¿Populismo en España?

Descontando, ni que decir tiene, honrosas excepciones, los periodistas, señaladamente los denominados columnistas, constituyen un gremio caracterizado por, entre otras cosas, dos notas que corren parejas y, generalmente, en un sentido directamente proporcional: un mediocre nivel cultural y una arrogante suficiencia dada por el convencimiento, fundado hay que reconocer, de ser «creadores de opinión» y conformar un «cuarto poder». Cuando hallan un término, una expresión o, lo que es más difícil, una idea, se entregan en comandita a su difusión, repitiéndose unos a otros hasta la náusea. Es lo que ha ocurrido con el vocablo «populismo», ya existente en la historia del pensamiento político y al que ahora estos periodistas de que hablamos redescubren dotándolo de una nueva acepción cuyo campo semántico se resume en algo tan simple como amplio: todo aquello que políticamente se opone o cuestiona el régimen demoliberal vigente, porque los «creadores de opinión», y esta es una tercera nota distintiva, se acogen en masa a la «corrección política», abiertamente la mayoría y solapadamente algunos que, no habiendo perdido del todo la vergüenza, se burlan de sus manifestaciones más grotescas sin atreverse, eso sí, a cuestionar el terreno en que subyacen. Y para definir este nuevo populismo que han inventado, encontraron una fórmula que considerada tan feliz que no hay día que no la cacareen en los medios de comunicación. Según ella el populismo consistiría en esto: «soluciones fáciles para problemas complejos». Lapidaria frase que profieren con la solemnidad de una sentencia y esgrimen con la soltura y seguridad que proporciona el manejo de una verdad inconcusa. Pero esa enunciación tajante, a nada que uno piense, se muestra tan inapropiada como ridícula al confrontarse con la realidad que pretende explicar. En primer lugar, las supuestas «soluciones fáciles» propuestas por aquellos partidos tildados de «populistas», mínimamente analizadas, no parecen precisamente fáciles, todo lo contrario, serán atinadas o no, pero lo que son es difíciles, aunque sólo fuera por el mero hecho de desafiar, en la mayoría de los casos, al pensamiento políticamente correcto, que es en el fondo lo que solivianta a este periodismo domesticado de que venimos hablando. Por otro lado, las soluciones no se dividen en fáciles o difíciles, o, al menos, esa división no es esencial, lo importante de una solución es que lo sea, es decir, la perogrullada de que una solución lo que ha de lograr es solucionar, y en materia política, que es la que nos ocupa, el que sea fácil o difícil es indiferente ante los dos requisitos que han de cumplir: el obvio, que sea tal solución y, al mismo tiempo, que sea justa. Buscar soluciones bajo estas premisas evidentemente hoy se torna dificultoso, ante la coriácea barrera del pensamiento dominante que desprecia los hechos y antepone la ideología.

Expuestos los comentarios que nos suscita el supuesto populismo de flamante cuño, vamos, sin embargo, a aceptar esa retórica de «soluciones fáciles» y «problemas difíciles», por considerarla aplicable a la actualidad española devenida de la muy glorificada Transición. Introduciendo una ligera corrección consistente en vincular aquellas nociones con un nexo casual, lo que es decir que las primeras serían el origen de los segundos y la relamida fórmula diría lo siguiente: soluciones fáciles han creado problemas difíciles. En muchos casos casi irresolubles, añadamos. Eso es lo logrado con la ruptura del 78. La gran solución fácil, entonces, fue la de contentar a todos, incluidos los partidos políticos declaradamente antiespañoles. Hipócritamente, esos empachosos periodistas largamente aludidos, insisten en hacer pasar por un éxito lo que fue el inicuo desmantelamiento de un estado, pasando por alto sus virtudes, que deberían haber sido conservadas, corrigiendo sus deficiencias, el desmantelamiento, decimos, para instaurar un nuevo estado cuyo efecto más notorio ha sido la destrucción de la nación, un estado antinacional, el que hogaño padecemos. España guarda la formalidades para gozar internacionalmente del reconocimiento de nación pero no puede actuar como tal, carece, valga la expresión, de mecanismo nacional, porque ha sido minuciosa y progresivamente desmontado desde sus propios poderes políticos. Aquella tremenda chapuza urdida por políticos desaprensivos, aquel consenso «pastelero», fue la «solución fácil» que ha hecho de España el complicado problema hoy presente. Y desde entonces los sucesivos gobiernos, si es que pueden llamarse así, sin descanso embrollan la maraña inextricable que ya es nuestra política con más y más soluciones fáciles, tan fáciles como letales para la patria. Veamos algunas a vuela pluma.

En materia de educación, la solución fácil ha sido abolir cualquier criterio de excelencia y despreciar el esfuerzo y la disciplina, encadenando planes estatales de estudio cada vez más degradados, en una escala descendente en lo que a rigor académico se refiere, de tal manera que el proceso de la escuela a la Universidad ha degenerado en una fabricación en serie de ignaros y mediocres, alimentados por una instrucción vaciada de substancia y rellena de ideología que asegura una perfecta asimilación de ignorancia y corrección política. El número de titulados académicos lógicamente se dispara tanto como su cualificación merma.

El problema del separatismo recibe la solución fácil no ya de la suicida legalización de sus organizaciones, que ocupan, por ello, organismos del Estado, sino de que nuestros gobiernos contemporicen y, todavía más, colaboren con ellas en la miserable misión de demoler la nación. Para aplaudir ese nefasto legado conocido como Estado de las Autonomías, aplauso que marca la tónica general entre nuestros periodistas, se deben haber acarreado previamente toneladas de inconsciencia o de cinismo, otra cosa no cabe en cabeza humana.

Para acabar con la mal llamada «violencia de género», la solución fácil ha consistido en demoler la Justicia por su base, dinamitando sus dos pilares: la presunción de inocencia y la igualdad ante la ley. Esa solución lleva el nombre de Ley Integral para la Violencia de Género y como toda solución fácil es una «no solución» que grava los problemas devenidos en una artificial e intencionalmente provocada «lucha de sexos», sin resolver, evidentemente, nada, ya que sólo responde a una ideología ciega para lo que hay detrás de esa violencia, para sus causas profundas, entre las cuales descuella el desbaratamiento de la institución familiar, llevado a cabo por esa misma ideología.

Los problemas que conlleva la inmigración ilegal masiva han encontrado su solución fácil, en la lasitud y claudicación ante la dificultad de proteger el orden público. En el «papeles para todos», por decirlo con una frase ya consagrada, que pone la corrección política por encima del bien común, desentendiéndose de que entrar ilegalmente en un país es un delito y por lo tanto quien lo perpetra un delincuente, que debe ser detenido en espera de su repatriación. Que la inmigración ilegal genera numerosos conflictos lo comprueban aquellos vecinos de los barrios afectados por ella, los políticos cobardes, por su parte, fingen que no se enteran y exhiben su irresponsable tolerancia ante la alternativa de ser tachados de «racismo» por los correctos medios de comunicación. Tolerancia hasta el extremo de que en España los delincuentes pueden sindicarse como tales y, situados en la vanguardia del despropósito, contamos con un autotitulado «sindicato de manteros». En este, como en casi todos los asuntos cruciales, un sentimentalismo criminal se superpone a la prudencia política, acompañado por el temor de acabar como un ministro Salvini en Italia, defenestrado por tomar medidas contundentes ante la invasión extranjera, o como los enteros gobiernos de Polonia y Hungría, acusados de racistas y fascistas al resistirse a que su país caiga bajo la férula mahometana.

A la solución fácil del aborto se le acaba de añadir otra complementaria, tan vilmente denominada eutanasia como la otra «interrupción voluntaria del embarazo». Dos atrocidades encubiertas bajo capa de «derechos», dos vías rápidas a acceso a una sociedad de salvajes. Qué cómoda la matanza de embriones como alternativa a unas relaciones sexuales responsables. Frente a la pejiguera de los cuidados paliativos, qué útil el «suicidio asistido», la celebrada eutanasia (diabólico entusiasmo en el Congreso al aprobarse), con su punto de mira dirigido, sobre todo, a los viejos, víctimas ya, tras la destrucción del seno familiar, de esa otra solución fácil de las «residencias para la tercera edad», donde cumplen su condena al ostracismo por resultar un estorbo.

Creemos suficientes estos ejemplos reunidos y vamos con concluir ya este apunte sobre una lastimosa España torturada por las numerosas «soluciones fáciles» y la correspondiente complejidad de sus problemas. He ahí el verdadero populismo, el populismo realmente existente. Que es constitucional, parlamentario y partitocrático.

Para Razón Española. Revista bimestral, sólo en papel y para subscriptores. 65€/año, seis números. Telf.- 617.326.123 ó fundacionbalmes@yahoo.es


2 respuestas a «¿Populismo en España?»

  1. Por supuesto, y a paletadas.
    Y si a ello unimos la imbecilidad de una buena parte de la población, un sistema «educativo» que es un desastre, etc., la gente confunde la velocidad con el tocino, y conviere la anécdota en categoría, o lo circunstancial en permanente…

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