantes medios informativos al uso, ha consistido en el derrumbe intelectual, ético, religioso, cultural y de las venerables raíces familiares, convirtiendo lo contingente en un absoluto vacío que no va a ninguna parte ni quiere hacerlo, sólo edificar un presente renegado del pasado, una alta metafísica consistente en rodearnos de papel higiénico y acceder a los hedonismos más vulgares y a los triviales adelantos tecnológicos, a un tiempo banal y subsidiado, mientras nos inclinamos ante el látigo del poder y aceptamos sus migajas.

De entre la muchedumbre confinada, incapaz de reaccionar ante su encarcelamiento, aquellos que no se dejan lobotomizar por el torrente de cifras y consignas, entienden que la epidemia está evidenciando la impostura de la posmodernidad, de los sacralizados racionalismos, de la omnipotencia científica y tecnológica, del ansiado globalismo, del liberalismo pedestre, de la sucedánea ilustración… del mito prometeico, en definitiva.

Y que, a pesar de la revolución cultural hecha desde el Poder, a pesar de poner a su disposición el gigantesco engranaje de un lenguaje manipulado y determinado, no todo es relativo, ni puede serlo. Que la religiosidad -no confundir con la religión- es inherente al ser humano, y tratar de desarraigársela es imposible, y su empeño sólo conllevará un enorme e inútil sufrimiento.

Pero el caso es que este Poder destructor, que ha convencido al populacho de que es la medida de todas las cosas e incluso de que es el creador de la realidad; este Poder que proclama que nada puede oponérsele a riesgo de ser arrojado del paraíso de lo políticamente correcto, combate o esconde la libertad y la virtud y difunde el miedo a morir y el recelo entre la gente y, más allá, el odio y la malevolencia.

Hoy, en su mayoría, el pueblo español no tiene nada de esforzado ni de generoso y por eso tolera que, día tras día, los canes frentepopulistas le anden enseñando los dientes. «No os preocupéis -vienen a decirle- os subvencionaremos la reclusión; tendréis asignaciones, os cubriremos vuestras pérdidas, papá Estado cuida de sus ovejas y estará atento para proveer». Y el espíritu libre, el hombre de bien, ese bulto aborrecible odiado por oligarcas y por plebe, que se atreve a gritar que el rey se pasea desnudo, ahora pregunta: «¿Y quién, falsarios de detrito, pagará finalmente vuestros destrozos, sino el propio pueblo?».

En sus reflexiones, el hombre de algo de valor no antepone las referidas a los peligros del vivir o del morir, sino que le preocupa actuar de forma justa o injusta; es decir, si sus obras son las de un hombre de bien o las de un canalla, si se conduce como un amante de la libertad o como un cobarde amaestrado.

Ese hombre, contemplando esta sociedad confusa, carente de principios y responsabilidades, a veces se dice que acaso esté pidiendo a gritos una catástrofe purificadora. Una catástrofe total que acabara con todo, de modo especial con las múltiples catástrofes cotidianas nacidas de la corrupción generalizada, de la impotencia de una justicia incapaz de encarcelar a los ladrones y a los traidores, a los miembros de la casta política culpable e impune.

Y así se va devastando el tejido social y se va haciendo de la convivencia una actividad miserable, lo que lleva a la ciudadanía a la desorientación y a la desesperanza, a una inercia destructora que nadie sabe ver en su atroz realidad, como sucede ahora. Porque a nadie en estos días se le ocurre rebelarse, cambiar libertad por muerte, y eso sin saber qué es la muerte, ni si resulta ser para el hombre -como advirtió Platón por boca de Sócrates- el mayor de todos los bienes, aunque los hombres la temen cual si supieran con absoluta seguridad que se trata del mayor de los males.

Y sin preguntarse, en estos días, si vivir domesticados, asustados por los perros guardianes y sus voceros es mejor que morir libres y rebeldes. Pero ese hombre que piensa sabe que es inevitable que muchos opinen que esta desolación que él percibe no es tal, y si lo fuera no dejará huellas visibles en el futuro. Y eso lo hacen no sólo en defensa de sus sinceros conceptos existenciales o de su íntima mansedumbre o de su índole alevosa, sino porque no pocos ciudadanos sacralizan al pueblo y se toman a mal que se le cuestione, porque aquí somos bienintencionados o hacemos buenismo y populismo -hipocresía- de todos los colores.

El caso es que España se degrada y no exigimos a quienes la administran que nos expliquen qué hacen con nuestros impuestos, si es que los consumen todos en humillaciones populares y en experimentos de ingeniería social, además de para su particular provecho. Y dice el hombre que piensa que alguna responsabilidad tendrá el pueblo en lo que nos pasa, aunque sólo sea por permitir que se sigan sucediendo gobiernos tiñosos que no pueden traernos sino parásitos y miseria.

Porque es obvio que todo va muy mal, cada vez peor, mientras que la amalgama de marxismo cultural y plutocracia, promotores del Nuevo Orden, sigue hablándonos de paz y de progreso, de solidaridad y de diálogo, de bienestar y de globalismo. Todo cada vez peor mientras nos transforman en morralla, tanto en la intimidad de nuestros aposentos como en el concierto internacional, del mismo modo que siguen aclimatando un desmadre autonómico dentro de nuestras propias fronteras, que ya nadie sabe si existen o no, como nadie sabe si al Rey, a las FF.AA., a la Justicia y a la Educación -reflejos del pueblo- les queda algo de sustancia.

Todo cada vez peor mientras los canes y sus sicarios se aseguran una vida muelle a costa del trabajo y del servilismo de los electores, y mientras éstos continúan viviendo en el tiempo y en el espacio banal y eterno de la inopia, indiferentes en su inanidad.


Una respuesta a «Paso a paso hacia la catástrofe purificadora»

  1. Yo, barruntándome los grandes y diversos males que están en camino (la epidemia de Covid-19 es solo un aviso), me encuentro mentalmente en la misma situación que el patriarca Abraham antes de la destrucción de Sodoma y Gomorra: «conversando» con Nuestro Señor… (Génesis. 18 : 20~32).

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