Post hoc, ergo propter hoc (I/II)

Consideraciones preliminares

Lejos de mi intención llevar la contraria o enmendar la plana a dos eclesiásticos de la talla de Carlo Maria Viganò y Atanasio Schneider, a quienes por lo demás sigo con atención, en sus críticas y reservas últimas al Concilio Vaticano II. Incluso de forma elegiosa me he referido en ocasiones a ambos; y asimismo, siempre he aprovechado para reconocer que ellos están mucho mejor preparados doctrinalmente que yo, de suerte que además uno y otro deben tener asesores, como obispos que son, en tanto yo, mero seglar, estoy complemente solo ante el peligro, dicho quede con ecos cinematográficos: escribo por mi cuenta y riesgo sobre lo divino y lo humano, sobre la actualidad de la Iglesia, o sobre el cine que me gusta.

Al grano. La crisis actual de la Iglesia católica es una evidencia de tal magnitud, es un secreto a voces tan manifiesto, que yo diría que pasa por ser una de las escasas verdades que de hecho concitan la coincidencia de diagnóstico entre los tres grupos, sectores o sensibilidades eclesiales principales que actualmernte tenemos en la Iglesia; las diferencias en todo caso serían en lo tocante a qué medicinas dar al paciente para su sanación, y en las causas que han provocado la enfermedad.

A saber: los católicos empeñados en creer cum Petro et sub Petro (entre los que me encuentro), con lo cual sí aceptamos el Concilio Vaticano II y no de mala gana, como con remordimientos, con incurable pesar de conciencia -como si nos avergonzáramos del Concilio-, auque tampoco tiene que ser con infundados e ingenuos optimismos que nos incapaciten para intentar desplegar una mirada o lectura crítica de ese Concilio.

Como católicos empeñados en este creer cum Petro et sub Petro, participaríamos de la muy ratzingeriana concepción de aceptar el Concilio Vaticano II, el número 21 de los celebrados por la Iglesia, desde la llamada hermenéutica de la reforma en continuidad con la Tradición, por más que esta hermenéutica de la reforma se tope con textos en apariencia difícilmente conciliables con la doctrina católica preconciliar, como desde hace meses se empeña en poner de manifiesto el arzobispo Carlo Maria Viganó. 

Ergo, de veras que me gustaría -¡y tanto que me gustaría!, no se imaginan cuánto- ser tan competente en lo teológico como para poder resolver estos casos dudosos por mí mismo, solo que si no puedo hacerlo, no se me caen los anillos para admitir esto, que es una respuesta católica tradicional, lo reconozco: doctores tiene la santa madre Iglesia que lo sepan explicar.

Luego tenemos a los dos grupos, sectores o sensibilidades católicos que despliegan una lectura del Concilio Vaticano II no desde la herméutica de la reforma en la continuidad sino en claves de ruptura: la ruptura progresista y la ruptura integrista.

Marcel Lefebvre

Por mi parte, si antaño o durante algunos lustros me hice asiduo de grupos católicos adscritos a la sensibilidad progresista -trato frecuente del que conservo aspectos o acentos católicos como el del sacerdocio universal de los fieles, el de la vocación cristiana común del católico allende respectivos o particulares estados de vida, el de la concepción de las comunidades cristianas como comunidades fraternas y asamblearias de iguales-, hogaño muy difícilmente puedo ser un entusiasta del giro ultraclerical de los grupos integristas católicos (lefebvristas, filolefebvristas, sedevacantistas…). A mi juicio -puedo estar equivocado, ni que decirlo-, el tradicionalismo católico de todos estos grupos lo que postula es una clara clericalización de la Iglesia, manifestada incluso en un retorno al uso de hábitos de vestir eclesiásticos de clara sintonía preconciliar, digámoslo así.

Vamos, con un ejemplo se viera con total claridad, que un ejemplo vale más que mil palabras: del tuteo que prefería para que lo tratara todo el mundo un obispo tan hijo del Vaticano II como nuestro estimado Ramón Echarren, que en gloria esté, a las pintas de los obispos en la estela de Marcel Lefebvre, tan dados a mostrar su anillo episcopal para que todo el que quiera lo bese, en señal de manifiesto y público reconocimiento eclesial de la autoridad de que está revestido el obispo.

Ciertamente, durante lustros me sentí incomparablemente más identificado con el talante de obispos como Ramón Echarren o Alberto Iniesta (por solo poner dos ejemplos de obispos españoles, típicamente taranconianos ambos) que con el talante de obispos como Marcel Lefebvre, porque además yo tenía mi propia vitamina o fórmula cuando también experimentaba que entraba en conflicto con las formas más estridentemente progresistas de ciertos sectores eclesiales. A saber: la fe cum Petro et sub Petro. Esta era la salvaguarda, el límite que no se debía traspasar.

Hans Küng

Sin embargo, hoy por hoy siento una curiosa admiración por la vida y obra de monseñor Marcel Lefebvre, hasta el punto de que siento más bien desdén hacia los postulados de rupturismo extremo con la Tradición y la doctrina de la Iglesia de alguien como Hans Küng, pongamos, teólogo suizo a quien en su momento leí, y de quien aprendí algo de lo poco que probablemente haya llegado a conocer de teología: paradigma el suizo del teólogo progresista. Ergo, entre la ruptura con el Concilio Vaticano II propia del sector progresista y la ruptura con dicho Concilio postulada desde las filas del lefebvrismo, sin duda de ninguna clase suscita mi máximo interés lo que se critica y rechaza de la Iglesia conciliar desde el tradicionalismo católico más o menos integrista y disidente, y casi que ningún interés lo que dicen Hans Küng y compañía.

Aunque ojo: por más que hoy por hoy me siento y confieso distante de sus posiciones teológicas en general, no se me ocurre condenar a Hans Küng, ni negar sus talentos, carismas y cualidades como teólogo. Como tampoco se me ocurre meter en el mismo saco con el suizo Küng a otros teólogos, también sistemáticamente despreciados y rechazados por el tradicionalismo católico, como Henry de Lubac, Hans Urs von Balthasar, Chenu, I. Congar, Bernhard Häring, Joseph Ratzinger, el propio K. Rahner… Al respecto, ni que decir que no soy experto conocedor de la obra de ninguno de estos autores citados, pero sí que creo conocer lo suficiente como para emitir este juicio, este parecer: sus respectivas trayectorias teológicas no merecen la condena sumarísima que reciben desde la generalidad de los sectores del tradicionalismo católico, ¡ni muchísimo menos!

 En la actualidad, tengo una visión más centrada, equilibrada y matizada de todos estos asuntos, y además me ha dado por admirar en alguna medida no pocos aspectos de los lefebvristas. Solo que en general y sin querer entrar en detalles me sigo sintiendo más identificado con la noción progresista de sentir la Iglesia como comunidad fraterna de iguales que como estructura esencialmente clerical, jerárquica, piramidal, en la que hasta por la forma de vestir se establecen distancias, límites, distingos.

Amén de que el antisemitismo de los tradicionalistas católicos de corte disidente e integrista no me gusta: los judíos, receptores de la Antigua Alianza, están llamados a la conversión a Cristo y su Iglesia, que es la Nueva Alianza, pero no es de justicia seguir llamándolos pérfidos deicidas. Amén de que aunque no abrigo ninguna duda sobre que la Iglesia católica es la única Iglesia fundada por Cristo, y ciertamente la figura de Martín Lutero me resulta no poco repulsiva, no siento reparo alguno en confesar que admito ciertos valores, carismas, acentos espirituales y aspectos positivos en el cristianismo evangélico, siempre hijo de Martín Lutero y del resto de reformadores. Amén de que en el resto de las religiones, en mayor medida en unas que en otras, ciertamente, yo sigo aprehendiendo semina verbi (“semillas del Verbo”): pedazos o jirones de la única y total verdad que es el Dios Uno y Trino.

S. Juan Pablo II

Dicho con otras palabras: ya he confesado que actualmente me atrae no poco la figura de alguien como Marcel Lefebvre y toda su obra, el legado de su Fraternidad San Pío X, vale (por cierto, desde el sedevacantismo se echan pestes de Lefebvre, al que algunos llaman Lafiebre). Del arzobispo misionero francés he leído algunos textos, no digo libros enteros. Expresa la verdad católica desde una perspectiva tradicionalista, claro, faltaría más. Solo que a mí me parecen más profundos autores como Hans Urs von Balthasar, por ejemplo, o el propio Juan Pablo II, que Marcel Lefebvre, cuyo pensamiento no me parece particularmente original.

Ojo: la Iglesia es jerárquica, esto es, piramidal, fundamentada en la autoridad apostólica de sus pastores, la cual remite al único fundamento que es Cristo. Lo acepto de buena gana. Pero digámoslo con Agustín de Hipona: «Con ustedes soy cristiano; para ustedes soy obispo». Esto es: siento predilección por los eclesiásticos que saben conjugar muy bien esa doble dimensión: ser autoridad cuando hace falta serlo, cuando hay que enseñar, guiar, animar, sancionar incluso; el resto del tiempo, ser cristiano con el resto del Pueblo de Dios. Ergo, a mi juicio al menos y tal y como lo percibo yo, aprehendo que los clérigos del tradicionalismo lefebvriano ponen el acento en lo que los diferencia de los seglares, no en lo que compartimos universalmente clérigos y seglares: la común condición de discípulos de Cristo en su Iglesia.

De modo que esto que acabo de confesar es solo una percepción, sí -y que también puede estar desenfocada, pero es la mía y no tengo otra, siquiera de momento-. A la luz de la misma, no tengo reparo alguno en defender que los consagrados a Dios por votos o por el estado de vida célibe propio de los ministros ordenados, está muy bien que signifiquen su estado consagrado de vida con trajes talares, en regla todo con el actual Código de Derecho Canónico, pero a mí al menos me basta que ello sea según el espíritu de reforma y de apertura del Concilio Vaticano II, no según los usos y costumbres preconciliares.

Meollo del asunto (u otras perplejidades) 

Reconocido lo anterior, vamos seguidamente con una relación de perplejidades referidas a la crisis actual de la Iglesia (diagnóstico de la misma, causas, soluciones…); y asimismo referidas a las críticas, enmiendas, negaciones y reservas que se formulan contra la que llaman Iglesia conciliar desde el llamado tradicionalismo integrista.

Pablo VI

La primera es que si como se afirma desde el tradicionalismo integrista el Novus Ordo Missae es ilícito, ambiguo, de dudosa validez, herético, cismático, neomodernista, protestantizante y sacrílego, ¿la inevitable conclusión es que el 99,5% de los católicos en todo el orbe están celebrando una pantomima en la que no se hace sacramentalmente presente Cristo, desde hace 50 años, desde el año 1970 en que el papa Pablo VI promulga el Nuevo Misal, la nueva misa o misa de Pablo VI? Los papas entonces desde Pablo VI hasta el actual Francisco, pasando por todos los cardenales, obispos, presbíteros, monjes, monjas, religiosos y seglares que deben constituir el 99,5% de la Iglesia conciliar, ¿celebran un sacramento que, reconociéndolo como el fundamento de la Iglesia (cfr. La Iglesia vive de la Eucaristía, carta encíclica de Juan Pablo II, 2003), en realidad es una farsa, una pantomima? Pero entonces, ¿qué hacemos con los llamados milagros eucarísticos, que han sucedido en las nuevas misas o Novus Ordo?

Vamos con una segunda. Desde las filas del tradicionalismo integrista se señala que la misa Novus Ordo es una invención de la Iglesia conciliar de índole masónica y protestantizante. Dejemos a un lado lo de «masónica y protestantizante». Lo que tenemos es que la nueva misa o misa de Pablo VI mantiene las palabras del Señor en la Última Cena, al igual que la llamada misa tridentina o Vetus Ordo. A saber:  <<Mientras comían, Jesús tomó pan y, después de pronunciar la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: «Tomen y coman; esto es mi cuerpo». Después, tomando una copa de vino y dando gracias, se la dio, diciendo: «Beban todos, porque esta es mi sangre, la sangre de la Alianza, que es derramada por una muchedumbre, para el perdón de sus pecados»>> (cfr. Mateo 26, 26-28; Lucas 22, 15-20; 1 Corintios 11, 23-25). En la Iglesia universal hay diferentes ritos y diversas lenguas en que se viene haciendo presente, día a día desde hace 2.000 años y hasta el final de los tiempos, las palabras de la Última Cena.

Salvando el núcleo que tal vez esté compuesto por ipsissima verba  (palabras que creemos con certeza que debieron ser pronunciadas por el propio Jesús en arameo), todo lo demás propio de la liturgia no ha caído del cielo sino que es elaboración de hombres, esto es, fruto de la Tradición y del Magisterio. Entonces así las cosas, ¿por qué desde esos círculos se considera que la misa tridentina o misa de san Pío V es inamovible, intocable, irreformable, inmutable, como caída del cielo, y la misa de san Pablo VI es una misa inventada? ¿Es que el hecho de que la misa Vetus Ordo en efecto exprese de manera más solemne, devota y ceremoniosa el misterio pascual es lo que la hace sacramentalmente verdadera y, por contra, a la misa Novus Ordo la hace sacramentalmente inválida, discutible, despreciable, protestantizante…? ¿Es que la consagración depende de las rúbricas o de decir las palabras consagratorias en latín? Pero entonces, por esta misma regla de tres las celebraciones eucarísticas de la Divina Liturgia de los hermanos ortodoxos (tan apofáticas, solemnes, ceremoniosas, toda llenas de rúbricas), ¡serían la mar de verdaderas justamente por su bellísima solemnidad!

Fin parte primera


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