¡Por el amor de Dios, tengan misericordia de las almas y condenen el error!

Introducción

La palabra “condena” forma parte de nuestras vidas. Se condena al delincuente, al que comete un delito. Las penas difieren en relación a delito.

Es más, hay una hiperinflación de la “condena”, pero no esencialmente por el aumento de delitos, que sí,  sino por la inflación de leyes que atentan contra la ley divina y la ley natural. Tales leyes, que se oponen a la propia naturaleza del ser humano, sólo pueden aplicarse si van acompañas con la coacción de la condena hacia aquellos potenciales críticos, por el simpe motivo de que hacen uso de su razón natural. Hablamos de  leyes que pretenden anular el mismo ser natural del ser humano, obligándole actuar “contra natura”. Así, vemos que mientras la ley rodea de todos los derechos a la madre que mata a su hijo, del mismo modo a la que reza ante un “abortorio” la condena. O el que proclama la ineludible ley natural de la unión entre hombre y mujer, criticando las uniones del mismo sexo, es acusado de un delito de odio y condenado con la pena correspondiente, y, además, el ostracismo social. No hay perdón para quien no acepta el adoctrinamiento de los niños sobre la falsa ideología de género. Y podríamos seguir. Podemos hacer referencia, también, a otras leyes injustas, que por serlo, sólo pueden aplicarse  bajo la coacción de la condena.

La “condena” está en la vida de la Iglesia. Está en las Sagradas Escrituras. Forma parte del inicio de la vida de la Iglesia y de su historia bimilenaria.

La condena, o anatema, es la pena máxima que aplica la Iglesia y está referida a la herejía, es decir, le error más peligroso y dañino para la fe, y que es necesario extirpar de raíz.

La expresión negativa -como puede ser la “condena”- no significa una negatividad que hay que rechazar, o que no conviene al hombre moderno;  no es más que la relación de una afirmación. Si se condena un error es a causa de que se afirma una verdad de fe.

Se da un fenómeno que nos parece digno de atención. ¿Por qué aceptamos pacíficamente la condena que provienen leyes del todo injustas, antinaturales, impías, y, por el contrario, nos echamos las manos a la cabeza cuando la palabra “condena”, con toda justicia,  asoma en la Iglesia?

Queremos indicar que es una retórica hueca de contenido y de sentido querer ver una oposición entre condenar del error, o la herejía, y la misericordia. Estamos ante una retórica que tiene su inicio y fundamento en el Concilio Vaticano II, y que forma parte de un fenómeno que es necesario resaltar, y que no es otra cosa que un nuevo lenguaje posconciliar que ha invadido la Iglesia. Lenguaje cargado de ideología, que no de teología ni de sana doctrina católica.

La Iglesia con el anatema, por ejemplo,  a la proposición del  hereje Arrio, al que haremos nueva referencia más adelante, que negaba la divinidad de Jesucristo, definió de forma solemne,  perenne, hasta el final de los tiempos, que Jesucristo es Dios verdadero. Desde aquella condena, nunca en la Iglesia se vio turbada en tal verdad solemnemente definida.

Las verdades de fe

En primer lugar, debe saber el lector que cuando hablamos de verdades de fe nos referimos a verdades transcendentes, no a verdades contingentes sometidas al “aquí y ahora”. La verdad de fe es el mayor bien del hombre, es el verdadero derecho humano, el más noble e importante. No hay mayor derecho humano que la libertad para conocer la fe católica, vivirla y propagarla. Este es el verdadero derecho humano que no aparece en ninguna lista de “derechos”.

Una verdad trascendente no está limitada al tiempo, ni tiene consecuencias exclusivamente temporales, sino que afecta a la salud eterna de las almas. Lo que implica, por la misma naturaleza de la verdad de fe, que sea incompatible con el error, con la herejía, que niega tal verdad. Así como dos verdades contingentes pueden convivir a la vez, al fin y al cabo se trata de opiniones diferentes; no ocurre así cuando se trata de verdades sobrenaturales. Las consecuencias para el fin eterno del alma, obliga que tal verdad se mantenga limpia de toda duda y de todo error.

Las verdades de fe son el mayor patrimonio de la Iglesia, y la base de su bien común, y de su orden interno, así como el testimonio de la fe de nuestro Señor Jesucristo, que fundó su Iglesia como medio de salvación eterna de todas las almas.

El bien de la verdad de fe

¿Entre los bienes humanos, hay alguno que supere al bien de conocer la verdad? La verdad del hombre, de su existencia. ¿No pertenece al bien común de la Iglesia el bien de la verdad? ¿No ha sido un bien de incalculable valor conocer la verdad de Dios, Uno y Trino? ¿Conocer la verdad de Jesucristo, verdadero Dios y verdadero Hombre? ¿A caso no ha supuesto un bien para el hombre el conjunto las verdades de fe católica?

Con qué facilidad se unen los hombres ante los bienes temporales y en particular cuando estos se ven perjudicados. Hay unanimidad común. Se forma un frente cerrado común. Pero…, cuando se trata de bienes sobrenaturales ya todo cambia, no hay unanimidad. Si se perturba, o se niega un bien sobrenatural entonces hay división. Pero el Magisterio de la Iglesia no se debe a la opinión del hombre del momento, a la opinión de la mayoría, porque tiene la sagrada misión de mantener el orden establecido por Dios a través de la claridad de su verdad, de las verdades de fe, que han de relucir con todo su esplendor. Tiene la obligación, por su oficio, de definir la verdad y de condenar el error que lo oscurece.

La definición de la verdad de fe

Cuando tuvo lugar el primer Concilio de la historia, el de Nicea, en el 325, la Iglesia, ejerciendo su potestad de enseñar y de custodiar el Depósito de la fe, definió dogmáticamente la divinidad de Jesucristo ante el hereje Arrio y sus seguidores que la negaban. La condena de la herejía iba unida a la definición dogmática. La Iglesia actuó por razón de justicia, no de misericordia. Pues definir  la fe, una verdad de fe, y condenar del error, es un deber de justicia, no de misericordia. Es más, es una obra de misericordia ejercer la virtud de la justica para iluminar la verdad fe y extirpar el error.

Consideramos una equivocación poner el mismo nivel la condena y la misericordia, pues la primera pertenece a la justicia que exige la obligación de ejercer la enseñanza y de ejercer la autoridad de confirmar en la fe; y la misericordia se tendrá con añadidura, ya con la condena, ya con quien mantiene el error. Pero, la verdad de fe se ha de definir, y el error extirpar, en orden a su fin sobrenatural, y al orden da la salvación eterna de las almas.

La definición de la verdad de fe y la condena del error no son cuestiones del “gusto” del Papa reinante, de la conveniencia del momento histórico, de la prudencia para evitar divisiones, o de buscar el momento oportuno para buscar más apoyos. No es algo opinable. No se trata, en definitiva, de una cuestión personal de un Papa, o de una Iglesia del “pasado” que no es la Iglesia actual. Estamos ante el deber de enseñar de la Iglesia, estamos ante el oficio de magisterio que obliga en conciencia y en justicia a los Pastores a definir la verdad y condenar el error, independiente de que tal definición y tal condena  guste o no a la gente, como hemos indicado,  sea popular o no lo sea, dictamine lo que dictamine la  opinión pública. Conservar el sagrado Depósito de la fe sólo mira a la obediencia a Jesucristo y al bien eterno de las almas.

La dureza de la verdad de fe

La verdadera misericordia se manifiesta cuando se comunica integra y claramente la verdad. Estamos ante una exigencia de la Palabra de Dios, de la verdad que nos ha sido revelada, y que el hombre tiene el derecho de conocer, sea cual sea la “dureza” de tal verdad. ¿No fueron duras aquellas palabras del Señor?: “Duro es este lenguaje. ¿Quién sufre al oírlo?” (Jn. 6, 61). “A caso también  vosotros queréis marcharos? Le respondió Simón Pedro: Señor, ¿a dónde iremos? Tú tienes palabras de vida eterna”. (Jn. 6, 69-70).

¿A caso puede pretender la Iglesia distanciarse de la verdad de Cristo, por dura que sea? ¿A caso puede pretender la Iglesia dar satisfacción a los hombres ocultando al esplendor de la verdad? ¿A caso puede pretender la Iglesia tergiversar la verdad que Dios ha depositado en ella y que durante siglos ha defendido con la firmeza de su misión magisterial? ¿A caso la Iglesia puede pretender rebajar las exigencias de la enseñanza de nuestra fe solo porque no es del agrado del hombre de hoy? ¿A caso la verdad de la fe católica está sujeta a un tiempo y aun hombre determinado, es decir, que la verdad que era buena ayer no lo es hoy, o no es conveniente proclamarla?

“Sólo tú Señor tienes palabras de vida eterna, por duras que estas sean”.

¿Puede haber alguien más misericordioso que Jesucristo, que al hablar no elude la dureza de sus palabras, ni tampoco la condena severa, como nos consta en los Santos Evangelios? ¿Podrá la Iglesia separarse de su modelo? ¿Podrá la Iglesia distanciarse de su Cabeza? ¿Podrá la Iglesia un lenguaje distinto del de su Maestro

La verdad de fe es una, y sólo una.

Es del todo falso, y un terrible error, por injusto, pensar que pueda haber dos Iglesias: la de la condena, que es severa, y la de la misericordia, que es dialogante.

Es una visión reduccionista, estrecha, de ignorancia supina, pensar que la misión del magisterio eclesial, la misión de enseñanza de la Iglesia pueda cambiar, haciendo inútil la definición de cualquier verdad de fe y la correspondiente condena de la herejía.

Los errores siguen en el mundo, en la misma Iglesia confundiendo a las almas, perturbándolas al no saber dónde está la verdad. Las almas sufren ante el confusionismo de la fe, de la verdad. No saben dónde encontrarla, pues la verdad de siempre ya no se predica, ni se enseña. El error abunda y ninguna autoridad lo condena. La oscuridad del error  invade a las almas, y los Pastores no las iluminan con la condena del nefasto error y la definición de la verdad.

Corregir y enseñar es el oficio del Pastor. No es una misión facultativa del Obispo de la que puede hacer dejación a su gusto. El Pastor tiene la sagrada obligación de enseñar, y si ha de corregir, o condenar, ha de hacerlo en orden a la potestad que ostenta, que le obliga en conciencia, y por la cual será juzgado ante el tribunal de Dios.

Es del todo una gravísima equivocación pretender que “hoy” ya no se condena, porque prevalece la misericordia. Es un error, por ser falso; y falso,  por ser injusto; e injusto, por oponerse a las exigencias de la Palabra de Dios, que, aunque sean duras, son saludables al alma que las sigue con dócil obediencia.

No existe la Iglesia de antes y la de hoy. No existe la Iglesia que condena y la  que aplica la misericordia. No existe la Iglesia severa y la misericordiosa. No existe la Iglesia que dialoga y la que no. No existe la Iglesia renovada y la antigua. No existe la Iglesia dividida, una que enseñaba unas cosas antes y otra que ahora enseña otras distintas. Todo pertenece a una falsa retórica asumida por una inmensa mayoría, pero no por ello ni aceptable ni cierta, por muchos  e importantes seguidores que tenga

No, no existe tal división, que sólo está en mente errónea de los pertinaces que no condenan el error ni definen ninguna verdad, por agradar al hombre “moderno”, con el que quieren “dialogar”, y que desprecia las verdades eternas. Sólo existe la Iglesia de Cristo, que es la Iglesia católica, apostólica y romana; la que siempre ha condenado y condena el error y la herejía; la que siempre ha definido y define la verdad; la que sabe que el mayor bien del hombre es conocer la verdad; la que es fidelísima al Señor, el único que tiene palabras de vida eterna, aunque tales palabras sean duras de escuchar.

La verdad de fe, de hoy y de siempre

Hemos indicado anteriormente que el error está en la Iglesia, que se expande y extiende por todas sus estructuras, que llega todas las instancias confundiéndolo todo,  tergiversando las verdades de fe, las  que  los fieles siempre, de forma pacífica, creyeron y vivieron para bien y santidad de sus almas.

Asistimos a una situación inédita en la historia de la Iglesia: el error se extiende, la verdad de fe se oscurece, al tiempo que  la fe se debilita, y  no vemos que nuestros Pastores tengan la misericordia de ejercer la justicia de definir y confirmar la verdad  de fe y condenar el error, que está poniendo en peligro, nada menos, que la salvación eterna de las almas.

La herejía presente en la Iglesia es la misma que ha sido combatida firmemente desde hace mucho: el modernismo. Peligrosísima, por el mismo hecho de que no niega nada, pero tampoco confirma nada. Ni una cosa ni otra. Pero, por el contrario, con  astuta  habilidad, lo cuestiona todo, “rebajando” la importancia del dogma de fe, “nivelando” el dogma a una simple creencia, casi al nivel de una opción personal; desviando, con ingenio maléfico, la fe y costumbres del centro de la vida de la Iglesia, poniendo en su lugar el sentir y el opinar según la realidad de nuestro tiempo; afirmando que el “condenar” o “definir verdades” ya no corresponde a la Iglesia que dialoga abiertamente con el mundo.

Y así, el modernismo va oscureciendo la fe, para sustituirla por la conveniencia del hombre de “hoy”, sus gustos y necesidades. En definitiva, propone una fe de situación, sin dogmas,  mudable según el hombre del momento y sus circunstancias.

La verdad de fe definida y los anatemas declarados son un patrimonio de la Iglesia universal, que ninguna autoridad eclesiástica puede cambiar, porque lo que ya está atado en el cielo, atado queda.

La condena del error es el oficio del Magisterio eclesiástico, que no se puede renunciar nunca. ¡Por el amor de Dios, tengan misericordia de las almas y condenen el error!

Mientras tanto, conocemos las verdades de fe definidas por los veinte concilios anteriores la Vaticano II; conocemos los anatemas. Estas verdades, en nuestra orfandad, las vivimos con firmeza y nos confirman en la fe de siempre.

Ave María Purísima


4 respuestas a «¡Por el amor de Dios, tengan misericordia de las almas y condenen el error!»

  1. Creo que la misericordia es la justicia del Padre, y por tanto la verdadera; y ante la cual las otras deben ceñirse. El resto son «preceptos de hombres», del cesar de turno.

    El gnosticismo al servicio del poder siempre quiere relativizarlo todo (interesadamente, por supuesto), quizás hoy podríamos decir que estamos en el cenit del proceso, o muy próximos a él: hoy debido a las tecnologías e ingeniería de masas, más que en ningún otro momento, se relativiza/adultera la Verdad como nunca antes, inventando falsas verdades/fines, que justifican todo tipo de medios. Hasta el punto que la inmensa mayoría vive una farsa continua.

    Creo que Jesús era/es humano, pero el Padre siempre estaba/esta, obraba/obra, en él en espíritu: por supuesto, santo. Así, por deseo del Padre, este se identifica con el Hijo. Vive en él por nuestro bien, para mostrar el camino, la verdad que lleva a trascender en él.

    El socialismo/comunismo (o similar) impone esas mentiras, el liberalismo/capitalismo (o similar), se vende a las que más convengan… al final, estos están pensados para destruir el cristianismo, y aquellos, para perpetuar esa destrucción.

  2. La iglesia está regida por Espíritu Santo
    Aunque sea atacada , como lo ha sido evidentemente a lo largo de la historia .
    «Tu eres Pedro y sobre esta piedra edificaredificare mi iglesia y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella».

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