Pasó haciendo el bien

1. Son frecuentes las ocasiones en que el Evangelio dominical nos presenta alguno de los milagros realizados por Jesucristo a lo largo su vida pública. En esta ocasión (V Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo B: Mc 1, 29-39), san Marcos relata la curación de la suegra de san Pedro y hace una referencia genérica a otros muchos milagros realizados por el Señor en los inicios de su ministerio público en Galilea: «Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios […] Así recorrió toda Galilea, predicando en sus sinagogas y expulsando los demonios» (vv. 34 y 39).

La simple lectura de los evangelios nos hace ver en Jesús un poder extraordinario para obrar milagros. San Pedro en casa de Cornelio decía que Jesús «ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con Él» (Hch 10, 38). La frase «ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo» guarda relación con la profecía de Isaías que el mismo Jesús se había aplicado en la sinagoga de Nazaret: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos; a proclamar el año de gracia del Señor» (Lc 4, 18-20; cfr. Is 61,1-2). La expresión de Pedro pretende dar razón del proceder y milagros de Jesús: era el «Ungido» de Yahvé, del que hablan las profecías mesiánicas (cfr. Lorenzo TURRADO, Biblia comentada, vol. 6, Hechos de los Apóstoles y Epístolas paulinas, Madrid: BAC, 1965, 99). Con sus milagros, Jesús se atestigua como el «Cristo» (hebreo: «Mesías»), el ungido por Dios (cfr. Hch 4, 26-27). Evidentemente no se trata de «unción» en sentido propio, como se hacía con sacerdotes, profetas y reyes, sino en sentido impropio, significando una elección divina en orden a determinada misión, para la que se confieren las gracias congruentes (ibíd. 53).

Los milagros forman, pues, parte de la misión de Cristo aunque siempre subordinados a la oración y a la predicación. El mismo Cristo cita sus obras como testimonio de su divinidad. Pero no agota su misión con ellos; menos aún tuvo la pretensión de sanar a todos los enfermos, de resolver todas las situaciones de sufrimiento que encontró a su paso. En el Evangelio que venimos comentando, tras la multitud de milagros realizados en Cafarnaún, rechaza dedicarse de lleno y en exclusiva a curar enfermedades. Tiene que orar y predicar: «Se levantó de madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se marchó a un lugar solitario y allí se puso a orar. Simón y sus compañeros fueron en su busca y, al encontrarlo, le dijeron: “Todo el mundo te busca”. Él les responde: “Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he salido”» (vv. 35-38).

2. Siguiendo a santo Tomás, el milagro se define como un hecho producido por Dios fuera del orden comúnmente establecido en la naturaleza. San Agustín, desde un punto de vista subjetivo, llama milagro a un hecho difícil e insólito, superior a la esperanza y a la capacidad de quien observa, cuya posibilidad y realización ha sido preparada por Dios. San Tomás añade, acertadamente, la noción objetiva de una intervención extraordinaria de Dios: «el milagro es lo que tiene una causa oculta en absoluto y para todos. Esta causa es Dios. Por lo tanto, se llaman milagros aquellas cosas que son hechas por Dios fuera del orden de las causas conocidas para nosotros» (STh I, 105, 7).

Para entender este concepto, hay que recordar la existencia de un orden natural: cada elemento tiene sus leyes, que brotan de su mismo ser físico y conforme a esas leyes se mueve y obra con regularidad. Pero toda la gran máquina del cosmos no existe por sí misma. Ha sido creada por Dios que la conserva. Por encima del orden natural está Dios, autor y gobernador del mismo que puede valerse del milagro, o sea, de su intervención sensible en la naturaleza, produciendo algunos efectos que están por encima de los naturales. La posibilidad del milagro se apoya principalmente en el dominio absoluto de Dios como causa primera y libre del mundo, cuyas leyes físicas están subordinadas a Dios y, por lo tanto, no limitan su libertad ni su poder (cfr. Pietro PARENTE, Milagro, in: Diccionario de Teología Dogmática, Barcelona: Editorial Litúrgica Española, 1955, 240).

A través de sus milagros, Jesús nos muestra muchas veces que su omnipotencia divina va inseparablemente unida a la misericordia, unas veces en torno a necesidades corporales; otras a las espirituales. A menudo se hace constar que los realiza movido por la compasión, la misericordia y la bondad, como vemos en la curación de la suegra de Pedro:

«Los que han escuchado con atención el evangelio de hoy saben por qué razón el Señor del cielo entró en una humilde casa de este mundo. Porque, por pura bondad, vino a salvar a todos los hombres. No es de extrañar, pues, que entre en todos los lugares. “Entrando en la casa de Pedro, Jesús vio que su suegra estaba en cama con fiebre.” (Mt 8,14) Este es motivo por el que Cristo entró en casa de Pedro. No fue el deseo de ponerse a la mesa con él sino la debilidad de la enferma. No fue la necesidad de tomar alimento sino la ocasión de obrar una curación. Vino a ejercer su poder divino y no a tomar parte en un banquete con los hombres, ya que no había vino en casa de Pedro sino lágrimas» (San Pedro Crisólogo, Sermón XVIII, 1).

3. Jesucristo, con su muerte, nos libró del pecado y nos reconcilió con Dios. Pero la total liquidación de las consecuencias del pecado se reservó para el fin de los tiempos. Cristo acepta la realidad humana tal como existe, y promete la salvación, el Reino de los Cielos. Los milagros son como una visión anticipada de ese Reino; pero no significan la abolición del orden natural del cosmos o la conversión del mundo vulnerado por el pecado en un Paraíso.

Por eso el cristiano se va a encontrar ante el mal que existe en el mundo y que tantas veces le afecta personalmente o en su entorno. En esas situaciones, podemos esperar el milagro de la omnipotencia y misericordia divinas pero si hay una palabra que nos orienta es la que decimos en el Padrenuestro: «líbranos del mal». Eso significa pedir a Dios que nos libre de los males pasados, presentes y futuros, especialmente del mayor mal, que es el pecado, y de la pena de él, que es la condenación eterna.

Y, aunque es lícito, pedir a Dios que nos libre de algún mal particular, hemos de hacerlo siempre remitiéndonos a su voluntad, ya que puede ordenar aquella misma tribulación para provecho de nuestra alma. En efecto, las penalidades y contrariedades nos ayudan a hacer penitencia de nuestras culpas, a ejercitar las virtudes y, sobre todo, a imitar a Jesucristo, nuestra cabeza, a la cual es justo nos conformemos en los padecimientos si queremos tener parte en su gloria (cfr. Catecismo Mayor, II, 2, 8º).

Por su falta de buenas disposiciones, muchos contemporáneos de Jesús no cambiaron, no creyeron que Él era el Mesías a pesar de tenerle tan cerca y de ser testigos de tantos milagros. Examinemos el estado de nuestra alma para no cerrarnos a lo sobrenatural, a la intervención de Dios en nuestras vidas por soberbia, apegamiento a las cosas o sensualidad. Pidamos al Señor una mirada limpia como la de su Madre y los Apóstoles para ser capaces de reconocerle cuando pasa a nuestro lado y nos invita a seguirle: «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga» (Mc 8, 34).

Para adelantelafe


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