Pederse en catalán

En las provincias catalanas, en las que muchos no se consideran españoles a pesar de serlo, ya rizan el rizo. El fanatismo separatista alcanza cotas insospechadas. En las provincias catalanas, señoras y señores, ya es obligatorio… tirarse los pedos en “catalán”. Como lo oyen.

No contentos con tener que balbucear ese dialecto que les obliga para poder pronunciarlo a meterse un plátano en la boca  –u otro elemento protuberante similar en longitud y dureza–; no satisfechos con que en los colegios de repente el “comisario de la lengua” (¿?) entre en las clases asustando a los niños comprobando si mascullan, berrean y maman en “catalán”; no recuperados aun del subidón secesionista del fracasado 1-O y de saber que el mismo “comisario” ha leído sus expedientes médicos confidenciales para ver si estaban escritos en “catalán”, o sea, no siéndoles bastante con tanta «llibertat», ahora le ha tocado el turno al culo de forma que… desde este mismo instante todos deben pederse en “catalán”.

Sí, señoras y señores, aquellos que tienen la «suerte» de vivir o «pasar» por aquellas tierras, los que van a ellas a veranear o a esquiar, tienen, a partir de ahora, que tirarse sus pedos en “catalán”. Como lo oyen. La nueva norma de la Generalidad obliga sin excusa alguna a todos los que viven o pasan por allí a ventosearse en “catalán”. Y para que nadie se escape, para que nadie viole tan avanzada e importante norma, el “comisario de la lengua”, el mismo de las aulas y de los expedientes médicos, va por las calles revisando traseros sin distinción de raza, edad o sexo.

Ahora, todos, sean del color político que sean, tienen que pedorrearse en “catalán”, sobre todos los de ERC y demás por el estilo; con ello, además, ganan puntos al demostrar, también con el ano, que son “catalanes hasta por detrás”. Por lo tanto, en Cataluña, no vale ya con tirarse un cuesco sin más, no; no sirve aliviarse por el tubo de escape como hasta ahora, no; por allí es ya causa de escarnio y prueba de anticatalanismo el no petardear en “catalán”.

Por aquellos páramos es obligatorio hablar “catalán” hasta por el culo. La cosa es tan seria, que si el «comisario de la lengua» le para a usted por la calle y le dice que se baje los pantalones o las faldas y se tire un pedo  –en su cara, claro, para que lo pueda oír bien–, y usted, pobrecillo, no lo hace en “catalán”, al instante será detenido por un par de Mozos de Cuadra, de esos que llevan un gorrito que parece una cuchufleta o una pilila flácida, y le llevarán a un centro especial donde una matrona con un culo tan gordo como la cabeza de Junqueras, le dará lecciones de cómo pederse en “catalán”. Cuando la susodicha crea que está usted preparado, y tras cobrarle el cursillo de pedorretas  –que la «pela» sigue siendo la «pela» aunque ahora se le llame euro–, será usted llevado ante el mismísimo Torra para que tan insigne pedorro le pase examen. Allí, con tan «ilustre» culo gordo como examinador principal, apoyado por Trapero y otros pedorros como ellos, deberá usted tirarse pedos en “catalán” hasta convencerles de que lo sabe hacer; de lo contrario morirá gaseado por los cuescos de tales elementos.

En las provincias catalanas, señoras y señores, tienen lo que se merecen y lo tienen todos, los que votan y los que no, los que hablan y los que callan, los que son de allí y los que son de fuera. Lo que ocurre por allí, y lo hemos comprobado in situ, es para mear  –con perdón–  y no echar gota.


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