Post hoc, ergo propter hoc (II/II)

Tercera. En Youtube he escuchado una larga docena de charlas del padre Boniface, de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, actualmente en Costa Rica. Qué bueno es este cura, qué valiente, ¡si hasta parece simpático, cercano, afable, como un abuelete, dicho cariñosamente! Desde luego, si hubiera muchos curas como este en la Iglesia universal; si hubiera más curas como el padre Luis Toro (la bestia negra de los protestantes o embangélicos, como graciosamente los llama él mismo); si hubiera más curas en la Iglesia de Cristo como mosén Custodio Ballester; si hubiera más curas como no pocos cuyo ejemplar testimonio de vida no es descrito en los grandes medios de comunicación… Porque sobre todo predica la doctrina católica en plenitud el padre Boniface.

P. Boniface

Como hacían los curas de antes en la Iglesia de Cristo, cuando se hablaba de la necesidad de la fe católica para la salvación, de la necesidad de la confesión para comulgar en gracia, de la necesidad de estar casados por la Iglesia para vivir con licitud moral el matrimonio, de la Iglesia católica como la única religión verdadera y necesaria para la salvación, de los últimos o los novísimos: muerte, juicio de Dios, cielo, purgatorio, infierno…

Cuarta perplejidad. Este cura de la FSSPX me convence porque predica la verdad católica en su integridad.  Como trató de hacer el propio monseñor Lefebvre. Y si lo reconzco yo, que soy católico conciliar (católico de la Iglesia apóstata, como dicen contra la Iglesia los propios lefebvristas, y no digamos ls sedevacantistas, que son aún más extremos) y que he llegado a simpatizar durante lustros con signos propios del ala progresista de la Iglesia (por ejemplo, con un cierto feminismo de jóvenes religiosas vestidas sin hábito, a lo más con una sencilla cruz al cuello, y con las que uno pudo llegar amistosamente a compartir cafés en los recreos en facultades teológicas)¿por qué entre amplios sectores del lefebvrismo y el sedevacantismo hay tanta enemistad, tantas malas palabras de unos contra otros, tanta división en grupúsculos, especialmente espetadas esas tristes palabras por los sedevacantistas contra los lefebvristas? ¡Si hasta se lanzan anatemas los unos a los otros, insultos, calumnias e injurias faltos totalmente de caridad cristiana!  Hasta el punto de que no me parece un buen ejemplo de fraternidad cristiana todo ello.

Javier Olivera Ravasi

Quinta perplejidad. Para mí hoy por hoy la voz de la FSSPX es la voz del padre Boniface, a quien estoy siguiendo luego de haber escuchado lo menos un total de 50 vídeos de Youtube, en los últimos meses, entre los del padre Luis Toro, los de Adoración y Liberación, los de César para Jesucristo, los de QNTLC («Que no te lo cuenten», administrado por el joven sacerdote e historiador argentino Javier Olivera Ravasi), y varios más de canales cuyos responsables han de perdonar que ahora no los acabe citando. Así las cosas, comparto de buena gana las críticas y los lamentos del bueno del padre Boniface al paganismo de nuestro tiempo, al relativismo, a la desvergüenza de un mundo descristianizado… Vale. Pero entonces, padre Boniface, ¿qué hacemos con la llamada canción de autor o canción protesta, conformada, hoy como ayer, por un 99 por ciento de comunistas, filocomunistas, feministas, filofeministas, laicistas, librepensadores, izquierdistas varios…? ¿Y con el cine de toda época y lugar? Con un título como Te doy mis ojos, por ejemplo, de Icíar Ballaín (producción española, 2003), en que aparece integralmente desnuda, en una impresionante secuencia final de abuso machista, una espléndida Laia Marrull de 30 años, ¿qué hacemos? Lo fácil sería condenar, expurgar las escenas tórridas, vale, pero…

Aclaro: mis referencias a la canción protesta, el cine y la cultura secular, me gustaría que no fuesen tomadas como una «meada fuera del tiesto». Porque la intención con que hago tales referencias considero que aparecerá como muy clara si recuerdo ahora que una de las motivaciones nucleares del Concilio Vaticano II -que toda la familia tradicionalista integrista rechaza, ni que decirlo habría, que ya se sabe rotundamente- fue el diálogo con el mundo, la apertura, el diálogo con la cultura secular, el aggionarmento. Entonces, la nueva evangelización ¿qué tipo de mirada exigiría a la cultura secular de nuestro tiempo?

Vamos con una sexta. Como salta a la vista, no hay sino abundancia de perplejidades en estos asuntos. Verbigracia, P. Boniface, ustedes desde la FSSPX consideran que los tradicionalistas de la FSSP (Fraternidad Sacerdotal San Pedro, por ejemplo, y varias más asociaciones de tradicionalistas en comunión con la Santa Sede) son unos falsos tradicionalistas porque, a cambio de que Roma les mantenga sin problemas la posibilidad de celebrar la misa tridentina, han traicionado todas las enmiendas, críticas y reservas de la FSSPX hacia la Iglesia conciliar a base de aceptar la autoridad de la Roma apóstata y de su Conciliábulo* Vaticano II. De modo que en todo este fregado nos encontramos con la rama de los sedevacantistas -que me figuro que tampoco estarán entre sí del todo bien avenidos-, quienes descalifican a los lefebvristas, y estos últimos, a su vez, descalifican a los dizque falsos tradicionalistas de la FSSP.

Produce tristeza todo esto, ¡tantísima división! Esto es: produce desconsuelo, perplejidad… Porque ahora en que había empezado a darme cabal cuenta de que los sectores más laicistas o ultraprogresistas del catolicismo (los Hans Küng, Juan Masià Clavel SJ, Juan José Tamayo y resto de adalides del progresismo eclesial) no despiertan en mí casi que ningún interés, porque son todos ellos responsables máximos de la debacle eclesial actual, de haber vaciado los templos, etcétera, ¡desde las filas del tradicionalismo católico integrista o disidente hay un desconcierto tal de voces, hay tanto nido de víboras…!

De suerte que en todo momento no podemos despachar a la ligera la pregunta nuclear. A saber: ante la innegable crisis de apostasía que sufre la Iglesia actualmente, ¿dónde nos situamos? Ya he confesado que mi convicción sigue siendo situarme en la Iglesia universal, como indigno hijo suyo, cum Petro et sub Petro. Solo que a menudo experimento que el actual sucesor de Pedro, más que confirmarme en la fe según el mandato de Cristo Jesús el Señor (cfr. Lucas 22, 31-32), no raramente induce a la ambigüedad y a la confusión, por razones que solo Dios conoce y que, por ende, no me compete a mí en modo alguno juzgar. Y sobre todo experimento que entre los ministros ordenados sobreabunda la desgana, el relativismo, la mentalidad mundana, el aburguesamiento; en definitiva, la tenebrosa apostasía que nos invade por doquier.

Y vamos con la séptima y última perplejidad. Retomando el post hoc, ergo propter hoc («después de eso, y por lo tanto causado por él»), con que titulamos este escrito, ¿cómo cabe entender la sistemática afirmación que se hace desde el tradicionalismo integrista o disidente que postula que es culpa del Concilio Vaticano II el vaciamiento de los templos? Si hoy por hoy la inmensa mayoría de los bautizados católicos mayores de setenta años han dejado particularmente de asistir a misa y en general de participar en la vida espiritual de la Iglesia, ¿esta debacle también es culpa del Vaticano II o es más bien signo de que estas personas, que recibieron gran parte de su formación catequética antes del concilio convocado por Juan XXIII y clausurado por Pablo VI, en verdad no alcanzaron nunca una sólida formación doctrinal ni vivieron una experiencia de conversión a Cristo y a su Iglesia?

Concluyo: toda la familia católica del integrismo disidente convendrá conmigo en que la voluntad de Cristo está muy clara en Mateo 16, 13-20: la llamada confesión de Pedro («Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia»…), reflejada también en Marcos 8, 11, en Lucas 11, 16; 12, 54. Ellos como yo (simple seglar de a pie, y no es falsa modestia esta confesión) creen en el primado de Pedro. La diferencia está en que los unos (los lefebvristas) están convencidos de que los papas desde Juan XXIII hasta Francisco han sido todos sin excepción herejes; los otros (los de la familia sedevacantista), convencidos de que además de herejes, son antipapas: de ahí la vacancia de la sede del sucesor de Pedro.

Luego lo de la misa es una obviedad: la misa Novus Ordo comúnmente es una misa «gris, como trillada, poco ceremoniosa, poco solemne»; frente a ella, la misa tridentina o Novus Ordo es mucho más ceremoniosa, llena de rúbricas, más centrada en la adoración del misterio eucarístico (y de paso menos centrada que la Novus Ordo en la centralidad de la Sagrada Escritura). Esto es obvio y para mí no ofrece ningún problema, porque en todo caso me alineo con el papa emérito Benedicto XVI: «Ambas formas, la ordinaria y la extraordinaria, son las dos formas del mismo rito, y ambas son legítimas».

Y tanto. Como que también creo esto: las críticas a la vulgaridad de la misa Novus Ordo provenientes del tradicionalismo integrista o disidente me siguen pareciendo un tanto exageradas e irrespetuosas. Particular que ilustro con una anécdota: a veces me acompaña a la misa dominical que celebra en mi tierra una comunidad de benedictinos un total de cinco personas amigas. Salvo una de ellas, las cuatro restantes no son católicas practicantes. Y las cinco han asistido varias veces también los domingos a la misa Vetus Ordo que se celebra en nuestra ciudad. Pues bien, estas cinco personas, unánimemente, lo tienen claro: les resulta más emotiva, bella, ceremoniosa, espiritual y edificante la que celebran los monjes, que es Novus Ordo, que la que celebra un fraile franciscano los domingos al mediodía, que es Vetus Ordo. La dominical de los benedictinos dura entre 75 y 80 minutos; la dominical y Vetus Ordo que celebra el fraile franciscano, en torno a los 45-50 minutos. 

Postdata

La Iglesia sufre una crisis que amenaza con despellejarla viva. Crisis doctrinal, litúrgica, disciplinar… Sigo con vivo interés las voces de alarma que está encendiendo en los últimos tiempos una personalidad como el arzobispo italiano Carlo Maria Viganó, a las que se suman las no tan radicales voces de otros destacados eclesiásticos como Atanasio Schneider, no tan radicalizadas pero sí muy críticas para con el Vaticano II. Las de uno y otro se suman a las ya consabidas de los tradicionalistas disidentes que, desde hace casi 60 años, vienen poniendo el grito en el cielo sobre la debacle eclesial que, según ellos, ha ocasionado el Concilio Vaticano II.

Estando en esto (luego de haber escuchado varias docenas de entre todos los vídeos del venezolano padre Luis Toro subidos a Youtube; luego de haber leído un puñado de artículos de monseñor Viganó y de monseñor Atanasio; luego de haber escuchado un total de docenas de vídeos del Dr. Antonio Caponnetto, del canal César para Jesucristo, del canal Adoración y Liberación, y un largo etcétera de publicaciones cuyos autores me disculparán que no los cite), por mero azar me tropiezo con una conferencia sobre Martín Lutero impartida hace algunos años por el filósofo y teólogo Manuel Fraijó.

Oficialmente exjesuita, excura, pero aún jesuita de corazón, dicen que hombre afable y bueno, y particularmente sabio en estos asuntos de filosofía de la religión, ecumenismo y diálogo interreligioso, ¿tiene más razón o menos, en su muy elogiosa valoración de Martín Lutero, que la que tiene la valoración que le merece el exmonje agustino al historiador español Alberto Bárcena?

¿En qué quedamos? La beata y fundadora María Serafina Micheli (1849-1911) tuvo una visión en la que vio a Martín Lutero en el infierno. La Iglesia universal, ni que decir que no obliga a creer en esa visión particular de la beata, de suerte que la Iglesia es prudente, sabia y maestra, y no se pronuncia asegurando que una persona en particular es seguro que está en el infierno, por más probable que sea que el infierno no esté vacío, en contra del tan traído como llevado parecer del genial Hans Urs von Balthasar: «Creo en el infierno, aunque confío en que esté vacío».

Solo que Martín Lutero metió tijera en el depósito de la doctrina de la fe; desgajó la unidad de la Iglesia; y con sus intuiciones o concepciones sin base bíblica de sola scriptura, sola fide, sola gracia («solo la Escritura, solo la fe y solo la gracia como fuentes para el seguimiento de Cristo»), es indubitablemente el padre espiritual de los cientos y cientos de sectas y grupúsculos cristianos que por nuestro mundo de Dios van reproduciéndose y creciendo como esporas. Grupos y grupúsculos sin ninguna autoridad apostólica y sin deseo de trabajar a favor de la unidad eclesial querida por Cristo (como que carecen de legítima autoridad apostólica, puesto que no entroncan con la fe apostólica), a cuál más anticatólico, alucinado, calumnioso, manipulador de la verdad, sectario, antibíblico, anticrístico…

¡Y los muy necios y sectarios y hasta malévolos se atreven a afirmar que la Iglesia católica es la que carece de legítima autoridad apostólica! ¡Y los muy rebenques van presumiendo de que creen en Cristo cuando en verdad lo niegan o siquiera lo desfiguran! Con la consecuencia que esto comporta: el impedir la unidad de todos los cristianos en una sola Iglesia, bajo un solo pastor (justamente, el sucesor de Pedro), con una sola fe, con un solo bautismo: cfr. Efesios 4, 5-7.

Todo este caos doctrinal y particularmente este cúmulo de herejías de factura sectaria, bondadoso, dilecto y sabio Manuel Fraijó, se lo debemos a Martín Lutero con su exhortación a operar de la Sagrada Escritura según el libre examen de cada cual, al margen de la batuta o guía del Magisterio, según la voluntad de Cristo: cfr. Lucas 22, 32. Aunque cierto que no obstante lo que venimos diciendo, ni que reconocer habría que, más allá de la visión de la beata María Serafina Micheli, la personalidad de Martín Lutero es poliédrica, compleja, llena de luces y sobras, trigo y cizaña, pecado y virtud… En su reflexión sobre las Sagradas Escrituras, no poco genial para muchos, con vistas a la reforma de la Iglesia acertó en este aspecto y en aquel otro (verbigracia, la centralidad de las Sagradas Escrituras en la vida de la Iglesia, etcétera), solo que es indudable que causó más daño que bien; indudable, ni que decirlo, para mí, a mi juicio de simple seglar católico, aficionado que soy a estos asuntos.

De modo que desde mi perspectiva de análisis -acabo-, la urgentísima sanación de la Iglesia, enferma en la actualidad de una enfermedad llamada apostasía de la fe, no vendría de la sola centralidad de la Biblia en la vida de la Iglesia, como proponía Lutero y proponen hoy día todos sus herederos espirituales, entre los cuales, por cierto, abundan los secuaces y facinerosos (disfrazados de pastores y predicadores, carentes, como bien reconocemos, de toda autoridad apostólica venida del mismo Cristo); en todo caso, esa sanación necesaria habría de pasar por un triple retorno, por una triple centralidad. A saber: Tradición, Sagrada Escritura, Magisterio. Los tres lugares teológicos en que se fundamenta nuestra fe.

Hoy como ayer.

Aquí la primera parte


Deja una respuesta

Su dirección de correo nunca será publicada. Si la indica, podremos contestarle en privado en caso de considerarlo oportuno.*