Presbicia solidaria

ESCUCHAR NOTICIA: Decía mi abuela: «De los cuarenta para arriba, no te mojes la barriga». Yo, jovenzuelo de aquellas, me lo tomaba a coña marinera. ¡Qué pena que no estuviera aquí para decirle cuánta razón llevaba! Porque cuando uno pasa de los ocho lustros empieza a notar ciertos cambios en su estructura corporal que no le hacen gracia alguna. Uno de estos cambios, con toda probabilidad el más evidente, es el que afecta a nuestro sentido de la vista: empezamos a notar que de cerca nuestra vista falla cual escopeta de feria. Las letras de los libros se nos estrechan, adelgazan, se cruzan en giros imposibles unas con las otras y nos obligan a tomar distancia alargando los brazos para poder verlas. Un viejo conocido siempre decía que su problema no era de la vista, sino de los brazos, que se le habían quedado cortos. Presbicia, se llama. La presbicia, o al menos sus efectos, se mitigan con unas gafas de ver de cerca. No son difíciles de encontrar ni suponen un gasto económico de los que se dicen importantes, pero chocan de frente con nuestra coquetería instragamera y muchos somos reacios a colocar su puente sobre el hueso de nuestra nariz. Este artilugio evita que firmemos cosas que no hemos leído, enhebrar (¿todavía se hace eso?) agujas que apenas vemos o incluso escribir la lista de la compra que cada día cuesta más. La presbicia no solo nos afecta en esos actos que por cotidianos no dejan de ser importantes, también nos afecta en actos que no ocurren a diario, gracias a Dios, pero con la relevancia suficiente para el desarrollo normal de nuestras vidas. Esta es un tipo de presbicia muy común entre nuestros congéneres del mundo posmoderno que nos ha tocado en suerte vivir. Es la presbicia solidaria. Este tipo de dolencia visual se da en ciertos sectores de la sociedad ideologizada del momento y se manifiesta en la capacidad de poder ver con todo lujo de detalles los hechos horrendos que ocurren a cientos o miles de kilómetros de distancia de nuestra residencia (hoy zona de confort) e incapaces de observar lo que ocurre en la acera de nuestra casa. Los dramas que más se ven siempre están lejos, cruzando mares o lenguas de tierra kilométricas, pero la tragedia del vecino de enfrente no se ve, no se siente, no nos moviliza. Es muy curioso este tipo de problemática visual, pues en la presbicia normal, no la solidaria, a uno se le cruzan las letras, se le emborronan los colores o se le hace imposible escribir algo sin alejar la cabeza del papel; pero en la solidaria no se le cruzan a uno los dramas cercanos, sino que directamente no los ve, desaparecen. Se produce una ceguera de cercanías con difícil solución oftalmológica. Podemos ver los problemas de los palestinos, pero no la invasión de Ceuta; podemos ver con números, datos y relatos las barbaridades que comente el presidente useño, pero somos incapaces de ver la corrupción de nuestros gobiernos, bien sean centrales, regionales (me niego a denominarlos autonómicos) o locales; tenemos la capacidad de ver el hambre en el cuerno de África y somos incapaces de ver el sufrimiento de los enfermos de ELA patrios. Es curiosa esta discapacidad visual. La presbicia solidaria no puede percibir al prójimo por eso mismo, por prójimo, que viene de próximo. Quien sufre de dicha dolencia no ayuda al ciego a cruzar la calle, ni al anciano que no puede salvar con su andador el bordillo de la acera, ni al pobre analfabeto funcional (que los hay, y a porrillos) que no sabe rellenar un formulario RPG2030 para solicitar el empadronamiento o la apertura de una cartilla en el banco, ¡vaya usted a saber!; sin embargo discute con la familia en las cenas de Navidad, con los compañeros de trabajo en las de ídem  y se manifiesta cada domingo en el manifestódromo por el sufrimiento de esos seres lejanos a los que no conoce de nada, con los que no comparte nada, con los que nada les une. Cuelgan de su balcón banderas palestinas, esto siempre bajo el dictado de quien dirige su ideología y, por ende, su pensamiento, gritan fuerte para que pare la guerra de no sé dónde y, como no puede ser de otra manera, llaman ¡fascista! a quien no opina como ellos en estos y otros asuntos. Y, entretanto, su vecino de noventa años yace muerto desde hace quince días en su sillón de orejas desgastado; su carro de la compra cada vez cuesta más dinero llenarlo de alimentos y una parte de su país (el nuestro) es invadida por hordas de extranjeros que generan suciedad, inseguridad y miedo en una ciudad española, en una ciudad compatriota, en una ciudad próxima (prójima). Para El Tábano   Pulse para escuchar el texto Decía mi abuela: «De los cuarenta para arriba, no te mojes la barriga». Yo, jovenzuelo de aquellas, me lo tomaba a coña marinera. ¡Qué pena que no estuviera aquí para decirle cuánta razón llevaba! Porque cuando uno pasa de los ocho lustros empieza a notar ciertos cambios en su estructura corporal que no le hacen gracia alguna. Uno de estos cambios, con toda probabilidad el más evidente, es el que afecta a nuestro sentido de la vista: empezamos a notar que de cerca nuestra vista falla cual escopeta de feria. Las letras de los libros se nos estrechan, adelgazan, se cruzan en giros imposibles unas con las otras y nos obligan a tomar distancia alargando los brazos para poder verlas. Un viejo conocido siempre decía que su problema no era de la vista, sino de los brazos, que se le habían quedado cortos. Presbicia, se llama. La presbicia, o al menos sus efectos, se mitigan con unas gafas de ver de cerca. No son difíciles de encontrar ni suponen un gasto económico de los que se dicen importantes, pero chocan de frente con nuestra coquetería instragamera y muchos somos reacios a colocar su puente sobre el hueso de nuestra nariz. Este artilugio evita que firmemos cosas que no hemos leído, enhebrar (¿todavía se hace eso?) agujas que apenas vemos o incluso escribir la lista de la compra que cada día cuesta más. La presbicia no solo nos afecta en esos actos que por cotidianos no dejan de ser importantes, también nos afecta en actos que no ocurren a diario, gracias a Dios, pero con la relevancia suficiente para el desarrollo normal de nuestras vidas. Esta es un tipo de presbicia muy común entre nuestros congéneres del mundo posmoderno que nos ha tocado en suerte vivir. Es la presbicia solidaria. Este tipo de dolencia visual se da en ciertos sectores de la sociedad ideologizada del momento y se manifiesta en la capacidad de poder ver con todo lujo de detalles los hechos horrendos que ocurren a cientos o miles de kilómetros de distancia de nuestra residencia (hoy zona de confort) e incapaces de observar lo que ocurre en la acera de nuestra casa. Los dramas que más se ven siempre están lejos, cruzando mares o lenguas de tierra kilométricas, pero la tragedia del vecino de enfrente no se ve, no se siente, no nos moviliza. Es muy curioso este tipo de problemática visual, pues en la presbicia normal, no la solidaria, a uno se le cruzan las letras, se le emborronan los colores o se le hace imposible escribir algo sin alejar la cabeza del papel; pero en la solidaria no se le cruzan a uno los dramas cercanos, sino que directamente no los ve, desaparecen. Se produce una ceguera de cercanías con difícil solución oftalmológica. Podemos ver los problemas de los palestinos, pero no la invasión de Ceuta; podemos ver con números, datos y relatos las barbaridades que comente el presidente useño, pero somos incapaces de ver la corrupción de nuestros gobiernos, bien sean centrales, regionales (me niego a denominarlos autonómicos) o locales; tenemos la capacidad de ver el hambre en el cuerno de África y somos incapaces de ver el sufrimiento de los enfermos de ELA patrios. Es curiosa esta discapacidad visual. La presbicia solidaria no puede percibir al prójimo por eso mismo, por prójimo, que viene de próximo. Quien sufre de dicha dolencia no ayuda al ciego a cruzar la calle, ni al anciano que no puede salvar con su andador el bordillo de la acera, ni al pobre analfabeto funcional (que los hay, y a porrillos) que no sabe rellenar un formulario RPG2030 para solicitar el empadronamiento o la apertura de una cartilla en el banco, ¡vaya usted a saber!; sin embargo discute con la familia en las cenas de Navidad, con los compañeros de trabajo en las de ídem  y se manifiesta cada domingo en el manifestódromo por el sufrimiento de esos seres lejanos a los que no conoce de nada, con los que no comparte nada, con los que nada les une. Cuelgan de su balcón banderas palestinas, esto siempre bajo el dictado de quien dirige su ideología y, por ende, su pensamiento, gritan fuerte para que pare la guerra de no sé dónde y, como no puede ser de otra manera, llaman ¡fascista! a quien no opina como ellos en estos y otros asuntos. Y, entretanto, su vecino de noventa años yace muerto desde hace quince días en su sillón de orejas desgastado; su carro de la compra cada vez cuesta más dinero llenarlo de alimentos y una parte de su país (el nuestro) es invadida por hordas de extranjeros que generan suciedad, inseguridad y miedo en una ciudad española, en una ciudad compatriota, en una ciudad próxima (prójima). Para El Tábano

Decía mi abuela: «De los cuarenta para arriba, no te mojes la barriga». Yo, jovenzuelo de aquellas, me lo tomaba a coña marinera. ¡Qué pena que no estuviera aquí para decirle cuánta razón llevaba! Porque cuando uno pasa de los ocho lustros empieza a notar ciertos cambios en su estructura corporal que no le hacen gracia alguna. Uno de estos cambios, con toda probabilidad el más evidente, es el que afecta a nuestro sentido de la vista: empezamos a notar que de cerca nuestra vista falla cual escopeta de feria. Las letras de los libros se nos estrechan, adelgazan, se cruzan en giros imposibles unas con las otras y nos obligan a tomar distancia alargando los brazos para poder verlas. Un viejo conocido siempre decía que su problema no era de la vista, sino de los brazos, que se le habían quedado cortos. Presbicia, se llama.

La presbicia, o al menos sus efectos, se mitigan con unas gafas de ver de cerca. No son difíciles de encontrar ni suponen un gasto económico de los que se dicen importantes, pero chocan de frente con nuestra coquetería instragamera y muchos somos reacios a colocar su puente sobre el hueso de nuestra nariz. Este artilugio evita que firmemos cosas que no hemos leído, enhebrar (¿todavía se hace eso?) agujas que apenas vemos o incluso escribir la lista de la compra que cada día cuesta más.

La presbicia no solo nos afecta en esos actos que por cotidianos no dejan de ser importantes, también nos afecta en actos que no ocurren a diario, gracias a Dios, pero con la relevancia suficiente para el desarrollo normal de nuestras vidas. Esta es un tipo de presbicia muy común entre nuestros congéneres del mundo posmoderno que nos ha tocado en suerte vivir. Es la presbicia solidaria. Este tipo de dolencia visual se da en ciertos sectores de la sociedad ideologizada del momento y se manifiesta en la capacidad de poder ver con todo lujo de detalles los hechos horrendos que ocurren a cientos o miles de kilómetros de distancia de nuestra residencia (hoy zona de confort) e incapaces de observar lo que ocurre en la acera de nuestra casa. Los dramas que más se ven siempre están lejos, cruzando mares o lenguas de tierra kilométricas, pero la tragedia del vecino de enfrente no se ve, no se siente, no nos moviliza.

Es muy curioso este tipo de problemática visual, pues en la presbicia normal, no la solidaria, a uno se le cruzan las letras, se le emborronan los colores o se le hace imposible escribir algo sin alejar la cabeza del papel; pero en la solidaria no se le cruzan a uno los dramas cercanos, sino que directamente no los ve, desaparecen. Se produce una ceguera de cercanías con difícil solución oftalmológica. Podemos ver los problemas de los palestinos, pero no la invasión de Ceuta; podemos ver con números, datos y relatos las barbaridades que comente el presidente useño, pero somos incapaces de ver la corrupción de nuestros gobiernos, bien sean centrales, regionales (me niego a denominarlos autonómicos) o locales; tenemos la capacidad de ver el hambre en el cuerno de África y somos incapaces de ver el sufrimiento de los enfermos de ELA patrios. Es curiosa esta discapacidad visual.

La presbicia solidaria no puede percibir al prójimo por eso mismo, por prójimo, que viene de próximo. Quien sufre de dicha dolencia no ayuda al ciego a cruzar la calle, ni al anciano que no puede salvar con su andador el bordillo de la acera, ni al pobre analfabeto funcional (que los hay, y a porrillos) que no sabe rellenar un formulario RPG2030 para solicitar el empadronamiento o la apertura de una cartilla en el banco, ¡vaya usted a saber!; sin embargo discute con la familia en las cenas de Navidad, con los compañeros de trabajo en las de ídem  y se manifiesta cada domingo en el manifestódromo por el sufrimiento de esos seres lejanos a los que no conoce de nada, con los que no comparte nada, con los que nada les une. Cuelgan de su balcón banderas palestinas, esto siempre bajo el dictado de quien dirige su ideología y, por ende, su pensamiento, gritan fuerte para que pare la guerra de no sé dónde y, como no puede ser de otra manera, llaman ¡fascista! a quien no opina como ellos en estos y otros asuntos. Y, entretanto, su vecino de noventa años yace muerto desde hace quince días en su sillón de orejas desgastado; su carro de la compra cada vez cuesta más dinero llenarlo de alimentos y una parte de su país (el nuestro) es invadida por hordas de extranjeros que generan suciedad, inseguridad y miedo en una ciudad española, en una ciudad compatriota, en una ciudad próxima (prójima).

Para El Tábano


3 respuestas a «Presbicia solidaria»

  1. Del mismo modo vemos los dramas que nos sirven en la caja tonta y no los que tenemos ante las narices. Descubrieron que más allá de terapia contra las preocupaciones, el ver como otros las resuelven o fenecen en el intento, nos anestesia y aleja de los verdaderos problemas del mundo; continuos engaños incluidos. Que bien no tener que preocuparse de problemas, y que los resuelvan otros; aunque sea en los mundos de yupi. Ingeniería social, y con todo, mal acostumbrados a poner la peli de turno o similar/ sillón-bol/ aquí me las den todas y a vivir. Al fin y al cabo, si no voy a resolver nada con preocuparme, etc etc etc.

Deja una respuesta

Normas: los comentarios son responsabilidad única y exclusiva de quien los inserta. Esta web ni asume, ni alienta ninguno de ellos. Quien se sienta ofendido por alguno, deberá inexcusablemente dirigir su queja de inmediato (plazo máximo 7 días según Ley Orgánica 2/1984) a nuestro correo en "CONTACTO". De no hacerlo así se entenderá que no se siente ofendido, así como que renuncia a cualquier clase de reclamación a que pudiera tener derecho.

Los campos obligatorios están marcados con *


Pulse para escuchar el texto