Pérdida de la identidad católica

 A la pregunta del alumno de por qué los primeros cristianos se dejaban matar por la fe, el profesor, especialista en historia de la Iglesia antigua, titubeó, daba la impresión de que era una pregunta inesperada y que nunca se la habían planteado antes. Al contestar lo hizo con criterios “científicos”, historicistas, racionales. Pero la respuesta no fue satisfactoria, por la razón de que la respuesta a tal pregunta sólo puede plantearse desde una realidad que va más allá del hecho histórico y casuístico.

Esta realidad es la fuerza de la Palabra de Dios, es la “vida” que hay en los dichos del Señor, en las acciones de Su vida cotidiana, tal como leemos en las Sagradas Escrituras. Es la “vida” de la presencia de Jesucristo a través de los Testamentos. Es esa “vida” que se transmite al oyente, al lector, al que está abierto a la acción del Espíritu. Incluso aquellos que alejados de la fe se acercan con rectitud a las Sagradas Escrituras no quedan indiferentes. Las palabras de “vida” quedan en sus corazones como semillas que esperan dar fruto algún día.

Y es que nadie puede acercarse a nuestro Señor como quien se acerca a un personaje histórico relevante, con la pretensión de hacer un relato histórico como el que haría de cualquier otro. No. Es absurdo. Las palabras de Jesucristo tienen “vida”, están “vivas”, no son letra escrita para distraer, animar, alegrar, divertir, para dejar constancia de hechos pasado, para contar historias pretéritas… Las palabras de Jesucristo mueven a la adhesión plena a su Persona. Transforman al lector, al oyente. El Señor quiere atraer a Sí al alma que se acerca a Él, y transformarlo en otro Cristo. Porque vino al mundo al redimir al hombre herido y caído por el pecado original.

He aquí la respuesta a la pregunta del alumno. Aquellos mártires de los primeros siglos, y de los sucesivos,  lo fueron por la simple razón de que eran otros Cristos, y, como tales, redimidos por la Sangre de Jesucristo, que ellos estaban dispuestos a devolver a Quien primero la había derramado por ellos. Simplemente los mártires devuelven lo que el Señor les ha dado previamente, su Sangre, y al hacerlo se hacen acreedores de la vida eterna, la vida que nuestro Señor vino a ofrecernos, si queremos aceptarla libremente.

La expansión del cristianismo era inevitable. Era la fuerza de Dios en los cristianos, era la nueva vida en ellos, una vida jamás conocida antes en la humanidad. El Verbo se encarnó para renovar lo que el pecado había envejecido y oscurecido y hecho irreconocible: la imagen y semejanza divina del hombre.

Los Padres Apostólicos, los Apologistas, los santos Padres, así lo manifestaron de múltiples maneras, según el ingenio que el Espíritu Santo les indicaba y guiaba. Algo nuevo ha acontecido en la historia: Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, que ha venido a recapitular todo en Sí. A partir de Él ya nada cobra valor sin en Él. La misma vida personal, familiar, social, la historia que nos envuelve, todo lo relacionado con el hombre, todo, cobra un nuevo sentido en al Autor de la Vida. Pero, en realidad, no un “nuevo sentido”, sino su “verdadero sentido”.

La vida de aquellos mártires recobró otro significado, el valor de algo “prestado”, no perteneciente a ellos; el valor de sentir que vivián para Otro, al cual debían “rendir cuentas,” porque sus vidas ya no les pertenecían. Así es Jesucristo y así actúa en los que le siguen, y así quiere ser seguido y amado; así como Él obedeció al Padre, así pide ser obedecido y seguido. No pide nada que Él no haya experimentado y vivido. Esta es la fuerza de la Palabra de Dios, que nos arranca de nuestras raíces terrenas y nos trasplanta en las nuevas raíces de vida eterna, que los sacramentos han hecho brotar en la nueva alma renacida a la nueva Vida.

¿Puede una fe de tal calibre ser una fe como las demás? ¿Puede ser nuestro Dios uno más entre la panoplia de dioses a elegir? ¿Puede ser nuestra santa religión católica una más dentro del abanico de “religiones”? No hay Dios como nuestro Dios Jesucristo, el Salvador del género humano, el único y exclusivo Redentor. No hay más Verdad que la que alberga la Palabra de Dios en las Sagradas Escrituras, y que la Tradición ha custodiado y explicitado y enseñado y transmitido.

Es la “vida”, la misma “vida” que habitaba en aquellos primeros cristianos es la que habita hoy en nuestros corazones. Somos los mismos. Por que la “vida” es la misma. Vivimos de la misma “vida”. Jesucristo no cambia, no lo hace su Palabra. Él nos une a través de los siglos, somos el mismo pueblo, somos los mismos cristianos, y los mismos mártires, si llegara el caso.

El tiempo en el Señor es constante presente, y en el presente no hay distancia, no hay acontecimientos lejanos, ni personajes extraños que no nos afecten. En este constante presente vivimos la fe y la viva tradición, y experimentamos la Iglesia como realidad, ya histórica ya divina, ya de “aquí” ya de “allí”. La Iglesia que guiada por el Espíritu Santo enseña la única Verdad, la que enseñó a aquellos mártires: que sus vidas ya no les pertenecían, porque transformados en Jesucristo siguieron su mismo camino hacia la eternidad.

Hoy, siglo XXI, sea lo que fuera lo que haya cambiado en lo externo la sociedad, el Espíritu Santo sigue animando a su Iglesia con la misma Verdad de los siglos precedentes. No existe un cambio en la fe, en el dogma, en la liturgia, en la teología, que nos separe en este eterno presente de lo precedente. No hay una realidad social y política que obligue a la Iglesia a nada que no sea vivir y anunciar la enseñanza de siempre. No hay “apertura”, ni “diálogo” que haga irreconciliable el Magisterio de la Iglesia con la sociedad, ni siquiera con el Estado.

La Verdad es inamovible. Nuestras vidas pertenecen al Señor, no son del mundo. No obedecemos a más Señor que a Jesucristo. No hay ni diálogo, ni apertura, ni ecumenismo, que haga cambiar la única Verdad que hemos  recibido, la que está viva en la Iglesia que vive el eterno presente.

Sí, la realidad política y social es la que es hoy día, y la Iglesia es la que es, tras el Concilio Vaticano II. Cada vez más, día a día, acontecimiento a acontecimiento, noticia a noticia, la Iglesia se “funde” más con la realidad política y social; no para cristianizarla, sino para no distinguirse de tal realidad. Cada vez su lenguaje, su enseñanza, pierde su identidad católica; cada vez más la originalidad del mensaje de Cristo, sus mandamientos, quedan relegados por otros “mandamientos” mundanos, de consenso, aplaudidos por la mayoría. Desaparece la radicalidad de la fe católica, mientras que la radicalidad de sus enemigos impone su ley. La Iglesia se pone del lado del Estado construido sobre las bases del liberalismo y del laicismo.

Las realidades terrenas, caducas y perecederas, son puestas como horizontes de convivencia y de paz por la misma Iglesia, al tiempo que la identidad católica, el mensaje que transforma las realidades presentes, se difumina, al esconder “la lámpara bajo el celemín” .

Ave María Purísima.


2 respuestas a «Pérdida de la identidad católica»

  1. Veo pocos Sacerdotes por la calle con el alzacuellos.
    Tampoco los veo en los Confesonarios…
    Y, muchísimo menos dando clases de religión, o preparando a jóvenes para la comunión, etc., con honrosas excepciones.
    En otras palabras, que no dan ejemplo, precisamente…

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