Por la Fe: la Reconquista, América y… España

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En el proceso cada vez más acelerado y profundo de destrucción de nuestro glorioso pasado, tienen lugar especial las diatribas contra la Reconquista, a la cual se llega incluso a negar, o si se la reconoce es sólo para emborronarla con falsedades kilométricas. El hecho es siempre el mismo: atacar a nuestra Santa Fe porque es ella la que vertebró España desde sus comienzos y la que la impulsó a sus mayores hazañas, nunca igualadas. Y sin ella, como ocurre hoy, pasa lo que vemos.

Ofrecemos a nuestros lectores un texto sacado de una importante obra escrita por un importante autor, el cual, además, no es nada sospechoso; para que no digan los de siempre. Lean el texto, que no tiene desperdicio, y al final quién es su autor. Se sorprenderán.

Y es que sin la Fe no se explica la Reconquista y sin ella no se explica el Descubrimiento y civilización de América, ni… España, toda ella, la única posible y real.

“La Reconquista es la clave de la historia de España. Esa áspera y cruel batalla multisecular contra el islam para recuperar el solar nacional fue afirmando el milenario talante hispano. Durante siglos la guerra contra el moro fue alternativamente defensiva y ofensiva según fuera el poderío de la España islámica, el enfrentamiento contra ella siempre fue áspero y sangriento. Con tristes intervalos y no pocos retrocesos temporales, la cristiandad hispana fue reconquistando el solar patrio. En las guerras que hubieron de mantener los cristianos con los islamitas no gozaron de un quinquenio de paz, ora atacando, ora siendo atacados hasta la muerte de Almanzor (1002). La crisis del califato de Córdoba permitió un suspiro de alivio a la cristiandad occidental. Pero como había ocurrido ya, apenas dejaban de aparecer las huestes islámicas por el confín del horizonte, leoneses y castellanos, ahora unidos, se lanzaban a la ofensiva.

Durante siglos no había habido vagar para empresas de paz. Toda la actividad de la cristiandad hispana occidental se había vertido en dos empresas colonizadoras. Fue preciso a los reyes de Oviedo primero y a los de León después, tras construir una serie de fortalezas en la raya del Duero, poblar las tierras que se extendían entre la cordillera septentrional y el curso del gran río. Después, cuando se llegó al Tajo hubo de poblarse y defenderse la zona situada entre el Duero y la cordillera central. Estos concejos fueron a la par fortaleza y templo. Elevaron fuertes muros entorno a sus cascos urbanos y raudos construyeron iglesias. Conocemos cómo se realizaba la vuelta a la vida de los concejos asolados por ejércitos islámicos. Catervas de emigrantes norteños, a caballo, sobre pollinos o a pie, llegaban al casco desierto de la vieja urbe en ruinas y tomaban solares a su agrado. Pero enseguida debían proveer a la defensa de la plaza y buscaban la ayuda del Altísimo, obligados como estaban a defenderse y a atacar para alejar al enemigo de sus lares.

La sociedad que estaba cuajando en Castilla sólo sabía de adorar al Todopoderoso y de enfrentar al enemigo de ese Dios a quien invocaban e El botín de guerra, n sus andanzas bélicas junto con la Virgen María y sus santos, de quienes esperaban ayuda y protección en las horas crueles de la lucha. El botín de guerra, si ocasionalmente se lograba, se ofrecía a Dios.  Se convertían las mezquitas en iglesias y además se construían nuevas casas de oración. Una Castilla aburguesada, una Castilla en la que hubiese triunfado una fórmula de equilibrio psíquico y social diferente del creado por la conexión multisecular entre la rudeza, la acritud y la violencia, corolarios normales de los lances de la Reconquista, no hubiese realizado la empresa americana. La ausencia de una burguesía de importancia y de un vivaz espíritu burgués se halló en la base de la aventura americana. Una Castilla aburguesada se habría lanzado a la creación de factorías, a negociar.

Queda señalada la proyección religiosa de la Reconquista. Sabemos de la emoción de Fernando III el Santo al ganar Córdoba y de sus órdenes para devolver al apóstol Santiago las campanas que Almanzor arrebató a su santuario. Sabemos de lo que el mismo rey experimentó al entrar en Sevilla. Y de la general de todo el ejército cristiano al aparecer la cruz de Cristo sobre la torre más alta de la Alhambra. Un valle, una llanura, una montaña, una villa, una gran ciudad eran ganadas al islam porque el Señor había sido generoso; y como proyección de la merced divina, castillos, palacios, casas, heredades. Se habían jugado a cara o cruz la vida, habían caído en la batalla padres, hijos, hermanos, pero después en lo alto de las torres, el símbolo magno de la pasión de Cristo. Y nuevas tierras para dedicar al culto del Hijo de Dios. Y así un siglo, dos, cinco, ocho.

¿Cómo sorprendernos de que un pueblo como este, puesto el pie en las tierras incógnitas de allende el Atlántico, pobladas por bárbaras naciones idólatras, no exultaran de gratitud hacia el Altísimo y de ímpetu devoto para propagar su Santo Nombre y su culto reverente entre los pueblos conquistados? Se habían cumplido las profecías de los píos y esperanzados favorecedores de la empresa colombina. Habían estos vaticinado que se ganarían nuevos reinos para la cristiandad hispana al otro lado del mar tenebroso, y que los conquistadores, con su lengua fijada por Nebrija, impondrían asimismo su fe.

En esta tradición multisecular enraíza la invocación del auxilio divino por los conquistadores en las empresas bélicas, especialmente el de la Madre de Dios y Santiago apóstol, este de continuo honrado y venerado y dando nombre a no pocas ciudades. Y enraíza también la inmisericordiosa destrucción de ídolos y templos consagrados a los crueles dioses aztecas y quechuas. Y a la osadía al realizar tales destrozos, fiados en la verdad que poseían, asombrando y paralizando a los indígenas habituados a reverenciarlos. Esta tradición multisecular lleva a los conquistadores a levantar iglesias, a bautizar en masa a los indios, a proponer la aceptación de la fe en Cristo. Los templos del Sol y de las bárbaras divinidades de estas tierras eran transformados a veces en iglesias. Como en España contra el islamita, profanador del nombre de Cristo, guerra ambiciosa de medros y riquezas; lucha ambiciosa de riquezas y medros, pero a la par redentora de almas a este lado del mar contra las bárbaras naciones de que Nebrija y Hernando de Talavera hablaran a la Reina Católica.

Sin los siglos de batallas contra el moro, enemigo del Altísimo, de María, de Cristo y de sus santos, sería inexplicable el anhelo cristianizante de los españoles en América, basado en la misma férvida fe en los misterios de la teología cristiana. ¿Cómo explicar sino partiendo de esa fe, gestos como el de Hernán Cortés en la apoteosis de su gloria guerrera acudiendo a recibir a los religiosos que llegaban de España, arrodillándose ante ellos y besándoles humildemente las manos, ante el asombro magno de los jefes indígenas que le consideraban como un dios y que, desconcertados, registraron empero su gesto, incomprensible para ellos? ¿Cómo explicar con los lances heroicos de la conquista esa férvida fe de que dieron muestra los hombres de armas, si la Castilla de donde procedían hubieran vivido insegura su fe? Como Américo castro pretendía y supuso otrora, y si hubiese triunfado en ella, en la patria de los ardido y creyentes capitanes y soldados, la angustia vital de los conversos que el mismo ensayista suponía caracterizando a los castellanos de los siglos XV y XVI» (Claudio Sánchez Albornoz)

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