Política y policía

Una de las grandes obsesiones de la coalición de gobierno formada por el PSOE y Podemos parece ser la de aprovechar la pandemia para cambiar las condiciones sociales, políticas y económicas que definen nuestro marco de convivencia. La restricción de derechos vinculada a la declaración del estado de alarma en que vivimos inmersos ha supuesto una oportunidad para que los ciudadanos nos percatemos de una diferenciación que pusiera de manifiesto el pensador francés Jacques Rancière.

Éste diferencia el ámbito de la política que establece marcos nuevos por donde encauzar las relaciones sociales, políticas y económicas y el ámbito de la policía, que es el ámbito de la gestión de los recursos disponibles según un marco político prefijado. Podemos, con su famosa agenda social, busca hacer política en el sentido apuntado por Rancière, es decir cuestionar las reglas en virtud las cuales nuestra sociedad genera y distribuye los recursos económicos producidos. Aunque Podemos nació como una formación política de corte anticapitalista, su posibilismo político le condujo a presentarse ante la opinión pública como un partido de corte socialdemócrata que intentaba hacer política dentro los límites máximos de actuación que permite un supuesto orden internacional neoliberal. Así se presentó a las dos últimas citas electorales donde su programa político pretendía asemejarse al programa electoral de un partido socialdemócrata como el del partido socialista francés de principios de los años 80.

A nadie que conozca Podemos un poco se le escapa el hecho de que la ruptura con las posiciones anticapitalistas por parte del partido morado fue meramente estratégica. Estaba dirigida a entrar en un gobierno de coalición con el PSOE. El estallido de la pandemia COVID-19 ha permitido a la formación morada recuperar su agenda netamente anticapitalista. Algunos parecen sorprenderse ante las medidas económicas que pretende impulsar el partido político de Pablo Iglesias. Su puesta en práctica supondría una desaparición prácticamente completa del tejido productivo español y socavaría gravemente los fundamentos del sistema de mercado.

Algunos apuntan hacia una estrategia peronista por parte del partido morado que buscaría en último término garantizarse, a la manera argentina, una enorme bolsa de votantes empobrecidos y subsidiados cuyo voto permanecería durante décadas cautivo por parte de Podemos. Esta estrategia plantea el inconveniente de que el marco económico de la UE, los países del llamado norte de Europa, no parecen demasiado dispuestos a subsidiar una suerte de Marinaleda en el sur de Europa. No lo hicieron con la Grecia de Alexis Tsipras y tampoco parece que el contribuyente finés, holandés o alemán estén dispuestos a costear experimentos peronistas en el sur de Europa.

Por otro lado, el ataque por parte de Podemos a un sector económico estratégico en España como es el turismo tampoco se entendería demasiado bien desde esa estrategia que buscaría convertir a España en un país del segundo mundo, con una economía precarizada y altamente intervenida pero que mantuviese al menos operativos sectores estratégicos esenciales para asegurarse un influjo de divisas.

La estrategia de Podemos es netamente anticapitalista, busca acabar con cualquier atisbo de economía de mercado en España, prevé nacionalizaciones de empresas estratégicas y el colapso entero de sectores productivos que no encajan, como el turismo, en los postulados dogmáticos de las teorías económicas neomarxistas. Estas encuentran sus fundamentos antropológicos en las ideas de economistas de principios del siglo XX como Karl Polanyi o en antropólogos como Marshall Sahlins.

Estas ideas se encuadran dentro de los llamados enfoques sustantivistas en la manera de entender la relación entre sociedad y economía. Para estos la economía no se entiende cuando se desliga de fines sociales o políticos. Los lectores recordarán como una y otra vez personajes como Echenique, un antiguo defensor de la economía liberal de mercado, o el mismo Pablo Iglesias reivindican una y otra vez una economía que se preocupe de las personas. Este tipo de mantras son variantes vulgarizadas, eslóganes de digestión fácil con los que el podemismo lleva intentado inocular ideas anticapitalistas en buena parte de la sociedad española. Para este enfoque sustantivista la racionalidad económica que atiende a la noción de escasez o la noción de usos alternativos de recursos que buscan maximizar el beneficio no son universales económicos, como se ha creído al menos desde el establecimiento de la llamada economía neoclásica, sino lógicas propias del intercambio de mercado.

La redistribución centralizada propia de los antiguos imperios de la antigüedad o de los sistemas comunistas y la reciprocidad de los llamados pueblos primitivos se presentan como formas alternativas de entender la economía. Un antropólogo como Marshall Sahlins llegó a calificar en su obra Las sociedades tribales a las sociedades de cazadores-recolectores como sociedades ricas o afluentes donde la opulencia se caracterizaba por la satisfacción de las necesidades de subsistencia. En las modernas teorías acerca del decrecimiento y en las ideas contra la sociedad de consumo de autores como Marcuse late ese pulso que idealiza a las sociedades preindustriales como paradigma de verdaderas sociedades opulentas.

El PSOE, últimamente caracterizado como el partido sanchista, no está haciendo política en el sentido apuntado por Rancière, sino pura policía. No el sentido literal del término en español, que también a la vista de lo represivo de sus medidas contra los descontentos con su gestión, sino como veíamos antes de gestión. El PSOE está gestionando mal una pandemia con el único fin de garantizar la permanencia en el poder de un grupo de individuos cuya meta parece consistir en garantizar su subsistencia gracias al erario público. Tras esa sofocracia, gobierno de expertos, con la que intentan disfrazar su incompetencia lo que se oculta en realidad es su inanidad política. A diferencia de Podemos, Sánchez y sus acólitos no tienen proyecto para España, sólo tienen proyecto para sí mismos.

Esta huida hacia delante del actual partido hegemónico en el gobierno se sustenta en una idea básica. Se trata de la desinformación. El absoluto descontrol y desbarajuste informativo que emana del actual gobierno no es meramente casual o producto de la incompetencia manifiesta de sus miembros. Tiene el claro propósito de desubicar a la opinión pública con el fin de desorientarla y hacerla responsable en último término de los peores efectos de la pandemia. Un gobierno que minimizó irresponsablemente los peligros de la pandemia, y desde cuyas televisiones se fomentan actitudes frívolas ante la pandemia, no tiene ninguna autoridad moral para hacer responsables a los ciudadanos de ningún eventual rebrote que se pudiera producir en el futuro. Si el gobierno trata a sus ciudadanos como menores de edad no puede pretender atribuir a éstos responsabilidades que no son propias de ese estado mental.

Otro ejemplo lo encontramos con la falacia ad hominem relativa a las protestas espontáneas en ciertas zonas de Madrid. La fobia a la riqueza capitalista, que no a la supuesta riqueza primitiva como veíamos antes, sirve para presentar ante la opinión pública un ejemplo de falacia ad hominem de manual. Según las terminales mediáticas del gobierno una protesta articulada por Cayetanos, nombre despectivo con el que los progres se refieren a los supuestos pijos, no puede ser nunca expresión de la indignación popular.

Según esa visión neohegeliana de la izquierda progre no todas las protestas expresan el verdadero espíritu revolucionario, sólo las de aquellos descamisados de la tierra. La realidad es que, aunque le moleste profundamente al gobierno, todavía queda en España un minúsculo reducto de sociedad civil que se resiste a que la obliguen a vivir en eso que los marxistas llamaban un modo de producción tributario. Una sociedad cada vez más cansada de que unas élites ineptas les expropien el poco excedente que puede generar con su trabajo. Un excedente de las familias que ya no se puede destinar al ahorro sino a satisfacer la voracidad de un estado del malestar para cada vez mayores capas de la población pero que resulta enormemente lucrativo para las élites políticas y sus clientes.

Para Disidentia


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